Estados Unidos: El nacimiento del imperio

Un punto de inflexión en la historia de Estados Unidos. Sobre la guerra hispano-estadounidense de 1898

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Articulo de sinpermiso

Hace 125 años comenzó la guerra hispano-norteamericana. Esta guerra, que terminó con la derrota de España y la cesión de sus posesiones coloniales a EEUU, se describe a menudo en la literatura como una guerra no deseada. La propaganda de los medios de comunicación de Hearst y Pulitzer, un entusiasmo bélico ultranacionalista alimentado por la misma guerra, los intereses lobistas de grupos rebeldes cubanos en EE.UU. que especulaban con una intervención estadounidense y una campaña contra el presidente William McKinley, torpedeado desde dentro de su propio gobierno, habían acabado por hacer la guerra indispensable para McKinley. Cuando el 15 de febrero de 1898 una explosión, hasta hoy inexplicada, destruyó el acorazado estadounidense Maine en el puerto de La Habana, matando a dos oficiales y 258 miembros de la tripulación, la armada estadounidense acusó a España del ataque terrorista. Al fin y al cabo, McKinley, declarando la guerra, también perseguía mantenerse en el poder.

Lo que falta en estos relatos es la economía política de esta guerra. Porque, de hecho, marca la transición histórica de la política exterior estadounidense del expansionismo interno al imperialismo de ultramar y una etapa intermedia entre el imperialismo clásico de colonización formal de principios del siglo XX y el nuevo, informal, que se convertiría en característico de la segunda mitad del siglo XX hasta el presente. Como tal, la guerra fue la decisión política consciente de un gobierno republicano basado en un consenso imperial de los sectores más poderosos del capital: el capital agrario, el industrial y el financiero.

Identidad imperial

Pero lo cierto es que el propio McKinley no era un ardiente imperialista ni un estratega militar. El veterano de la guerra civil americana (1861-1865) llevaba marcados los horrores de la guerra, el derramamiento de sangre y la destrucción. Se dice que el día antes de su nombramiento, McKinley le dijo a su predecesor demócrata en el cargo, Grover Cleveland, que sería el “hombre más feliz del mundo” si lograba evitar la “terrible catástrofe” de la guerra durante su mandato.[1]Una vez elegido para el cargo, McKinley continuó la línea de Cleveland y estuvo a favor de una renuncia voluntaria de España a sus pretensiones coloniales en Cuba. “McKinley”, según el historiador y la historiadora estadounidense Charles y Mary Beard, “puso de relieve una actitud reacia a la aventura en el extranjero” [2].

De hecho, McKinley había tratado inicialmente de impedir que el férreo militarista e imperialista Theodore Roosevelt desempeñara un papel en su administración. Roosevelt, que desde el propio gobierno le reprocharía a McKinley tener “tanto carácter como un pastel de chocolate” [3], estaba bajo la fuerte influencia del geopolítico Alfred Thayer Mahan, un capitán y estratega de la marina de guerra centrado en el dominio naval. Finalmente, McKinley tuvo que ceder a la presión política y nombrar a Roosevelt secretario adjunto de la Marina el 6 de abril de 1897. El espíritu de Roosevelt se expresó en un discurso pronunciado en el “Naval War College” el 2 de junio, cuando dijo: “Ningún triunfo de la paz se acerca a algo tan grande como el mayor triunfo en la guerra”[4]. En una carta a un amigo de ese mismo año, había escrito: “Mantén esto estrictamente confidencial: Realmente, daré la bienvenida a cualquier guerra porque creo que este país necesita una”[5].

Para entonces, hacía tiempo que en Estados Unidos se había formado una identidad imperial. Ésta ya se encontraba trazada en el proceso de la conquista genocida del continente norteamericano contra la población indígena y en la defensa militar contra los intereses coloniales de Gran Bretaña, Francia y España. Anteriormente, con la “Doctrina Monroe” de 1823, la pretensión de poder de EEUU se había formulado en un inicio para el hemisferio occidental. Ya por entonces, todo el continente americano hasta la Patagonia había sido declarado patio trasero de EEUU.

Sin embargo, lo que era y es especial del imperialismo estadounidense es su especificidad histórica. Los Estados Unidos declararon su independencia en 1776 y la consiguieron en una guerra contra el poder colonial británico. En este sentido, su pretensión de predominio se articuló en nombre del anticolonialismo. Entre 1810 y 1825, casi todas las colonias españolas y portuguesas del continente americano habían logrado su independencia mediante largas guerras de liberación (Colombia 1810, Paraguay 1813, Argentina 1816, Chile 1818, Ecuador 1820, México, Costa Rica, Guatemala, Honduras y Nicaragua 1821, Brasil 1822, Venezuela 1823, Perú 1824, Uruguay 1825). Haití ya se había desprendido de Francia en 1804. La Doctrina Monroe era, formulada de forma exagerada, un “orden territorial con prohibición de intervención por parte de potencias ajenas a la región”, concretamente para España y Portugal, pero también para Francia y Gran Bretaña. Porque hay que recordar que el vecino del norte, Canadá, no empezó a separarse del imperio británico de forma gradual y nunca del todo hasta 1867. Hacía menos de una década que los soldados británicos habían conquistado la capital, Washington, en la “Guerra de 1812” (1812-1815) e incendiado la Casa Blanca y el Capitolio.

En la guerra hispano-estadounidense de 1898, EE.UU. pudo dar incluso la impresión de acudir en ayuda de los nacionalistas cubanos – no por sus propios intereses expansionistas, sino de forma totalmente desinteresada sobre la base de una política exterior orientada a los valores – en su lucha contra el poder colonial español y en situación de rebeldía desde 1895. Desde el principio, sin embargo, la política estadounidense hacia América Latina no fue defensiva. Más bien, estuvo vinculada de manera simultánea a su propia pretensión de llevar a cabo militarmente los intereses del capital americano-estadounidense en América. Por ello, el historiador estadounidense William Appleman Williams se refiere a la Doctrina Monroe como el “manifiesto del imperio americano”,[6] y documenta un total de 71 “intervenciones” militares sin declaraciones de guerra en los 75 años transcurridos entre la promulgación de la Doctrina y el comienzo de la guerra hispano-estadounidense, cuyo objetivo era proteger el capital estadounidense en el extranjero. [7] Y así, el envío del acorazado que estalló en La Habana también sirvió al propósito de “asegurar los intereses norteamericanos”. [8] En consecuencia, la proyección de potencia militar había sido probada hacía tiempo en vísperas de la guerra hispano-estadounidense. Sin embargo, este tipo de intervenciones bélicas para proteger las inversiones de capital y a los ciudadanos estadounidenses en el extranjero ya iban claramente mucho más allá del hemisferio occidental en esos tiempos, extendiéndose a China e incluso al Mediterráneo oriental.

Pero en la medida en que EE.UU. no era una vieja potencia colonial europea, sino una potencia mundial naciente que una vez fue colonia, generó históricamente un nuevo tipo de imperialismo. De Carl Schmitt, el “jurista de la corona” del Tercer Reich – un ejemplo de imperialismo y colonialismo clásico orientado al Este – partió la formulación del “Großraumordnung mit Interventionsverbot für raumfremde Mächte” (orden territorial con prohibición de intervención por parte de potencias ajenas a la región). Schmitt había visto con clarividencia en el imperialismo norteamericano en 1932 el futuro real de la política imperialista y habló de las “formas del imperialismo moderno según el derecho internacional”. [9] Williams habla de un “anticolonialismo imperial”.[10] Según el historiador estadounidense Howard Zinn, se trata de “un enfoque imperialista más inteligente en comparación con la política imperial tradicional de Europa”.[11]

Expansión hacia el exterior

Ya durante la guerra de independencia de EEUU, Thomas Jefferson, autor decisivo de la Declaración de Independencia de 1776 y tercer presidente de los EEUU (1801-1809), había descrito el objetivo futuro de la política exterior estadounidense con la fórmula “imperio extensivo y autogobierno” (extensive empire and self-government). EEUU sería un “imperio de la libertad”. Además, ya entonces, “libertad” refería a “libertad individual” del capital para ejercer al mismo tiempo el dominio económico (sobre el trabajo) y el dominio político: no taxation without representation (ningún impuesto sin representación).

El espacio del “imperio de la libertad” refería en un principio y sobre todo al “interior” del propio continente norteamericano. Pero tras el cierre de la “frontera” (Frontier) y esencialmente con la supresión militar definitiva de las sublevaciones de los nativos americanos, esta perspectiva imperial se amplió a todo el mundo. En 1890, la Oficina del Censo, la agencia estadounidense de estadísticas demográficas, declaró que ya no quedaban tierras sin colonos en la Unión. Hasta entonces, una política de concesión de tierras, como la Donation Land Claim Act (DLCA) de 1850 y las Homestead Acts de 1862 (en los estados del Norte) y 1866 (en el Sur derrotado), había sentado las bases de la expansión interna. Las leyes de asentamiento rural habían sido una de las principales causas de la Guerra Civil porque los propietarios de plantaciones esclavistas de los estados del Sur temían la marcha de los trabajadores agrícolas blancos pobres y, al mismo tiempo, querían que la economía expansiva de las plantaciones (en lugar de la economía agraria capitalista basada en la producción de bienes y mercancías a pequeña escala) se extendiera hacia el Oeste.

El cierre de la “frontera” en 1890 fue descrito por el historiador estadounidense Frederick Jackson Turner tres años después como un hito en la historia de EEUU, y asoció su propia tesis a un sentido de misión imperial para EEUU.[12] El imperialismo fue en última instancia la respuesta a los límites expansionistas internos del capitalismo estadounidense. Éstos se manifestaron en el “pánico de 1893”, una profunda crisis de sobreacumulación capitalista en la que fueron a la quiebra quinientos bancos y 15.000 empresas, se disparó el desempleo masivo y provocó una gran miseria. El cierre de la frontera interior parecía hacer imperativo su desplazamiento hacia el exterior: La expansión hacia ultramar, puesto que ahora Estados Unidos actuaba cada vez más como exportador de bienes y capitales. Su cuota en las exportaciones mundiales de mercancías aumentó del 7,9% al 14,1% entre 1870 y 1900. A partir de la década de 1890, EE.UU. fue un importante exportador de bienes industriales (de alta calidad); solo las exportaciones de bienes industriales a Gran Bretaña se triplicaron de 497.126 a 1,71 millones de libras esterlinas entre 1890 y 1896 (y hasta 4,53 millones de libras en 1913).[13]

Las exportaciones de capital también aumentaron de forma drástica tras el cierre de la frontera. Hasta 1850, EE.UU. había sido un importador neto. Casi todas las exportaciones de capital británico fluían allí hasta ese momento. El capital estadounidense, a su vez, fluía como mucho hacia los estados vecinos de Canadá y México o hacia la vieja Europa. Sin embargo, entre 1897 y 1914, es decir, en menos de dos décadas, las exportaciones de capital estadounidense se quintuplicaron, pasando de 700 millones a 3.500 millones de dólares, y se dirigieron cada vez más hacia América Latina y Asia. Estados Unidos pasó de ser un estado deudor a ser un estado acreedor. En otras palabras, EE.UU. seguía ahora una senda de crecimiento expansionista-exportador, tenía que integrar -en términos de Rosa Luxemburgo- un exterior capitalista para estabilizar el “interior”. En esto, antes del comienzo de la guerra hispano-estadounidense, existía un consenso entre la élite del capital sobre la necesidad del imperialismo que McKinley también expresó en su actividad a favor de la “National Association of Manufacturers”, la asociación del capital industrial: “Queremos”, dijo el que sería más tarde presidente, “nuestros propios mercados para nuestras empresas industriales y nuestra producción agrícola, queremos mercados extranjeros para nuestros excedentes de producción”.[14]

La guerra hispano-estadounidense fue, en palabras de Williams, la “decisión sin disimulo a favor del imperialismo”.[15] No muy diferente del giro de los reformistas social-liberales hacia los imperialistas en el imperio británico -Joseph Chamberlain, Cecil Rhodes y otros-, la clase dominante en EEUU ahora también intentaba trabajar hacia el exterior y compensar las contradicciones sociales internas a través del imperialismo. Sin embargo, esto solo ocurrió conscientemente hasta cierto punto. Más bien significó también que las luchas de clases, que se intensificaron desde abajo en el curso de la crisis de 1893, quedaron inscritas en el sistema dominante y crearon un nuevo modo de dominación, el “capitalismo organizado” (Rudolf Hilferding) de la “Era del progreso”. Esto incluyó, por ejemplo, el proceso que llevó a la creación de la Reserva Federal, que sirvió tanto para hacer la guerra como puede considerarse también un compromiso social en respuesta a las demandas de los movimientos populistas de obreros y pequeños campesinos.

“El impacto económico de la Depresión y su consecuencia de un temor real a levantamientos sociales generalizados o incluso revoluciones”, escribe Williams, “puso fin al largo y gradual giro de las élites urbanas hacia la línea de los agricultores tradicionales, quienes vieron en la expansión del mercado de ultramar la solución estratégica a los problemas económicos y sociales nacionales.”[16] De hecho, la huelga de los ferroviarios Pullman de 1894, sofocada sangrientamente por Grover Cleveland, creó pánico a la revolución. Probablemente solo puede compararse con el efecto de la Comuna de París de 1871 en las burguesías europeas.

La elección de McKinley como presidente fue, según el periodista socialista e historiador estadounidense Gustavus Myers en su clásico libro Money, “una clara señal” de que “la plutocracia había alcanzado todo el poder” y de que “los trust ya no tenían que temer ninguna oposición del gobierno, ni siquiera aparente”.[17] El arquitecto de la guerra de McKinley, Roosevelt, que siempre tuvo asegurado el apoyo de la burguesía industrial y financiera a pesar de su ocasional retórica antimonopolista, se movió impulsado, según el historiador estadounidense Richard Hofstadter, por el “miedo a la plebe”.[18]

Política de puertas abiertas

La guerra hispano-estadounidense y el giro hacia un imperialismo sin tapujos, siguieron tanto una lógica económica de exportación de bienes y capital excedentes como una lógica política de distracción ideológica de las contradicciones internas. “La depresión de la década de 1890”, escribe Hofstadter, “alimentó una sensación de malestar y miedo entre las clases medias estadounidenses. Vieron el ascenso de las grandes corporaciones por un lado y de los movimientos obreros y populistas por otro. Para ellos, como para Roosevelt, la guerra sirvió de distracción. El ejercicio del poder nacional en la escena mundial proporcionó el sentimiento de que la nación no había perdido su capacidad de crecimiento y desarrollo”. Fueron “estas emociones” las que habían “hecho a la población tan receptiva a la innecesaria Guerra de España y al temperamento de un hombre como Roosevelt” [19].

“El cierre de la “frontera”, la profunda crisis económica que comenzó en 1893 y las crecientes luchas de clases desde abajo”, como consideró también Howard Zinn, habían “aumentado la percepción entre las élites políticas y adineradas del país de que los mercados de ultramar podían amortiguar el problema del bajo consumo interno y la crisis económica que condujo a una guerra de clases en la década de 1890.” [20] La presidencia de McKinley debía, en este sentido, según Williams, “utilizar el poder estatal estadounidense para monetizar la plata, liberar Cuba y reorganizar el mundo según los principios del libre mercado”.[21] McKinley cedió finalmente a esta presión.

Algo importante a considerar en todo esto es que el nuevo imperialismo de “puertas abiertas” de EEUU fue el resultado de un proceso político que también tuvo que superar las tendencias proteccionistas por parte de los capitales industriales orientados hacia la economía doméstica o que no eran competitivos internacionalmente. Williams pone de relieve que el soporte social de la conciencia imperial, su clase impulsora, no fue originalmente el capital industrial y financiero, sino el capital agrario estadounidense. El excedente de producción de los agricultores, al fin y al cabo la gran mayoría de la población estadounidense, y la inherente compulsión a la expansión habrían sentado las bases de la política imperialista.

Paradójicamente, fue precisamente la escasez crónica de mano de obra provocada por la existencia de la frontera y la tierra “gratuita” para el colonialismo de colonos (Siedlerkolonialismus), con los correspondientes elevados costes laborales en la agricultura, lo que había convertido a EEUU en un país hipercompetitivo, porque obligaron a los agricultores a innovar técnicamente y a sustituir la mano de obra viva por máquinas. De ello resulta tanto la capacidad como la obligación de expandirse. “Por paradójico que esto pueda parecer, el núcleo de la cuestión es sencillo: el agricultor norteamericano era un empresario capitalista cuyo medio de vida dependía del libre acceso a un mercado mundial y que presionaba cada vez más para que el gobierno estadounidense utilizara sus medios con el fin de poder garantizar una libertad tal de oportunidades que asegurara los beneficios”, según Williams.[22]

El enfoque global también se formó porque las clases dominantes de la “vieja Europa” reaccionaron a la globalización de los mercados agrícolas en la década de 1870, cuando llegó a Europa el trigo estadounidense, pero también el de La Plata, y más o menos presionaron a los poco eficientes Junkers del este del Elba con políticas arancelarias protectoras, es decir, intentaron cerrarse a la competencia estadounidense. En consecuencia, otras zonas geográficas cobraron importancia para dar cabida a la presión inherente al crecimiento y la expansión. Además de las Américas, el Océano Pacífico, con vistas a Hawai y China, adquirió especial importancia. Los europeos fueron acusados de alterar el orden del libre mercado.

Al mismo tiempo, el giro imperialista de ultramar por parte de EEUU era, al fin y al cabo, inconcebible sin la burguesía industrial y financiera. Como ha mostrado Williams, fue en particular la fragmentación geográfica de los terratenientes estadounidenses lo que dio lugar a que el capital industrial y financiero, concentrado en las urbes, bien conectado y, en consecuencia, con más capacidad de actuación política, determinara el modus operandi de la expansión. “Los dirigentes de las grandes ciudades” -John D. Rockefeller y la Standard Oil, Andrew Carnegie y su imperio industrial, etc.- habrían reconocido “que la expansión de la economía capitalista era indispensable – tanto para la industria y las finanzas como para la agricultura- y habrían utilizado sus palancas de poder político más consolidadas y eficaces para determinar y mantener bajo su control la nueva versión de política imperial de gran potencia”. [23] Aunque las facciones aislacionistas del capital persistieron hasta bien entrado el siglo XX, a “finales del siglo XIX (…) se había formado una mayoría entre ambos grupos” que “favorecía y aceptaba la nueva concepción de la política imperial de gran potencia”[24].

Forma geoeconómica

Fue entonces, en la guerra hispano-estadounidense, cuando este giro imperialista hacia ultramar se manifestó por primera vez; pues a diferencia de expansiones territoriales anteriores, como la “Compra de Luisiana” (Louisiana Purchase), comprada a Francia en 1803 y las anexiones de Texas (se unió a la Unión en 1845 como antigua república libre mexicana), el Territorio de Oregón (anexionado por EE.UU. en 1846 tras un tratado con Gran Bretaña), Norte de México (anexionado por EEUU como resultado de la Guerra EEUU-México de 1846-1848) y Alaska (comprada al imperio zarista ruso en 1867), “todos los territorios arrebatados a España en 1898 se transformaron en una forma de posesión colonial y nunca fueron incorporados plenamente a la nación”, como ha señalado el geógrafo escocés-estadounidense Neal Smith. La guerra hispano-estadounidense fue, por tanto, un “punto de inflexión en la geografía histórica del expansionismo estadounidense” porque “las fronteras nacionales y estatales de Estados Unidos quedaron efectivamente fijadas (…) y las pretensiones geográficas resultantes de la guerra fueron menos el resultado de la consolidación nacional que de la colonización internacional”[25].

En este sentido, EEUU despojó a España de sus colonias de Filipinas, Guam, Puerto Rico y Cuba, a la que los “expansionistas de todo pelaje” se refirieron repetidamente como “la pera madura” junto a  – “la deliciosa fruta”- Hawai.[26] Y mientras que EEUU perdió Filipinas de inmediato como resultado de la guerra de independencia filipina (1899-1902) y solo liberó formalmente a Cuba en la independencia de 1902, pero la controló por completo hasta la revolución cubana de 1959, Puerto Rico y Guam han seguido siendo colonias estadounidenses hasta el día de hoy.

Sin embargo, según Smith, la guerra hispano-estadounidense fue “en términos de colonización de ultramar (…) la primera y al mismo tiempo la última incursión de Estados Unidos, ya que después de ella el expansionismo estadounidense adoptó una forma geoeconómica más que colonial”. La guerra fue una “anomalía” en la política exterior estadounidense y marcó la transición del imperialismo clásico de colonización formal de las grandes potencias europeas a un “globalismo fundamentalmente diferente”.[27]

En este punto, Smith resta importancia al colonialismo formal en el contexto de la construcción del Canal de Panamá, para el que EE.UU. creó de hecho un Estado artificial completamente controlado por Washington, que arrebató por la fuerza militar a la independiente Colombia. Pero, en esencia, Smith está de acuerdo. Las raíces del Estado norteamericano como “prototipo de un Estado global” tiene sus orígenes aquí, según la expresión del politólogo y marxista canadiense Leo Panitch, ya que después de la Segunda Guerra Mundial y en interés de su propia dominación pero también de los capitales internacionalizados en su conjunto, impone el capitalismo en todo el mundo y lo mantiene en el sentido de una política de “puertas abiertas” (Open-Door Politik) con todos los medios de fuerza militares y sobre todo no militares. La guerra hispano-estadounidense marca el nacimiento del imperialismo yanqui y, en última instancia, sitúa la cuna de nuestra actual “globalización” del capitalismo a través del “imperio americano”[28].

Notas:

[1] Citado en Edmund Morris: The Rise of Theodore Roosevelt. Nueva York 2001, p. 583

[2] Charles Beard y Mary Beard: A Basic History of the United States. Filadelfia 1944, p. 350

[3] Ibid, p. 342

[4] Citado en Morris, op. cit. p. 589.

[5] Citado en Howard Zinn: A People’s History of the United States. Nueva York 2003, p. 297

[6] William Appleman Williams: The Contours of American History. Londres et al. 2011, p. 215

[7] William Appleman Williams: Der Welt Gesetz und Freiheit geben. Hamburgo 1984, pp. 92-98

[8] Beard y Beard, op. cit., p. 342

[9] Carl Schmitt: Völkerrechtliche Formen des modernen Imperialismus. En: Positionen und Begriffe im Kampf gegen Weimar-Genf-Versailles,1923-1939, 4ª ed., Berlín 2014, pp. 184-203. Berlín 2014, pp. 184-203

[10] William Appleman Williams: Die Tragödie der amerikanischen Diplomatie. Frankfurt am Main 1973, pp. 25-62.

[11] Zinn, op. cit., p. 301

[12] Frederick Jackson Turner: The Significance of the Frontier in American History. En: Annual Report of the American Historical Association (1893), pp. 199-227.

[13] R. Floud: The Adolescence of American Engineering Competition. En: Economic History Review, 1974

[14] Citado en Williams, Contours, op. cit., p. 363.

[15] Henry W. Berger (ed.): William Appleman Williams Reader. Chicago 1992, p. 318

[16] Berger, op. cit., p. 318

[17] Gustavus Myers: Money, 2ª edición. Frankfurt am Main 1979, p. 570

[18] Richard Hofstadter: American Political Tradition. Nueva York 1948, p. 208

[19] Ibid, p. 211

[20] Zinn, op. cit. p. 297

[21] Berger, op. cit. p. 318

[22] Williams, World, op. cit. p. 87

[23] Ibid, p. 90

[24] Ibid, p. 86

[25] Neal Smith: American Empire: Roosevelt’s Geographer and the Prelude to Globalization. Berkeley et al. 2004, p. 31

[26] Williams, World, op. cit. p. 104

[27] Smith, op. cit., p. 31

[28] Cf. Leo Panitch y Sam Gindin: The Making of Global Capitalism: The Political Economy of American Empire. Londres et al. 2012.

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