Implicaciones del bombardeo de Irán a Israel

En la noche de 13 de abril, los noticiarios del mundo entero transmitieron las imágenes del ataque aéreo que Irán lanzó contra Israel.

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São Paulo, 26 de abril de 2024.

En la noche de 13 de abril, los noticiarios del mundo entero transmitieron las imágenes del ataque aéreo que Irán lanzó contra Israel. Esta acción fue una represalia ante el bombardeo del ejército sionista contra el consulado iraní en Siria, producto del cual murieron siete personas, entre ellas el general de brigada Mohamed Reza Zahedi, uno de los comandantes de mayor rango de la “Guardia Revolucionaria” de la república islámica.

De inmediato, comenzaron las especulaciones sobre la posible reacción militar de Israel y el desencadenamiento de una guerra a escala regional, la cual probablemente arrastraría a la contienda a los Estados Unidos.

Al momento de escribir este artículo, pareciera que el dispositivo de contención impulsado por el imperialismo norteamericano y el G-7 dio resultado (al menos en los inmediato), limitando la respuesta de Israel al campo diplomático. A pesar de eso, varios representantes del gobierno de ultraderecha sionista declararon que responderían al ataque de la forma y en el momento que consideren pertinente, con lo cual dejaron abierta la puerta para una escalada militar del conflicto.

Por otra parte, mientras el mundo entero está inmerso en las especulaciones en torno al devenir de la disputa entre Israel e Irán, los sionistas prosiguen con la invasión en Gaza y, muy posiblemente, Netanyahu aproveche su “reencuentro” con los imperialismos occidentales para invadir Rafah (todo parece indicar que eso sucederá en cuestión de días) y desatar una nueva masacre contra el pueblo gazatí. Además, los colonos sionistas redoblaron sus ataques contra la población palestina en Cisjordania ocupada.

¿Un nuevo paradigma en la confrontación entre Israel e Irán?

A lo largo de los últimos años, Irán sufrió varios ataques por parte de Israel y los Estados Unidos. Por ejemplo, en enero de 2020 y durante la administración de Donald Trump, un dron estadounidense asesinó en Bagdad a Qassem Soleimani, uno de los principales generales de la Guardia Revolucionaria. En noviembre de ese mismo año, la Mossad -nombre de la inteligencia sionista- asesinó a Mohsen Fakhrizadeh, quien hasta ese momento era el principal científico a cargo del proyecto nuclear iraní. Asimismo, en abril del 2021, Irán acusó a Israel de bombardear una planta subterránea de enriquecimiento de uranio ubicada en Natanz, lo cual estuvo cerca de provocar una catástrofe socio-ambiental.

Ante todos esos ataques, el régimen de los ayatolás juró venganza contra los sionistas y los Estados Unidos, pero sus respuestas no pasaron de acciones a pequeña escala y, en la mayoría de los casos, ejecutadas a través de sus proxys en la región (principalmente de Hezbollah en Líbano).

En esta ocasión, por el contrario, la respuesta militar contra Israel fue un ataque directo desde territorio iraní. Eso nunca había sucedido y, por ende, representa un dato cualitativo de suma importancia. De acuerdo a un reportaje del New York Times, este ataque sienta un “nuevo paradigma”, pues Irán rompió las suposiciones de Israel sobre el “umbral de riesgo” con que se manejaba hasta entonces. Es decir, se estaría pasando del uso de métodos de disuasión indirectos a una confrontación directa entre ambos Estados.

Ahora bien, ¿por qué Irán atacó directamente a Israel, a sabiendas de la superioridad militar de su adversario y del respaldo de las potencias occidentales? Según la interpretación del Gilbert Achcar (especialista libanés en temas de Medio Oriente y militante trotskista de la corriente mandelista), la respuesta iraní tuvo como objetivo recuperar su “credibilidad” disuasoria a nivel regional, la cual se vio erosionada por su inacción ante los ataques que sufrió previamente. Además, fue una respuesta ante la presión interna de los sectores más radicalizados de la base social del régimen iraní, para los cuales era una vergüenza no reaccionar ante tal provocación por parte del sionismo.

En vista de eso, los iraníes realizaron un ataque que calificaron como “prudente”, esto es, fue mediáticamente impactante, pero militarmente ineficaz con tal de no provocar una guerra con Israel. Es más, apenas utilizaron trescientos misiles y drones, aunque el ejército iraní tiene capacidad para lanzar diez veces más esa cantidad de proyectiles, tal como declaró el jefe de Estado Mayor.

Por ese motivo, la enorme mayoría de analistas coinciden en que los iraníes no querían infligir un daño a su adversario, pues para ello hubieran lanzado un ataque masivo que sobrecargara el “Domo de Hierro” (nombre del sistema antimisiles de Israel) y, en consecuencia, una mayor cantidad de proyectiles hubiesen alcanzado su destino final. Asimismo, Irán avisó con antelación que realizaría el ataque, lo cual permitió que los ejércitos de los Estados Unidos, Inglaterra y Francia desplegaran tropas en la región para fortalecer la defensa de Israel, con lo cual lograron derribar la mayoría de los misiles y drones iraníes antes de que ingresaran al espacio aéreo israelí[1].

Así, más que una demostración de fuerza y disposición de pasar a la ofensiva, el ataque iraní fue una reacción defensiva para contener a la base social del régimen y mantener su influencia en la zona. Irán no puede proclamarse como la dirección del “Eje de la resistencia”, al mismo tiempo que no reacciona cuando es atacado, una y otra vez, por su principal rival estratégico en la región.

No obstante, fue una respuesta arriesgada. El gobierno de ultraderecha israelí es impredecible y, como demuestra con su operación de genocidio y limpieza étnica en Gaza, no tiene recato en cruzar “líneas rojas” que, hasta hace poco, era impensable que fueran transgredidas. Con mucha más razón cuando Netanyahu está acorralado judicialmente y necesita del “estado de guerra” para prolongar su vida útil en la política. Esa combinación de factores hace que la situación sea muy inestable y peligrosa, por lo cual sería precipitado descartar una escalada del conflicto en los próximos meses.

¿Por qué Israel atacó el Consultado iraní?

Esta no es la primera vez que Israel ataca a Irán. Como indicamos previamente, en el pasado reciente asesinó a destacadas figuras científicas o militares de alto rango, además de bombardear una planta nuclear en territorio de la república islámica.

Pero el ataque contra el Consulado en Damasco tiene una connotación diferente. Se trató de una provocación deliberada para forzar una reacción de Irán y desencadenar una escalada del conflicto. Además, fue una invitación a pelear a un adversario debilitado. Aunque los ayatolás no escatiman palabras iracundas en sus discursos contra Israel y los Estados Unidos, lo cierto del caso es que el régimen iraní no pasa por su mejor momento. Su economía está muy debilitada por las sanciones económicas impuestas por los Estados Unidos tras la ruptura del acuerdo nuclear en 2018. Asimismo, en los últimos años aumentó el cuestionamiento social hacia los rasgos más reaccionarios y autoritarios del régimen, como demostró la rebelión popular que estalló en 2022 tras la muerte de Mahsa Amini, una joven detenida por no llevar el velo y que murió cuando estaba bajo custodia de la “policía de la moral”.

A sabiendas de todos estos elementos, el gobierno de ultraderecha sionista ejecutó su provocación contra Irán. Los motivos israelís son varios. Netanyahu, como es sabido, está bajo amenaza de ser procesado judicialmente por corrupción y otros delitos económicos. Lo único que lo protege de ir a la cárcel es la inmunidad que ostenta por ser Primer Ministro. En razón de eso, hace todo lo posible por conservar el poder y, en ese marco, mantener el país bajo “estado de guerra” le da una excusa “razonable” para no convocar a elecciones anticipadas, donde seguramente sería derrotado (eso indican las últimas encuestas). Entonces, no es una “torpeza” táctica que Netanyahu esté abriendo tantos frentes de batalla al mismo tiempo (con Hamas en Gaza, con Hezbollah en Líbano y ahora directamente con Irán); por el contrario, hace parte de una estrategia –bastante inmediatista y peligrosa- para aferrarse al poder.

Al mismo tiempo, el ataque contra el Consulado iraní fue un artificio o maniobra distractora. La reacción militar de Irán fue aprovechada por el sionismo para lanzar una “cortina de humo” sobre la masacre que desarrolla en Gaza, a raíz de la cual su imagen se deterioró significativamente a nivel internacional. De hecho, desde el momento en que los iraníes lanzaron su ataque sobre Israel, los noticiarios internacionales priorizaron la cobertura sobre la posible escalada militar entre ambos países, dejando en un segundo plano la crisis humanitaria en Gaza que, hasta entonces, acaparaba los principales titulares. Asimismo, Israel nuevamente se posicionó como una “víctima” ante el mundo y, como es usual, recibió el respaldo incondicional de los Estados Unidos y las demás potencias europeas.

Por otra parte, la provocación contra Irán también se explica por un objetivo estratégico que preocupa a todo el establishment sionista: acabar con el potencial nuclear iraní, el cual se incrementó notablemente tras la ruptura del acuerdo nuclear. De acuerdo con el análisis de Achcar, desde entonces los iraníes avanzaron mucho en su capacidad para enriquecer uranio, al punto de que estarían en condiciones de armar tres bombas nucleares en poco tiempo. Eso, sumado a la capacidad de ataque con misiles de largo alcance y la extensión del territorio iraní, aumentaría su capacidad disuasoria en todo el Medio Oriente y representaría un peligro para la seguridad nacional de Israel.

¿Va escalar el conflicto?

Al momento de escribir este artículo, trascendió la noticia sobre un ataque de baja intensidad con drones en territorio iraní, el cual no produjo grandes daños en infraestructura o la pérdida de vidas. Aunque Israel no asumió la responsabilidad por lo sucedido (lo cual es normal cuando realiza ese tipo de acciones), todo indica que fue la prometida “respuesta” del gobierno de Netanyahu contra Irán.

No hay que ser un especialista militar para comprender que fue una acción simbólica, posiblemente ejecutada para satisfacer parcialmente las ansias de revancha de los sectores de ultraderecha del gobierno israelí. También, fue un recordatorio para Irán sobre la capacidad de Israel para alcanzar su territorio con relativa facilidad. Teherán declaró que no iba a tomar represalias, debido a que no sufrió ningún daño y calificó el ataque como insignificante.

En vista de eso, todo parece indicar que no se va producir una escalada militar en el corto plazo. En gran medida, eso obedece a la política de contención que lanzó la Casa Blanca, pues el imperialismo estadounidense no quiere que estalle otra guerra que, además de generar más inestabilidad en la región, a la vez abriría más espacio para la creciente intromisión de Rusia y China. Eso explica el veloz operativo que desplegó Biden junto con los imperialismos occidentales agrupados en el G-7, los cuales insistieron durante estos días en condenar a Irán por el ataque a Israel, pero también en pedir prudencia a su aliado sionista para no desatar una escalada militar.

A lo interno de Israel, los sectores de ultraderecha en el gobierno exigieron una respuesta inmediata, alegando que era una medida necesaria para mantener el poder de disuasión de Israel ante sus rivales. En contraposición, los sectores de la centroderecha sionista argumentaron que era mejor aguardar antes de responder, para así capitalizar el apoyo que Israel está recibiendo de las potencias imperialistas occidentales, en particular con los Estados Unidos, con el cual tuvo un distanciamiento por la invasión en Gaza. Esta última fue la línea que se impuso; desde la perspectiva sionista es sensata, pues no es buen negocio embarcarse en una guerra formal con otro Estado y, al mismo tiempo, pelearse con su principal aliado y proveedor de armamento. Además, ir a la guerra con Irán puede entorpecer las relaciones diplomáticas de Israel con los países árabes que hace poco suscribieron los Acuerdos de Abraham (es decir, que reconocieron la “legitimidad” del Estado sionista), así como dificultar el aproximamiento con Arabia Saudita (el cual se vio frenado con la invasión a Gaza).

Por otra parte, la “prudencia” de Israel ante el ataque iraní tiene como contracara un incremento en la brutal ofensiva contra el pueblo palestino. La trama con Irán amortiguó relativamente las asperezas con Washington; es más, el 20 de abril la Cámara de Representantes de los Estados Unidos aprobó un nuevo paquete de ayuda para Israel por valor de 26 mil millones de dólares.

Eso está siendo aprovechado por Tel Aviv para continuar con la masacre en Gaza, así como para expandir la colonización sobre Cisjordania ocupada. Por ejemplo, el mismo día que se votó el paquete de ayuda en los Estados Unidos, el ejército sionista atacó un campo de refugiados en la ciudad de Tulkarm, Cisjordania, el cual dejó un saldo de 14 palestinos asesinados y la destrucción del acueducto local. Asimismo, en cuestión de días o semanas será lanzada la ofensiva final sobre Rafah, la única ciudad que todavía no fue destruida por el ejército sionista en Gaza (por eso es un objetivo tan anhelado por la ultraderecha israelí, pues consideran que no acabar con esa ciudad equivale a perder la “guerra” contra Hamas).

Eso va profundizar la terrible catástrofe humanitaria que aqueja a la población gazatí, pues en esa ciudad se encuentran hacinadas 1,5 millones de personas, en su enorme mayoría refugiados internos que malviven en campos improvisados. Bajo esas condiciones, no hay forma de que un ataque militar sea “quirúrgico” o realizado con criterios “humanitarios” para “proteger” a la población civil, tal como Netanyahu y su gabinete de guerra están promocionando la operación ante el mundo. Será una masacre descomunal, la cual posiblemente supere a la de Sabra y Shatila de 1982[2].

En suma, la provocación contra Irán resultó en un buen negocio para el gobierno de Netanyahu, pues le permitió reubicarse como “víctima” ante el mundo, un disfraz que le sienta bien para continuar con su proyecto colonial y genocida en contra del pueblo palestino. Si bien no vislumbramos una escalada militar con Irán (al menos en lo inmediato), sí se profundizará el genocidio y la limpieza étnica contra el pueblo palestino.

Irán: una sub-potencia regional e independiente

Desde nuestra corriente caracterizamos a Irán como una sub-potencia regional que, producto de la revolución de 1979, conquistó su independencia ante el imperialismo estadounidense, aunque adoptó un régimen autoritario y ultraconservador, el cual no constituye una alternativa emancipatoria para los sectores explotados y oprimidos.

Lo anterior, es un dato cualitativo de suma importancia para definir una posición en caso de que se produzca un enfrentamiento militar entre Israel e Irán. Los dos son Estados burgueses y con regímenes reaccionarios. Pero esa es una igualación formal y unilateral que no basta para formular una posición socialista revolucionaria, para lo cual es necesario contemplar las profundas diferencias cualitativas entre ambos.

Por ejemplo, Israel fue creado/impuesto como parte de un acuerdo inter-imperialista en la segunda posguerra mundial (¡con el apoyo vergonzoso de la URSS!, una de sus mayores traiciones históricas), para que fuera un gendarme armado de los Estados Unidos en Medio Oriente. Es un Estado colonial y racista que se fundó a partir del robo de la mayoría del territorio perteneciente a la Palestina histórica, cuya población originaria fue desplazada y, desde entonces, está sometida a un brutal régimen de apartheid. Por si eso no bastara, actualmente ejecuta una operación de genocidio y limpieza étnica en la Franja de Gaza que, para el momento que escribimos este texto, contabiliza 34 mil personas muertas (en su mayoría niños y mujeres).

Irán, por el contrario, presenta un curso histórico diferente. Durante gran parte del siglo XX estuvo gobernado por la dinastía Pajlevi (1925-1979), la cual se caracterizó por modernizar el país en varios aspectos. De acuerdo al historiador Luis E. Bosemberg, dicha monarquía aspiraba transformar a Irán en una potencia, para lo cual apelaron a un discurso nacionalista, rescataron viejos monumentos y descubrieron textos históricos de la antigua Persia.

Ante la ausencia de una fuerte burguesía interna, la monarquía iraní desarrolló un capitalismo de Estado, el cual se transformó en el principal “agente industrializador” del país. A inicios de los años cincuenta, el primer ministro Mohammad Mosaddegh nacionalizó la industria petrolera que, hasta ese momento, estaba bajo control de compañías inglesas. En respuesta a eso, el imperialismo inglés y la CIA organizaron un golpe de Estado que destituyó a Mosaddehg en 1953 y favorecieron una mayor concentración de poder en manos del Sha, el cual pudo retornar al país tras protagonizar una breve fuga hacia Roma por sus disputas con el depuesto primer ministro.

Durante un tiempo esa fórmula fue exitosa, pues el país obtuvo enormes réditos de la renta petrolera, la cual pasó de 2.000 millones de dólares en 1972 a 20.000 millones en 1977. Igualmente, el crecimiento económico fue asombroso entre 1966 y 1977, promediando el 9,6% anual (el doble con relación a los países del tercer mundo). Parte de esos recursos se invirtieron en el desarrollo de la industria de consumo, la construcción, el comercio y los bienes raíces. El mercado interno creció, con lo cual surgió una nueva burguesía y clases medias urbanas.

Pero, contradictoriamente, la enorme riqueza petrolera hizo del país una economía dependiente del mercado mundial, particularmente de los Estados Unidos, potencia que se transformó en su principal mercado y, en consecuencia, dictó su política externa. En realidad, Irán se transformó en un gendarme armado del imperialismo estadounidense en Medio Oriente. Además, desde 1953 pasó a ser un aliado estratégico de Israel en la región.

Todo eso cambió a partir de 1979, cuando se produjo la revolución que destronó al Sha y mudó la relación del país con el imperialismo estadounidense. Fue un proceso de masas que reunió en las calles a todos los sectores que repudiaban a la monarquía por su corrupción, los rasgos autoritarios con que reprimía a la oposición política y por la caída en los niveles de vida de las masas a finales de los años setenta. Organizaciones sindicales, partidos de izquierda y laicos, mujeres y estudiantes, fueron algunos de los sectores sociales y políticos que protagonizaron la lucha contra la monarquía.

De acuerdo al historiador Osvaldo Coggiola, la revolución comenzó como un vasto proceso democrático dirigido por el clero islámico tradicional, pues este sector conservador tenía choques con las medidas modernizadoras implementadas por el Sha. A pesar de eso, en medio de las protestas contra la sangrienta monarquía sucedió algo inesperado: la creciente afirmación del proletariado como sujeto político dentro del movimiento democrático y antiimperialista. La clase obrera iraní entró a escena con sus propios métodos de lucha (como huelgas y ocupaciones de fábricas) y, en el transcurso de la pelea contra el régimen, fortaleció sus elementos de independencia ante las direcciones burguesas y el clero chiita. De hecho, a partir de setiembre de 1978 y hasta febrero de 1979, se conformaron una gran cantidad de consejos obreros e independientes, es decir, organismos de doble poder.

Uno de los momentos más álgidos de la revolución fueron las jornadas del 10, 11 y 12 de febrero de 1979, cuando el movimiento de masas se alzó en armas y quebró al ejército imperial. El sábado 10 de febrero fue particularmente sangriento en Teherán. Ese día se produjeron asaltos a los cuarteles y delegaciones policiales. Había combates por toda la ciudad, además de tanques y patrullas quemadas por doquier. En total, se contabilizaron 200 muertos y 800 heridos.

Lo anterior, demuestra que la revolución mostró una tendencia obrera por un corto período de tiempo, la cual amenaza con radicalizar del proceso en un sentido anticapitalista y socialista.  Ante eso, los ayatolás no dudaron en librar una contrarrevolución

teocrático-burguesa, por medio de la persecución, represión y aplastamiento del movimiento obrero y los partidos de izquierda. Para esto utilizaron dos instrumentos militares. Primero, a las milicias islamistas se le dio un enorme poder dentro del nuevo Estado; posteriormente, fueron rebautizadas como Guardianes de la Revolución (o Guardia Revolucionaria. Segundo, el régimen desplegó los “Comités jomeinistas” (también llamados Comités de Jomeini), cuyo objetivo central era competir con los comités independientes en los principales centros industriales, pero después fueron utilizados para atacar militarmente a esos espacios de auto-organización obrera (según Coggiola, a pesar de la represión muchos de estos comités obrero se mantuvieron en pie hasta 1981).

Mediante esta campaña de represión contra las fuerzas de izquierda y el movimiento obrero, los islamistas se impusieron como fuerza hegemónica y consolidaron su proyecto de república islámica. El nuevo poder se apoyó centralmente en un parlamento compuesto por el clero islámico, el campesinado y los pequeños comerciantes. Pero esa institución representativa y electa por voto popular, fue subordinada a las instancias no electas del clero chiita que, en adelante, pasaron a arbitrar la vida política, económica, social y cultural del país. Es decir, se configuró un régimen de naturaleza bonapartista-teocrático (Coggiola dixit).

Ante la huida masiva de empresarios y cuadros técnico-administrativos vinculados al antiguo régimen, la crisis económica abierta por la guerra con Iraq (1980-1988) y el distanciamiento con los Estados Unidos, la república islámica realizó una ola de nacionalizaciones y colocó las empresas bajo control de fundaciones islámicas. Alrededor del 85% de las principales empresas del país estaban bajo control del Estado.

Con la caída de la URSS se produjo un debilitamiento de los sectores más estatistas del régimen de los ayatolás. Sumado a eso, la crisis económica que azotó al país en los años noventa, facilitó el avance de los reformistas neoliberales que impulsaron medidas para la apertura económica, es decir, incentivando la articulación con el mercado internacional y el desarrollo del sector privado.

El giro reformista también tuvo un reflejo en el plano político, particularmente con la instauración y continuidad de varios gobiernos moderados, como fueron las administraciones de Rafsanyani, Jatamí y Ruhani, las cuales fueron caracterizadas como pro-occidentales por su interés en profundizar los vínculos económicos con Europa y no alinearse con Rusia o China.

Pero la situación política cambió con el desarrollo del programa nuclear iraní, el cual fue atacado por los Estados Unidos y fomentó la polarización contra el “occidente”, una retórica que favoreció el ascenso de los sectores más radicales –también llamados de “línea dura”- en detrimento de los reformistas. Desde entonces, la línea dura es hegemónica dentro de Irán, como demostraron los resultados de las pasadas elecciones parlamentarias de marzo, donde consiguieron elegir 200 parlamentarios de un total de 245.

Según un estudio elaborado por el economista iraní Djavad Salehi-Isfahani, después de que los Estados Unidos salieran del acuerdo nuclear y reinstauraran las sanciones, el régimen comenzó a hablar de una “economía de resistencia”, cuyo eje es vincular al país con la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) o los BRICS. No obstante, los iraníes tienen muchos problemas para comerciar internacionalmente por las restricciones bancarias que les fueron impuestas, además de que no consiguen fomentar una producción y exportaciones diversificadas. El país depende de las exportaciones de petróleo, principalmente hacia China, a cuyo mercado se destina el 90% del hidrocarburo iraní.

Visto lo anterior, Irán combina muchas fortalezas y debilidades. Por un lado, es una potencia energética y tiene una fuerte tradición cultural en la región; también, cuenta con un pasado imperial que alimenta su orgullo nacional y aspiraciones hegemónicas (además, nunca fue colonia formal de ninguna potencia europea). Por otra parte, presenta muchas debilidades estructurales, particularmente en su economía.

Para ilustrar lo anterior, veamos algunas comparaciones entre Irán e Israel. Por ejemplo, el país persa tiene una población de 87 millones de habitantes y posee enormes yacimientos de hidrocarburos, pero su Producto Interno Bruto (PIB) es de 415 billones de dólares, muy por detrás de los 520 billones de Israel, cuya población es de 10 millones de habitantes y cuenta con un territorio setenta y cinco veces más pequeño.

Esta asimetría se extiende al plano militar, donde Israel posee una clara superioridad en cuanto a armamento de alta tecnología (ayudado enormemente por el imperialismo norteamericano). De acuerdo a un reportaje de la BBC, el Estado sionista gastó 19 billones de dólares en defensa en 2022, mientras que Irán invirtió 7,4 billones. De ahí que no sorprenda el abismo que existe entre sus fuerzas aéreas, siendo que los sionistas poseen 340 aeronaves de combate, como cazas F-15, F-35 (estos pueden escapar del control de radares) y helicópteros de ataque rápido. Por su parte, Irán tiene 320 aeronaves, pero en su mayoría son de los años sesenta, como los F-4, F-5 o F-14 (¡este último fue el que se utilizó para filmar Top Gun en 1986!). Debido a su antigüedad, hay dudas sobre la capacidad de combate de varios de esas aeronaves, pues es difícil conseguir piezas de repuesto.

En el único rubro donde Irán tiene ventaja, es con relación a su programa de misiles y drones, desarrollado desde los años ochenta durante la guerra con Iraq. Pero es una ventaja relativa, dado que Israel tiene alrededor de noventa ojivas nucleares (es una estimativa no oficial, pues los sionistas tienen una política de ambigüedad con respecto a su arsenal nuclear).

Este breve recuento histórico demuestra que Irán transitó de ser un aliado sumiso y mimado del imperialismo estadounidense a convertirse en una nación independiente. De hecho, las relaciones diplomáticas entre ambos países están rotas desde la toma de la embajada estadounidense en Teherán, la cual se extendió por 444 días (noviembre 1979-enero 1981) y marcó el inicio de las sanciones económicas de los Estados Unidos contra la república islámica.

Igualmente, no consideramos que sea una potencia regional, pues tiene muchas debilidades estructurales con respecto a Israel y otros Estados árabes (como Arabia Saudita o Egipto). Desde nuestra perspectiva, es más atinado caracterizarlo como una sub-potencia que todavía es políticamente independiente del imperialista, incluso de China que es su principal social comercial en la actualidad, pero no dicta su política externa de ningún modo.

Contra el imperialismo y el sionismo, apoyamos críticamente a Irán

“En Brasil reina ahora un régimen semifascista que todo revolucionario no puede ver más que con odio. Supongamos, sin embargo, que mañana Inglaterra entra en un conflicto militar con Brasil… En este caso estaré del lado del Brasil ‘fascista’ contra la ‘democrática’ Gran Bretaña. ¿Por qué? Porque el conflicto entre ellos no será una cuestión de democracia o fascismo… […] Verdaderamente uno tiene que tener la cabeza vacía para reducir los antagonismos mundiales y los conflictos militares a la lucha entre fascismo y democracia. ¡Bajo todas las máscaras uno debe saber cómo distinguir a los explotadores, los esclavistas y saqueadores!”.

León Trotsky, “Entrevista con Mateo Fossa”, septiembre de 1938

La escalada en el enfrentamiento entre Irán e Israel es sintomática de la nueva etapa de la lucha de clases a nivel internacional, la cual se caracteriza por presentar una dinámica más sangrienta y con el retorno de las guerras clásicas. En ese marco, no se debe descartar que, en un futuro cercano, las tensiones reaparezcan y estalle un enfrentamiento militar directo entre ambos países.

Como expusimos en nuestra declaración Ante el peligro de guerra generalizada en Medio Oriente, desde la Corriente Internacional Socialismo o Barbarie (SoB) defendemos a Irán en tanto nación oprimida ante la eventualidad de un enfrentamiento armado con el imperialismo (o contra su agente directo, como es Israel), pero no damos ningún tipo de apoyo político al gobierno iraní, del cual nos declaramos férreos opositores y estamos por su derrocamiento revolucionario por las masas, en la perspectiva de refundar el país desde abajo, es decir, a partir de los intereses y reivindicaciones de la clase obrera, la juventud y los sectores populares[3].

El régimen de los ayatolás es una repulsiva teocracia burguesa, bastante represiva contra los movimientos sociales independientes y ultra-reaccionaria en cuanto a los derechos de las mujeres y la comunidad LGBTQ+[4]. Durante las protestas que estallaron tras la muerte de la joven Mahsa Amini en 2022, el régimen asesinó a más de 300 manifestantes (algunos organismos de derechos humanos indican que fueron 500) y, en los últimos dos años, condenó a muerte por ahorcamiento a varios de los detenidos durante las movilizaciones.

Pero, en el marco de un conflicto militar, nuestra posición no se puede definir por el tipo de régimen político; la clave central es definir el carácter de los Estados en disputa, es decir, saber distinguir entre los Estados imperialistas y opresores –como Estados Unidos, Francia, Rusia- y los Estados semicoloniales o independientes[5].

En el caso en concreto, defendemos a Irán porque es un Estado independiente, el cual sostiene una alianza con China y Rusia (un imperialismo en construcción y en reconstrucción, respectivamente), pero no está subordinado ante ellos. Si esas potencias intervinieran en un eventual conflicto y se transformara en una guerra por procuración entre las potencias imperialistas, nuestra posición variaría.

Por último, reiteramos que la tarea estratégica consiste en expulsar al imperialismo de Medio Oriente, una región que fue expoliada por la colonización europea y, posteriormente, por el dominio semi-colonial del imperialismo norteamericano. El caso más dramático de eso fue la creación del Estado colonial, racista y genocida de Israel, lo cual se tradujo en el sometimiento de la población palestina a un brutal régimen de apartheid y reiteradas operaciones de limpieza étnica. Asimismo, es necesario acabar con los repulsivos regímenes teocráticos, reaccionarios y militares de la región, en la perspectiva de construir un Medio Oriente obrero y secular.

Fuentes consultadas

BARBANCEY, Pierre. El ataque al consulado iraní pone a Irán entre la espada y la pared. En https://vientosur.info/el-ataque-al-consulado-irani-pone-a-iran-entre-la-espada-y-la-pared/ (Consultada el 15 de abril de 2024).

BERCITO, Diogo. Ataque a Israel foi coreografado entre EUA e Irã por canais ocultos, afirma analista. En https://www1.folha.uol.com.br/mundo/2024/04/ataque-a-israel-foi-coreografado-entre-eua-e-ira-por-canais-ocultos-afirma-analista.shtml (Consultada el 17 de abril de 2024).

BOSEMBERG, Luis E. 1997. Neoliberalismo, Reformas y Apertura en Irán: ¿Un Nuevo País? En file:///C:/Users/HP/Downloads/histcrit15.1997.03.pdf (Consultada el 22 de abril de 2024).

COGGIOLA, Osvaldo. TRINTA ANOS DA REVOLUÇÃO IRANIANA. En https://www.researchgate.net/publication/287205583_TRINTA_ANOS_DA_REVOLUCAO_IRANIANA (Consultada el 25 de abril de 2024).

KINGSLEY, Patrick. Iran’s Strike on Israel Creates Military Uncertainty, Diplomatic Opportunity. En https://www.nytimes.com/2024/04/15/world/middleeast/iran-israel-strike-diplomacy.html (Consultada el 15 de abril de 2024).

SALEHI-ISFAHANI, Djavad. 2024. Economía iraní: 10 puntos sobre un Estado forjado en las sanciones. En https://legrandcontinent.eu/es/2024/03/01/economia-irani-10-puntos-sobre-un-estado-forjado-en-las-sanciones/ (Consultada el 23 de abril de 2024).


[1] En ese sentido, nos pareció muy atinado el análisis de Trita Parsis para Folha de São Paulo, quien señaló que fue un ataque “coordinado y coreografiado” con anticipación con los Estados Unidos.

[2] Esta masacre tuvo lugar en Beirut, durante la ocupación israelí del Líbano. Fue realizada por la “Falange Libanesa”, un grupo de ultraderecha cristiana que fue entrenado y armado por el ejército sionista para que ejecutara parte del trabajo sucio en la guerra. Este grupo paramilitar atacó un campo de refugiados palestinos entre el 15 y 18 de setiembre de 1982, dejando un saldo de 582 personas asesinadas y cientos de mujeres violadas. Esa masacre fue calificada como un genocidio por una comisión de las Naciones Unidas, la cual también responsabilizó a Israel por ser la fuerza ocupante que no hizo nada para impedir el ataque.

[3] Por el contrario, la posición de la Fracción Trotskista (corriente impulsada por el PTS de Argentina) fue un cobarde “Ni Ni”, como expusieron en un texto publicado por su sección francesa y reproducido por su portal de noticias en Argentina (ver Escalada en Medio Oriente: Israel y las potencias imperialistas son los principales responsables). Contrario a la riqueza del abordaje clásico del marxismo, la FT-PTS no hace una caracterización de los Estados en conflicto y su limita a emitir una posición “formalmente” independiente del imperialismo y el régimen reaccionario iraní, pero realmente vacía porque no dice nada sobre el hecho central del acontecimiento: su política ante el ataque iraní y una eventual guerra con Israel. Un absurdo risible, tratándose de una corriente que tiene como uno de sus libros de cabecera un texto titulado “Estrategia socialista y arte militar”.

[4] En el caso de Liga Internacional de los Trabajadores (impulsada por el PSTU de Brasil), su posición es totalmente opuesta a la FT-PTS, pero igual de equivocada. Critican a Irán porque el ataque fue limitado y exigen que entre en guerra con Israel para auxiliar al pueblo gazatí, pero en ningún momento se diferencian políticamente del régimen ultra-reaccionario de los ayatolás. Un nuevo desbarranque objetivista de esta corriente morenista, para la cual lo subjetivo no tiene ninguna jerarquía en la formulación de su política.

[5] Al respecto, sugerimos la lectura del artículo Malvinas: la posición de los socialistas revolucionarios, donde se aborda la guerra entre el imperialismo británico y la sanguinaria dictadura militar argentina, un caso muy ilustrativo para comprender el abordaje no esquemático de los conflictos militares desde el socialismo revolucionario.

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