La muerte de Henry Kissinger: el cínico e infame rostro del imperialismo

Durante fines de los '60 y particularmente durante los '70, Henry Kissinger se convirtió en la figura mundial de la versión más descarnada del imperialismo yanqui: planificación y sostén de sangrientas dictaduras, articulación y financiamiento de grupos paramilitares, golpistas y anticomunistas, cuando no lisos y llanos crímenes de guerra.

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Henry Kissinger y Jorge Rafael Videla.

De Chile hasta Vietnam, de Marruecos hasta China, prácticamente no hubo punto del planeta donde el histórico exsecretario de Estado estadounidense Henry Kissinger no haya dejado su marca a lo largo de las últimas cinco décadas de geopolítica e imperialismo yanqui. Una marca hecha a fuerza de fuego y sangre para imponer de las maneras más criminales los intereses de Washington en el mundo. Este jueves murió a los 100 años.

Durante fines de los ’60 y particularmente durante los ’70, Kissinger se convirtió en la figura mundial de la versión más descarnada del imperialismo yanqui: planificación y sostén de sangrientas dictaduras, articulación y financiamiento de grupos paramilitares, golpistas y anticomunistas, cuando no lisos y llanos crímenes de guerra. Kissinger supo acarrear todo este tenebroso currículum a base de una mente calculadora fría y un pragmatismo entendido en el peor de los sentidos: Kissinger fue la cara de que el fin justifica los medios cuando el fin a justificar es defender el orden mundial capitalista amenazado por una situación internacional de extrema polarización en una época de ascenso de la lucha de clases en todo el planeta.

Una vida al servicio del poder

Kissinger nació en Furth, Alemania, por los agitados años decadentes de la República de Weimar, cuando el país era arrasado por la hiperinflación, las consecuencias del Tratado de Versalles y los enfrentamientos armados callejeros entre bandas de ultraderecha y grupos obreros.

Proveniente de una familia judía, el ascenso de los nazis al poder y el aumento de la persecución a los judíos levó a los Kissinger a trasladarse a los EE.UU., cuando su hijo Heinz -luego «americanizado» como Henry- tenía 15 años.

Los reclutamientos por el ingreso de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial y su alemán fluido le valieron ser nacionalizado y reclutado para hacer tareas de inteligencia para el ejército en el frente occidental en 1943, a la edad de 20 años.

A su regreso, estudió y se graduó de Ciencias Políticas en Harvard, donde su destacada agudeza en el estudio de la política internacional le valió el padrinazgo de uno de los herederos de la familia Rockefeller, Nelson Rockefeller, quien para ese entonces tenía aspiraciones políticas. A instancias de Nelson, la fundación de los Rockefeller apoyó y financió a Kissinger que continuó su carrera en Harvard y comenzó sus primeros trabajos de asesoramiento no sólo para grandes empresas sino como miembro del Consejo de Seguridad Nacional, su primer acercamiento a la Casa Blanca. En 1959, Rockefeller se convertiría en gobernador del Estado de Nueva York, y contrataría a Kissinger como su asesor.

El magnate intentó desde allí saltar a la presidencia, pero perdió la interna republicana en tres ocasiones: en 1960 (a manos de Richard Nixon), en 1964 y de nuevo en 1968 a manos de Nixon, quien un año después sería electo presidente. Nixon convocó a Kissinger como Asesor de Seguridad Nacional, comenzando así su etapa de mayor protagonismo político, que coincidió con la convulsionada década de 1970.

La década infame

Nixon había llegado a la presidencia con el impulso de haber prometido poner fin a la guerra de Vietnam, la impopular guerra que sacudió quizás como ninguna otra la política interna estadounidense. Los esfuerzos de Henry Kissinger se centraron en poder habilitar una estrategia que le permita a EE.UU. salir del conflicto sin dar una imagen de derrota frente a un rival tecnológica, financiera y militarmente muy inferior como era el Viet Minh.

La estrategia elegida fue la «vietnamización de la guerra», que consistía en comenzar a retirar a las tropas estadounidenses y dar lugar a que los propios sudvietnamitas enfrenten a sus rivales del norte, por supuesto, preparados, apoyados y financiados por los norteamericanos. Al mismo tiempo, Kissinger impulsó negociaciones de paz con los norvietnamitas en París, mientras en paralelo ordenó feroces bombardeos en Laos y Camboya, los países limítrofes a Vietnam desde donde se presumía que el Viet Minh había establecido una ruta de suministros conocida como la «Ruta Ho Chi Minh».

Laos y Camboya no estaban involucrados en la guerra, y los bombardeos de EE.UU. produjeron la muerte de miles de civiles y arrasó con aldeas y comunidades enteras. Las incursiones estadounidenses fueron la antesala que prepararon las guerras civiles que produjeron una carnicería en ambos países, que en Camboya culminó con el ascenso de Pol Pot y los horrores del régimen de los Jemeres Rojos.

Al mismo tiempo, Henry Kissinger fue el artífice de los inéditos acercamientos entre EE.UU. y China. En 1971 logró reunirse con Mao Tse Tung, con la idea de favorecer a China en detrimento del posicionamiento de la URSS. Finalmente Nixon visitaría al gigante asiático un año después.

A comienzos de 1973 Kissinger y su par vietnamita Le Duc Tho firman en París un acuerdo de desmilitarización de Vietnam del Sur y de retiro de las tropas estadounidenses. Aunque la guerra se extendió por dos años más, en octubre de ese año ambos cancilleres fueron galardonados con el premio Nobel de la Paz. Fue apenas un mes después de que Kissinger y el Departamento de Estado intervinieran de manera decisiva en el golpe de Estado contra Salvador Allende, en Chile, dando lugar a la feroz y sangrienta dictadura de Augusto Pinochet. Le Duc Tho decidió renunciar a su premio, pero Kissinger prefirió conservarlo.

El Plan Cóndor

Mientras Henry Kissinger jugaba un papel clave en los acontecimientos del sudeste asiático, el otro gran foco de atención de la Casa Blanca estaba puesto en América Latina, probablemente el lugar del mundo más corrido a izquierda en ese momento. Para Washington, detener el avance del «comunismo» en Latinoamérica pasó a ser una cuestión de Seguridad Nacional.

Para ello, el gobierno puso en pie el «Comité 40», un organismo de inteligencia presidido por Kissinger del que participaban altos funcionarios de la CIA, el Departamento de Estado y el Pentágono. Allí nació el infame Plan Cóndor desde donde EE.UU. articuló y apoyó a dictaduras militares en media docena de países sudamericanos.

A instancias del «Comité 40» presidido por Kissinger, la CIA armó y articuló grupos paramilitares y de inteligencia que persiguieron, torturaron, secuestraron y asesinaron a miles de obreros y militantes de izquierda en Chile, Argentina, Bolivia, Uruguay, Paraguay y Brasil.

Kissinger y Pinochet
Kissinger y Pinochet.

La cabeza de la serpiente que había que cortar era Chile, donde en un contexto de ascenso obrero con elementos prerrevolucionarios Salvador Allende ganó las elecciones con el frente Unidad Popular en 1970. Durante los dos años de Allende en el poder hasta su derrocamiento el 11 de septiembre de 1973, EE.UU. intervino de manera activa y deliberada para hacer caer al gobierno y facilitar que los militares accedan al poder mediante un golpe militar. En su autobiografía Kissinger confiesa que la presidencia de Nixon había destinado 40 millones de dólares de ese entonces para «hacer crujir la economía chilena». Poco tiempo después, Henry Kissinger firmaría el «Memorándum 93» en el que EE.UU. decidía definitivamente impulsar un golpe contra Allende. En una de esas reuniones donde se debatía la cuestión, Nixon instruyó a Kissinger con la orden de que «en Chile vale todo».

Luego del golpe, la Casa Blanca continuó dándole apoyo a Pinochet a pesar de los crímenes cometidos a la luz del día por la sangrienta dictadura militar. Henry Kissinger sería premiado por Nixon con el cargo de Secretario de Estado, y un mes después recibiría el Nobel de la Paz por su rol en las negociaciones con Vietnam. Mientras, miles de chilenos eran asesinados y enterrados en una fosa común en el Estadio Nacional de Santiago.

Aunque Nixon debe renunciar en 1974 por el escandalo del Watergate, Kissinger conserva su puesto de Secretario en la nueva gestión de Ford. Ratificado, desde ese lugar continúa el Plan Cóndor que daría tambíén lugar a la sangrienta dictadura militar en Argentina, en marzo de 1976.

Apenas dos meses después del golpe comandado por Jorge Rafael Videla, Kissinger mantuvo conversaciones con el entonces Canciller del gobierno de facto, César Guzetti. Los archivos desclasificados de aquellas conversaciones muestran que Kissinger no sólo tenía conocimiento sino que alentaba el plan sistemático de desaparición y asesinato, con la particularidad de que esta vez pedía hacerlo de manera clandestina, para evitar las imágenes de Chile que recorrían el mundo. “Si hay cosas que tienen que hacer, háganlo rápido y vuelvan lo antes posible a la normalidad” le dijo Kissinger a Guzetti en una de esas reuniones durante los primeros meses de la dictadura.

Las gestiones de Kissinger se vieron abruptamente cortadas tras la llegada al poder del presidente Jimmy Carter, en 1977. El demócrata planeaba llevar adelante un giro en la política exterior estadounidense, por lo que prefirió no contar más con los servicios de Henry Kissinger. Relativamente retirado -Kissinger nunca dejó de ser asesor y lobista para los más importantes políticos y empresarios estadounidenses- todavía pudo venir a la Argentina en 1978, en plena dictadura y a sabiendas del plan genocida en curso. En nuestro país presentó sus «Memorias» en las que ya admitía su papel en el golpe en Chile, consumado apenas cinco años antes, y hasta se dio el lujo de presenciar algunos partidos de la Copa del Mundo de ese año.

Kissinger Donald Trump

Durante las décadas posteriores Kissinger no volvió a tener formalmente cargos públicos, pero no dejó nunca de ser una referencia obligada para casi cualquier actor de poder en la política imperialista estadounidense. Más allá de su biografía, su principal legado son las consecuencias a largo plazo de sus gestiones: violaciones masivas de DD.HH, crímenes de guerra y un enemigo declarado de los pueblos que no se alineaban con los intereses de Washington, dispuesto a todo con tal de hacerlos valer.

En sus últimos años gozó de una abierta y prolífica reivindicación por parte de Donald Trump mientras éste fue mandatario.  Kissinger habría sido quien aconsejó a Trump acercarse a Rusia para debilitar la posición de China, tal como él mismo había hecho con China para perjudicar a la URSS cinco décadas atrás. Ya con 100 años, no se privó incluso de visitar a Xi Jinping, en julio de este año.

Una de las figuras más oscuras de la segunda mitad del Siglo XX y una de las caras más infames de los peores crímenes de la historia reciente del imperialismo yanqui.

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