Taiwán: para entender el conflicto entre China y EE.UU.

A pesar de que se trata de un conflicto de décadas, la cuestión toma más relevancia en este contexto en el que la rivalidad estratégica entre EE.UU. como potencia dominante y China como potencia en ascenso aflora como ordenador de la política global.

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La visita de la Presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi a la isla de Taiwán ha acrecentado fuertemente las tensiones entre China y EE.UU. Desde 1997 que una autoridad estadounidense de ese calibre no pisaba el territorio.

A pesar de que se trata de un conflicto de décadas, la cuestión toma más relevancia en este contexto en el que la rivalidad estratégica entre EE.UU. como potencia dominante y China como potencia en ascenso aflora como ordenador de la política global. Las viejas disputas y conflictos que vienen del siglo pasado se reavivan y reactualizan. A la vez, hay movimientos de despertar político entre los sectores populares de la isla, como fue el caso del Movimiento Girasol del 2014.

Por eso, vale la pena recapitular cual es el origen de la disputa entre EE.UU. y China por Taiwán y qué es lo que está en juego.

Los orígenes

Para entender el origen del actual conflicto en Taiwán hay que remontarse al triunfo de la revolución china de 1949, liderada por Mao Tse-Tung y el Partido Comunista. Son los albores de la Guerra Fría.

Cuando la revolución triunfó, el gobierno del Kuomintang (el partido nacionalista gobernante hasta entonces) retrocedió hasta Taiwán. La isla había sido parte del país por cientos de años ( fue ocupada por el militarismo japonés por algunas décadas), la inmensa mayoría de su población es de etnia Han (la mayoritaria en toda China) y un pequeño porcentaje de población indígena pre-china. Una vez que el Kuomintang se instaló allí, el líder nacionalista Chiang Kai-shek sostuvo la «República de China» como supuesta continuidad de la derrocada por el PC, estableció su capital en Taipéi y encabezó una brutal dictadura militar de partido único. Mientras tanto, en la China continental el PCCh ponía en pie la República Popular China. Ambos gobiernos proclamaron la existencia de una única China, y por lo tanto su soberanía sobre la otra parte.

Es importante señalar que ya desde 1947, cuando la guerra civil estalla abiertamente en todo el país, EE.UU. se encargó de apoyar económicamente y con armamento al bando nacionalista, tratando de impedir que triunfe Mao.

Luego de la guerra, Estados Unidos continuó apoyando a la dictadura de Chiang Kai-shek y la reconoció como el gobierno oficial de toda China. Recién 30 años después, en enero de 1979, el gobierno estadounidense reconoció a la República Popular.

Desde 1949, la «República Popular» y la «República de China» conviven en una constante tensión adjudicándose cada una de ellas ser el verdadero poder legítimo sobre la totalidad de China. El régimen del PCCh consideró a Taiwán desde entonces -y continúa haciéndolo- como una provincia rebelde.

¿Hacia el fin de la «ambigüedad estratégica»?

A pesar de que ambos países se adjudican ser la «verdadera» China, la inmensa mayoría de la comunidad internacional reconoce al régimen de Beijing como China, mientras que Taiwán sólo es reconocida oficialmente por catorce países, entre los cuales no se encuentra ninguna potencia del mundo capitalista.

El crecimiento exponencial de China como potencia mundial ha ido acrecentando su capacidad de presión sobre otros países para que tomen posición alrededor del conflicto en Taiwán. Así es que la lista de países que reconocen a Taiwán ha ido achicándose con el correr de los años. Uno de los últimos en salirse de la lista ha sido Nicaragua, que dejó de reconocer a la «República de China» a fines de 2021.

A pesar de la hostilidad histórica de Estados Unidos hacia los regímenes «comunistas», hace décadas que la posición oficial del país norteamericano es conocida como una «ambigüedad estratégica». Dicha posición quedó establecida en la Ley de Relaciones con Taiwán de 1979, que sigue vigente hasta hoy. Allí se sostiene que EE.UU. apoya el ideal de la existencia de una China única y unificada, por lo que técnicamente reconoce la soberanía de Beijing sobre Taiwán. Al mismo tiempo, sostiene que cualquier intento de manipular el estatuto de Taiwán por la fuerza será considerado «un tema de grave preocupación para los EE.UU.», pero no se detalla qué consecuencias prácticas tendría esa «preocupación». En resumidas cuentas, Estados Unidos no está obligado a defender Taiwán en caso de un ataque chino, pero tampoco lo descarta.

Mientras que en términos diplomáticos EE.UU. no reconoce al régimen de Taipéi, en los hechos lo apoya con armamento, tecnología y entrenamiento militar e incluso realiza con cierta frecuencia ejercicios militares en su territorio. Entre la clase dominante estadounidense hay contradicciones sobre qué posición tomar. Mientras Pelosi realiza una visita oficial, Biden públicamente desautoriza esa iniciativa y su gobierno no la respalda.

También hay contradicciones al interior de Taiwán. Hoy hay dos posiciones enfrentadas. La del viejo Kuomingtang es la de la reintegración a China bajo la hegemonía del PC, dada la evidente restauración del capitalismo en el continente. El partido hoy gobernante (el Partido Progresista Democrático, social liberal) sostiene la necesidad de proclamar la independencia de Taiwán como país independiente.

Es lógico que crezcan las tensiones en la medida en que el ascenso de China como potencia capitalista abrió una época de rivalidad estratégica entre dos grandes potencias globales como no se veía desde la guerra fría. El Pentágono ha venido organizando sendas maniobras aeronavales en las aguas de Taiwán. Al día siguiente de la visita de Pelosi, China respondió anunciando que desplegará su flota en los alrededores de la isla, a sólo 20 km. de la costa, en una posición amenazante que muestra la capacidad de Beijing de realizar un bloqueo marítimo a Taiwán.

No hay que perder de vista en este contexto la guerra de Ucrania y que Beijing logró aplastar la resistencia de Hong Kong.

Los taiwaneses y la autodeterminación

En el medio de la disputa geopolítica entre dos potencias, se encuentran por supuesto los mas de 23 millones de taiwaneses. Luego del fin del régimen dictatorial de Chiang Kai-shek y su hijo, la llegada de un sistema democrático burgués a Taiwán; sumado a largos años de estar, en los hechos, separados de China, produjo el surgimiento de ideas independentistas en un sector de la sociedad taiwanesa.

Un estudio de la universidad de Chengchi de este año determinó que el 63% de los encuestados se consideró exclusivamente taiwanés y sólo un 2,4% exclusivamente chino, pero un 30,4% se consideró «taiwanés y chino» como categorías no excluyentes. Estudios de años anteriores arrojaron resultados similares. Por lo tanto, la identidad nacional no parece ser una cuestión resuelta entre la propia sociedad taiwanesa.

Quienes no tienen ningún tipo de problema de «identidad» han sido el gran capital de uno y otro lado del estrecho que separa la China continental del Taiwán. El gigantesco desarrollo del capitalismo taiwanés -allí reside la mayor producción mundial de semiconductores, de la cual China es el principal comprador para sus productos tecnológicos- ha producido que los lazos económicos entre China y Taiwán se hayan desarrollado enormemente, a pesar de las tensiones políticas. De hecho, este es uno de los principales factores que repele a Beijing de lanzar una invasión: desatar una guerra en la isla implicaría dañar gravemente la economía taiwanesa, de la cual China es uno de sus principales socios comerciales. Por lo que los daños colaterales afectarían a la propia China.

Un antecedente muy interesante para debatir qué política debe apoyarse en torno a Taiwán es el ejemplo del «movimiento de los girasoles», de 2014. Se trató de una revuelta juvenil y estudiantil que llegó a tomar por 22 días el parlamento taiwanés. La principal protesta era el rechazo al tratado de Libre Comercio con China que el gobierno taiwanés se aprestaba a firmar.

La revuelta estudiantil se extendió rápidamente a los sindicatos, que denunciaron que el tratado de libre comercio con China destruiría sus fábricas y aumentaría la explotación del trabajo, al tener que competir de igual a igual con los productos chinos, que inundarían el mercado. Los sindicatos y los estudiantes no denunciaban «la injerencia del comunismo chino» sino, al contrario, la injerencia del gran Capital Chino y su alianza con las élites burguesas de Taiwán.

Tanto es así que incluso desde Estados Unidos reaccionó al movimiento de los girasoles exhortando a los taiwaneses a «no rechazar por principio los acuerdos de libre comercio».

La experiencia del movimiento girasol es sintomática de la complejidad del asunto Taiwán. Conviven el reclamo histórico de unidad de China con el derecho a la autodeterminación de la población taiwanesa, cosa que no se puede perder de vista para fijar una posición de izquierda.

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