Por Ale Kur

  1. La economía y la sociedad de América Latina se configuraron, desde el siglo XVI hasta la actualidad, alrededor de dos tipos de relaciones sociales: primero, del colonialismo -establecido desde las metrópolis ibéricas, es decir, España y Portugal-, y luego -desde el siglo XIX- del capitalismo tal como lo entendemos hoy[1] – con epicentro primero en Gran Bretaña, luego en EEUU (desde 1945), y finalmente incluyendo también a otras grandes potencias como China (desde comienzos del siglo XXI).
  2. Más allá de los detalles académicos sobre esas definiciones, lo que aquí me interesa es resaltar lo siguiente: la forma concreta de capitalismo que se desarrolló en América Latina (y, más de conjunto, en todo lo que podríamos llamar como “mundo periférico”, incluyendo allí a gran parte de Asia y África), presupone y toma como punto de partida histórico las estructuras económico-sociales fundadas por el colonialismo. Las incorpora y modifica pero sin alterar, en última instancia, sus fundamentos principales. Por eso aquí llamaré a esa formación económico-social, a falta de una mejor etiqueta, como “capitalismo colonial”.  No es el centro de este artículo la discusión acerca de esa etiqueta (se puede usar cualquier otra que cumpla sus mismos objetivos), sino poder nombrar a este sistema de alguna manera para poder analizar algunos de sus rasgos principales.
  3. El “capitalismo colonial” es un elemento integral del sistema capitalista-imperialista global, un componente del mismo que posee una función específica dentro de esa totalidad[2], y que también presenta rasgos estructurales muy específicos, producto de su evolución histórica concreta.
    El “capitalismo colonial” se caracteriza por dos elementos estructurales fundamentales: a) el establecimiento de una relación de subordinación centro-periferia, con elementos estructurales de primarización de la periferia, atraso permanente, niveles relativamente bajos de productividad media, inestabilidad económica con crisis recurrentes, problemas crónicos para la absorción de mano de obra, etc., b) la formación de una estructura social donde las poblaciones “de color” (en el caso de América Latina, las originarias, las afroamericanas y el conjunto de sus descendientes) están en el eslabón más bajo, en condiciones estructuralmente subordinadas, mientras que las clases altas y medias-altas son abrumadoramente blancas. Este es un aspecto indisociable de la forma que adquirió la “acumulación originaria” (es decir, la desposesión originaria a manos de los conquistadores, la esclavización y sometimiento) y de la forma en que este capitalismo atrasado moldea permanentemente las relaciones sociales.
  4. El desarrollo del “capitalismo colonial” en América Latina pudo resolver hasta cierto punto algunas de las tareas “formales” de la modernización política (lo que desde el marxismo denominamos “tareas democrático-burguesas”): constitución de Estados formalmente independientes, repúblicas constitucionales, sufragio universal, abolición de la esclavitud y la servidumbre, etc. En el terreno económico, pudo complementar la esencia primario-exportadora de su estructura con el desarrollo de una modesta industria local, e inclusive desarrollar elementos de “modernidad” en la producción primaria (tecnificación del agro en ciertos países, de la minería en otros, etc.). Pero no pudo, ni puede por sus determinaciones más profundas, resolver las dos características estructurales fundamentales señaladas en el punto anterior. Por lo tanto, se mueve dentro de límites muy estrechos.
  5. En el terreno social, lo anterior deja planteados dos problemas muy profundos. En ciertos países, la pervivencia de la “cuestión originaria” con un enorme peso: es, sobre todo, el caso de Bolivia. Allí se ve, especialmente en las condiciones políticas actuales, la importancia profundísima de la polarización social entre las élites blancas y una masa popular, rural y urbana, que reivindica derechos culturales, políticos y económico-sociales alrededor de la identidad originaria. Que la quema de la Wiphala haya planteado el espectro de la guerra civil y abierto un ciclo de movilizaciones que le puso (algunos) límites al gobierno golpista, es un ejemplo que ilustra muy sintéticamente los alcances de esa problemática. Que la experiencia “progresista” (aunque sin salirse de los moldes capitalistas) del país entre 2006-2019 se haya visto encabezada por un “presidente indígena” (y que su partido siga siendo al día de hoy la principal referencia política de los explotados y oprimidos de Bolivia) también. Lo mismo ocurre con la centralidad de la “comuna obrera, popular y originaria” de El Alto en todo el ciclo de rebeldía popular abierto en 2003, con el rol del pueblo de Cochabamba desde el año 2000, etc. Por otra parte, la cuestión originaria también pudo verse de lleno en las movilizaciones en Ecuador del 2019.
    En otros países como Argentina, en algunas regiones existe también la cuestión originaria como tal (especialmente, en la Patagonia con la cuestión mapuche, en provincias como Chaco-Formosa, bajo ciertas formas también en el noroeste), pero los efectos sociales del “capitalismo colonial” se manifiestan centralmente bajo otra forma: la pobreza urbana racializada.
  6. ¿Qué es la pobreza urbana racializada? es la consecuencia social de la “acumulación originaria” a partir de determinado recorrido histórico: comienza por la desposesión y empobrecimiento de las poblaciones rurales de color, la migración masiva de esos sectores del campo a la ciudad (y de las ciudades más pequeñas a las ciudades más grandes, tanto dentro de cada país como a escala regional, con migraciones entre países). Sigue con la formación de periferias o enclaves urbanos, fundados por estos migrantes pero que luego son mantenidas y expandidas por sus descendientes: la villas, favelas, barriadas humildes. Este proceso empieza tan temprano como el propio “capitalismo colonial” (o inclusive con la propia colonia), pero continúa cotidianamente hasta la actualidad, en la medida en que la desposesión, empobrecimiento y “rebase demográfico” (es decir, el crecimiento natural de la población por encima de las posibilidades económicas de sustentación) son procesos permanentes que no se agotan mientras continúe el “capitalismo colonial”.
  7. Si bien estos enclaves de pobreza urbana racializada son parte de la dinámica capitalista general, proveyendo mano de obra barata para industria, servicios, etc. (y presionando hacia abajo el salario medio, como señala Marx sobre el “ejército de reserva” en general), el rasgo más determinante de los mismos es la “no-absorción” mayoritaria de los mismos entre la mano de obra “formal” y “permanente” (ni siquiera para los parámetros de un capitalismo ya de por sí precariza, flexibiliza y vuelve inestable por naturaleza a la mayor parte de las relaciones laborales).
    Es decir, la población de los enclaves de pobreza urbana racializada tiende a reproducirse y perpetuarse mayoritariamente como “población sobrante” desde el punto de vista de la economía capitalista, como “ejército de reserva” permanente. Pero no se trata solamente un “dato estadístico”, como podría serlo una tasa fija de desempleo distribuida más o menos homogéneamente entre la clase trabajadora. Se trata de pobreza concentrada geográficamente en ciertos puntos, determinada por rasgos físicos y culturales, que adquiere una fisonomía propia. El fenómeno de la pobreza urbana racializada no puede asimilarse simplemente a la categoría de “desempleo permanente”, ni siquiera al de “clase trabajadora desempleada”: de esa manera, se perderían buena parte de sus determinaciones histórico-sociales concretas.
  8. La cuestión de la pobreza urbana racializada es uno de los problemas sociales más importantes en países como Argentina y Brasil (y también en muchos otros). Lo es, en primer lugar, desde el punto de vista ético-moral: millones de personas viven en condiciones inhumanas, en los aspectos alimenticio, de vivienda, de insalubridad ambiental, de falta de acceso a servicios básicos, con muy escasas perspectivas de inserción laboral, con prestaciones muy deficientes o nulas de salud y educación, etc. Sufren cotidianamente de la violencia policial, de las masacres y del “gatillo fácil”. Son tratados por desprecio o explícitamente discriminados por su condición socio-económica-cultural y hasta directamente por su color de piel. En su interior, las mujeres sufren de manera especialmente aguda la opresión de género por recaer en ellas la responsabilidad de los hogares y la reproducción doméstica, por la frecuencia de la violencia masculina (y la dificultad para independizarse económicamente de los varones violentos), por la dificultades del acceso a la anticoncepción, al aborto en condiciones salubres, etc.
  9. Por otro lado, la pobreza urbana racializada es un problema por sus consecuencias para el conjunto de la sociedad: porque sus condiciones facilitan la ruptura de lazos sociales y la destrucción de subjetividades, permitiendo que entre sus grietas avance la violencia, el crimen, el narcotráfico – que en algunos países o regiones llegó a convertirse prácticamente en el principal motor económico y en la principal influencia política.
    Esto, a su vez, da pretexto a las fuerzas demagógicas de la derecha punitivista que explotan el sentimiento de “inseguridad” para militarizar, cercenar derechos y ejercer un mayor control social. Por último, entre los sectores más des-esperanzados avanzan con mayor facilidad las sectas religiosas reaccionarias, que juegan un rol conservador en el conjunto de la vida política y social de los países.
  10. El mismo “capitalismo colonial” que generó estas condiciones es estructuralmente incapaz de solucionarlas. Los criterios de mercado, es decir, de máxima ganancia capitalista al menor plazo posible (y sin tocar la propiedad privada de nadie), hacen imposible un desarrollo industrial serio, en la medida en que es imposible obtener costos de producción mundialmente competitivos en economías con muy baja acumulación de capital. Sin industrialización real y sin un sistema económico-político-social que priorice a los sectores populares, la población sobrante es imposible de absorber, y por lo tanto es imposible de erradicar la pobreza urbana racializada.
    Esto marca los límites absolutos de los proyectos políticos que, aún con intenciones progresistas e inclusive apoyandose mayoritariamente en los sectores populares, deciden moverse siempre en los marcos del capitalismo, y por lo tanto de su única forma realmente existente en nuestra región – el “capitalismo colonial”.
    Para acabar con la pobreza urbana racializada, así como para solucionar la cuestión originaria (y de esa manera resolver dos de los nudos históricos centrales de la estructura social latinoamericana), es necesario atacar por la raíz al “capitalismo colonial”, reorganizando la economía bajo la dirección de un Estado en manos de los trabajadores y los sectores populares. Es decir, poner en pie una salida socialista.

[1] Es decir, un capitalismo centrado en la industria de los países centrales y el trabajo asalariado -hago esta aclaración para evitar entrar en la discusión de si el colonialismo de los siglos XVI, XVII y XVIII puede considerarse o no como capitalista.

[2] Ver al respecto trabajos de Lenin y otros sobre el imperialismo.

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