• La sociedad y el imperialismo norteamericano.

Claudio Testa

Este articulo fue escrito para analizar la administración Bush y la crisis abierta luego de la invasión a Iraq. Lo reproducimos por analizar más en general la sociedad capitalista y el imperialismo de los Estados Unidos.

El fenómeno de una coalición tan peculiar, exige algunas explicaciones sobre la realidad en que florece. Estas son algunas observaciones y reflexiones puntuales y desordenadas, pero que pueden facilitar la comprensión de la crisis de la administración Bush, y del imperialismo yanqui y sus problemas, así como permiten plantear una serie de interrogantes.

* El carácter complejo y singular de la sociedad, la burguesía y el estado imperialista norteamericano (y su extensión mundial), es el resultado una formación histórica notablemente distinta de los otros estados y sociedades imperialistas, como por ejemplo los de Europa o Japón, donde por regla general existe un grado y forma de centralidad y homogeneidad de la burguesía, la economía, la sociedad, la cultura y el poder completamente diferentes.

La sociedad y la burguesía estadounidense presentan un panorama diferente, lo que no significa que el estado imperialista norteamericano no tenga en todos sus aspectos fundamentales una férrea centralización. Pero ésta se constituye y funciona de otra manera. La divisa que campea en su “seal” (sello, escudo), “E pluribus, unum” (De muchos, uno), la sintetiza: su unidad económico-social y estatal, sus clases dirigentes (y también sus clases subalternas) se han ido configurando a partir de una diversidad cualitativamente más amplia, que no se ha esfumado con el tiempo, ni con el desarrollo capitalista. Esto se conecta no sólo con la inmensidad geográfica de un país-continente, sino también con la formación de la misma sociedad norteamericana a través de un largo proceso de colonización interna y en parte externa (a costa del territorio de México) y de oleadas inmigratorias voluntarias e involuntarias (como los esclavos africanos). A esto se fueron agregando las dimensiones mundiales que asume el propio estado norteamericano al elevarse, con la Segunda Guerra Mundial, a un grado de dominio inédito en la historia de los imperialismos.

La “financierización” que antes describimos, que fue acompañada de una colosal concentración corporativa, son factores que influyen para una mayor “homogeneidad” de las clases altas estadounidenses. Asimismo, existe, por encima de las diferencias, una sólida comunidad de intereses y objetivos burgueses e imperialistas. Comunidad de objetivos tanto interiores como exteriores: desde llevar hasta sus últimas consecuencias las derrotas infligidas a la clase trabajadora a partir de Reagan, hasta sostener y profundizar el dominio mundial norteamericano… y obtener los beneficios correspondientes (aunque las opiniones sobre las políticas para lograr eso difieran entre sí).

Pero esta comunidad de intereses generales no ha borrado los intereses particulares, que están potenciados por el hecho de que la burguesía estadounidense sigue distribuida por regiones y estados, que muchas veces al mismo tiempo reflejan ramas diferentes e intereses diversos (finanzas, petróleo, aeronáutica, high-tech, etc.). Esto también establece distintas relaciones con los mercados nacional y mundial, con el estado, etc. No son iguales los intereses de las corporaciones con sus fabricas “deslocalizadas” a China y que desde allí exportan a EEUU, que los de la burguesía que debe competir con la avalancha de esos productos.

* Combinado con esto, se presenta también una complejidad de elementos culturales, que también tienen una diversidad regional notable. Esta diversidad se refracta en distintas respuestas políticas. Las últimas elecciones presidenciales, con una clara división geográfica del país, reflejó eso. Las regiones “ilustradas” y “cosmopolitas” –las costas Este y Oeste del país– votaron contra Bush. El centro provinciano y atrasado –el llamado “cinturón bíblico”–, a su favor. Esto se relaciona con un importante contraste: un increíble “desarrollo desigual” entre el carácter de superpotencia mundial del imperialismo yanqui, y el extremo localismo y provincianismo cultural y político, cuyos horizontes no van más allá de los asuntos de la comunidad o a lo sumo del estado. Para la mayoría, Washington es casi un planeta lejano que se ocupa de los impuestos federales, las guerras y las relaciones exteriores.

Este “desarrollo desigual” entre su poder mundial y el fenomenal atraso localista de buena parte del país, asume a veces formas que asombran al resto del mundo, como por ejemplo la presente campaña contra la teoría de la evolución de las especies de Darwin o contra el matrimonio gay. Esto provoca el hazmerreír de europeos y latinoamericanos, pero tiene su lado serio: Bush logró su segunda presidencia movilizando a este público. Como observa Slavoj Žyžek, «la ‘guerra moral’ permite a las clases más bajas expresar su furia sin perturbar los intereses económicos dominantes». Para el imperialismo más poderoso de la historia, el fenomenal atraso cultural de gran parte de las clases subalternas es funcional para el mantenimiento de su dominación.

El sistema político y electoral es una obra maestra para aprovechar estas condiciones. De entrada, aproximadamente el 50% de la población en condiciones de votar, queda por fuera. La exigencia de tener que inscribirse para votar y luego que las elecciones se realicen en días laborables, deja aparte a una buena cantidad de trabajadores, pobres, negros, hispanos y otros elementos indeseables. En la porción que vota, están entonces super representados los ricos, las clases medias altas, etc.

* El sistema de lobbies, por un lado, y de “coaliciones” para llegar al gobierno y ejercerlo, por el otro, conforman combinados un régimen de características propias. No es que en otros países no existan “grupos de presión” y de “intereses”, que bajo cuerda se entienden con los “representantes del pueblo”… con argumentos muy elocuentes… que se expresan en el idioma de los dólares, los euros y las cuentas numeradas en Suiza. Esto es universal.

Sin embargo EEUU se distingue no sólo porque esto empapa hasta el último poro de las instituciones políticas, sino sobre todo porque la compra y venta de favores está aceptada y legalizada. Es abiertamente parte (fundamental) del régimen político. Las organizaciones de lobby están inscriptas tan legalmente como una heladería, un supermercado, un consultorio médico o cualquier otra empresa o actividad “lícita”. Sin contar las que actúan sobre las instituciones federales, en 1999 ya había 36.959 entidades de lobby registradas legalmente para “operar” a nivel de los estados. Esto conforma un autentico mercado de compra y venta de leyes y medidas de gobierno, y de legisladores y funcionarios… del presidente para abajo… La voracidad recaudadora de Clinton, por ejemplo, se hizo legendaria, y dio lugar a varios escándalos.

* En este contexto llama la atención que, al igual que en Wall Street, no sólo los estadounidenses concurren a este peculiar “mercado”. Desde afuera, parece extraño que puedan operar lobbies que aparentemente representan intereses “extranjeros”, como los notorios lobbies relacionados con el Estado de Israel –de influencia decisiva en la aventura de Irak y en el gobierno Bush– o el de la burguesía cubana y sus descendientes… Pero esto nos lleva a interrogarnos sobre el carácter mismo del estado imperialista norteamericano; lo que evoca a su vez algunos problemas teóricos a debatir…

La primera definición es que, indudablemente, el estado imperialista norteamericano es un estado nacional. Pero eso dice mucho… y muy poco. También Uruguay y Costa Rica son estados nacionales. China, de superior tamaño y población, tampoco es comparable a EEUU, y no sólo por la diferencia en el PBI.

La diferencia en cuanto estado, tiene que ver con cosas como las siguientes: que el estado norteamericano es un estado nacional, pero que al mismo tiempo tiene, por ejemplo, 180 bases militares ubicadas en 125 países: ¡Esa es una buena medición de sus dimensiones reales como estado, que “traspasa” y se extiende más allá de sus fronteras formales, aunque sin que por eso lo que está más allá sea directa y expresamente parte de él o territorio propio!

En el período colonial del imperialismo, estas cosas estaban más claras. Todo el mundo sabía donde comenzaban y terminaban los límites del Imperio Británico o el Imperio Francés. Ahora esto se desdibuja en la realidad (y al mismo tiempo, en la ficción jurídica) de tantos estados nacionales (más o menos) “independientes”. Veamos, entonces, como juega esto en relación a Israel.

Israel, y la relación singular que establece con EEUU especialmente desde la década del 60, va a ser hasta hoy uno de los determinantes geopolíticos fundamentales de la región. El carácter peculiar de Israel se correlaciona con el período “poscolonial” del imperialismo, iniciado en la segunda posguerra.

Creemos que la mejor definición del Estado de Israel es la que formuló el historiador orientalista francés Maxime Rodinson: Israel es un “enclave colonial”, pero en una época en que esto ya no se establece directamente, como en los buenos y viejos tiempos del British Empire, sino indirectamente.

La colonización imperialista de la periferia asumió históricamente distintas formas. Una fue, por ejemplo la de los ingleses en la India: un pequeño número de británicos, gracias a su superioridad militar y económica, y utilizando a vasallos y traidores nativos, logró gobernar directamente durante casi dos siglos. Pero también existieron otros modelos de colonización: por el ejemplo, el de Sudáfrica o el de Argelia: en esos, se trasladó una considerable población metropolitana que se asentaba desplazando y expulsando a la población originaria. Israel es un caso tardío y sui generis de esta última forma de colonización, que fue auspiciada primero por el Imperio Británico, cuando se apoderó de Palestina tras la Primera Guerra Mundial, y luego por EEUU, después de la Segunda Guerra, cuando los ingleses debieron retirarse y se constituyó el Estado de Israel en 1948.

En el período colonial del imperialismo, esta población de los “enclaves” era claramente parte de la población de la metrópoli, y a veces jugaba un papel especial e importante en la política interior y exterior del imperialismo en cuestión. El ejemplo más notable de esto fue el de los “pied noirs”, los franceses de Argelia, que en 1958 fueron el puntal para el golpe de estado bonapartista de De Gaulle, y que luego en 1961 llegaron casi a provocar una guerra civil en Francia.

Con las debidas distancias –que después de la Segunda Guerra Mundial todo se hizo más “indirecto”, lo que se correspondió con las formas de dominación que el imperialismo yanqui adoptó desde sus comienzos (o se vio obligado a adoptar)–, Israel juega en relación al imperialismo yanqui un rol parecido. Ante todo porque es un enclave en el corazón de Medio Oriente. Y no es que Medio Oriente sea importante para EEUU porque está Israel, sino que la cosa es al revés: Israel es fundamental porque se encuentra allí. Por obvios motivos económicos (las mayores reservas mundiales de hidrocarburos) y geopolíticos (su ubicación en relación a Europa, Asia y África, su carácter de centro geográfico e histórico del Islam, etc.) el dominio del Medio Oriente es clave para cualquier imperialismo que aspire a regir el mundo.

Trotsky, en relación al poder emergente de EEUU, hizo una aguda predicción que se fue cumpliendo. Que Estados Unidos, al avanzar en el dominio mundial, iba a hacerse también cada vez más dependiente del resto del mundo e iba a trasladar a su interior sus contradicciones y problemas. Iban convertirse en cuestiones internas de EEUU. El peso notable del lobby sionista y (en menor medida) del lobby cubano en la política interior estadounidense, son dos de las tantas muestras de estas tendencias señaladas tempranamente por Trotsky.

Pero, además, esta “interiorización” no se da en forma abstracta. Ya subrayamos la peculiar formación de la sociedad norteamericana mediante sucesivos aluviones migratorios. Esto permite que fenómenos como los mencionados lobbies, se apoyen en sectores de la población, como la emigración cubana o los sectores judíos que a principios del siglo pasado vinieron principalmente de Europa oriental. Paradójicamente, a diferencia de los cubanos, la gran mayoría de esa inmigración no era de derecha –ni sionista, ni menos religiosa practicante–, sino que venía con ideas de izquierda. Muchos habían actuado en los movimientos sociales y revolucionarios en Rusia y otros países de Europa oriental, e hicieron una contribución cultural muy importante al desarrollo del marxismo en EEUU, y sus organizaciones políticas y sindicales. Fue muy posteriormente que un sector mayoritario giró al sionismo e incluso a prácticas religiosas más o menos fundamentalistas.

* El mayor estado imperialista de la historia ha desarrollado un aparato estatal civil-militar de dimensiones mundiales. Su “esqueleto” geográfico lo constituyen, como habíamos dicho, 180 bases militares instaladas en 125 países. Contra lo que podría suponerse, hoy es mucho más vasto que el de las épocas más agudas de la “guerra fría” con la Unión Soviética. Ahora, por ejemplo está instalado en casi todas las ex repúblicas soviéticas del Cáucaso y Asia central; o sea, en medio de Eurasia, la principal masa continental de la Tierra, donde están la mayoría de la población y las riquezas del planeta.

Este aparato burocrático-civil-militar del gobierno federal está hoy sobredimensionado, para atender ante todo no los problemas “internos” o “nacionales”, sino los asuntos del dominio mundial del imperialismo yanqui. Como ha ocurrido muchas veces en la historia, esto le otorga una cierta “vida propia”, un cierto grado de “autonomía” en relación a las clases que representa. Esto es así hasta desde un punto de vista meramente económico. La suma del presupuesto de las tres ramas fundamentales del aparato imperial –Departamento de Defensa, Departamento de Estado y Departamento de Energía (se encarga del arsenal atómico)– lo pone al nivel de cualquier gran corporación, cuando no la sobrepasa. Y los contratos y negocios que de allí emanan, interesan a buena parte de la industria estadounidense… Con Bush, el “complejo militar-industrial”, denunciado hace 50 años por el presidente Eisenhower, está más floreciente que nunca… y es uno de los principales componentes de su coalición.

Pero la importancia de este inmenso aparato estatal-imperial no es principalmente económica, sino que desde allí se formulan las estrategias generales y se aplican las políticas correspondientes. Esas estrategias y políticas pueden no coincidir con los intereses inmediatos y particulares de tales o cuales sectores de la burguesía estadounidense. También pueden equivocarse en cómo defender los intereses generales. O hacer primar los intereses particulares de su “coalición”. Esa es la doble acusación que hoy hacen a la administración Bush… aunque en su momento casi todos esos críticos burgueses se callaron la boca.

Entonces, este inmenso aparato burocrático de dominación mundial es, por sí mismo, un actor, pero también es un campo de pelea entre distintos sectores por su conducción, disputa que en las crisis se acalora.

Todo indica que el desastre que amenaza producir la aventura neoconservadora ha exacerbado las peleas al interior de este aparato. Es que una de las características más extrañas de esta aventura ha sido que las doctrinas militares aplicadas a la guerra de Irak y, en general, a la reorganización de las fuerzas armadas norteamericanas efectuada por Bush, fueron dictadas por ideólogos civiles, por intelectuales “aficionados”, “militaristas civiles”, como Donald Rumsfeld, sin mayor experiencia en el tema. Así, en Irak llevaron a un escenario muy desfavorable y ya previsto por los jefes militares norteamericanos: la guerra de guerrillas y el combate de calles, donde quedan anuladas casi totalmente las ventajas tecnológicas.

 

Fragmento de Tendencias de la situación Mundial, Revista Socialismo o Barbarie 19, Noviembre 2005

DEJAR UN COMENTARIO

Ingresar comentario
Ingrese su nombre