Víctor Artavia

Durante el año de 1915 los campesinos surianos desarrollaron una de las experiencias más significativas de la revolución mexicana, la Comuna de Morelos. De acuerdo a la reconstrucción de Gilly, los ”campesinos de Morelos aplicaron en su estado lo que ellos entendían por el Plan de Ayala. Al aplicarlo, le dieron su verdadero contenido: liquidar revolucionariamente los latifundios. Pero como los latifundios y sus centros económicos, los ingenios azucareros, eran la forma de existencia del capitalismo en Morelos, liquidaron entonces los centros fundamentales del capitalismo en la región (…); la conclusión fue: expropiar sin pago los ingenios y nacionalizarlos, poniéndolos bajo la administración de los campesinos a través de sus jefes militares.” (Gilly, 1971: 236)

Pero más importante que estas medidas de carácter económico fue la organización política que desarrolló el zapatismo para garantizar el cumplimiento y defensa de las mismas. Durante su enfrentamiento con las tropas constitucionalistas en el año de 1916, Zapata se percató de la necesidad de construir un instrumento político que fuera el complemento de su estructura militar, para de esta forma organizar al conjunto de la población campesina de Morelos y hacerla parte activa de la revolución.

Lo anterior se materializó en marzo de 1917 cuando los zapatistas promulgaron la Ley sobre derechos y obligaciones de los pueblos y de las fuerzas armadas del Ejército Libertador, en la cual se estipularon las bases para la conformación de un gobierno revolucionario en Morelos a través de los pueblos y la democracia campesina: ”La ley fijaba un funcionamiento regular de asambleas populares que permitirían la intervención permanente de los habitantes de los pueblos en todos los asuntos políticos, su discusión y su decisión (…); establecía los derechos de los pueblos frente a los jefes, oficiales y soldados del Ejército Libertador del Sur y estaba destinado a contener abusos contra los pueblos. Estos no sólo tenían el derecho de elegir sus gobiernos locales, sino también el de nombrar sus propios tribunales y policías.” (Gilly, 1971: 273)

Páginas atrás mencionamos la caracterización de Marx y Engels del campesinado como una clase social sin iniciativa histórica, lo que se manifestó en la incapacidad de Villa y Zapata para establecer un gobierno revolucionario tras tomar la capital. Ahora bien, de ser eso cierto, ¿cómo se explica en términos marxistas que el ejército zapatista y su base social campesina hayan podido estructurar un gobierno revolucionario regional, que expropió a los latifundios y apeló a las masas campesinas autodeterminadas en los pueblos?

Para Gilly esto se explica porque el zapatismo estaba realizando ”una revolución que cambió las bases económicas, políticas, jurídicas, militares y sobre todo sociales del poder en su territorio, y estableció allí un poder popular basado en el pueblo en armas, en los campesinos pobres y en los obreros agrícolas (…); estableció un gobierno obrero y campesino local (…). Por eso fue una Comuna, un comienzo de Estado obrero, un Estado obrero elemental a escala local.” (Gilly, 1971: 301-302).

Aunque coincidimos con Gilly en que la Comuna de Morelos fue una experiencia empíricamente anticapitalista, por lo que puede ser denominada como una “revolución social a pequeña escala”, diferimos radicalmente en cuanto a su caracterización de ésta como un estado obrero. Y esta no es una diferencia menor, sino que hace parte de un debate más amplio sobre los procesos revolucionarios de la segunda posguerra y la teoría de la revolución en el marxismo.

Cuando los fundadores del socialismo científico plantearon que el campesinado carecía de iniciativa histórica, se referían a la imposibilidad de que éste se transformara en el sujeto histórico de la revolución socialista, tarea que sólo podía ser desempeñada por la clase obrera autodeterminada. Y creemos que este planteamiento marxista ha sido plenamente comprobado por la experiencia histórica del siglo XX. Pero también es cierto que esa misma experiencia dejó en claro que la previsión inicial de Marx y Engels resultaba insuficiente a la hora de interpretar los alcances revolucionarios de las luchas campesinas en los países semicoloniales.

Lo anterior quedó del todo expuesto tras el triunfo de la revolución campesina china en 1949. Las corrientes trotskistas de la época no pudieron descifrar correctamente el verdadero carácter de esta revolución, llegando a confundir su curso anticapitalista con el de una revolución socialista, a pesar de que la clase obrera estuvo ausente de la misma.

Las explicaciones para esto oscilaron entre la tesis del sustituismo social, según la cual un partido o grupo de dirigentes puede suplantar la ausencia del proletariado y conducir una revolución hacia el socialismo, hasta interpretaciones objetivistas que justificaban el carácter socialista de la revolución debido a la simple presencia de obreros o semiproletarios agrícolas por la base, aunque éstos no intervinieran como clase organizada ni tuvieran injerencia en su conducción política1. A pesar de sus diferencias, ambas interpretaciones representaron un distanciamiento con relación al planteamiento marxista de que sin clase obrera autodeterminada no puede haber revolución socialista.

Precisamente esto es lo que refleja la caracterización de Gilly de la Comuna zapatista como un ”estado obrero elemental”, lo cual justifica a partir de la existencia en Morelos de proletarios agrícolas de las plantaciones azucareras. De esta forma, Gilly reproduce el mismo error político/metodológico del objetivismo al determinar el curso obrero o socialista de la experiencia zapatista en Morelos a partir de la presencia física –no política, como clase organizada para sí– de miembros atomizados de la clase obrera.

Pero su error es mayor aún porque incurre en otra equivocación teórica muy propia del trotskismo objetivista: equiparar mecánicamente el proletariado agrícola con el proletariado urbano o industrial. Esta comparación ha sido desmentida por la experiencia revolucionaria, la cual ha dejado en claro que el proletariado agrícola aislado del proletariado urbano tiende a comportarse más como un campesino que como un obrero: ”como dice Schwartz parafraseando agudamente a Lenin, el ’proletariado rural’ aislado del proletariado urbano es esencialmente un ‘pequeñoburgués’ en mentalidad, furiosos contra los que tienen tierra, pero consumidos por el deseo de lograr para ellos mismos poder aferrarse a su propiedad de la tierra” (Sáenz, 2005: 149).

Este comportamiento presenta una relación con la genética social del proletariado agrícola, que en muchas ocasiones es un campesinado recientemente desclasado o que trabaja por temporadas en las plantaciones para redondear sus bajos ingresos de pequeño productor. Algo similar fue lo que ocurrió en el sur de México con el desarrollo de las plantaciones, aspecto que el mismo Gilly detalla con precisión: ”la combinación original y única que se dio en la revolución del sur fue que la organización tradicional de los pueblos, proveniente de la vieja comunidad agraria, se convirtió en parte también en vehículo de organización y de expresión de un proletariado azucarero que en muchos de sus integrantes era también campesinado de los pueblos. Esta organización tradicional campesina de producción, de resistencia (…) recibió la integración de los obreros azucareros, campesinos recientes o todavía campesinos todos ellos, relacionados por mil lazos familiares y sociales con el campesinado de los pueblos”. (Gilly, 1971: 304-305)

En su afán por encontrar el “componente objetivo” para caracterizar a la Comuna de Morelos como un estado obrero elemental, Gilly no se preocupa en lo absoluto por demostrar el accionar político independiente de la clase obrera, que por su naturaleza social tendría que ser diferente del que presentaba el campesinado zapatista. Contrario a esto, toda la evidencia histórica presentada por Gilly desmiente esta suposición y refuerza la tesis de que los obreros agrícolas por sí mismos no se distanciaron de su pasado campesino con el cual sostenían ”mil lazos familiares y sociales”.

La interpretación objetivista crea un “fetichismo obrerista”, que como tal vacía de contenido la caracterización marxista del proletariado como sujeto histórico de la revolución. Así, lo determinante para que una revolución sea obrera o socialista es la presencia objetiva de individuos que por su relación laboral sean explotados por un patrón, independientemente de si éstos se asumen como tales o si tan sólo actúan como un individuo más que no tiene conciencia de su condición social. Por nuestra parte consideramos que esta diferenciación es medular para determinar el carácter obrero y socialista de un proceso revolucionario: sin clase obrera autodeterminada no hay revolución socialista, y esto significa que el proletariado realice la transición de clase en sí en clase para sí.

Por esto diferimos con Gilly cuando caracteriza a la Comuna de Morelos como un estado obrero, puesto que la clase obrera autodeterminada nunca estuvo presente en esta experiencia zapatista –ni durante toda la revolución mexicana–. En contraposición con esta interpretación objetivista, desde nuestra parte consideramos que la Comuna de Morelos fue una muestra de la creatividad histórica limitada del campesinado.

Este fue un concepto desarrollado por Lenin, quien dedicó buena parte de sus análisis políticos y teóricos al estudio del campesinado en Rusia. Fruto de esto, Lenin aportó al marxismo la consideración de que bajo ciertas condiciones muy particulares era factible que el campesinado desarrollase una creatividad histórica limitada que excediera los pronósticos iniciales de Marx y Engels.

Para explicarnos de mejor manera sobre este punto, consideramos oportuno remitirnos al estudio de Roberto Sáenz sobre la revolución china de 1949 publicado en la revista Socialismo o Barbarie 19: ”(…) al llegarse a la expropiación generalizada de los capitalistas, sin que esto fuera parte de una auténtica revolución obrera y socialista, esta revolución expresó una acción histórica del campesinado mayor que la prevista. No fue una ’revolución campesina socialista’. Pero sí es verdad que el campesinado fue más lejos en la senda anticapitalista de lo que estaba planteado por la experiencia histórica anterior. En este sentido, Schwartz es agudo cuando señala que Lenin dejaba abierta la posibilidad de que el campesinado pudiera ser capaz, en Rusia, de cierta creatividad histórica limitada (…). Esto deriva en la discusión acerca de las posibilidades de acción campesina independiente, que en general la tradición del marxismo revolucionario ha negado. Creemos que en términos históricos esto ha sido comprobado. Sin embargo, en condiciones específicas y limitadas, la ’independencia’ relativa de un campesinado encuadrado burocráticamente y yendo más allá del capitalismo fue un hecho.” (Sáenz, 2005: 126-127)

Con la conformación del gobierno revolucionario en Morelos, el campesinado suriano expresó un accionar histórico que superaba las previsiones iniciales del marxismo. La explicación de esto se desprende de la particular tradición de lucha del campesinado mexicano desde el siglo XIX –que detallamos al inicio de este trabajo–, la misma que les facilitó la construcción de sus propios organismos independientes de la burguesía y regidos por la democracia campesina.

Sobre la base de estas condiciones específicas se desarrolló el zapatismo como la corriente campesina más política y radicalizada de la revolución mexicana. La independencia de clase y la democracia campesina de los pueblos explica el excepcional desenvolvimiento del Ejército Libertador del Sur durante todo el proceso revolucionario, desde la formulación del Plan de Ayala de 1911 hasta la Ley sobre derechos y obligaciones de los pueblos y de las fuerzas armadas del Ejército Libertador de 1917.

Pero además de este elemento interno, la creatividad histórica del zapatismo recibió el influjo de una condición específica de carácter internacional: el triunfo de la revolución rusa de 1917. La república de los soviets impuso sobre el escenario político mundial la posibilidad de que una clase no propietaria se adueñara del poder central de uno de los imperios más grandes del planeta. Esto marcaría un cambio epocal, cerrando de una vez por todas el ciclo de las revoluciones burguesas y abriendo el de la revolución socialista.

Lo anterior tuvo sus repercusiones entre el campesinado zapatista, quien se sintió naturalmente identificado con la causa de la revolución rusa. No queremos decir con esto que de forma mecánica el triunfo de los obreros y campesinos en Rusia hizo que el zapatismo entendiera la necesidad de construir un gobierno revolucionario, pero sí que los “nuevos aires” revolucionarios refrescaron la perspectiva política del zapatismo.

Al menos esto es lo que se desprende de la carta de Zapata sobre la revolución bolchevique escrita en abril de 1918, en la cual es tangible cómo este acontecimiento político mundial propició que el líder campesino extrajera importantes conclusiones estratégicas, llegando a esbozar un internacionalismo romántico y una comprensión elemental de la lucha de clases: ”Mucho ganaríamos, mucho ganaría la humanidad y la justicia, si todos los pueblos de América y todas las naciones de la vieja Europa comprendiesen que la causa del México Revolucionario y la causa de Rusia son y representan la causa de la humanidad, el interés supremo de todos los pueblos oprimidos (…). Es preciso no olvidar que en virtud y por efecto de la solidaridad del proletariado, la emancipación del obrero no puede lograrse si no se realiza a la vez la libertad del campesino. De no ser así, la burguesía podrá poner estas dos fuerzas la una frente a la otra, y aprovecharse (…) de la ignorancia de los campesinos para combatir y refrenar los justos impulsos de los trabajadores, del mismo modo que, si el caso se ofrece, podrá utilizar a los obreros poco conscientes y lanzarlos contra sus hermanos del campo.”(Citado en Gilly, 1971: 286)

La combinación de todos estos factores permitió que el zapatismo avanzara en la construcción de un gobierno campesino anticapitalista a partir de la organización independiente y democrática de los pueblos, mediante el cual terminó por ”legalizar y dar forma orgánica al sistema con el cual se habían gobernado de hecho los habitantes de Morelos desde que la revolución del sur, varios años antes, se había convertido en el único poder del estado.” (Gilly, 1971: 273) Es innegable que existió una participación directa de la base campesina en la experiencia de Morelos, pero esto no puede confundirse con un estado obrero.

A pesar de sus notables avances durante la Comuna de Morelos, el zapatismo fue incapaz de superar la fragmentación política del campesinado. Un ejemplo de esto radica en que Zapata nunca se planteó la necesidad de extender su experiencia de gobierno campesino a escala nacional, por el contrario, la limitó al estado de Morelos y tan sólo la visualizó como una medida de resistencia ante el ataque constitucionalista en su propio estado y para defender sus tierras. En este sentido, su visión de gobierno regional fue una relativa ampliación de la inmediatez inherente a las luchas campesinas.

Esto estuvo ligado a otro aspecto trascendental: el zapatismo nunca comprendió la necesidad de unir su lucha con la clase obrera mexicana. Más allá de la interesante referencia que hace Zapata en su carta sobre la hermandad entre obreros y campesinos, durante toda la revolución el Ejército Libertador del Sur no fue capaz de esbozar un programa político que se extendiera hasta la clase trabajadora. Toda la política del zapatismo durante diez años de revolución estuvo circunscrita a la problemática agraria, confirmando la imposibilidad del campesinado –aun de su facción más avanzada– de proyectarse como una propuesta alternativa a la hegemonía de la burguesía.

Aunque de manera excepcional, los avances y limitaciones del zapatismo durante su experiencia de la Comuna de Morelos fueron una demostración de la previsión histórica de Marx y Engels en cuanto a la impotencia histórica del campesinado para construir una sociedad alternativa al capitalismo, o lo que es lo mismo, son un recordatorio del papel insustituible que tiene la clase obrera autodeterminada para darle un contenido socialista a la revolución.


1 Esta interpretación objetivista fue la que sostuvo Nahuel Moreno, con el pequeño desatino de que toda la evidencia histórica apuntaba a que la clase obrera china estuvo ausente de la revolución.

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