El combate que Ali no quiso pelear

A 6 años de su muerte recordamos al campeón de los pesados que se negó a ir a la Guerra de Vietnam en 1967, que fue despojado de sus títulos y condenado a prisión.

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Articulo de amp.marca

Para que un atleta trascienda a la historia como personaje, más allá de su deporte, debe hacer algo que no esté en la lógica de su día a día. Algo que nadie espere de él: Que el campeón mundial de los pesos pesados se niegue a pelear en un combate.

Si el hombre más fuerte del mundo, el más temido, se niega a ir a la guerra, nadie lo puede tomar como un acto de cobardía. Una vez más, la conciencia de Muhammad Ali le colocaba un paso por delante de la frontera del deporte.

El boxeo es un deporte de nobleza y honor. Y Ali no encontró ninguno de esos atributos en la guerra de Vietnam, en quitarse los guantes y empuñar un arma para matar a otros seres humanos. Hace 50 años, el 27 de abril de 1967, escuchó su nombre tres veces en la oficina de reclutamiento de Houston. Y en ninguna de ellas dio el paso al frente para tomar juramento y alistarse al ejército. Aquello le costó muy caro. Fue despojado de sus títulos, condenado a prisión, su licencia para boxear fue revocada y una gran parte de la población estadounidense le tildó de traidor.

En 1967, 490.000 soldados americanos estaban desplegados en Vietnam, el gran conflicto de la Guerra Fría, el choque entre Estados Unidos y la URSS en el sudeste asiático. El sentimiento patriótico y anticomunista imperante en esa ‘USA’ de los años 60 invadía ciegamente el cerebro y la razón de muchos compatriotas, que apoyaban la intervención militar en Vietnam. No fue el caso de Muhammad Ali. Su ‘guerra’ no era contra el Vietcong.

Antes de cambiar su nombre de nacimiento, Cassius Clay ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma en 1960. Pero al volver a su país no se encontró con honores y sí con una realidad bien distinta. La segregación racial no distinguía entre héroes olímpicos y personas de a pie. Seguía siendo un ciudadano de segunda, le negaban la entrada en algunos restaurantes y tenía que ir a unos servicios diferentes a los de los blancos. Al tiempo que su leyenda pugilística crecía, sus conexiones con Malcolm X y Elijah Muhammad, máximo referente de la Nación del Islam, expandían su conciencia social.

Comprometido con sus ideas

Cuando le llega la llamada de la oficina de reclutamiento, Ali es campeón de pesados, presenta un récord de 29-0 y ha dejado por el camino a Sonny Liston, Floyd Patterson o Henry Cooper. Mucho a lo que renunciar, muchas figuras del ‘establishment’ a las que contentar, muchos compatriotas esperando de él algo tan simple como dar un paso al frente al oír su nombre.

Pero en lugar de ello, utiliza su mejor arma, por la que será recordado tanto o más que por sus puños, la palabra: “Ningún Vietcong me ha llamado ‘nigger’, ¿por qué voy a ir a disparar a esa gente pobre? ¿Por qué voy a ponerme un uniforme e ir a 10.000 millas de mi casa a lanzar bombas y disparar balas a gente mientras los negros en Louisville son tratados como perros y se les niegan los derechos humanos? El blanco es mi enemigo cuando quiero libertad, justicia e igualdad”.

Aunque no llegó a entrar en prisión gracias a los recursos presentados, sí perdió todos sus títulos y estuvo tres años sin boxear. Regresó, se convirtió en el más grande de todos los tiempos dentro del ring y siguió pregonando sus discursos sociales fuera de él. El legado de paz de un campeón del mundo de los pesos pesados.

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