• En las últimas horas el gobierno de Alberto Fernández dio luz verde a la aprobación para el uso comercial y cultivo de la variedad de trigo llamada HB4. Esto convierte a la Argentina en el primer país del mundo en comercializar semillas de trigo transgénicas. Claroscuros de una política que pone la ganancia por encima de la destrucción ambiental.

Luz Licht

Esta nueva variedad es el resultado de la incorporación del gen HB4 del girasol al trigo, que dio como resultado esta nueva variedad. Se anunció como una semilla que tiene un rendimiento superior en un 22% (se busca producir más en menos tiempo) y una mayor resistencia a la falta de humedad producto de las sequías. El equipo de investigación que la desarrolló estuvo a cargo de la Dra. Raquel Chan del Instituto Agrobiotecnológico del Litoral (IAL), el CONICET y la Universidad del Litoral (UNL) y contó con la participación de la empresa local Bioceres.

El ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Nación, Roberto Salvarezza, consideró esto como la muestra de que el país puede y debe ser competitivo, a la vez que expresa la calidad del sistema científico-tecnológico local. Organismos como el SENASA dijeron que el trigo HB4 es apto para consumo animal y humano y, la Comisión Nacional de Biotecnología (CONABIA) aseguró que “no afecta al medio ambiente”.

Lejos de la épica con la que el gobierno y sus medios afines presentaron la decisión, el rechazo por parte de organizaciones ecologistas, sociales y políticas no se hizo esperar. Desde estos sectores denuncian la falta de evaluaciones de impacto ambiental en todos los biomas o de ensayos a largo plazo sobre los efectos crónicos y cancerígenos dado que la legislación no los exige. Advierten además sobre el peligro del deterioro de los suelos y la posibilidad de que se impida el crecimiento natural de brotes sin la “ayuda” de agrotóxicos.

Una apuesta política a consagrar el dominio del agronegocio

Los argumentos sobre las ventajas de esta semilla más resistente en materia de combate a las consecuencias del cambio climático y como herramienta para el crecimiento económico son como mínimo endebles. El modelo del agrobusiness o agronegocio desembarcó en el país en los años 90 de la mano del menemismo y se consagró en los años 2000 con el boom del alza mundial del precio de las commodities y no parece llenar de prosperidad más que a unos pocos.

Este modelo se basa en el monocultivo, que aquí significó la “sojización”; el extractivismo; la concentración de tierras, con la consecuente expansión de la frontera agraria (que implica la compra o concesión ilegal de tierras, desalojos violentos de las comunidades y la deforestación o desmonte hoy plasmadas en las quemas intencionales). Hablamos también de producción a gran escala y la introducción de nuevas tecnologías en los métodos de producción. Los alimentos son una mercancía y los desarrollos científicos son aplicados para los fines del crecimiento de un modelo productivo agroindustrial enemigo de las necesidades sociales y el equilibrio ecológico.

El desarrollo de la biotecnología y la química entre otros ha sido clave para la introducción en los cultivos de Organismos  Modificados Genéticamente (OMG). Hoy el mercado de semillas está dominado en casi un 70% por cuatro grandes empresas como Monsanto-Bayer, Chem-China-Sygenta, Brevant y BASF.  Las semillas transgénicas necesitan de determinadas tecnologías de siembra y su combinación con fertilizantes y herbicidas o agrotóxicos específicos que estas empresas venden dentro de los llamados “paquetes tecnológicos”.

La habilitación para la elaboración y comercialización a la empresa Bioceres se presentó por el oficialismo como una forma de hacer frente por parte de una empresa nacional a las multinacionales que monopolizan el mercado de semillas. Sin embargo, el desarrollo del trigo HB4 está ligado a su combinación con el uso del herbicida llamado “glufosinato de amonio”. Este es producido por el gigante alemán BASFy fue prohibido en Europa desde 2013. La apuesta es que reemplacey sea heredero del glifosato, agrotóxico cancerígeno utilizado en el país en los cultivos de maíz y soja desde mediados de los noventas.

Se apuesta a la aprobación de parte de Brasil para la compra de este producto, ya que es el principal importador del trigo producido en el país. En el 2019 ese país compró el 46% de las 11,3 millones de toneladas de trigo exportadas. Jair Bolsonaro y su gobierno se han manifestado abiertamente a favor de impulsar a los empresarios del agronegocio, aunque esto implique arrasar por ejemplo con el Amazonas para facilitar el acaparamiento de tierras (land-grabbing) para su uso de espaldas a las necesidades de las grandes mayorías en medio de una gravísima crisis socioecológica mundial.

Los aliados y actores locales del desarrollo del agronegocio no dejan de responder a los intereses de ese sector y su lógica que sigue siendo 100% capitalista. El HB4 amenaza con contaminar los cultivos de trigo orgánico o convencional (que abastecen un 10% del mercado mundial de ese producto) haciéndoles perder sus partidas y dejando en pie solo los cultivos transgénicos.

Finalmente la “ciencia empresaria” demuestra que no es desarrollo científico autónomo ni progresivo. Las grandes empresas locales como Bioceres (parte de la joint-venture llamada Trigallgenetics) ligadas al crecimiento del agronegocio se plantean algo muy distinto a un proyecto de desarrollo sustentable que beneficie a corto o largo plazo a las grandes mayorías. Un gobierno comprometido con estos intereses o peca de ingenuo o es hipócrita cuando celebra el avance del negocio que acá y en el mundo es sinónimo de hambre, precarización y ecocidio.

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