La islamofobia es el nuevo antisemitismo

La propaganda islamofóbica está sirviendo no solamente al propósito de justificar el genocidio del pueblo palestino. También es el nuevo odio étnico y racial que está cumpliendo el rol que cumplió el antisemitismo hasta hace no tanto tiempo.

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Le Pen en Francia, los restos del viejo fascismo de Mussolini reconvertidos bajo el mandato de Meloni, los xenófobos alemanes, los Demócratas Suecos, la ideología jonsista en España con más o menos vínculos con Vox, los supremacistas blanco en Estados Unidos… Y la lista sigue. Todas las viejas ideologías y organizaciones que tenían al antisemitismo como marca de identidad han virado a la propaganda de la islamofobia. El combate al “Islam” se ha convertido en la razón de su existencia.

Ese dato debería ser suficiente para saldar todo debate. Es un hecho: el rol político del antisemitismo lo cumple hoy la islamofobia. Sus partidarios, dada la derrota y deslegitimación histórica que sufrió el fascismo luego de sus innegables horrores, intentan ocultar este hecho, negarlo, apartar su propia vista para distraer la de los demás.

El antisemitismo no surgió con el nazismo. Éste se nutrió de un prejuicio y odio ya muy viejo, y de una propaganda antisemita de la derecha reaccionaria también muy anterior. El nazismo fue la forma última y más terrible del antisemitismo, su culminación. Demagogos y reaccionarios sembraron el horror por generaciones, con horrores menores, y la cosecha fue el Holocausto.

La propaganda islamofóbica es muy parecida a esa vieja demagogia, esparcida por internet en vez de folletines de mala calidad. Y son parte necesaria de darle legitimidad al genocidio en Gaza. En una ironía de mal gusto de la historia, el sionismo se alía con los viejos verdugos del pueblo judío para justificar el exterminio del pueblo palestino, así como la política de segregación en países del Primer Mundo.

La propaganda islamofóbica ni siquiera intenta no parecerse a la vieja propaganda antisemita. Si los nazis hablaban de “judeobolchevismo”, la derecha europea ya usa ampliamente el término “islamoizquierdismo”.

Tanto el antisemitismo como la islamofobia son más que mero odio: son un fenómeno político e ideológico. Trataremos de explicar de qué se trata en esta breve nota.

El viejo antisemitismo

No hay un solo antisemitismo, no hay una sola islamofobia. Han sido cosas diferentes a lo largo de la historia, aunque hayan tenido siempre un hilo conductor en el tiempo.

Para empezar, ambos emergen de la Europa cristiana medieval. En la época feudal, todas las relaciones sociales y de producción estaban cruzadas por el tutelaje de la ideología y organización católica. La Iglesia era el principal señor feudal del continente y lo que le daba a la fragmentada Europa una unidad que era mucho más que un nombre o una geografía común. Lo que no era cristiano era ajeno a las relaciones de producción y dominación del vasallaje y la servidumbre. Las sociedades paganas que se asimilaron a las relaciones de producción feudales acabaron también por adoptar el cristianismo.

Y en el mundo Mediterráneo hubo otras dos importantes religiones en esa misma época: el judaísmo y el Islam. La religión musulmana fue primero un Estado, los califatos, que representaban un sistema de relaciones sociales diferente al feudalismo cristiano, otras relaciones de producción, otra clase dominante. Fue un desafío para la Europa cristiana en tanto amenaza militar, de expansión territorial, aún después de su fragmentación en múltiples Estados, pueblos y dinastías a lo largo de los siglos.

Los judíos no tenían un Estado. Su religión, su identidad y su cultura sobrevivieron en esos siglos constituyendo comunidades propias fundamentalmente urbanas tanto en territorio cristiano como musulmán. De más está decir que la pasaban mucho mejor bajo el Islam. Su principal actividad era la comercial. El intercambio mercantil existía solamente en los márgenes de la sociedad europea de la época. Los señores cristianos los apartaron una y otra vez, con segregación y discriminación religiosa, de toda otra actividad, en particular del acceso a la tierra.

El odio antijudío en Europa comenzó como odio religioso. El clero trató más que frecuentemente a toda disidencia religiosa, cristiana o judía, igual que a lo que llamaban herejía o incluso brujería. Fue muy común el uso de los judíos como chivo expiatorio de todos los males. El cura de la aldea podía culparlos de brujería o ritos satánicos por una mala cosecha o una enfermedad inesperada. A la vez, por constituir sus comunidades en lo que quedaba de las ciudades y por ser de los pocos que manejaban dinero, los señores y reyes los usaban como prestamistas cuando lo necesitaban.

El historiador Abraham León, un trotskista de origen judío que murió en el campo de concentración de Auschwitz, en su libro “Concepción materialista de la Cuestión judía” identifica dos momentos de transformación del antisemitismo europeo.

El primero, con el comienzo de la modernidad capitalista, la mayoría de los judíos fueron apartados del centro de la actividad mercantil y de préstamo de dinero por la nueva clase capitalista mayoritariamente cristiana. El protestantismo fue la ideología que re legitimó el préstamo con intereses, la llamada usura, doctrina a la que después también se tuvo que adaptar el catolicismo. Ahora, los prestamistas de reyes y Estados podían ser y eran efectivamente cristianos. Si algunas familias tradicionales judías lograron sostenerse en las cumbres de la clase capitalista, fueron una minoría. Y la mayoría cristiana de esta clase los veía con hostilidad, como competidores peligrosos. Los persiguieron con ferocidad a la vez que fueron empujados a los márgenes de su actividad tradicional, de prestamistas de reyes fueron obligados a ser prestamistas de campesinos. Autoridades políticas perfectamente capitalistas lograron así instalar como prejuicio popular que los judíos eran los culpables de los males de la sociedad capitalista.

En esa misma época es que el Islam se unifica mayoritariamente bajo una nueva potencia competidora de las europeas, el Imperio Otomano.

Segundo, al odio religioso y moderno se le suma siglos después una nueva corriente: el nacionalismo. En particular, el de las grandes potencias, muy diferentes al de los países y regiones que luchan por su independencia, pese a las raíces ideológicas comunes. Esta fue la ideología que dio lugar a la constitución de los Estados modernos. Y si fue así como necesidad del capitalismo en ascenso y el surgimiento del mercado mundial, contradictoriamente necesitó para crear su unidad política de una ideología exclusivista, que creara una “identidad nacional” previamente inexistente.

Este proceso se dio en todos los Estados del mundo: la invención de una historia común, con sus gestas y sus héroes, una bandera y una identidad. El ejemplo más claro de este proceso de asimilación de culturas diversas en una sola fue la imposición generalizada de idiomas oficiales. A escoceses, galeses e irlandeses se les impuso el inglés; a gallegos, vascos y catalanes el castellano; etc. Parte necesaria de “la nación” era su gobierno. Con el nacionalismo es que las viejas monarquías feudales asumen una nueva legitimidad y se transforman en gobernantes de una sociedad capitalista. La vieja aristocracia mantenía la liturgia del cetro y el trono, pero su poder ya no residía en oxidadas espadas sino en el sonido de sus cajas registradoras. También se impuso por la fuerza como parte de la “identidad nacional” a las religiones oficiales.

Los judíos lograron resistir por siglos toda asimilación por la fuerza. Tras siglos de tradición propia y siendo mayoritariamente más cultos y letrados, mantuvieron sus propias comunidades pese al ambiente hostil. El nacionalismo los vio así como un cuerpo extraño, hostil y ajeno a la “comunidad de intereses” de la “nación”. Con su larga presencia en las ciudades y todos los centros de cultura, dieron a algunos de los más importantes pensadores de esos siglos. Oprimidos por su entorno, también en su seno se vio nacer a algunos de los revolucionarios más importantes de la historia, como Karl Marx. Otros, en vez de rechazar los prejuicios nacionalistas reaccionarios, quisieron hacerlos propios: así nació el sionismo moderno de la mano de Theodor Herzl.

Las potencias europeas habían creado el mercado mundial por medio del colonialismo y luego de la superioridad de su industria. Necesitaron crearse una justificación para su supremacía, una que la explicara no como algo contingente e histórico, sino como algo necesario y esencial. Esa justificación fue el racismo. Los “Estatutos de limpieza de sangre” del Imperio Español fue uno de los primeros antecedentes de la separación y dominación de las personas con criterios raciales.

Racismo y nacionalismo se convirtieron en ideologías oficiales de amplio arraigo. Así, la “raza” y “la nación” debían tener intereses comunes, siempre armónicos. Todo cuestionamiento a las instituciones, tradiciones y las autoridades políticas del viejo régimen debía ser entendido como algo extranjero, venido de afuera, incluso infiltrado. Así se trató a los judíos, a los que se hizo responsables de toda disidencia, de toda crisis y, ni hablar, de todo movimiento revolucionario. No era la eternamente armónica “nación” la que estaba corroída por contradicciones internas, se debía culpar a un enemigo entendido como extranjero. Y ese enemigo era tan monolítico como la propia “raza” y “nación”. Si no tenía una organización política propia, se la inventaba. Nacionalismo y racismo crecieron de la mano de teorías de la conspiración. En palabras de Hitler en “Mi Lucha”, la lucha de clases debía ser reemplazada por la “lucha de razas”. El nazismo no nació, como Atenea, plenamente adulto de la cabeza de Zeus.

La nueva islamofobia

Como hemos dicho, la relación de hostilidad de los regímenes occidentales para con los musulmanes fue por siglos muy diferente de la que guardaba con los judíos. El Islam era una potencia política, cultural y económica, con Estados propios. El último gran imperio que abarcó a casi todo el mundo musulmán, el turco, fue también el último en sostener esa enemistad tradicional.

Los siglos de la modernidad fueron los del comienzo del sometimiento de todas las tierras de mayoría musulmana al capitalismo mundial. Sus sultanes fueron sometidos a la autoridad del mercado mundial, hegemonizado por la burguesía occidental. Sus orgullosos aristócratas se convirtieron también en capitalistas de segundo orden. El tendido de vías férreas a lo largo del gran imperio turco se hizo con capitales alemanes. El sultán era cliente y deudor del Deustche Bank. El Islam ya no representaba otro sistema, era una más de las culturas y religiones subordinadas al gobierno de la Bolsa. Con el fin de la Primera Guerra Mundial, Estambul quedó del bando perdedor, pues era aliado de Alemania. Medio Oriente fue entonces directamente colonizado por ingleses y franceses.

La vieja rivalidad se había terminado, de hecho, mucho tiempo antes. La islamofobia de nuestros días es un fenómeno completamente diferente, aunque algunos reaccionarios nostálgicos quieran creer otra cosa.

La colonización y las posteriores luchas por la independencia les dieron una nueva forma política a los países musulmanes. Ya los otomanos venían de más de un siglo de modernización relativa fruto de la influencia de las nuevas ideas. Los nuevos países adoptaron Constituciones, leyes y formas de gobierno basadas en parte en la tradición de las viejas leyes islámicas, en parte influenciadas por las nuevas corrientes políticas e ideológicas de Occidente. Emergió entonces el nacionalismo burgués progresista y el llamado “socialismo árabe”, en conflicto con otras corrientes políticas, como las monárquicas. La historia política de Medio Oriente está muy lejos de ser esa simplificación racista que nos presenta el mundo árabe como un bloque religioso-político homogéneo. No está dividido solamente entre credos sectario-religioso, también está cruzado por la influencia de tendencias y corrientes más o menos seculares o modernizadoras.

Foto: Neonazis se manifiestan contra la construcción de una mezquita en Bolton, Gran Manchester. Noviembre del 2016.

La decadencia en todo el mundo del nacionalismo tercermundista a fines del siglo XX no tuvo su excepción en Medio Oriente. De la mano de su adaptación a la era neoliberal, emergió una nueva corriente política como su enemiga, una reacción violenta a las tendencias modernizadoras y secularizantes: el islamismo. Al principio, Estados Unidos y las potencias occidentales en general abrazaron como una aliada a esta nueva corriente para contrapesar el tercermundismo, el “socialismo árabe” y las influencias de la URSS. La película Rambo III, en los 80’, fue dedicada a los “bravos combatientes Muyahidines” que peleaban en Afganistán contra los rusos y sus aliados, con entrenamiento y armamento estadounidense. De los Muyahidines emergerían luego organizaciones como los Talibán y el mismísimo Al Qaeda.

Con la caída del enemigo común, la alianza del islamismo y la OTAN, de por sí obviamente frágil por los intereses contrapuestos, se quebró definitivamente. El 11 de septiembre del 2001, la caída de las Torres Gemelas, sería el emblema del comienzo del nuevo “cuco”, el extremismo islámico. Bajo esa etiqueta se puso no a ciertas corrientes políticas e ideológicas concretas, sino a pueblos enteros. Con la excusa del combate al “terrorismo” es que fueron invadidos tanto Iraq como Afganistán. El primero era gobernado por el partido secular Baaz y el segundo por fundamentalistas, pero la ola oficial de nueva islamofobia puso a enemigos mortales en una misma bolsa. Para ocuparlos militarmente por igual debían ser iguales. Hoy ya todo el mundo sabe, salvo los testarudos que no quieren saber, que la “guerra contra el terrorismo” no fue más que una excusa.

Ya desde décadas antes, con la creciente “globalización” del mundo capitalista, era una tendencia cada vez más grande la migración de personas de países pobres o en guerra hacia los estabilizados países europeos o Estados Unidos. En particular, hubo un gran movimiento de personas de religión musulmana de sus países de origen hacia sus viejos colonizadores, como los argelinos en Francia o los marroquíes en España. Se trata a los inmigrantes, en particular musulmanes, pero no sólo musulmanes, como la causa de todos los problemas.

Y hoy vivimos una época en la que las viejas potencias, Estados Unidos en particular, se sienten amenazadas. La hegemonía del bloque yanqui-europeo (creado tras la Segunda Guerra Mundial) está muy cuestionada. Y la reacción tiene un nuevo chivo expiatorio. De nuevo, se echa la culpa de sus crisis a la “infiltración” que rompe con la pureza de lo “occidental”, lo que viene de afuera a carcomer las viejas tradiciones y valores.

Como lo era el judío antes, ahora el enemigo interno que a la vez es extranjero es el musulmán. La retórica del “choque de civilizaciones” viene a reemplazar a su ideología hermana de la “lucha de razas”. No es nada casual que a la par de estas tendencias crezcan teorías de la conspiración como la del “Gran Reemplazo”, abiertamente neonazi, aún ferozmente antisemita, brutalmente islamófoba. Porque no, el antisemitismo no se terminó, pero hoy tiene por organización y referencia mayoritariamente a la nueva derecha, cuyo principal cuco es el Islam… y, por supuesto, la izquierda. La vieja propaganda del “judeo-bolchevismo” y la nueva sobre el “islamoizquierdismo” no están hermanadas, son exactamente la misma propaganda.

Un nuevo etno-nacionalismo reaccionario

Si los conservadores habían ya logrado con éxito instalar la islamofobia, la nueva derecha se toma de ella con las dos manos y la lleva a formas más y más extremas. De la mano de ideólogos generosamente financiados por grandes empresarios, como Ben Shapiro en Estados Unidos o Agustín Laje en América Latina, venimos presenciando el surgimiento de una nueva narrativa etno-nacionalista. De ella participan también con entusiasmo los grupúsculos neo-fascistas o abiertamente neonazis.

Nos dicen que el “mundo moderno”, y todo “progreso”, se debe a los “valores occidentales” heredados de la democracia y la filosofía de la Antigua Grecia, el derecho y el republicanismo de Roma y la moral “judeo-cristiana”. “Occidente” es así presentado como lo hacía con “la nación” y “la raza” la vieja narrativa nacionalista, una comunidad armónica con intereses siempre comunes, cuyo único cuestionamiento puede provenir de lo que le es ajeno. Como el fascismo, se crea un enemigo a la vez interno y extranjero con el que no hay que mezclarse. Las crisis del capitalismo y sus regímenes políticos no se deben a contradicciones internas sino a ese enemigo, al acecho para destruir “Occidente”.

Por supuesto que esta narrativa no resiste el menor análisis histórico. Los “valores” modernos asociados al republicanismo se instalaron en una lucha feroz con el antiguo régimen y las instituciones cristianas. Ni siquiera el propio cristianismo puede ser entendido como algo homogéneo: si al principio rechazaba la propiedad privada, hoy es su defensor; si por mucho tiempo vio como algo natural la esclavitud, hoy la rechaza oficialmente. Sin mencionar que es un directamente ridículo presentar como una línea de continuidad sin contradicciones ni conflictos lo “judeo-cristiano” después de siglos de antisemitismo cristiano. “Occidente” no es un bloque monolítico histórico, se fue transformando a lo largo de los siglos desgarrado por intereses contrapuestos internos, por la lucha de clases. Otra cosa es que las viejas etiquetas (como la religión) se hayan adaptado con el tiempo a las nuevas circunstancias, retrocediendo frente a la derrota.

Los ejemplos del absurdo de esta ideología son casi interminables. Podríamos dedicar páginas y páginas a su refutación. Por ejemplo, es sabido que los aspectos más democráticos de la Constitución de los Estados Unidos tuvieron una muy pobre influencia de la democracia ateniense. Uno de sus redactores más notables, Benjamin Franklin, tomó de modelo a la Confederación iroquesa para la redacción de la carta magna de los yanquis, aún hoy vigente. El derecho romano tiene poca o nula influencia en el derecho de Estados Unidos o Reino Unido, pues allí predomina la herencia del derecho consuetudinario germano. La filosofía griega se había perdido ampliamente en la Europa cristiana hasta que regresó a través de las traducciones de los árabes. Pero reconocer influencia de los “indios” de Norteamérica o los árabes en la civilización “occidental” es poco conveniente para el nuevo etno-nacionalismo, que además es profundamente racista.

Proliferan los grupos fascistoides influenciados por esa narrativa, que tiene un público masivo. Un ejemplo, tan solo uno, son los Proud Boys, protagonistas del asalto al Capitolio de enero del 2021. También son sus simpatizantes los perpetradores de ataques terroristas a mezquitas y sinagogas en Estados Unidos.

Parte importante de esta doctrina es presentar al Islam como una religión particularmente extrema, necesariamente fundamentalista y violenta. La verdad es que en este aspecto no es muy diferente al cristianismo o la religión judía. La diferencia es que en los países “occidentales” la religión ha sufrido derrotas mucho más significativas en manos de nociones más seculares del mundo. Muy a menudo luego de luchas sangrientas.

El mundo árabe y musulmán está tan dividido y es tan contradictorio como el resto del planeta. No es el bloque monolítico fundamentalista que nos quieren presentar los racistas de la nueva derecha. Es común encontrarse con defensores del sionismo que plantean que el apoyo de la causa del pueblo palestino es lo mismo que defender el apedreamiento de mujeres y el asesinato de homosexuales. Asocian a un pueblo entero con ciertos valores, intereses, organizaciones o ideologías… igual que hacían los nazis. En Gaza, la islamofobia es la ideología de un genocidio, como lo fue el antisemitismo en el Holocausto.

De nuevo: el mundo árabe o musulmán es tan complejo y está cruzado por tantas contradicciones como el “occidental”. Los niveles de influencia de la religión en el Estado, el régimen, las costumbres o las leyes varían mucho de país en país, y también a lo largo del tiempo. Afganistán no fue siempre el agujero negro de reacción y oscurantismo que es hoy bajo el régimen Talibán.

Pero otro ejemplo particularmente claro es Palestina. ¡Es obvio que entre las víctimas de la ocupación y el genocidio hay activistas LGBT que rechazan el fundamentalismo! ¿De verdad hay que explicar estas cosas? La penalización legal de la homosexualidad fue abolida en territorio palestino por primera vez en 1858, con las reformas modernizadoras otomanas. Se volvió a penalizar en 1936 bajo el Mandato Británico. Los “valores occidentales” perpetuaron la homofobia legal en territorio de “fundamentalistas”. En Cisjordania es volvió a abolir la penalización en 1951, mientras que en Israel recién se conquistó oficialmente la despenalización de la homosexualidad en 1988. Es decir, los fanáticos fundamentalistas árabes llevan mucho más tiempo de despenalización legal de la homosexualidad que el moderno “Occidente”. Y en Gaza sigue penalizada… ¡bajo la vieja ley británica! Claro que el fundamentalismo religioso les hace la vida muy difícil a las personas LGBT en el mundo árabe… de la misma manera que lo hace en el resto del mundo. La diferencia es, de nuevo, que en “Occidente” ha sufrido más y más duras derrotas.

Por donde se la vea, la nueva narrativa racista y etno-nacionalista es una retórica demagógica como la fue la del fascismo. Poniendo frente a la gente el cuco del extranjero, la nueva derecha quiere un futuro más oscuro de reacción, de opresión sobre las mayorías trabajadoras y sobre todas las etnias, grupos religiosos y pueblos. Son los voceros más decadentes y extremos de los dueños del mundo, de los apropiadores de trabajo ajeno, de la clase capitalista que se enriquece mientras entrega algunos de sus fondos para la propagación del odio racial y religioso. Detrás de unos y otros están los intereses de la burguesía, representan el capitalismo salvaje y el imperialismo beligerante. La nueva derecha no es igual al fascismo… pero sus parecidos no son pocos. Y hay que combatirlos de la misma forma.

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