• El impacto del Covid-19 viene siendo moderado. El gobierno goza de una primavera de legitimidad sin tomar medidas de fondo para enfrentar la pandemia.

Por Facundo Oque

La situación del país viene navegando entre aguas turbulentas. A pesar del enorme movimiento de las olas, el barquito, frágil entre las montañas de agua, parece surfear de un lado a otro sin todavía recibir el impacto directo de alguna pared de agua. Arriba sólo hay nubes negras, a los costados, barcos más fuertes a medio hundir o casi completamente hundidos, adelante el tronar de una tormenta negra.

Es difícil conocer el estado actual de expansión del COVID-19 en nuestro país. Hablamos de una enfermedad que no muestra síntomas hasta pasados 15 días de contraerla y que, sin embargo, resulta sumamente contagiosa desde el minuto uno. Esto sumado a la ínfima capacidad del sistema argentino para realizar tests masivos, hace que sea dificil saber cuantos infectados hay realmente.

El despliegue del Covid-19 en otras naciones fue vertiginoso y letal. En Italia y España (hoy los países más afectados), la aceleración después de las primeras semanas cobró tal velocidad que la cantidad de contagios se duplicaba cada tres días. Estados Unidos se prepara “un nuevo Pearl Harbor”, Brasil parece empeorar día a día.

En Argentina la situación es diferente por el momento. El avance de la enfermedad es una pendiente constante (no exponencial), que de a decenas los nuevos casos , y de a no más de 4 o 5 muertos diarios. De los contagios registrados, casi la mitad (44,7%) son importados, y el 34,5% de estrecha vinculación a casos confirmados. Salta a la vista, entonces, el éxito que ha tenido, por el momento, la medida de la cuarentena para contener el brote de la enfermedad.

Esto ha significado una fuente de legitimación para el gobierno, que según las encuestas de los últimos días, cuenta con un pico de imagen positiva (79%). Frente a los titubeos del ministro de salud, Ginés Gonzalez García ante los primeros casos, Alberto apuró la cuarentena obligatoria forzado por la situación, para evitar repetir la historia de Italia o Espala. Tuvo no obstante fuertes traspiés con el burdo hacinamientos de los jubilados en las puertas de los bancos, la compra con sobreprecios de productos de primera necesidad y, fundamentalmente, con la presión empresaria por hacer valer sus intereses en plena cuarentena.

Argentina, que tiene un debilitadísimo sistema de salud, no tiene forma de enfrentar un brote masivo de la enfermendad. Para un gobierno 100% capitalista que no está dispuesto a ir contra la ganancia empresaria reforzando masivamente la salud pública, la cuarentena obligatoria masiva fue la única medida plausible de ser tomada para ganar tiempo.

La “pelea contra el enemigo invisible” de la pandemia es presentada como una causa de «unidad nacional» y el portador único posible de esa «unidad» sería el Estado y la obediencia a sus dictados una obligación ineludible. En sintonía con ese discurso, el combate a la pandemia sería una responsabilidad ciudadana, la de no salir de la casa, la de respetar a la autoridad, mientras el gobierno se “lava las manos” de sus responsabilidades por el estado de los hospitales y el desfinanciamiento de la salud pública.

Sin embargo, las «obligaciones» de «todos» se cumplen de manera muy desigual según la clase social que se trate. Mientras los trabajadores no tienen otra opción que obedecer al gobierno y empresarios, mantenerse atomizados y sin organización propia y aguantar los golpes que vienen de todos lados; los empresarios están haciendo lo que quieren y cuando quieren a pesar de los gestos de «confrontación» de Alberto Fernández.

La burguesía más concentrada presiona para que vuelva a girar la rueda de explotación, caiga quien caiga y agita una campaña de crisis económica buscando sensibilizar a la pequeña burguesía, a los comerciantes de clase media, para tener el apoyo social para despedir a mansalva y rebajar salarios. Por otra parte, los trabajadores sufren la situación económica pero respetan la cuarentena y son mayoritariamente abandonados a su suerte por el gobierno y los sindicatos.

El gobierno intenta mostrarse enfrentando la voracidad empresaria pero la realidad para cualquiera que quiera ver es que los ricos siguen haciendo lo que quieren cuando quieren y como quieren. Fernández decreta la prohibición de los despidos pero habilita rebajas salariales y suspensiones… mientras los despidos siguen su curso. No estatiza la salud pero anuncia que la salud privada estará obligada a cooperar para contener la pandemia… sin saber cómo hará el gobierno para forzarlos a hacerlo. Paga 250 millones de dólares de deuda externa, pero posterga el pago de 10.000 millones adeudados bajo ley local. En definitiva, trata de ganar tiempo sin tomar ninguna medida de fondo. Agita un discurso en el que “todos tienen que hacer un esfuerzo”, pero en los hechos, más que en el discurso, no pone límites al avance del ajuste en el contexto de la pandemia.

La concesión más clara: la declaración de más «servicios esenciales», obligando a miles de trabajadores a salir de la cuarentena para enriquecer a sus patrones. Esta medida puede derivar en la pérdida del control de los brotes de la enfermedad. Es muy difícil, sin tests masivos, con falta de recursos, sin capacidad y sin insumos en los hospitales, poder medir el avance de la enfermedad en tiempo real. Podría ocurrir que, cuando se manifiesten los efectos de haber relajado la cuarentena, ya sea demasiado tarde para contener los brotes masivos y colapse, en pocas semanas, el sistema de salud del país.

Sin embargo, el discurso empresario de la necesidad de ir volviendo a la normalidad encuentra algún eco en los sectores populares. En el conurbano bonaerense y los barrios de trabajadores, la situación económica es delicada para miles de familias. Desde el primer día de cuarentena, se reforzó la presencia policial por el miedo de los gobernadores a un estallido popular. La cuarentena se hace sentir con la falta de empleo y de ingresos del 40% de los trabajadores argentinos que tienen trabajos en negro o viven al día haciendo changas. Presiona el miedo al contagio, pero también presiona el hambre de los hijos.

¿Cuanta cuerda le queda al gobierno para maniobrar a izquierda y derecha en esta olla de presión? Es imposible saberlo a ciencia cierta. La situación podría cambiar muy rápidamente. Una aceleración de la curva de contagios podría manifestar la patente debilidad del sistema de salud argentino, y la temerosidad pasmosa de Fernández y su gabinete para enfrentar la pandemia de manera consecuente en beneficio de la salud del pueblo. Un revés económico podría disparar la inflación, que se encuentra planchada por la caída de inversiones a pesar de la brutal emisión, generando un estallido social. La combinación del pico de contagios del virus y la crisis económica podría ser la tormenta perfecta en el horizonte.

Es imprescindible mantener una posición de independencia de clase, proponiendo un programa anticapitalista y socialista ante la crisis sanitaria y humanitaria que se nos presenta. La legitimidad temporal con la que cuenta el gobierno no debe paralizar la actividad política de las corrientes de izquierda, que debe proponer una salida solidaria desde abajo para la crisis. Dejar en manos exclusivas del Estado la gestión de la crisis tiene graves consecuencias que se ven cada día más claramente.

El tiempo que se viene puede ser una bisagra para el avance de una conciencia anticapitalista en amplios sectores. La imposibilidad del capitalismo argentino y mundial para garantizar la vida y la salud de millones puede quedar expuesta ante los ojos del conjunto de la clase trabajadora. En Argentina y el mundo, sólo estatizando la salud, expropiando las grandes ganancias, prohibiendo despidos, garantizando un salario universal para los desocupados y trabajadores informales, contratando masivamente trabajadores de la salud, reforzando masivamente los presupuestos para insumos, tests y elementos de prevensión, se puede poner en pie un plan de emergencia a la altura de las circunstancias. Por ahora, los capitalistas y sus gobiernos dominan la escena, pero eso podría comenzar a cambiar con la cada vez más evidente realidad de que esta crisis la están pagando las amplias mayorías trabajadoras.

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