Por Roberto Sáenz

“No debemos (…) lisonjearnos demasiado por nuestras victorias humanas sobre la naturaleza. Ésta se venga de nosotros por cada una de las derrotas que le inferimos. Es cierto que todas ellas se traducen principalmente en los resultados previstos y calculados, pero acarrean, además, otros imprevistos, con los que no contábamos y que, no pocas veces, contrarrestan los primeros (…) todo esto nos recuerda a cada paso que el hombre no domina, ni mucho menos, la naturaleza a la manera como un conquistador domina un pueblo extranjero, es decir, como alguien que es ajeno a la naturaleza, sino que formamos parte de ella como nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, que nos hallamos en medio de ella y que todo nuestro dominio sobre la naturaleza y la ventaja que en ellos llevamos a las demás criaturas consiste en la posibilidad de llegar a conocer sus leyes y de saber aplicarlas acertadamente”.

Engels, Dialéctica de la naturaleza

La pandemia del coronavirus que está dando la vuelta al mundo nos ha instalado en un escenario absolutamente inédito; una novedad aportada a la historia humana por el siglo XXI con toda la capacidad productiva y destructiva del capitalismo actual.

Se trata de un acontecimiento tan global, tan multifacético, tan rico en aspectos diversos, que la reflexión debe ir desenvolviéndose conforme sus diversas “facetas” vayan haciéndose visibles; conforme los acontecimientos vayan desarrollándose.

Básicamente, podríamos agrupar en tres aspectos los desarrollos. El primero, que venimos tratando asiduamente en estas notas, son las relaciones entre la “racionalidad” irracional de la ganancia capitalista y la generación de pandemias. Este tema lo venimos tratando con Rob Wallace, que tuvo la capacidad en su obra de 2016, Big Farms make big flu, de anticiparse a los desarrollos y adelantar que la combinación de la lógica de los negocios del Agrobusiness, la concentración poblacional propia del capitalismo actual y el desastre universal de los sistemas públicos de salud, adelantaban las posibilidades de una pandemia en puerta: “Por mi especialidad, epidemiología evolutiva, he llegado a la conclusión que las grandes empresas alimenticias (Big Foodhan entrado en una alianza estratégica con [la gripe de] influenza, un virus que ha tomado un giro peligroso de un potencial y totalmente evitable accidente industrial multinacional del agro-negocio dada [la propia lógica de este negocio]. Esto es, y para no dejar sombra de duda de mi posición, el agro-negocio, apoyado por el poder del Estado en casa y el extranjero, está trabajando hoy tanto con la influenza como contra ella (…) se trata de una circunstancia dinámica que emerge desde el corazón mismo de nuestro modo de civilización”. (Big farms make big flu. Dispatches on infectious disease, agribusiness, and the nature of sicence, 2016, pp. 11, www.ebook3000.com)

En segundo lugar, está la temática del mundo que viene o, más bien, en el que ya estamos en los varios sentidos, que adelantan una suerte de “panóptico mundial”: el control cibernético de las poblaciones y la multiplicación de los Estados de excepción[1]. Pero, también, las posibilidades de “rebote” de la pandemia sobre sus responsables: el sistema capitalista, las grandes empresas y sus gobiernos en una oleada mundial de toma de conciencia anticapitalista, revuelta y revoluciones[2].

Por lo demás y en tercer lugar, está la relación entre la pandemia y la economía, el segundo sustrato material de los desarrollos, con la acelerada marcha hacia una depresión económica mundial, dinámica que dependerá de las cuarentenas y cuanto se logre sostener el programa que coloca la salud por delante de la marcha de los negocios (esto más allá de si se fuerzan medidas de Estado benefactor o se prosigue con la agenda social-liberal)[3].

Cada uno de estos puntos es, en sí mismo, un amplio universo de temáticas que están en pleno desarrollo por lo cual, sacar conclusiones apresuradas, sería un error.

Por ejemplo, la economía eventualmente podría recuperarse rápidamente –sin resolver los problemas estructurales que venían de arrastre anteriores a la actual pandemia-, siempre y cuando el Covid-19 pueda ser rápidamente contenido…

Sin embargo, este es, quizás, el escenario más improbable. Con las lecciones de la gripe “española” en la mano, por ejemplo, sabemos que una pandemia universal de esta magnitud puede golpear hasta 2 o 3 veces hasta ser contenida[4].

Así las cosas, hasta que no exista una vacuna para enfrentar la enfermedad, podríamos convivir con ella a lo largo de todo el año 2020 sino más; sus consecuencias sobre la salud de la población mundial y la economía serían mucho más profundas y duraderas.

De ahí que este fenómeno multifacético que estamos viviendo sea una suerte de “work in progress” (trabajo en progreso) del cual sería errado, repetimos, anticipar demasiadas previsiones.

Más bien, la tarea teórica y política sigue siendo ir dando cuenta de los múltiples matices de esta crisis, así como postular un programa anticapitalista y las tareas solidarias y colectivas que se imponen para enfrentar un evento mundial que, como ya hemos dicho, es un histórico alegato contra el sistema capitalista del siglo XXI.

 

Capitalismo y anarquía

Por nuestra parte, seguimos interesados en avanzar en la reflexión sobre los aspectos más estructurales que devela el acontecimiento histórico de la pandemia[5].

Un elemento clave es el mix que existe entre la lógica irrefrenable e irracional de la ganancia y la anarquía que caracteriza al sistema capitalista.

Desde ya que a nivel micro existen elementos de planificación. Empresas mundiales como las cibernéticas, las automotrices, el petróleo, las aerocomerciales, etcétera, empresas que tienen globalizadas sus cadenas de producción, abastecimientos y comercialización, las finanzas mundiales y la red de bancos, etcétera, acumulan en sus entrañas elementos de planificación y de oficio de enorme importancia que expresan hasta qué punto ha llegado la acción humana en materia económica y social[6].

También los sistemas de Estado tienen acumulado un determinado oficio y regularidad, determinadas rutinas nacionales e internacionales: grandes aparatos y colectivos de funcionarios que tienen su racionalidad; de lo contrario sería imposible su operatividad[7].

Sin embargo, la paradoja aquí es que todas estas instituciones empresariales y estatales circunscriben, en cierto modo, dichos elementos de planificación a sus “fronteras internas”; intramuros.

Claro que existen regulaciones nacionales e internacionales, así como una serie de instituciones públicas como los Estados, que toman medidas económicas y políticas de conjunto. Incluso instituciones internacionales –la mayoría de las cuales surgidas a posteriori de la Segunda Guerra Mundial- que regulan determinadas áreas y/o actividades como el FMI (Fondo Monetario Internacional), la OMC (Organización Mundial de Comercio), la OMS (Organización Mundial de Salud), la ONU (Organización de Naciones Unidas), el G-20, etcétera.

Sin embargo, estas acciones se topan con dos límites intrínsecos del sistema: uno, el hecho que el capitalismo signifique, económicamente, competencia entre varios capitales. Y dos, superpuesto a esto, que vivimos en un sistema de Estados a nivel mundial –Estados en plural- pero no en un sistema político mundial directamente unificado. Hecho que supone, también, competencia entre Estados. Y una competencia creciente hoy, cuando vivimos en una época de crisis geopolítica marcada por la creciente disputa entre Estados Unidos y China por la supremacía mundial.

La experiencia histórica del capitalismo, las depresiones económicas, el desarrollo de enfrentamientos que llevaron a guerras mundiales y revoluciones, etcétera, dieron lugar a una serie de instituciones de coordinación internacional y administración de determinadas esferas[8].

Sin embargo, que el capitalismo es capitales en competencia y un orden regido por Estados nacionales en competencia –además, con relaciones de subordinación interna entre imperialistas y dependientes-, es algo irreductible propio del sistema.

¿Pero qué tiene que ver esto con la pandemia? Muchísimo. Ocurre que la pandemia se desarrolla en un escenario donde un aspecto clave es la concentración de poblaciones animales de cría y poblaciones urbanas colosales: “(…) he dedicado mi carrera aplicándome en ecología evolutiva estudiando cómo las catástrofes infecciosas operan en lo que la historia humana ha desarrollado como un intrincado mundo socializado. Los humanos han creado ambientes físicos y sociales, en la tierra y el mar, que han alterado radicalmente los patrones alrededor de los cuales los patógenos evolucionan y se dispersan”. (Wallace, ídem, pp. 12)

La producción concentrada, la demografía y urbanización mundiales, son un fenómeno característico del capitalismo globalizado de hoy pero que en el contexto, además, de la desregulación capitalista neoliberal de las últimas décadas, aparecen como una suerte de “bólido en llamas” arrojado descontroladamente contra las multitudes: “La geografía económica superpuesta se extiende desde el mercado de Wuhan hasta el interior, donde se cultivan alimentos exóticos y tradicionales mediante operaciones que bordean los límites de una zona silvestre en reducción. A medida que la producción industrial invade hasta lo último del bosque, las operaciones de alimentos silvestres deben adentrarse más para hacer crecer sus manjares o asaltar los últimos puestos. Como resultado, el más exótico de los patógenos, en este caso el SARS-2, alojados en murciélagos, encuentran su camino sobre un camión, ya sea en animales de alimentación o en la mano de obra de quienes los cuidan, un arma proveniente del final del cada vez más largo circuito periurbano hacia otro antes de llegar al escenario mundial (…) trazar las geografías relacionales repentinamente convierte a Nueva York, Londres y Hong Kong, fuentes claves del capital global, en tres de los peores puntos críticos del mundo [de la pandemia] ”. (“El Covid-19 y los circuitos del capital”, Monthly Review, Rob Wallace, Alex Liebman, Luis Fernando Chavez y Rodrick Wallace, 27 de marzo, traducida por Florencia Alegría para izquierdaweb)

Si se suma la “racionalidad irracional del capitalismo” de buscar ganancia sobre ganancia a la anarquía en el tratamiento de la explotación de los ecosistemas, en la multiplicación del “feedloteo” de animales de consumo, la anarquía de su traslación a los centros urbanos y suburbanos, etcétera, obtendremos un multiplicador fenomenal e imparable según la propia lógica anarquizante del sistema[9].

Lo dramático del caso es que esta dinámica anárquica opera sobre un subconjunto de magnitudes inmensas. Porque enorme es en capitales y producción el agronegocio mundial, como igualmente monumentales son las concentraciones urbanas y sus interrelaciones internacionales: “Millones de personas se han movido hacia Guangdong en la década pasada, una parte de uno de los eventos migratorios más grandes en la historia humana, desde la China rural hacia ciudades de las provincias costeras. Cambios concomitantes han ocurrido en la tecnología agrícola y en la estructura de la propiedad que han puesto cientos de millones más de aves de corral en producción. La [producción de] carne de pato en China, por ejemplo, se ha triplicado durante los años ‘90”. (Wallace, ídem, pp. 24)

Ejemplos de falta de coordinación internacional y/o de competencia entre Estados lo podemos ver en el bochorno de la competencia entre China y los Estados Unidos, por ejemplo, al calor de la crisis. China cerró toda investigación epidemiológica internacional del SARS en el 2002, un crimen contra la salud mundial. Trump ha alardeado que los laboratorios norteamericanos podrían “conseguir antes la vacuna”, haciendo jugosos negocios de patentamiento mientras se le “incendiaba” el país llegando al tope mundial de contagios…

Desde múltiples aspectos, la actual crisis es un alegato contra el sistema y éste es uno de ellos, que se reactualiza en las proporciones de un sistema mundializado gigante, sumido en una pandemia cuyos alcances y consecuencias son todavía imposibles aventurar.

 

Fuerzas productivas y planificación

Meses atrás el economista marxista francés Michel Husson planteó en una nota que la crisis ecológica actualizaba los debates sobre la planificación económica sustanciados décadas atrás en la URRS (sobre todo, los más honestos, los de los años 20, agregamos nosotros).

Esta afirmación, evidente pero al mismo tiempo aguda por sí misma, es verdad y se hace valer hoy bajo la pandemia descontrolada que estamos viviendo.

Ocurre que no solamente la lógica de la ganancia, sino la anarquía en general de la producción capitalista, al operar sobre magnitudes tan grandes de fuerzas productivas, ha generado una nueva era geológica, el Antropoceno, nueva era geológica que significa que la actuación humana capitalista sobre la naturaleza y el clima ya dejan registro fósil en la tierra (además que las modifican, claro).

Sencillamente, sin avanzar en una planificación de las fuerzas productivas, sin colocar en la mira las relaciones entre economía y naturaleza, y sin una gestión planificada de dichas interrelaciones metabólicas, la acción destructiva del sistema sobre el ecosistema continuará sin fin, como es el caso de la actual pandemia: “(…) en cualquier proceso de crecimiento exponencial existe un punto de inflexión más allá del cual la masa en ascenso queda totalmente fuera de control (nótese aquí, una vez más, la significación de la masa en relación al ritmo)”. (David Harvey, Política anticapitalista en tiempos de Covid-19izquierdaweb)

La pandemia de ninguna manera es algo ajeno a esto. El hecho que se trate de una epidemia generada por las relaciones de “transferencia zoonótica” en la frontera humanidad-naturaleza, ilustra el hecho que dichas relaciones comienzan a revertirse destructivamente sobre la humanidad.

El tema es el siguiente: las magnitudes que se están operando cada vez aguantan menos que la planificación micro se traduzca en anarquía macro. Eso sólo puede dar lugar a una suerte de “sociedad de irresponsabilidad ilimitada”, donde nadie se hace cargo de sus actos; nadie se hace cargo de las consecuencias más allá de las “fronteras” de su actuación (accionistas, gerentes, políticos burgueses).

El capitalismo tiene dos supuestos que, colocados sobre el multiplicador actual, sólo pueden dar lugar a desarrollos catastróficos. El primer supuesto tiene que ver con el socavamiento constante de la fuerza de trabajo: la quita de conquistas, la fragmentación laboral, la precarización, pero también el agrupamiento sin límites ni planificación urbana alguna de multitudes en megalópolis donde todos los servicios están colapsados[10].

Geógrafos marxistas como Mike Davis y David Harvey vienen hace décadas estudiando estos fenómenos de concentración poblacional donde, lógicamente, y como señalara Marx en El capital, el movimiento de las poblaciones sigue la lógica de acumulación del capital; cada régimen social tiene sus propias leyes de población que no son naturales sino sociales[11].

Así las cosas, Rob Wallace denuncia que China es un candidato típico a generar epidemias y pandemias globales. Y lo hace no por ninguna razón “racista” (aunque el racismo alentado por el imperialismo occidental existe sin duda alguna), sino en virtud de su concentración poblacional sobre todo en la región de la “panza de China”, la región sudeste de las ciudades costeras caracterizada por monzones tropicales e históricamente pródiga en población; epidemias y pandemias globales que se hacen muchísimo más grave por el criminal negacionismo del PCCH a darlas a conocer y tratarlas entre la opinión pública y científica mundial[12].

La propia lógica del desarrollo súper-capitalista del país, la propia lógica de la liberalización económica, la falta de planificación en este sentido, la falta de medir las consecuencias de los propios actos -más allá de batir records de ganancias y crecimiento-, son los elementos que explican la actual pandemia.

Y el segundo supuesto, claro está, es el socavamiento de la naturaleza, el otro manantial de la riqueza junto al trabajo. Aquí también hay un tema de magnitudes. La nueva era geológica algunos especialistas la centran en el comienzo de la revolución industrial, a finales del siglo XVIII.

Sin embargo, al comienzo de la misma el impacto ecológico no podía ser tan global; las fuerzas productivas puestas en acción todavía eran incipientes, más allá de Gran Bretaña. Por eso, la mayoría sitúa la nueva era desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Y eso que 50 años atrás todavía no había ocurrido la “revolución” que ha significado en muchos aspectos la emergencia del capitalismo globalizado neoliberal de las últimas décadas: “Las condiciones ambientales prevalecientes desde la última glaciación –las únicas condiciones con las cuales las civilizaciones humanas han coexistido- están ahora comenzando a acabarse. El cambio climático es el ejemplo más obvio –con los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera mucho más altos que en cualquier otro momento en los últimos 2 millones de años. Esto, junto con otros no menos radicales cambios, ha llevado a muchos científicos a la conclusión que una nueva época en el Sistema Tierra ha comenzado. Ellos llaman a la nueva época Antropoceno, y hay un amplio acuerdo con que el giro decisivo a las nuevas condiciones ocurrió a mediados del siglo XX”. (“Ecosocialism or barbarism: an interview with Ian Angus”, Review of African political economy)

Ahí están los datos del calentamiento global para certificarlo. Y, también, el hecho que el sistema está basado, energéticamente, sobre el capitalismo fósil, que es la fuente primaria de dicho calentamiento.

En los debates de ecología se habla de la “transición energética” que es necesaria en el sentido del pasaje de la base fósil de la energía a una base “limpia”.

Pero esta transición es de una inmensidad tal que no solamente pone en cuestión los criterios de la ganancia, sino también la anarquía inherente al capitalismo: si no se planifica, por ejemplo, cómo evitar despidos en masa, cómo transferir de una rama productiva a otra cientos de miles sino millones de trabajadores, dicha transición sería imposible.

Y, sin embargo, es absolutamente necesaria. La pandemia ya es un alegato suficiente de que no estamos hablando de temas futuros, sino que el futuro ya llegó: los límites de la gestión irracional y anárquica del capitalismo sobre la economía, la sociedad y la naturaleza se han hecho presentes y su consecuencia pueden ser cientos de miles sino millones de muertos por el coronavirus.

Relanzar la lucha por el socialismo  

Los teóricos del liberalismo como Hayek o von Mises han alegado siempre contra la planificación. Para ellos lo más “racional” es la espontaneidad del libre mercado; un argumento oscurantista que milita contra las capacidades humanas.

Fallan por el vértice en apreciar que la intervención humana sobre la sociedad y la naturaleza, en términos históricos, se ha hecho cada vez más consciente; más autoconsciente.

El conocer las leyes que regulan la sociedad y la naturaleza, el apropiarnos de las leyes de esta última para “dominarla” (¡pero siempre conforme a sus leyes propias!), es un progreso de la humanidad.

Desde las primeras culturas humanas, donde el mundo se les imponía como algo enorme e inalcanzable hasta hoy, el poder de la humanidad para regular sus relaciones con la naturaleza y en el seno mismo de la sociedad, ha crecido de manera incomparable.

Esto coloca en su justa medida la única discusión sobre el progreso que corresponde hacer hoy desde el marxismo, a la luz de la experiencia histórica del siglo pasado: un abordaje del progreso cuya única medida es la capacidad humana de establecer una regulación consciente y planificada de estas relaciones, so pena de transformar fuerzas productivas en destructivas, como ya lo está haciendo la actual pandemia capitalista.

Desde el punto de vista de las fuerzas productivas la humanidad ha llegado ya a este umbral[13]. Sin embargo, es una relación social lo que impide esto: la relación social capitalista; un sistema basado en la irracionalidad de las ganancias sin límite y la competencia entre empresas y Estados que, además, pretenden destilar individualismo hacia la sociedad misma.

La caída del Muro de Berlín y la irracionalidad a la cual llegó la planificación burocrática en los países no capitalistas, flaco favor le han hecho a la causa del socialismo.

Las lecciones de esta planificación burocrática de espaldas a las necesidades humanas y la sana reproducción de la naturaleza, los desastres que este otro sistema de irresponsabilidad colectiva produjeron como las hambrunas de los años 30, Chernóbil o el desecamiento del Mar Aral, entre otras tantas, deben ser colocados sobre la mesa, también, para el relanzamiento de la perspectiva socialista en este nuevo siglo: “(…) Andreas Hegedus habla de ‘sistema de irresponsabilidad organizada’. Nahuel Moreno iba aún más lejos: ‘No existen mecanismos de control, ni del mercado ni de los trabajadores, y por esto es una locura completa. El gerente de fábrica elabora su plan tratando de demostrar que necesita mucho más dinero, materia prima y personal del que hace falta en realidad. En la URSS los stocks de las fábricas son inmensos, mucho más grandes que en los países capitalistas (…) Al desarrollarse la planificación desde arriba y sin el menor control, todo se tergiversa. Cada uno trata de engañar a los demás (…) Pero no hay manera de engañar a las leyes de la economía: si se producen guantes solamente de la mano derecha o telas de un ancho menor al estándar industrial se provoca un desequilibrio brutal y, entre otras anomalías, un floreciente mercado negro. Semejante delirio es el producto inevitable, insisto, de una economía planificada desde arriba sin control”. (Roberto Sáenz, La transición al socialismo y la económica planificada)

La pandemia es un alegato contra la irracionalidad y la anarquía del capitalismo neoliberal y el capitalismo de Estado (sea chino o ruso), pero también contra las irracionalidades y la anarquía de la “planificación” burocrática.

Pasada la pandemia es inevitable que crezca el debate sobre donde están parados la humanidad y los trabajadores; qué alternativas existen al capitalismo actual. Será la hora de redoblar la apuesta por relanzar la perspectiva auténtica del socialismo: “Aunque se debe ejercer una presión continua sobre los gobiernos recalcitrantes, en el espíritu de una tradición ampliamente perdida en la organización proletaria que se remonta a 150 años, todos los que puedan deben sumarse a los grupos de ayuda mutua y a las brigadas vecinales que están surgiendo. Profesionales de la salud que los sindicatos pueden brindar deberían entrenar a estos grupos para evitar que los actos de solidaridad sean una causal que esparza el virus. ” (“El Covid-19 y los circuitos del capital”, ídem).

 


[1] El “panóptico” es un concepto de Michel Foucault tomado de Jeremy Bentham, un escritor inglés de finales del siglo XVIII, por referencia a una institución social del control símil a una torre desde donde todo se viera en un presidio.

[2] Martin Wolf, columnista económico histórico del diario The Financial Times e imposible de pasar por izquierdista, da esta apreciación sobre las perspectivas: “Qué ve asomarse en el horizonte desde su confinamiento forzoso en Londres? ‘Una catástrofe de la que acaso no nos recuperemos realmente por décadas (…) ‘En todos los países, el mío [Gran Bretaña] y obviamente el suyo, millones de personas, miles de millones de personas, van a estar en la más desesperada situación social, económica y psicológica’ avizora” (La Nación, 1/04/20), un pronóstico que si bien es algo “catastrofista”, de cualquier manera es significativo en uno de los principales ideólogos del capitalismo inglés.

[3] Existe todo un conjunto de matices internacional entre los países: combinaciones entre cuarentenas, medidas de “welfare”, social-liberales y Estados de excepción.

[4] La “gripe española” fue la pandemia que golpeó al mundo a finales de la Primera Guerra Mundial y mató alrededor de 50 millones de personas alrededor del mundo. Quedó tan solapada con los horrores de la guerra mundial que ni siquiera mereció reflexiones –al menos, que conozcamos- en los marxistas revolucionarios de la época.

[5] Es una regularidad que los grandes acontecimientos sociales –crisis, guerras o revoluciones y contrarrevoluciones- revelan o develan la estructura que está subyacente.

[6] Cien años atrás Lenin insistía en este aspecto tomando el ejemplo del Correo estatal alemán, año luz del nivel de fuerzas productivas alcanzado hoy.

[7] Max Weber se especializó en escribir acerca de la racionalidad de la nueva empresa capitalista y su traslado al sistema político, amén que también dio cuenta, desde su perspectiva, de los elementos de irracionalidad que implicaban estos desarrollos.

A decir verdad, esta era una temática de moda en su tiempo, acerca de la cual también escribió su hermano Alfred, que fue la fuente de inspiración más directa para el texto de Kafka como El proceso y otros, donde la racionalidad rutinizada y formal se transforma en irracionalidad real.

[8] Se insiste mucho que en el 2008 funcionó algún tipo de coordinación en el seno del G-20 pero que hoy con el “Estados Unidos primero” de Trump y la exacerbación de la competencia con China –que también se las trae, mintió con el SARS y hoy día puede estar escondiendo su número real de muertos burocrática y autoritariamente- dicha coordinación es mucho más improbable.

[9] Por “feedloteo” nos referimos a la brutal concentración animal de las grandes empresas del agronegocio.

[10] El concepto de megalópolis está ligado, precisamente, al colapso de los servicios esenciales. Megalópolis son las grandes ciudades de India, África o Latinoamérica. Berlín, París o Nueva York no lo son y tampoco lo son, a pesar de su tamaño, ciudades como Tokio, la más multitudinaria del mundo. Ser megalópolis implica una relación de colapso entre población urbana y servicios esenciales. Y dichas megalópolis todavía no han sido desafiadas por el Covid-19. No hemos estudiado si Wuhan entra en esta categoría o no; tampoco el caso de Shanghai, Shenzhen o Hong Kong (ver Mike Davis al respecto).

[11] Marx desarrolla este tema en el tomo I de El capital y es muy ilustrativo respecto de las leyes poblacionales; son leyes sociales en polémica, como señalamos en una nota anterior, con el clericó anglicano inglés Thomas Malthus que naturalizaba todas las leyes de la población. Bajo el capitalismo, afirma Marx, las migraciones siguen a los nuevos centros de acumulación del capital, tal cual se pudo ver en los últimos 150 años.

[12] Ahora mismo crece una polémica porque los datos de Wuhan, aun si la tardía cuarentena que se le impuso fue férrea, contrastan por su bajo número de fallecidos con los números en el resto del mundo. La burocracia informó algo en torno a los 3.000 fallecidos, pero el número real podría estar en algo en torno a los 40.000… Será un tema a seguir verificando e investigando antes de hacer un balance final de cómo trató China realmente la pandemia.

[13] Un umbral en el cual es capaz de autodestruirse, hecho fáctico que motivó la reflexión de Günther Anders, entre otros autores.

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