Otra matanza en Estados Unidos: 21 muertos en Uvalde, Texas

Salvador Ramos, de 18 años, asesinó a 21 personas -19 niños y 2 adultos- en una escuela de la ciudad de Uvalde, Texas. Pocos días antes otra matanza, perpetrada por un terrorista racista, se había dado en Buffallo, Nueva York.

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Eran las 11:32 de la mañana del miércoles cuando Salvador Ramos ingresó a la escuela primaria Robb. Momentos antes había descarrilado la camioneta que conducía, que dejó abandonada en una zanja.

Los pocos transeúntes que vieron el descarrilamiento se acercaron para ayudar a Ramos, pero este respondió con una balacera. Antes de dirigirse a la escuela Robb, Ramos había disparado en la cara a su abuela, de 66 años. Aparentemente, esta última había intentado dar aviso a la policía de las intenciones de su nieto.

Tras dejar un rifle de asalto y una mochila cargada con municiones en el vehículo, Ramos ingresó armado a la escuela primaria. Aún no queda claro cómo logró hacerlo ni cuál fue el accionar del personal de seguridad encargado de vigilar el establecimiento.

Dentro de la escuela, Ramos se atrincheró en un aula de cuarto grado. Allí comenzó un tiroteo a mansalva, en el que fallecieron 21 personas. Dos de ellas eran las docentes encargadas del aula; las 19 restantes eran niños de ente 7 y 10 años. Varias personas más debieron ser trasladadas de urgencia al Hospital Uvalde Memorial, a pocas cuadras de la escuela.

Ramos permaneció atrincherado en el lugar durante hora y media. Durante ese lapso, docentes y autoridades de la escuela lograron sacar del establecimiento a varios de los 500 estudiantes que asisten diariamente a la primaria Robb.

Minutos después de la 1 p.m., un agente de la Patrulla Fronteriza (la fuerza que custodia la frontera con México) abatió de un disparo en la cabeza a Ramos.

A un día de los hechos, la masacre de Uvalde ha generado un shock en la sociedad estadounidense. Miles de personas y distintas personalidades públicas exigen cambios en la legislación yanqui para evitar este tipo de tragedias.

Una masacre anunciada

Minutos antes de salir de su casa, Salvador Ramos había enviado mensajes de Facebook anunciando sus planes. Pocos días atrás, había publicado fotos en Instagram del armamento que utilizaría en la Primaria Robb.

Ramos tenía 18 años y era nativo de Uvalde, una pequeña ciudad de 16.000 habitantes ubicada a poco más de 100 kilómetros de San Antonio, en el estado de Texas. Había abandonado sus estudios recientemente y trabajaba en un local de comidas rápidas de la conocida cadena Wendy’s. Compañeros de estudio y trabajo caracterizaron a Ramos como una persona callada y retraída. También señalaron que habría sufrido bullying en la escuela por venir de una familia de bajos ingresos y por padecer un trastorno del habla.

Ramos había comprado de forma legal las armas que utilizó hace tan sólo una semana, el 17 y 20 de mayo. La absurda facilidad para conseguir armas de guerra ya es un problema crónico en la sociedad estadounidense. La legislación «pro – armas» motorizada por lobbystas como la Asociación Nacional del Rifle y amparada por el Partido Republicano permite comprar rifles como si se tratara de caramelos.

Se trata de una película repetida. En lo que va de 2022 hubo más de 200 tiroteos masivos (es decir, que involucraron a 4 personas o más), a razón de 10 por semana. 

Este contexto ha generado un enorme repudio en la sociedad estadounidense. El propio Biden ha tenido que salir a pronunciarse en favor de un cambio de la legislación sobre el acceso a armamento.

Una película repetida

Hace tan sólo una semana, Payton Gendron, también de 18 años, ingresó a un supermercado en la ciudad de Buffallo y asesinó a 13 personas con un rifle de caza. El episodio fue transmitido en vivo por Gendron a través de la plataforma Twitch mediante una cámara go-pro ubicada en su casco. Igual que Ramos, Gendron organizó el tiroteo y utilizó un chaleco antibalas, previendo enfrentamientos con la policía.

De las 13 personas asesinadas en Buffallo, estado de Nueva York 11 eran afrodescendientes. Gendron había marcado y explorado el objetivo previamente, un supermercado de la cadena Top ubicado en un barrio de mayoría negra. Días antes había difundido por internet un «manifiesto» en el que justificaba sus acciones futuras con argumentos tomados del supremacismo blanco yanqui.

El tirador se amparaba en la teoría conspirativa del «gran reemplazo», un delirio de los supremacistas blancos que sostiene que existe una conspiración judía para convertir a la población blanca en «minoritaria». Todo esto llevó a que el FBI investigue el caso bajo la hipótesis de un «crimen de odio».

Las diferencias entre ambos casos son evidentes. Ramos venía de una familia latina de bajos ingresos en un Estado del sur yanqui, una región históricamente reaccionaria y racista. Gendron era un supremacista blanco del Norte del país, obsesionado con las teorías conspirativas de la nueva derecha que tomaron impulso bajo Donald Trump (ver por ejemplo el caso del asalto al Capitolio y los seguidores de QAnon). Las motivaciones racistas de este último son obvias e innegables; el «móvil» queda menos claro en el caso de Ramos. La familia de Gendron señaló que el joven «se había vuelto muy paranoico con la pandemia», a Ramos no se le conocen antecedentes de enfermedades psiquiátricas.

Síntomas de una sociedad fragmentada

Pero en ambos casos el modus operandi fue similar. Las masacres fueron organizadas con antelación y efectuadas con equipamiento militar. La cantidad de munición encontrada en ambos casos no deja dudas sobre las intenciones de generar una masacre con víctimas masivas. En ambos casos, además, los tiradores fueron jóvenes apenas salidos de la edad escolar.

Es casi imposible dejar de lado los elementos de resentimiento y revanchismo social que marcan ambos casos (y que son una constante en los tiroteos masivos). Gendron justificó su accionar sobre la base de una posición política racista, conspirativa y locoide. Ramos no dejó justificaciones de su crimen, pero los testimonios de sus allegados dan cuenta de posibles «móviles»: el revanchismo como respuesta al abuso social de sus pares y a una situación económica precaria.

Es inútil buscar circunstancias que atenúen la responsabilidad criminal de los tiradores. Pero la sistematicidad de este tipo de incidentes da cuenta de que la sociedad estadounidense produce cientos de tiradores masivos todos los años. Y cuando un fenómeno social se repite en esta magnitud, los borrosos móviles personales dejan paso a causas sociales y políticas.

A pesar de ser la primera potencia del planeta (y, al mismo tiempo, justamente por serlo), la sociedad estadounidense se caracteriza desde hace años por ser una de las más desiguales del planeta. La política del Estado yanqui (bajo el gobierno alternado de demócratas y republicanos) tras años de crisis económica ha llevado a la sociedad a una situación de polarización extrema.

Estados Unidos se ha convertido (como muchos otros países centrales) en un hervidero social. Millones de pobres, una baja generalizada del nivel de vida sostenida durante dos décadas, la proliferación de los trabajos basura como el que desempeñaba Salvador Ramos, el surgimiento de sectores ultraderechistas al amparo del propio Estado como los que seguía fervientemente Payton Gendron, fenómenos de miseria generalizada como los que viven miles de migrantes, especialmente los latinos. Todos estos elementos señalan las profundas razones sociales del horror que estalla con cada nuevo tiroteo masivo.

El capitalismo yanqui produce cada vez un mayor revanchismo social y la legislación «pro – armas» le facilita los medios para perpetrar estas masacres.

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