Althusser contra Lenin: Una reflexión sobre el doble carácter de la dictadura proletaria

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  • La dictadura proletaria debe ser una dictadura de nuevo tipo de la mayoría sobre la minoría, así como una democracia de nuevo tipo en el que, por primera vez en la historia es una democracia de mayorías.

Roberto Saenz

“Lenin (…) oponiendo la dictadura de la burguesía como dictadura de una minoría a la dictadura del proletariado como dictadura de la inmensa mayoría (…) En el cruce de las palabras (…) sorprendemos siempre al interlocutor al decirle que la dictadura del proletariado es para Lenin la democracia más amplia (…) No comprende. Y hay que decir que no está equivocado del todo. Porque no se puede decir de buenas a primeras que la dictadura del proletariado es la democracia más amplia. Esta expresión es falsa, porque la secuencia de las palabras (la dictadura … es la democracia…) lleva a la confusión (…)”

Louis Althusser, Marx dentro de sus límites, Akal, 2003, pp. 110

Marx y Engels dejaron establecido que el poder de la clase obrera debía ser un poder dictatorial en relación a los enemigos de clase. La revolución no sería la obra blanquista-jacobina de una minoría que actuara de manera puramente conspirativa sino una obra de las grandes masas. Sin embargo, el elemento blanquista-jacobino era retenido en el sentido que si, como afirmaba Engels y repetía Lenin, la clase obrera necesitaba del poder del Estado, lo necesitaba no en función de la libertad sino para oprimir a las ex clases explotadoras[1].

Una dictadura de nuevo tipo

Es por esto que el elemento blanquista-jacobino fue reivindicado para dar cuenta de: a) la necesaria ruptura con el Estado burgués, y b) para asumir el carácter necesariamente dictatorial del nuevo poder de clase en relación a las ex clases dominantes; no se les puede hacer ninguna concesión si no se quiere perder el poder conquistado; no se puede admitir ninguna ingenuidad si se pretende evitar ser masacrado (los revolucionarios y la clase; lecciones del baño de sangre que entraño la represión de la Comuna de París).

Simultáneamente,el aspecto blanquista-jacobino es rechazado, sí, en lo que tiene que ver con una concepción de la revolución realizada por una minoría conspirativa a la que las masas tendrían que seguir dócilmente. Para ser más precisos: el elemento conspirativo es retenido en la “tríada” resumida por Trotsky en La historia de la Revolución Rusa(últimos capítulos) de revolución-insurrección-conspiración. Pero, lógicamente, no se reducía a este último término: el partido revolucionario debe ganarse los favores de lo más avanzado de la clase y arrastrar tras de sí, a partir de ello, a los grandes sectores de masas (aunque, de todos modos, el momento insurreccional-conspirativo es, necesariamente, organizado por una minoría vinculada al partido; Trotsky dixit).

Por su parte, la socialdemocracia alemana de la Segunda Internacional, reformista ella, rechazaba el elemento jacobino-blanquista-revolucionario. Lo hacia travistiendo su reformismo como si significara una apelación a una transformación social, a una “revolución”, “protagonizada por las masas más amplias”… De ahí que calificara de “jacobinos”y/o “blanquistas” a todas las corrientes que apelaban al elemento revolucionario, leninistas-partidistas y luxemburgistas-“espontaneistas” (lo señalamos de modo reduccionista en mor de la brevedad), por igual (Kautsky definía a la socialdemocracia como un “partido revolucionario; no un partido que hace revoluciones”… una concepción pasiva-oportunista hasta el remate: ¿quién puede entender un partido revolucionario que no hace revoluciones?).

La tensión dialéctica que nos preocupa aquí es que al apelar al protagonismo de las grandes masas en la revolución -y en la transformación social posterior-,el elemento de vanguardia, consciente y “partidista”, es decir, la organización en partido, no quede disuelto. Está claro que la socialdemocracia defendía un “partido”… Pero en su caso era un aparato;no una organización revolucionaria. De ahí cierta confusión en el debate Rosa-Lenin (las circunstancias que los determinaban eran distintas –Rosa tendía a reducir erróneamente la idea del partido a un aparato al cual le contraponía la espontaneidad y creatividad de la clase desde abajo), aunque la experiencia histórica ha saldado largamente el debate a favor de Leniny su concepto del partido como organización política de vanguardia (como señaló Trotsky, a Rosa se le perdía la selección de cuadros necesaria a los efectos de la construcción del partido[2]).

Por su parte, Marx eligió en La guerra civil en Francia destacar los logros positivos de la Comuna. Pero jamás se engaño respecto de que la Comuna había sido demasiado magnánima(sólo empezó a fusilar cuando los versalleses fusilaban ya en masa). Esa es otra enseñanza de la revolución parisina: no hay alternativa a poner en pie una dictadura de clase en relación a las clases enemigas–y, menos que menos, en medio de una guerra civil. (Trotsky subrayó este balance en Terrorismo y comunismo, un texto unilateral respecto de la apreciación de la dictadura proletaria –planteaba la militarización del trabajo para las circunstancias concretas de Rusia a la salida de la guerra civil- pero acertado en su abordaje del balance de la Comuna; sus imperdonables límites “democratistas” en medio de una guerra civil)

Por su parte, en el debate con el anarquismo está siempre presente su rechazo a la dictadura proletaria. El aspecto anti-político del anarquismo devenía –deviene- en la denegación de la necesidad del Estado en general, lo que, por lo demás, deviene en otra negación: el rechazo al poder y el gobierno, a la actuación política, a la necesidad en la transición socialista de“una forma política en el seno de la cual operar la transformación económica”; la dictadura proletaria.

Porque en la transición se trata, evidentemente, de una secuencia inversa a la del pasaje del feudalismo al capitalismo. Si las formas económicas burguesas pudieron desarrollarse durante varios siglos antes que se consumara políticamente el derrumbe del Estado feudal o absolutista, las formas económicas de la transición socialista requieren para su maduración de la “cobertura” -la “carcaza”- que les da el Estado proletario en el contexto de la extensión internacional de la revolución:una suerte de “incubadora política” en el seno dela cual desarrollarse (la idea del necesario proteccionismo socialista para desarrollar la economía de la transición socialista remite a esto).

Pero en esta discusión se solaparon –se suelen solapar- dos problemáticas distintas: una cosa es que el ejercicio del poder en relación a los enemigos de clase sea dictatorial (por fuera, por encima de las leyes como diría Lenin), y otra distinta es que en el seno de los explotados y oprimidos, en relación a ellos, debemos hablar de otra cosa:un semi Estado proletario: una forma política que consagra -o tiende a consagrar, dependiendo de las circunstancias- una democracia de nuevo tipo como afirmara Lenin –y desconoce Althusser- en El Estado y la revolución (Nahuel Moreno tendería, como muchos otros, a solapar este costado del análisis de Lenin considerando este texto clásico suyo escrito al calor de la Revolución Rusa como “antediluviano”, es decir, anacrónico –ver su obra La dictadura revolucionaria del proletariado[3]).

El error habitual de las corrientes revolucionarias en la segunda posguerra fue haber escindido mecánicamente el carácter del social Estado de su forma política[4]. El Estado podía –supuestamente- subsistir como “Estado obrero” tal (en todo caso burocratizado) independientemente que, en realidad, se hubiera transformado ya, políticamente, en un Estado burocrático tout court; es decir, que la clase obrera hubiera perdido el poder. Si en la transición socialista la economía y la política están fusionadas (son como “hermanos siameses”; el Estado comanda la economía) y si, por lo demás, el ejercicio del poder político de la clase obrera sólo puede tender a ser un ejercicio cada vez más colectivo –porque la clase obrera es la clase colectiva por antonomasia-, un ejercicio político del poder mediante sus corrientes políticas y partidos, y no meramente “organizativo”, sindicalista, no hay manera que el régimen político de la transición socialista, el Estado obrero más bien, la dictadura proletaria, no sea –no tienda a ser-alguna forma de democracia socialista en relación a los explotados y oprimidos(una“democracia de nuevo tipo” según Lenin). Sea porque los soviets u organismos de poder son organismos –realmente- de representación de los trabajadores y su vanguardia y corrientes políticas, sea porque se expresan tendencias y/o partidos revolucionarios “soviéticos” (es decir, que defienden la revolución) que tienen vitalidad política y/o democrática, o sea, mejor aun, porque se sostienen y desarrollan ambas instancias.

Si la clase obrera pierde el poder político no hay –a nuestro modo de ver- una manera abstractamente “social” mediante la cual pudiera retenerlo como es el caso, muchas veces, bajo el capitalismo. En el régimen burgués la clase capitalista puede perder el control político del aparato del Estado, pero en la medida en que siguen imperando la propiedad privada y sus leyes (su dominio en la esfera de la sociedad civil, de la economía), sigue explotando cotidianamente a la clase obrera independientemente que no le guste el personal –o el personaje bonapartista, lo mismo da- que ejerce el poder.

En un Estado obrero las cosas son completamente distintas[5]. Los medios de producción están estatizados, es decir, “politizados”.Han sido declarados “propiedad pública”. Y todo lo que es del orden público, de la “sociedad política”, es político. Son, deben ser o tender a ser, no supuestamente sino realmente, dominados por una parte creciente -o toda- la sociedad explotada y oprimida. Pero si la clase obrera pierde el poder político, no hay forma que pueda hacer valer su propiedad sobre ellos porque se le extravía el control real de los mismos. (No puede decidir el destino de la producción excedente, apropiación de la producción excedente que es el alfa y omega del concepto de explotación en la tradición marxista[6]).

De ahí que la dictadura proletaria deba ser, deba tender a ser, simultáneamente, una dictadura de nuevo tipo de la mayoría sobre la minoría (el primer ejemplo histórico de esta circunstancia), así como una democracia de nuevo tipo en el sentido que, por primera vez en la historia también, es una democracia de mayorías:una democracia que expresa –o debe tender a expresaren sus órganos representativos la soberanía, la voluntad, las opiniones, los deseos y los intereses materiales de los explotados y oprimidos.

Lógicamente, la democracia proletaria subsiste como una forma política. Y, como tal forma política, no puede dejar de tener un costado de opresión sobre uno u otro sector (los burgueses están excluidos de los derechos políticos; estamos hablando de una dictadura, la dictadura proletaria). (Se considera que toda forma política es siempre, e inevitablemente,una forma de reconocimiento de un sector y de exclusión de otro. Una representación sin exclusiones deja de ser una forma política de cualquier tipo que sea; una forma de democracia. Lo que re-envía al problema si el comunismo puede pasárselas sin política, algo discutible más allá que sería una “política” muy distinta evidentemente a la que estamos acostumbrados[7].)

Forma y contenido de la dictadura proletaria

De ahí que el fin lógico e histórico de la dictadura proletaria, de la democracia socialista, sea la tendencia a la desaparición del Estado como tal. Si se pudiera escindir mecánicamente forma y contenido del Estado proletario, no haría falta que se verificase esta tendencia a la desaparición del Estado y de la desigualdad. Pero si esta tendencia es imprescindible[8], eso quiere decir que el carácter proletario del Estado no puede remitir a una lógica puramente “económico-jurídica” donde la propiedad estatal sería automáticamente “proletaria” porque la burguesía ha sido expropiada.Es decir: a una determinación puramente por la negativa por así decirlo aun en ausencia del control de dicha propiedad por parte de la clase obrera, de su poder político.Determinación esta última imprescindible,positiva, para que dicho carácter proletario del Estado se afirme: “(…) en abril de 1932, la región [de Ivanovo] ‘se transformó en el epicentro -a la escala de toda la URSS- de la resistencia obrera a la revolución estalinista ‘desde lo alto’. En las fábricas de Ivanovo trabajaban obreros ‘con sus propia experiencia y su propia interpretación de la Revolución de Octubre, que ellos reivindicaban. De este sentimiento nacía la convicción que era su deber juzgar aquellos que piloteaban la revolución en su nombre. La evaluación era severa. Ellos demandaban, al menos, que el partido les ofreciera un mejor nivel de vida, menos cargas al interior y al exterior del lugar de trabajo, una cierta democracia a nivel de la fábrica. Penuria crónica de pan, atraso salarial creciente, aumento brutal de las tareas, (des) organización taylorista de la producción, persecución de aquellos que levantaban reivindicaciones legítimas –eso no era lo que ellos esperaban [de la revolución] (…) Rossman documentó el hecho que el término ‘explotación’ era ahora corriente en la expresión de los obreros. Mientras tanto, los aparatos ideológicos del Estado soviético [burocratizado] respondían y trataban de inculcar mediante la fuerza en sus espíritus la afirmación, atribuida a Marx y Engels, según la cual la explotación quedaba inevitablemente abolida junto con la abolición de la propiedad privada de los medios de producción (…) Este fiasco debe sumarse a la lista de las causas del derrumbe del ‘comunismo (…)” (Zbigniew Marcin Kowalewski, “Ouvriers et bureaucrates”, Inprecor, revisado 1/10/21).

La tendencia a la desaparición del Estado remite, evidentemente y por el contrario,al ejercicio cada vez más colectivo –democrático- del poder y de la propiedad, y a la disolución de todas las formas de desigualdad y oposición que dicha propiedad pueda esconder. Y, en este sentido, se trata de un ejercicio que tiende a dejar de ser puramente “político” en el viejo sentido de la palabra, es decir, minoritario, para convertirse en un ejercicio cada vez más mayoritario y que tienda a la elevación creciente –aun sea a paso de tortuga por los problemas de la revolución mundial y el atraso de las fuerzas productivas “nacionales”- del nivel de vida de las masas (exigencia clásica de la Plataforma de la Oposición de Izquierda). Es interesante como hay una continuidad en el pensamiento de Marx respecto del carácter organizador de la dictadura proletaria(elemento que está presente en él ya desde 1844 y vuelve a hacerse presente en La guerra civil en Francia): “Toda revolución disuelve la vieja sociedad, en este sentido, es una revolución social. Toda revolución derroca al viejo poder, en este sentido es una revolución política (…) Pero todo lo que una revolución social con un alma política tiene de parafrástico o de absurdo, lo tiene de racional una revolución política con un alma social. La revolución en tanto que tal –el derrocamiento del poder establecido y la disolución de las viejas relaciones- es un acto político. Ahora bien, sin revolución el socialismo no puede hacerse realidad. Este acto político le es necesario en la medida en que tiene necesidad de destruir y de disolver. Pero, allí donde comienza la actividad organizadora, allí donde se manifiesta su propio fin, su alma, el socialismo rechaza su envoltura política” (Marx en polémica con Arnold Ruge, 1844, citado por Artous, Marx, el Estado y la política, pp. 84).

Una revolución política con un alma social quiere decir que el contenido social de la misma –lo que ya señalamos: la tendencia a disolver todas las desigualdades y oposiciones materiales- tiene que encontrar las formas políticas correspondientes para hacerse valer. Y ese contenido socialista tiende a rechazar su “envoltura política” limitada porque convoca a un ejercicio cada vez más colectivo y socialmente igualitario del poder por parte de la clase; su dictadura proletaria. Escindir mecánicamente ambas instancias, lo político democrático y lo social igualitario; aceptar que la clase obrera pueda ser “quitada del medio” –¡quitada del poder ni más ni menos!-. Y, sin embargo, seguir considerando al Estado como “proletario” (aun “burocráticamente degenerado” o cosa así; un verdadero oxímoron político a esta altura del campeonato), significa una petición de principios que atribuye un determinado contenido social (“socialista”, “obrero”) a formas políticas donde, por definición, la clase obrera no tiene forma de hacerse valer (está excluida del poder, y no solo excluida, sino que es explotada-como ilustra, entre tantos otros, Kowalewski[9]); que se ampara en consideraciones exclusivamente por la negativa -la burguesía ha sido expropiada, una enorme conquista evidentemente, pero que no resuelve todos los problemas como ha mostrado la experiencia histórica-, y no se interesa por sus determinaciones positivas: quien –y cómo, de qué manera- es el sujeto efectivo de dicha acción (quién se aprovecha de la inmensa conquista de la expropiación).

Porque, precisamente, esto es lo que nos sugiere Marx: la actividad organizadora rechaza su envoltura política porque necesita ser una tarea que tomen en sus manos cada vez más amplios sectores; porque necesita “aterrizar” en la base de la sociedad y acabar con toda forma de explotación o auto-explotación.

Así como economía y política se superponen en la transición, lo mismo ocurre entre la forma política y el contenido social del Estado proletario. Si la clase obrera no ejerce el poder, si ha sido desalojada del mismo, el Estado tiende a dejar de ser, deja de ser -a todos los efectos prácticos-un Estado obrero. Y no hay forma de asegurar que esto no ocurra por la vía del fetichefiasco afirma agudamente Kowalewski- del “carácter de clase de un Estado” afirmado –como obrero- por razones exclusivamente “negativas”. Si la burguesía permanece expropiada, el Estado sigue siendo no capitalista –acerca de eso no hay duda alguna[10]. Pero la historia ha demostrado que entre anticapitalismo y socialismo puede existir, eventualmente, existió en los hechos, un hiato histórico(un hecho histórico concreto, no algo que sea necesario ni nada por el estilo, sino algo dependiente de la lucha entre las clases[11]). No necesariamente todo paso anticapitalista es, automáticamente, socialista: para esto se requiere que la clase obrera se haga cargo del poder con sus organismos y partidos.

Althusser nunca superó el estalinismo

Nuestro desarrollo anterior demuestra la ceguera de Althusser en relación al fenómeno estalinista –sin dejar de tener elementos contradictorios, es verdad-, fenómeno que tenía décadas de desarrollo en el período en que este escribió su obra (la publicada en vida y la póstuma también). Un fenómeno que en algunos textos “denuncia” en términos generales pero que no se sostiene en ningún marco de análisis teórico a tales efectos; se trata de una denuncia genérica, puramente descriptiva, ala cual le quita, continuamente, los fundamentos teóricos, porque ridiculiza de manera marxista vulgar todo aquello que podía servir para entender, o comenzar a entender, el fenómeno[12]: “La clase obrera sabe que la reivindicación de igualitarismo es históricamente un callejón sin salida y una trampa (…)” (Las vacas negras; ídem; 203). ¿A quién se le ocurre una afirmación tan estúpida? ¿Cómo podía desconocerse en los años 1970 que la Oposición de Izquierda se alzó en defensa de la igualdad y en rechazo de la desigualdad promovida por Stalin en defensa de los privilegios burocráticos -afirmaba que era un“criterio pequeño burgués” defender la igualdad-? ¿Cómo pueden considerarse “formales” o sin sustento en la tradición marxista libertades como las de prensa, reunión, libre organización y pensamiento, como si su fundamento fuera, exclusivamente, la “libertad de comercio” o su naturaleza de clase fuera, “exclusivamente burguesa”? (Las vacas negras, ídem). ¡Un marxismo revolucionario que no abrace hoy, en este siglo veintiuno, las banderas de la igualdad y la libertad -defendidas desde jóvenes por Marx y Engels-, no es digno de tal nombre!

Afirma el filósofo francés: “(…) los derechos reconocidos a las personas son derechos de un hombre abstracto que no existe en ninguna parte del mundo” (Las vacas negras; ídem, 185).  Es todo así: una estupidez sectaria tras otra que solo sirve para tirar tierra a los ojos de los derechos democráticos y sociales de la clase obrera y, para colmo, en su revolución ¡Hay que ser idiota y cretino para no ver esto; o para limitar dichos derechos elementales a su forma puramente burguesa, en vez de superarlos y contenerlos críticamente dándoles su contenido en la revolución socialista!

No solamente se rechaza y cuestiona la clásica definición leninista de la dictadura proletaria de Lenin como si una relación dialéctica no pudiera contener –por eso es una relación dialéctica[13]fenómenos contradictorios en tensión –dictadura y democracia- sino que, además, cuestiona de manera fetichista todo aquello que podía –y puede  hoy en la investigación histórico-critica-estratégica- echar luz sobre el fenómeno estalinista: “La clase obrera soviética llega a ser a sí, de maneras inesperadas, la plaza fuerte de la lucha de clases de la URSS. Es prácticamente intocable. El Partido no ejerce ninguna influencia sobre ella, por lo menos, contra ella. En cuanto a los aparatos represivos del Estado, no hay ninguna posibilidad de que levanten su mano contra la clase obrera; los dirigentes del Estado, que alaban siempre el papel dirigente de la clase obrera, lo saben perfectamente y se abstienen. La clase obrera soviética está segura de sí, en calma y se sabe fuerte. Ha conseguido imponer su ley, la ley proletaria, en un Estado dominado, sin embargo, por una política autoritaria, cuando no, una política de represión. Verdaderamente, lleva en sí la esperanza de la realización del socialismo en la URSS (Las vacas negras. Entrevista imaginaria, texto póstumo no publicado en vida por el filósofo francés, Akal, España, 2019, pp. 252/253). (Imposible creerse estas estupideces en los años ’70)

¿Althusser era idiota o se hacía para quedar bien con el aparato? Quizás pueda explicárselo porque por fuera del estalinismo -o posestalinismo- siempre hizo “frío”… nunca habría alcanzado la notoriedad que logró.Otra pregunta: ¿cómo pueden haber grupos trotskistas que todavía hoy afirmen que “Althusser tenía razón”? ¿Se puede estar más de espaldas a las enseñanzas del siglo pasado; a la lección histórico-estratégica que no puede haber sustitución al papel protagónico de la clase obrera en la revolución socialista? Althusser al menos no escondía las cosas y decía sus verdades a bocajarro incluso a modo de queja, es verdad, del aparato del PCF, con el cual, de todas maneras, nunca rompió. Por ejemplo, esto que explica porque su mirada -de la lucha de clases- era por lo “alto”, entre aparatos y no desde el punto de vista concreto de la clase obrera frente a la cual era –dramáticamente- insensible –su anti-humanismo era eso, falta de empatía de clase-: “(…) desde la fecha de mi adhesión [al partido], 1948, nunca encontré ningún proletario en mi célula ni en las conferencias de sección a las cuales he asistido” (Las vacas negras; ídem; 32). ¡Dramático este señor que se la pasó hablando de una clase que no conocía![14].

¿El ángulo de mira Althusser tiene alguna explicación? Sí, la tiene, aunque su ubicación teórico-política era errónea. Militaba en Occidente, en Francia, y al inclinar la vara –con justicia- contra al reformismo del eurocomunismo (algo correcto, insistimos), lo que hacía desde la reivindicación al estalinismo original(algo completamente desencaminado).

En su crítica al reformismo y en toda otra serie de aspectos parciales, Althusser aporta elementos como ya hemos señalado en otras notas. Por ejemplo: cuestiona agudamente en algo en lo que coincidimos: la transición socialista no es un modo de producción sino una formación social con determinados rasgos en cada caso. Y también señala que pueden existir fenómenos “aberrantes” que no tienen porque entrar con fórceps en una tipología de sucesión esquemática de modos de producción, etc. Además, como filosofo marxista politizado, hace de sus obras –al menos, de varias de ellas- un objeto polémico y “asible”, lo que explica, también, en parte, su “éxito”. Otros filósofos marxistas mucho más profundos y eruditos, al no meterse en la “arena de la política”, aunque mil veces más anti-estalinistas en tiempo real- quedan, quizás, más abstractos. Pensemos el caso de Ernst Bloch (se termina yendo de la ex RDA en los años ’60), en una Raya Dunevskaya (demasiado “hegeliana”, quizás), KarelKosic –su texto,Dialéctica de lo concreto, es un clásico, Ilienkov, Mezsaros, y tantísimos otros antiestalinistas sin ser parte del movimiento trostkista). Aun así, Althusser, leído desde hoy, con la experiencia del siglo pasado detrás nuestro, aun cuando metodológicamente intentó de manera postrera una fuga desde el estructuralismo rígido e idealista al posestructuralismo –igualmente idealista, en el límite-, lo que queda, en general, es un marxismo vulgar, ciego frente al fenómeno estalinista.

Kowalewski en el ensayo de reciente aparición que estamos citando en este artículo, de origen polaco él, no casualmente, da una mejor explicación que el filosofo francés del fenómeno de las corrientes “humanistas” estalinistas, explicando que dichas corrientes –reformistas- sazonadas con medidas pro-capitalistas (como “antídoto”, o, más bien, paliativo frente a la disfuncionalidad del régimen estalinista de “comando” y sin un gramo de democracia obrera), pretendían, tramposamente porque su origen era del aparato, “dialogar” con la aspiración de las masas del Este europeo de un “socialismo con rostro humano” (las revoluciones antiburocráticas de posguerra no fueron restauracionistas como si lo fueron –lo terminaron siendo- los procesos del ’89). Dichos regímenes sostenidos con la intervención del Ejercito Rojo burocratizado eran irreformables (es decir, el proyecto reformista era imposible). Pero lo que a Althusser se le escapó de su ángulo de mira –¡por sectario estalinista frente a las masas!- es que las aspiraciones democráticas y nacionales que venían desde abajo, la denuncia de la explotación del trabajo por parte delos regímenes burocráticos –explotación sobre bases extensivas como bien precisa Kowalewski- eran absolutamente legítimas y que no se podía estar de espaldas a ellas.

Una pelea en dos frentes

Los corrientes que de manera tardía, en “segundas nupcias”, declaran su amor por el Althusser “póstumo”, son tan ciegas frente al balance del estalinismo que llegan incluso a la apología del autor francés perdiendo completamente de su ángulo de mira que el siglo pasado encierra un tesoro de enseñanza en el doble frente de batalla que caracteriza al socialismo revolucionario: la pelea contra el reformismo y la pelea contra el estalinismo, ambos fenómenos degenerativos del movimiento obrero.

Se puede ser “revolucionario socialista” por así decirlo, pero no trotskista, socialista revolucionario, sino se tiene este doble ángulo; si uno de ellos está adelgazado. Y si se tiene a Althusser como obra de cabecera, o a un Isaac Deutscher u otros autores valiosos pero que deben ser tomados con muchas pinzas –leídos muy críticamente- como obras de formación de la militancia.

Y en el mismo sentido va la idea o el concepto de que se debe recuperar la teoría política de Marx para entender los desarrollos del siglo pasado, para enmarcar la elaboración del marxismo revolucionario de la “segunda horneada”: Lenin, Trotsky, Rosa, Gramsci y Rakovsky. Teoría política que, básicamente, perdón compañero Althusser, se encuentra en el joven Marx, porque lo que se halla en el Marx maduro, y mismo Engels, es, más bien, historia política, más que “filosofía política”.

Un Marx que subrayaba, por ejemplo, que había que evitar que la sociedad –socialista- apareciera nuevamente como abstracción frente a las personas de carne y hueso porque en el sentido más profundo del término, se teoría política era una de auto-emancipación de los explotados y oprimidos y si su teoría del partido era –realmente- débil, inmadura, y en ese sentido el aporte del leninismo es imperecedero, en un nivel muy alto de abstracción, la teoría política de Marx es la que contiene la de Lenin, Trotsky y Gramsci (e, incluso, Rosa, aunque esta era débil en lo que el propio Marx era débil; en el concepto de partido de vanguardia sin el cual no hay revolución propiamente socialista ni transición al socialismo, el cual remite a la “pizca de verdad” del elemento jacobino).

Althusser, desencaminado él, educaba en un sentido opuesto, estalinoide: “(…) si son conscientes de sus responsabilidades, los comunistas hacen abstracción, y deben hacer abstracción, de sus relaciones personales subjetivas (…) para tratar a fondo (…) una cuestión política (…) tienen el deber político de hacer abstracción de las personas en cuanto tales (…)” (Las vacas negras; ídem, 87).

Una clásica vulgaridad estalinista –extraordinariamente retratada por Padura en El señor que amaba los perros– porque si es absolutamente real que, en el límite, los intereses individuales no pueden estar por encima de los intereses colectivos de la organización (el partido no puede ser un “vale todo”, un “hago lo que se me canta”, hay disciplina y deberes frente a la organización como un todo), de todas maneras, y dialécticamente, los interés de la organización y del socialismo tienen que servir a la realización de cada compañero, de cada compañera (cada ser humano vale oro; es distinto al otro). Porque en el comunismo la emancipación de cada uno será la medida de la emancipación de todos (Marx).

Sin esta batalla en dos frentes, sin combatir la adaptación reformista y, simultáneamente, realizar un sostenido y esforzado trabajo de balance del estalinismo que vaya hasta las raíces más íntimas de este fenómeno degenerativo, es imposible relanzar nuestra corriente histórica socialista revolucionaria de cara a los desafíos que están en el horizonte.

 


 

[1]Draper destaca el lado revolucionario del abordaje de Blanqui reivindicado por Marx, aunque este último rechazara su sustituismo.

[2]Rosa fue incapaz de concebir la construcción de una tendencia revolucionaria de cuadros atada como estaba a la idea del –organizativista ella, en esto- partido como una organización de masas (es decir, se le perdía el filo específico de la política revolucionaria).

[3]El colmo de muchos dirigentes del trotskismo de la posguerra es que para entender los desarrollos en la ex URSS volvieron poco sobre Marx, cuyas intuiciones sobre teoría política había dejado colocados parámetros generales que contribuían a “enmarcar”, por así decirlo, las interpretaciones más circunstanciadas de Lenin, Trotsky, Rakovsky y compañía (a decir verdad, Rakovsky fue el más sagaz a este respecto).

[4]La escisión entre forma y contenido es una clásica escisión anti-dialéctica: el contenido no tiene manera de expresarse sino lo hace bajo determinadas formas. (Es, vis a vis, como el concepto de fenómeno respecto de la naturaleza íntima de las cosas.) Si la forma contraviene el –supuesto- contenido, quizás, lo que estamos apreciando, es que el contenido es otro que el que suponíamos.

[5]Insistimos en este completamente distintas porque lo habitual es que se repita esquemáticamente la relación entre Estado y economía imperante en el capitalismo para evaluar el carácter del Estado de la transición.

[6]El concepto del sociólogo marxista francés Pierre Naville es que en la transición socialista no hay manera que la clase obrera no se “auto-explote” por cuenta del carácter atrasado todavía de las fuerzas productivas. Aquellos teóricos marxistas que excluyen del análisis la relación dialéctica entre relaciones de producción y fuerzas productivas abandonan el terreno del materialismo y se deslizan al idealismo subjetivista (caso, por ejemplo, de Althusser). Trotsky, como se sabe, defendía un abordaje “con los pies en la tierra”: colocaba la medida de todas las cosas en la productividad del trabajo.

[7]Engels hablaba del “pasaje del gobierno de las personas a la administración de las cosas” (AntiDhüring). Pero quizás convenga entender esto de una manera no tan reduccionista porque no puede existir un terreno puramente “técnico” que lo abarque todo sin valoraciones incluso en las sociedades igualitarias –valoraciones que, por definición, son “políticas”-.

[8]Althusser tiene una afirmación ridícula de la transición socialista donde de la pura dictadura incluso sobre la clase obrera se pasaría, al final del camino, al paraíso sin que medien tendencias contradictorias en el trayecto: “Un camarada pregunta: ¿cómo representar el socialismo? Y un segundo responde: como un río que hay que atravesar (…) Al principio, todo el mundo sube al barco, los capitalistas también (…) Los trabajadores más conscientes custodian el cruce vigilando al grupo de los capitalistas para que no saboteen el viaje. Esto se llama dictadura del proletariado. Las formas son más o menos severas, más o menos democráticas (…) Una vez atravesado el río, todos desembarcan. Y ¿qué hacen? Lo que quieran. Se ha llegado al comunismo, cada individuo es libre”, no hay más explotación ni opresión (…)” (Las vacas negras; pp. 167). Es decir, repetimos, sin que medien tendencias contradictorias en el camino.

[9]La sensibilidad de este marxista ya entrado en años respecto del fenómeno de la burocratización se comprende, justamente, por su origen polaco. Muchas corrientes trotskistas de origen sudamericano harían bien, en vez de repetir estupideces doctrinarias, de estudiar lo que tienen para decirnos autores de este tipo.

[10]Es significativo como Kowalewski rechaza por esquemáticas y “aparatosas” –es decir, no histórico concretas- las concepciones capitalistas de Estado y colectivistas burocráticas y se decanta, como nosotros, y en la estela de Christian Rakovsky, por la caracterización de Estado burocrático.

[11]Es simpático que a este respecto Althusser señale algo parecido: que pueden haber formas “aberrantes” que no sigan ningún esquematismo histórico (volveremos).

[12]Significativo que Althusser le espetara en la cara al Marx joven cuestiones que el consideraba –erróneamente- no fundamentadas teóricamente, hiciera por su parte –en su caso, realmente-, lo mismo: criticara algunas “aberraciones” del estalinismo pero no les diera ninguna explicación teórica fundamentada.

[13]En esto tenemos una profunda diferencia con el Lucio Colletti marxista que afirmaba que las contradicciones dialécticas eran puramente “ideales” y que las contradicciones reales no podían ser dialécticas… (ver el capítulo final de La cuestión de Stalin, un capitulo a nuestro modo de ver muy malo en una obra sugerente).

[14]Sobran los “dirigentes” partidarios de la izquierda que jamás pisaron una fábrica ni trabajaron en ella. No es automático ni mecánico, ni algo para ser sectario, porque el propio partido es el vínculo con la clase. Pero en las condiciones actuales de poca subjetividad obrera clasista y socialista, y de un tamaño e inserción incipiente de nuestras organizaciones en la clase, dicha experiencia directa sobre el terreno, aunque sea por relativamente corto tiempo –trabajando, o, al menos, militando sobre la clase-, es muchas veces insustituible (Nahuel Moreno tenía esta tradición de proletarización y si muchas veces se sobreactuaba o se asumía de manera sectaria, para nuestras corrientes que organizativamente siguen siendo, en cierto modo, externas a la clase, es una buena práctica aunque en este punto estamos insistiendo, más bien, en la dirección de los grupos revolucionarios y no de meter con fórceps en fábrica a los cuadros medios, cuestión que depende siempre de cada caso concreto porque, ley constructiva primera hoy, hay que transformar a nuestros grupos en una potencia en la juventud para ir, desde esa acumulación, a la clase obrera). Ahora, ser “teórico marxista” y tener cero sensibilidad concreta hacia la clase ya es demasiado…

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