El auge de la esclavitud capitalista: el imperio norteamericano del algodón

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  • De 1800 a 1860, la «productividad» de los que recogían el algodón aumentó en un 400%, sin que hubiera innovación alguna ni contribución tecnológica, a consecuencia de una brutal extracción de trabajo.

Josep Fontana

Este es un acápite del libro “Capitalismo y Democracia 1756-1848. Cómo empezó este engaño” del historiador Josep Fontana (Editorial Critica, pág. 93-96).

Uno de los principales estímulos de todo este sistema fue el crecimiento de la economía esclavista de los Estados Unidos, donde las plantaciones de algodón eran independientes del tráfico transatlántico de mano de obra africana, porque tenían asegurado el abastecimiento de brazos debido a una situación única, en aquel escenario, que hacía innecesaria la importación: en su población servil, los nacimientos eran superiores a las defunciones. Se calcula que en 1808, al abolirse el tráfico transatlántico, los Estados Unidos habían importado un total de 475.000 esclavos africanos, y que en 1865, fecha de la abolición, su población esclava se había multiplicado por diez (en unos momentos en que su valor era casi tres veces lo que se había invertido en la construcción de los ferrocarriles). 12 Este crecimiento demográfico se complementó con una transferencia interna de un millón de esclavos hacia las zonas productoras de algodón del sur, cuya prosperidad se había visto inicialmente potenciada por la invención en 1793 de la máquina desmotadora de Eli Whitney, que permitía separar fácilmente la fibra de las semillas, multiplicando así por cincuenta la productividad del trabajo. Como resultado, la producción y la exportación aumentaron exponencialmente. La creciente demanda de la industria algodonera inglesa solo la podía cubrir la producción de fibra norteamericana, que se incrementó gracias a la disponibilidad de los brazos de los esclavos —«la mano de obra más barata del mundo»— y a la facilidad de la extensión del cultivo de nuevas tierras arrebatadas a los indígenas, con la tolerancia y sumisión de los blancos pobres:

Los señores del látigo —escribía Hinton Helper en 1857— no solo son los amos absolutos de los negros, sino el modelo y los árbitros de los blancos que no tienen esclavos, libres solo de nombre, que viven sumidos en un analfabetismo y degradación perpetuados deliberadamente.

Todo ello propiciado por el poder político de los plantadores, que contaron en aquella época con presidentes de la República, jueces del Tribunal Supremo y un gran número de políticos favorables de sus intereses, sobre todo en los sectores de la política exterior y la defensa, puesto que consideraban que era necesario preservar por la diplomacia, y dado el caso por las armas, este gran espacio de la civilización esclavista que abrazaban los Estados Unidos, Cuba y Brasil, contra la amenaza de la subversión abolicionista impulsada por Gran Bretaña. Estaban convencidos, y no les faltaba una parte de razón, de que lo hacía con la intención de arruinar la producción de azúcar, café y algodón de estas tierras para trasladarla a territorios de África o la India que estuvieran bajo su control.

Los Estados Unidos ampliaron considerablemente el territorio disponible para el cultivo del algodón con la adquisición de Luisiana en 1803 y en 1819 con la compra de Florida a los españoles. Cuando en 1835 el gobierno mexicano anunció su propósito de abolir la esclavitud, los plantadores norteamericanos que se habían instalado en territorios mexicanos se rebelaron y emprendieron una guerra para independizarse, financiada con préstamos de los empresarios de Nueva Orleans.

La guerra se saldó con la fundación de una República esclavista en Texas, que en 1845 fue absorbida por los Estados Unidos y se convirtió en un nuevo Estado. La consecuencia inmediata de esta usurpación fue la guerra mexicano-americana de 1846 a 1848, una «guerra inicua» que permitió a los Estados Unidos apoderarse de gran parte del territorio del norte de México. Los sectores antiesclavistas del norte iniciaron entonces una larga contienda para conseguir la prohibición de la esclavitud en los territorios de nueva adquisición. Esta batalla la empezó el congresista David Wilmot en 1846, pero la Wilmot Proviso, o Enmienda Wilmot, fue repetidamente derrotada en el Senado por los representantes del sur, que consiguieron que no figurase en el Tratado de Guadalupe Hidalgo de febrero de 1848, que ponía fin a la guerra. En un territorio en el que inicialmente habitaban 50.000 nativos americanos, «los esclavistas y sus aliados desposeyeron a dos imperios europeos, dos estados poscoloniales y seis naciones americanas nativas», incluido el denominado «imperio comanche», y aportaron un millón de inmigrantes forzados para crear «un subcontinente de la esclavitud». *

De 1800 a 1860, la «productividad» de los que recogían el algodón en estas tierras aumentó en un 400%, sin que hubiera innovación alguna ni contribución tecnológica, a consecuencia de una brutal extracción de trabajo. En los años setenta del siglo XX, los historiadores «cliométricos» Fogel y Engerman construyeron una interpretación legitimadora de la esclavitud en los Estados Unidos, basada en su racionalidad económica, que la habría hecho más eficiente que la actividad de los trabajadores libres. Recientemente, dos economistas, Alan Olmstead y Paul Rhode, han atribuido el aumento a una mejora en la selección de las plantas. Edward Baptist, trabajando con documentos y testimonios de la época, ha desmentido estas interpretaciones y ha demostrado que la causa fundamental del aumento de la productividad, que hizo posible que los precios del algodón fueran en 1860 la cuarta parte de los de 1800, fue una nueva forma de explotación del trabajo esclavo que, al combinar el control directo con el uso acentuado de la tortura, propició un gran aumento en la cantidad «producida en los Estados Unidos […] con un inmenso coste humano».

Todo esto fue acompañado de mejoras en la administración y la contabilidad, propias de una actividad que funcionaba principalmente mediante créditos, basados normalmente en la hipoteca, cuya garantía podían ser los esclavos: un mundo de negocio capitalista moderno, en el que lo que unía los intereses del sur con los del norte no eran solo las redes del crédito, sino que las navieras de Nueva York, que eran además los principales proveedores de esclavos africanos en Cuba, proporcionaban servicio de transporte a los plantadores del sur, los industriales del norte producían ropa para el consumo de los esclavos y las nuevas universidades se nutrían de donaciones de patronos esclavistas del sur. De este modo se estableció un inmenso territorio del algodón que transportaba la fibra por el Misisipi hasta Nueva Orleans, o que llegaba a otros puertos a través del ferrocarril. Desde 1815 hasta 1860 más de la mitad de las exportaciones de los Estados Unidos eran de fibra de algodón, de la que dependía la economía de un país que, en el tiempo transcurrido entre la Guerra de la Independencia y la Guerra Civil, se engrandeció y enriqueció sobre la base del trabajo esclavo. En algunos estados del sur, se siguió utilizando a los negros como esclavos, encarcelándolos previamente por vagancia, hasta comienzos del siglo XX. Más adelante hablaremos de la «tercera esclavitud».

Se pone de manifiesto, pues, que la herencia de racismo que sigue patente en los Estados Unidos es consecuencia de la incapacidad colectiva de la sociedad norteamericana de asimilar lo que verdaderamente supuso la esclavitud. 13

 

* Todo este asunto tenía poco que ver con el humanitarismo. Wilmot quería que los trabajadores del norte que se desplazasen a estos territorios pudieran optar a salarios normales, sin la competencia de los esclavos. Por otro lado, en California se produjo un auténtico genocidio, patrocinado por el gobierno: de 1846 a 1873 la población indígena del nuevo Estado disminuyó de 150.000 a 30.000.


12. Las fuentes básicas de este apartado son: Sven Beckert, El imperio del algodón. Una historia global, Barcelona, Crítica, 2016; Sven Beckert y Seth Rockman, eds., Slavery’s Capitalism. A New History of American Economic Development, Filadelfia, University of Pensylvania Press, 2016; Steven Deyle, Carry Me Back. The Domestic Slave Trade in American Life, Nueva York, Oxford University Press, 2005; Ronald Bailey, «The Other Side of Slavery: Black Labor, Cotton, and Textile Industrialisation in Great Britain and the United States», en Agricultural History, 68 (1994), n.º 2, pp. 35-50; Walter Johnson, Soul by Soul: Life Inside the Antebellum Slave Market, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1999; Michael Tadman, «The Demographic Cost of Sugar. Debates on Slave Societies and Natural Increase in the Americas», en American Historical Review, 2000 (105) n.º 5, pp. 1534-1575; Robin Lindley, «Poor Whites and Slavery in the Antebellum South: an Interview with Historian Keri Leigh Merritt», en History News Network, 5 de noviembre de 2017. Sobre la interpretación «cliométrica» de la esclavitud, véase A. H. Conrad y J. R. Meyer, The Economics of Slavery and Other Studies in Economic History, Chicago, Aldine, 1964; Robert W. Fogel y Stanley L. Engerman, Time on the Cross, Boston, Little, Brown and Co., 1974, 2 vols.; Robert W. Fogel y Stanley L. Engerman, Without Consent or Contract: the Rise and Fall of American Slavery, Nueva York, Norton, 1989-1992, 3 vols. Sobre las visiones benevolentes de la esclavitud, véase Blains Roberts y Ethan J. Kytle, «The Historian Behind Slavery Apologists, like Kanye West», en New York Times, 3 de mayo de 2018.

13. Edward L. Baptist, The Half Has Never Been Told. Slavery and the Making of American Capitalism, Nueva York, Basic Books, 2016, y «Towards a Political Economy of Slave Labor. Hands, Whipping Machines and Modern Power», en Sven Beckert y Seth Rockman, eds., Slavery’s Capitalism, pp. 11-61; en este mismo volumen, pp. 107-121, Bonnie Martin estudia el papel fundamental del crédito local en el negocio esclavista, «Neighbor-to-Neighbor Capitalism: Local Credit Networks and the Mortgaging of Slaves». Sobre la dimensión política del tema: Mathew Karp, This Vast Southern Empire. Slave holders at the Helm of American Foreign Policy, Cambridge Mass., Harvard University Press, 2016. No deja de sorprender que los estudiosos actuales de la guerra con México omitan cualquier relación con el tema de la esclavitud. Véase, por ejemplo, James Oakes, «The Wicked War», en New York Review of Books, 23 de noviembre-6 de diciembre de 2017, pp. 45-46. Sobre la financiación de las universidades, véase Giovanna Paz, «New Findings from Penn Slavery Project Show How U[niversity] Benefited Financially from Enslaved Labor», en The Daily Pennsylvanian, 24 de abril de 2018; Maniu Liu, «Penn Unveils New Findings on History with Slavery: Over 75 Former Trustees Owned Slaves», en The Daily Pennsylvanian, 29 de junio de 2018; «Slavery, in Every Way Imaginable, Was Central”, University of Virginia, Washington Post, 7 de agosto de 2018; Chuck Hinman, «Providence College Professor Investigates Slavery and Banking», en Rhode Island Public Radio, 10 de mayo de 2018; Sara Mervosh, «Remains of Black People Forced into Labor after Slavery Are Discovered in Texas», en New York Times, 18 de julio de 2018; Camille Busette y Vanessa Williamson, «In Charlottesville, Proof of America’s Utter Failure to Reckon With the Brutal Legacy of Slavery», en Brookings, 7 de agosto de 2018.

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