Una aproximación al consumo de sustancias psicoactivas en el capitalismo del siglo XXI

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  • Una crítica anticapitalista del narcotráfico y el “prohicionismo” represivo que lo ampara.

Flor. F y Mati Risso

“Es en la vida diaria donde se percibe mejor hasta qué punto el individuo es el producto y no el creador de sus condiciones de vida” Leon Trotsky en Problemas de la vida Cotidiana (1923)

Otro capítulo de la barbarie capitalista azota al país, esta vez relacionado al narcotráfico y al consumo de sustancias psicoactivas. En la zona Oeste de Buenos Aires son ya 24 las personas muertas tras haber consumido cocaína adulterada. Hubo también 84 internados con casos de reincidencias en el mismo día.

Esto pone sobre la mesa la cuestión del consumo masivo de sustancias psicoactivas, quien lo organiza, con qué fines y qué efectos están cada vez más presentes en el capitalismo del siglo XXI. Es una de las miserias a combatir que nos aboca a los revolucionarios a ser claros en una posición respecto a su acción.

Para empezar…

La relación de la humanidad con el consumo de sustancias ha cambiado a lo largo de la historia. El humano en su desarrollo histórico en el intercambio con la naturaleza se ha topado con diversas sustancias aportadas por esta, a las cuales en sus primeros momentos fueron asimiladas en base a un fin práctico (alimentarse, curar una enfermedad) y luego como relación a lo mágico-religioso dados los efectos de cambio de percepción de la realidad. Sin embargo ya la primera acepción de la droga encerraba su doble sentido contradictorio: ser tanto un remedio como un veneno[1].

Así, la historia de la droga es mucho más antigua y amplia que la historia de lo que hoy identificamos con las toxicomanías, el alcoholismo, las adicciones. Estos conceptos que explican una relación específica del sujeto con la sustancia son productos del naciente sistema capitalista.

Ante la realidad diaria penosa que se impone, las vivencias de explotación y opresión, en las clases explotadas y oprimidas nace la necesidad de cambiar esa realidad para defenderse de tales miserias: esto puede ocurrir de manera individual, por la negativa, consumiendo una sustancia con un resultado evitativo, o de manera colectiva y superadora por la vía de la pelea por la transformación de esa realidad. Pues las miserias del sistema capitalista son acompañadas por la mayor circulación histórica de productos de todo tipo en todo el planeta.

El negocio capitalista parte de esta realidad para llenarse los bolsillos, la necesidad de que cambie la realidad individual que se torna insoportable para producir, por lo que pone a circular y vender sustancias psicoactivas con un resultado alienante masivo[2] (no puede ser de otra manera en las condiciones materiales actuales) como un paliativo que sirve para alejarse de ese malestar. A la vez, lo más decadente y criminal de la clase capitalista crea su propio mercado: los «narcos» le dan forma al tipo de consumo de sustancias, que son las que ellos hacen circular. Un primer gran ejemplo histórico es la Compañía Británica de las Indias Orientales, que hicieron circular masivamente el opio en Asia, con resultados trágicos en China y guerras inmensas con millones de muertos desencadenadas a partir de 1839.[3]

Barbarie capitalista en el siglo XXI

Este uso destructivo que tomaron las drogas en el desarrollo capitalista de las relaciones sociales y de producción no pudo llegar al punto en que se encuentra hoy día (con sus desigualdades entre países) sin la complicidad y responsabilidad del Estado y su aparato represivo con los narcotraficantes. Tanto los gobiernos como la policía son los garantes de que exista el narcotráfico y es por eso que no pueden proponer una solución verdadera. La propia cocaína circula en todo el mundo bajo el amparo del que es un verdadero «narco estado», el de Colombia. Es allí donde se produce nada menos que el 80% de esa droga a nivel mundial, con el amparo de milicias paraestatales y los gobiernos.

El paradigma «prohibicionista» y de «guerra a las drogas» de personajes como Berni y Bullrich es hipócrita, porque plantean por un lado prohibir desde la Ley mientras que en los hechos fácticos son los organizadores de tal flagelo, y sólo esbozan discursos cuando ocurren tragedias tal como la que sucede por estos momentos en la Provincia de Buenos Aires.

Por otro lado, la posición que plantea que la utilización de drogas mortíferas, “duras”, como recreativas y simples de ser consumidas por elección no contempla que en las condiciones actuales son consumos que orientan a las personas a su muerte, a su destrucción, a la mayor alienación. Todo esto sin ningún tipo de contención ni paliativos de ningún tipo.

Evitando una posición facilista y unilateral hay que tener en cuenta todas las aristas del problema. Es allí donde damos cuenta de cómo el negocio capitalista se hace sobre la misma miseria que el sistema genera y de cómo el propio Estado y sus gobiernos son garantes de esto, a la vez de como se transforma en un problema de Salud Pública y Salud Mental ante el cual hay que posicionarse dándole una salida al problema que tiene que venir de la lucha y organización desde abajo imponiendo su programa.

Por una salida concreta desde abajo del flagelo del narcotráfico y la drogadicción

Son justamente quienes están atravesados por esta problemática, las personas víctimas de las adicciones y el narcotráfico, quienes están en proceso de recuperación, sus compañeros de trabajo, del barrio, sus familias, los propios trabajadores de la salud y de la salud mental, los movimientos que surjan, quienes desde su organización desde abajo nos dan una muestra de cuál es el camino para enfrentar este problema que es político y por tal tiene responsables claros.

Los narcos productores de estas drogas y quienes permiten su circulación, tienen que estar presos y el aparato represivo del Estado -garante de su venta y circulación dentro de los territorios- debe ser desmantelado. Hay que dejar de perseguir a los consumidores y los «perejiles», despenalizar el consumo y tenencia personal de drogas, junto a la legalización de la marihuana para cultivo, consumo personal e investigación con fines científicos y médico-terapéuticos.

Por eso desde abajo, desde la organización independiente, que debe ser nuestra pelea como organización revolucionaria de trabajadores, hay que arrancarle con la lucha al Estado un verdadero presupuesto y financiamiento para espacios de desarrollo de la ciencia y la investigación, el deporte, la recreación, la cultura y el arte, condiciones dignas de trabajo, todas alternativas que vayan en pos de la toma de la plena conciencia de los sujetos por su emancipación.

La respuesta del Estado ha sido exactamente la inversa. Los barrios afectados por la crisis de la cocaína adulterada se movilizaron estos días contra la respuesta de Berni y la Bonaerense a esta crisis. Criminalizaron y detuvieron a consumidores y «perejiles». Los vecinos denunciaron que la policía se dedicó a meter presos a pibes del lugar sin responsabilidad alguna en los hechos o a simples «mandaderos» mientras los verdaderos narcos no son tocados por nadie y viven libres e impunes. La política «prohibicionista» se dedica a perseguir a las víctimas de este flagelo mientras sus responsables son siempre amigos del poder.

Y una pelea por arrancarle al Estado presupuesto para Salud, Educación, Salud mental, tal como detalla la Ley Nacional de Salud Mental N° 26657, en tanto en su ART 4 menciona que “Las adicciones deben ser abordadas como parte integrante de las políticas de salud mental. Las personas con uso problemático de drogas, legales e ilegales, tienen todos los derechos y garantías que se establecen en la presente ley en su relación con los servicios de salud.” y que en su decreto-reglamento de 2013 aclara que “los derechos de toda persona a la mejor atención disponible en salud mental y adicciones, al trato digno, respetuoso y equitativo, propugnándose la responsabilidad indelegable del Estado en garantizar el derecho a recibir un tratamiento personalizado en un ambiente apto con modalidades de atención basadas en la comunidad […]”

Es decir, pelear por presupuesto que contemple al calor de la Ley, campañas de prevención y atención, acceso a la información y para los trabajadores que toman esta tarea un salario digno y condiciones adecuadas de recursos e infraestructura para llevarlo adelante, siendo que es de ese modo que podrá resolverse un problema que es profundo y que no tiene sólo una arista pero que los revolucionarios debemos tomar posición al respecto siendo que atraviesa no sólo a la sociedad por completo sino particularmente a los trabajadores, sectores populares y a los jóvenes del mundo.

El Estado es responsable de esta problemática porque es quien la avala y la produce. Pero hoy nos demuestra que su orientación es la contraria, en primer lugar generando las bases materiales que generan la descomposición social, la crisis y el aumento de consumo problemático de drogas, a la vez que arregla con el Fondo Monetario Internacional para pagar una deuda millonaria mediante la cual propone ajustar brutalmente justamente a todos esos sectores que podrían funcionar como contenedores sociales para enfrentar esta problemática.


[1] Doble sentido que en el capitalismo se expresa tanto en el desarrollo de las fuerzas productivas con fines médicos terapéuticos, como al desarrollo de fuerzas destructivas.

[2] Si bien toda sustancia psicoactiva de una forma u otra es alienante, hay que diferenciar aquellas en que -debido a su quimismo- en su compulsión repetitiva conducen más directamente al sujeto a la autodestrucción, a su propia muerte, de aquellas que no lo hacen.

[3] Marx ya señalaba esta asociación de la función que tomó el opio, y la religión: “la religión es el opio de los pueblos”. Que podría traducirse en su inverso dialéctico: una de las funciones del opio y de las drogas es como la de la religión.

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