• Si el Coronavirus golpeó duramente en Estados Unidos, entre la población negra fue una catástrofe. El capitalismo racista hace que la pandemia golpee de manera infinitamente más dura entre los afroamericanos.

Por Keeanga-Yamahtta Taylor

Funcionarios públicos lamentan el modo en que el coronavirus está afectando a comunidades negras. La pregunta es ¿qué están preparados para hacer al respecto?

El viejo aforismo afroamericano “cuando la América blanca se resfría, a la América negra le agarra neumonía” tiene ahora un nuevo giro mórbido: cuando a la América blanca le agarra el novedoso coronavirus, los americanos negros mueren.

Miles de americanos blancos también han muerto por el virus, pero el ritmo al que los afroamericanos están muriendo ha transformado a esta crisis de salud pública en una lección objetiva sobre inequidad racial y de clase. Según un informe de Reuters, los afroamericanos son más propensos a morirse de Covid-19 que cualquier otro grupo en E.U.. Recién arranca el curso de la pandemia y los datos demográficos son incompletos, pero la mirada parcial es suficiente para provocar una reflexión sobria en esta amarga cosecha de racismo americano.

Luisiana, con más de 21 mil infecciones notificadas, tiene el mayor número de casos de coronavirus por fuera del noreste y medio-oeste. Cuando el gobernador del estado, John Bel Edwards, anunció recientemente que empezaría a proveer de información sobre el desglose racial y étnico de aquellos que habían muerto, incluyó un horrible reconocimiento que los afroamericanos (33% de la población de Luisiana) comprendían el 70% de los muertos.

La pequeña ciudad de Albany, Georgia, 200 millas al sur de Atlanta, fue el sitio de heroicos enfrentamientos por derechos civiles entre los residentes negros de la ciudad y el jefe de policía blanco a comienzos de 1960. Hoy, más de 1200 personas en el condado han confirmado casos de Covid-19 y, por lo menos, 78 personas murieron. De acuerdo con los primeros informes, el 81% de los muertos son afroamericanos.

En Michigan, los afroamericanos son el 14% de la población pero, actualmente, contabilizan el 33% de las infecciones reportadas y el 40% de los muertos. El 26% de las infecciones de ese estado y el 25% de las muertes son en Detroit, una ciudad que es 79% afroamericana. El Covid-19 está también devastando los suburbios de la ciudad que tiene grandes poblaciones negras.

El virus ha sacudido a afroamericanos en Chicago, que representan el 52% de los casos confirmados en la ciudad y un alarmante 72% de las muertes – muy por encima de su proporción en la población de la ciudad.

Como muchos han notado, este listado macabro refleja el hecho de que los afroamericanos son más propensos a tener condiciones de salud preexistentes que hace que el coronavirus sea particularmente mortal. Esto es ciertamente verdadero. Esas condiciones -diabetes, asma, enfermedades cardíacas y obesidad- son factores críticos, y apuntan a la persistencia de discriminación racial, que ha venido aumentando la vulnerabilidad negra a la muerte prematura, como la académica Ruthie Wilson Gilmore lo ha dicho por años. El racismo en la sombra de la esclavitud americana ha disminuido casi todas chances de vida de los afroamericanos. La población negra es más pobre, más propensa al subempleo, condenada a viviendas precarias y recibe atención médica inferior por su raza. Estos factores explican por qué los afroamericanos son un 60% más propensos a ser diagnosticados de diabetes que la población blanca americana, y por qué las mujeres negras son un 60% más propensas a tener hipertensión que las mujeres blancas. Dichas disparidades en la salud son indicadores de inequidad racial tanto como lo son el encarcelamiento masivo o la discriminación en el acceso a viviendas.

Es fácil notar la prevalencia de estas condiciones de salud entre afroamericanos como la explicación más importante del aumento de sus tasas de mortalidad. Pero es también importante reconocer que la vulnerabilidad negra está particularmente aumentada por la continua ineptitud del gobierno federal en responder al coronavirus. La creciente masacre en la América de Trump no tenía que pasar a la magnitud que pasó. Los testeos de Covid-19 siguen siendo molestamente inconsistentes e inaccesibles, con el acceso desmoronándose en las líneas previsibles. En Filadelfia, un científico de la Universidad de Drexel encontró que en códigos postales con “una baja proporción de minorías y con ingresos más altos”, un número más alto de testeos fueron administrados. En códigos postales con un gran número de desocupados y con residentes sin seguro social, existieron menos testeos. Tomados de conjunto, los testeos en barrios de altos ingresos es 6 veces mayor que en los barrios pobres.

El testeo inconsistente, en combinación con las firmes negaciones de la Casa Blanca sobre la amenaza del virus, han exacerbado la indignante falta de preparación para esta catástrofe. Con mayor coordinación temprana, los hospitales hubiesen podido procurarse del equipamiento necesario y dotarse apropiadamente, evitando potencialmente la embestida que ocurrió. Las consecuencias son devastadoras. En el área de Detroit, donde la enfermedad se está disparando, cerca de 1500 trabajadores de hospitales, incluyendo 500 enfermeras en el Beaumont Health (el sistema hospitalario más grande Michigan), están fuera del trabajo con síntomas de Covid-19. En los comienzos de la crisis, en el Hospital Mount Sinai de Nueva York, las enfermeras tuvieron que usar bolsas de basura para protegerse. A lo largo del país, se les pide a los proveedores de atención médica que racionen las máscaras faciales y los escudos, aumentando dramáticamente la potencialidad de enfermarse y, por lo tanto, aumentando la tensión sobre hospitales ya sobreexigidos.

La temprana ola de desproporcionadas muertes negras fue precipitada por la mala conducta trumpiana, pero las muertes que vendrán son el resultado predecible de décadas de desinversión y abandono institucional. A mediados de marzo, Toni Preckwinckle, la presidenta del consejo del condado de Cook en Illinois, que abarca Chicago, lamentó la crisis del Covid-19 y proclamó que “estamos todos juntos en esto” pero, semanas después, cerró la sala de emergencia del hospital público Provident en la parte sur predominantemente negra. Preckwinkle alegó que el cierre duraría un mes y que fue en respuesta a un trabajador de la salud que se infectó con el virus. Dejemos de lado que enfermeras, doctores y otros trabajadores de la salud vienen dando positivo en pruebas de Covid-19 a lo largo del país, y sus instituciones no fueron clausuradas. Es una decisión que sencillamente no se hubiese tomado, en el medio de una pandemia histórica, en ningún barrio rico y blanco de la parte norte de la ciudad.

Mientras tanto, en la cárcel del condado de Cook, 323 presos y 196 oficiales correccionales dieron positivo por Covid-19. No solo no cerraron la cárcel del condado como resultado, sino que todavía falta liberar a un número significativo de presos, aún cuando esa cárcel tiene la mayor densidad de casos de Covid-19 en Chicago. Este el tipo de decisiones que explican por qué hay una diferencia de 30 años en la expectativa de vida, en la misma ciudad, entre el barrio negro de Englewood y el barrio blanco de Streeterville. También son los últimos ejemplos de las formas en que el racismo es el resultado último de las decisiones que los funcionarios gubernamentales tomen, independientemente de sus intenciones. Preckwinkle es afroamericana y la presidenta del partido demócrata del condado de Cook, pero sus decisiones en relación al hospital Provident y a la cárcel del condado de Cook van a seguir hiriendo a afroamericanos a lo largo de Chicago.

La rapidez con la que la pandemia ha consumido a comunidades negras es alarmante, pero también ofrece una mirada sin maquillaje en relación a las dinámicas de raza y clase que existían mucho antes de su emergencia. La conversación más inútil en E.U. es la discusión sobre si la raza o la clase es el mayor impedimento para la movilidad social afroamericana. En realidad, no puede separarse uno del otro. Los afroamericanos están sufriendo a lo largo de esta crisis no solo por racismo sino también por cómo la discriminación racial los ha atado al fondo de la jerarquía de clases de E.U.

Desde la emancipación, el racismo ha garantizado la penuria económica negra. Esa penuria se expresa en la concentración de afroamericanos en empleos de baja remuneración – muchos de los cuales son ahora irónicamente designados “esenciales”. De acuerdo con un informe del Times, Annie Grant, una mujer negra de 55 años que trabajaba en la planta de aves Tyson Foods en Camilla, Georgia, dijo que estaba sufriendo fiebre y escalofríos, y le dijo a sus hijos que fue obligada a volver al trabajo a pesar de exhibir síntomas del virus. A comienzos de este mes, murió de Covid-19. Dos trabajadores más en la planta habían muerto, y otros se habían quejado de la falta de equipamiento protector y de la dificultad del distanciamiento social ahí, pero Tyson la mantenido abierta. (Un vocero de Tyson Foods ha dicho que la empresa ha instituido medidas de protección para los empleados, incluyendo “un suministro adecuado de protectores faciales para los trabajadores de producción”.) Cuando el vicepresidente Mike Pence habló sobre el rol del trabajo esencial de baja remuneración en medio del creciente brote en las plantas procesadoras de comida, dijo: “Están dando un gran servicio a la gente de E.U. y necesitamos que continúen, como parte de lo que llamamos infraestructura crítica, yendo y haciendo su trabajo.”

Las amenazas entrecruzadas de hambre, desalojo y desempleo llevan a afroamericanos pobres y trabajadores hacia la posibilidad de infección. Menos del 20% de afroamericanos tienen trabajos que les permitan trabajar desde su casa. Los trabajadores negros se concentran en empleos de atención al público, de tránsito masivo, en el sector sanitario, en venta minorista, en servicios, donde el distanciamiento social es virtualmente imposible. Y también está la concentración de afroamericanos en instituciones donde el distanciamiento social es imposible, incluyendo prisiones, cárceles y refugios para personas sin hogar. Los afroamericanos son la mayoría de los encarcelados y las personas sin hogar. El 40% de los afroamericanos percibe al Covid-19 como una “importante amenaza” a su salud y, sin embargo, la raza y la clase se combinan para poner a la población negra en peligro. Estos números son las crisis envueltas en medio de la pandemia.

La pobreza, a su vez, refuerza suposiciones ideológicas sobre la raza. Cuando barrios de trabajadores negros tienen altas tasas de viviendas precarias y pobre mantenimiento, y las comunidades negras sufren de dietas pobres y obesidad generalizada, estas características se combinan con la raza. Racializar la pobreza ayuda a distraer de los factores del sistema en la fundamentos de la inequidad tanto racial como económica. En cambio, hay sobreabundancia de atención dirigida al diagnóstico y reparación de afroamericanos supuestamente dañados. El 10 de abril, el cirujano general de Trump, Jerome Adams, que es negro, instruyó a comunidades afroamericanas y latinas a evitar alcohol, tabaco y drogas durante la pandemia. En una oda familiarmente paternalista, Adams aconsejó: “Necesitamos que hagan esto, si no es por ustedes, entonces por su abuela. Háganlo por su abuelo. Háganlo por su bigmama. Háganlo por su pop-pop”. Agregó, “Necesitamos que se pongan a la altura de las circunstancias.”

Estos comentarios fueron un recordatorio de cómo el foco en las comorbilidades que acompañan el Covid-19, como diabetes e hipertensión, pueden ser fácilmente transformadas en discusiones sobre hábitos dietarios y de ejercicio de la clase trabajadora negra. Pero eso es una discusión unilateral irresponsable, una que ignora las comorbilidades de los desiertos alimentarios, los beneficios menguantes de los cupones de alimentos, y la depresión y alienación que cobija a los barrios negros de pobres y trabajadores. No es la ausencia de fuerza de voluntad lo que está alimentando los efectos mortales de la pandemia en comunidades negras. Y el desproporcionado impacto del virus no es causado por una barrera lingüística que requiere hablarles a afroamericanos con un lenguaje específico, como Adams lo explicó después.

Los comentarios de Adams fueron también un recordatorio que, incluso cuando la pobreza no es un tema, el racismo o las suposiciones racialmente influenciadas sobre afroamericanos, influyen en las formas en que son cuidados dentro de la industria de la atención médica. No solamente son las mujeres negras 3 veces más propensas a morir en el parto que las mujeres blancas, sino que las tasas de mortalidad en partos de mujeres negras universitarias es mayor que aquellas de las mujeres blancas con solo título secundario. Los estereotipos de afroamericanos como gordos y vagos, despreocupados e imprudentes, impetuosos, irresponsables y, finalmente, indignos, son absorbidos en la conciencia del público en general, con los proveedores de atención médica incluidos. Estos estereotipos están arraigados en percepciones erróneas sobre la vida de pobres y trabajadores negros pero, debido a que la raza es ampliamente vista en nuestra sociedad como algo de índole biológica, incluso los doctores, son asumidos como características heredadas por toda la población negra. En una serie de estudios publicados en 2017, los investigaron encontraron “una preferencia implícita por pacientes blancos, especialmente entre médicos blancos”. Otro estudio encontró que los doctores creían que los pacientes blancos eran más cooperativos que los pacientes afroamericanos. Un estudio de 2016 sobre estudiantes de medicina y residentes encontró que casi la mitad de ellos creían que habían diferencias biológicas entre cuerpos negros y cuerpos blancos – incluyendo la falsa noción que las terminaciones nerviosas de las personas negras eran menos sensibles que aquellas de las blancas. Estos hallazgos pueden facilitar la comprensión de un estudio más reciente que mostró que los pacientes negros eran 40% menos propensos a recibir medicación para aliviar dolores agudos.

La discriminación hacia pacientes afroamericanos está tan arraigada en las prácticas de atención médica que un estudio nacional encontró que, incluso cuando los hospitales y aseguradoras dependían de un algoritmo para administrar la atención, los pacientes afroamericanos recibían en promedio 1800 dólares menos de atención por año con respecto a pacientes blancos con las mismas condiciones crónicas de salud. Los afroamericanos tenían que estar más enfermos que los blancos para que fueran derivados a una ayuda más especializada. No es solo pobreza lo que conlleva a diagnósticos erróneos y ayuda inconsistente; son también las presunciones profundamente arraigadas acerca de que los cuerpos negros están dañados y, entonces, son desechables.

No son solo los funcionarios de Trump los que hacen declaraciones condescendientes o ignorantes. Incluso una liberal incondicional como la alcaldesa de Chicago, Lori Lightfoot, no es inmune a obsesionarse con las percepciones sobre la complicidad negra en los efectos de los problemas de salud. En respuesta a los reportes sobre muertes negras por coronavirus, Lightfoot dijo, “Ahora, no vamos a poder borrar décadas de disparidades sanitarias en unos pocos días o en una semana, pero tenemos que hacer comprender a esas comunidades que hay cosas que ellos pueden hacer – hay herramientas a su disposición que pueden usar para ayudarse a ellos mismos, pero debemos llamar a las cosas por su nombre y asegurarnos de tener un sistema de respuesta robusto y de múltiples niveles ahora y de ahora en más, y lo haremos.”

¿Qué son las “herramientas” a disposición de las comunidades negras en Chicago que les permitirían “ayudarse a ellos mismos” a salir de la crisis de Covid-19? Lightfoot no elaboró, pero suena a un lenguaje cargado que culpabiliza a los barrios negros segregados de Chicago por las disparidades en la salud negra. Los comentarios de Lightfoot subestiman la dificultad de alcanzar una buena salud y bienestar mientras se combate a las fuerzas del subempleo, desalojos, violencia policial – todas cosas que definen mucho a la vida de la clase obrera negra en Chicago. La tasa global de de desempleo de hombres y mujeres jóvenes en Chicago es del 30%, comparada con el 6% de sus pares blancos. Claramente es más fácil promover estas misteriosas “herramientas” que enfrentarse a décadas de crisis de desinversión y desempleo en la ciudad, pero eso es en realidad lo que se necesita para cambiar estas circunstancias.

Hay una consecuencia adicional de dejar que la crisis de coronovirus caiga en el estrecho enfoque de las elecciones personales de afroamericanos. Asumir que si los afroamericanos solo cambiaran su comportamiento personal entonces podrían unirse a los rankings de los saludables y en estado físico, ignora aquellas cuestiones sistémicas que han creado una crisis general de la salud y bienestar y acceso al cuidado médico en Estados Unidos. El problema que enfrenta la población negra no es uno de exclusión de atención sanitaria adecuada, con inclusión como salida. Decir simplemente “acceso igualitario” puede reforzar la percepción de que el problema es solo de exclusión, cuando el problema más profundo es la sociedad de E.U. en sí misma.

Cuando James Baldwin, en su agudo libro de 1963 “The Fire Next Time”, presentó la pregunta de si los afroamericanos debían integrarse en la “casa en llamas” de Estados Unidos, argumentó que la pregunta demandaba una mirada más profunda sobre la sociedad de E.U. Baldwin escribió, “La población blanca no puede ser tomada, en general, como modelo sobre cómo vivir. En cambio, el hombre blanco necesita. en sí mismo, de nuevos estándares, que lo liberen de la confusión y lo ubiquen nuevamente en una comunión fructífera con las profundidades de su propio ser. Y repito: El precio de la liberación de la población blanca es la liberación de los negros -la total liberación, en las ciudades, en los pueblos, ante la ley, y en la mente.”

El racismo ha significado que la mayoría de los afroamericanos sufran a mayores niveles que la mayoría de los americanos blancos. Pero, en los últimos años, han habido múltiples reportes que muestran que la expectativa de vida de una persona promedio blanca se ha revertido. Esto no suele pasar normalmente en el mundo desarrollado. Pero, en este país, este fenómeno es empujado por el alcoholismo, el abuso de opioides, y el suicidio. Lejos del privilegio blanco, esto es el pathos blanco.

El acceso desigual a la atención médica puede ser importante en el contexto inmediato de la pandemia, pero esto solo no nos dice demasiado sobre la crisis general de la atención sanitaria lucrativa en los Estados Unidos. Tampoco nos dice demasiado sobre las crisis sociales más grandes en los E.U. a las que suscriben los problemas particulares de atención sanitaria de afroamericanos y americanos blancos. Un vistazo a esas grandes crisis fue provisto por las Naciones Unidades en 2017, cuando sus investigadores entrevistaron a personas de varias ciudades sobre la pobreza en Estados Unidos. El informe concluye que “los Estados Unidos ya lideran el mundo desarrollado en términos de desigualdad en ingreso y riqueza… Altas tasas de pobreza en niños y jóvenes perpetúan la transmisión intergeneracional de la pobreza muy efectivamente, y aseguran que el Sueño Americano se esté rápidamente transformando en la Ilusión Americana.” Los E.U. tienen las tasas más altas de mortalidad infantil y juvenil entre los países más ricos. Los ciudadanos de E.U. viven vidas “más cortas y más enfermas” que las de aquellas otras naciones prósperas y democráticas.

Cuando funcionarios públicos se lamentan del modo en que el covid-19 está envolviendo a las comunidades negras, la pregunta más grande es qué están preparados para hacer al respecto. La respuesta inmediata debería ser una rápida expansión de Medicaid y Medicare. Pero el acceso a la atención sanitaria es una pequeña pieza de la dinámica que compromete la salud de afroamericanos. Una buena atención sanitaria tiene que también incluir un alivio de la amenaza y estrés de los desalojos. Las mujeres negras constituyen cerca del 40% de aquellos que fueron desalojados de sus hogares en áreas urbanas; como resultado, sufren en forma desproporcionada la vida en las calles y la depresión y, en casos extremos, el suicidio. Una buena atención sanitaria también significa empleos mejor pagos que les permitan a las mujeres negras y sus familias preocuparse menos por facturas mensuales y los costos de los cuidados y educación de los chicos. Las mujeres negras en Luisiana, el estado donde los afroamericanos enfrentan las tasas de mortalidad más altas por Covid-19, ganan 47 centavos por cada dólar ganado por un hombre blanco.

Padecemos crisis nacionales de forma periódica que nos fuerzan a mirar a la pobreza y desigualdad que existen a nuestro alrededor. Escuchamos aquellos en el poder, incluso a funcionarios electos, discutir sin parar sobre la condiciones vergonzosas que producen estos resultados, pero se comprometen poco en términos de políticas específicas y acciones concretas para revertirlas. Trump dijo que las mayores tasas de muertes negras son “un tremendo desafío… queremos encontrar la razón de ello.” El Dr. Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, que acompaña a Trump diligentemente a sus conferencias de prensa, proveyó de una explicación que incluyó a problemas de salud existentes pero Fauci concluyó: “No hay nada que podamos hacer ahora excepto darles el mejor cuidado posible y evitar complicaciones.”

Expresiones de preocupación, deseos, y promesas de “una respuesta robusta de múltiples niveles” suenan bien en una conferencia de prensa. Pero muchos funcionarios electos que nos dicen que tienen buenas intenciones están tan atrapados en la prevaleciente hostilidad al gasto para poder reedificar al sector público, que son incapaces de alcanzar soluciones reales. En medio de esta creciente pandemia, el alcalde de Filadelfia, Jim Kenney, un demócrata, recientemente anunció una ronda de recortes presupuestarios y reducción de servicios, diciendo, “No va a ser fácil, y no va a ser placentero… pero, al final, necesitamos un presupuesto equilibrado.” Filadelfia es la más pobre de las ciudades americanas más grandes donde los afroamericanos son los que más están sufriendo por el brote de Covid-19. Y justo cuando muchos están resaltando las formas en que la desigualdad y nuestra pobre infraestructura cívica están fallándole al público -especialmente al público negro-, el alcalde anuncia el “poco placentero” recorte presupuestario.

No es solo Filadelfia. Por décadas, a lo largo del país, pequeñas y grandes ciudades se comprometieron con un modelo de desarrollo que prioriza atraer a corporaciones privadas con promesas de alivios fiscales, descuidando la inversión fuerte en instituciones públicas. En cambio, los hospitales públicos fueron cerrados, las viviendas públicas fueron detonadas o abandonadas al deterioro, las escuelas públicas hambreaban por inversiones, y las clínicas de salud públicas fueron cerradas. Aún cuando estas horribles consecuencias de estas decisiones políticas durante la epidemia de Covid-19 aparecen en noticias a lo largo del país, los funcionarios electos no tienen ningún plan significativo para cambiar el curso.

El solo conocimiento sobre estas disparidades sanitarias y el racismo en que se arraigan no va a ser suficiente para inspirar acción en los funcionarios electos o en entidades gubernamentales. Cuando el Huracán Katrina expuso el racismo brutal de la Costa del Golfo, no llevó a un nuevo régimen de inversiones robustas en el sector público ni a una infusión de empleos mejor pagos para sacar a afroamericanos de la pobreza. En cambio, los buitres corporativos y sus facilitadores públicos forzaron el cierre de casi todas las escuelas públicas de la ciudad, que fueron “rematadas”. El concejo de la ciudad de Nueva Orleans votó por unanimidad demoler viviendas públicas indemnes del huracán. Y decenas de miles de negros de Nueva Orleans fueron otorgados boletos de ida fuera de la ciudad, y después despectivamente llamados “refugiados” en su propio país. A menos que el gasto público sea restaurado y acompañado de acceso a empleo mejor remunerado, atención sanitaria preventiva y de emergencia, viviendas seguras, estables y accesibles, entonces es difícil tomar seriamente las expresiones de indignación sobre la pobreza y el racismo en este país.

En el mes pasado, hemos visto que es posible que gobiernos locales y nacionales actúen en formas que protejan a la población. El gobierno federal ha suspendido el interés y recolección de pagos de créditos estudiantiles federales hasta septiembre, y el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano ha declarado una moratoria en ejecuciones hipotecarias y desalojos de hipotecas aseguradas por el gobierno. Algunas ciudades y estados han detenido desalojos de propiedades alquiladas, y municipalidades a lo largo del país han liberado a miles de personas de cárceles y prisiones. Fuerzas policiales locales se han comprometido a no arrestar por delitos menores. En Detroit, funcionarios se han comprometido a no cortar el agua ante la falta de pago. Si todas estas acciones son posibles en una emergencia nacional porque creemos que podemos mitigar la vulnerabilidad de las personas hacia la enfermedad y la muerte, ¿por qué no puede ser este siempre el estándar? Después de todo, ¿cuándo es un buen momento para cortarle a alguien el acceso al agua potable? Uno no puede continuamente denunciar las crecientes tasas de muertes negras mientras se prepara a cambiar nada de nuestro fallido sistema político y económico.

La dificultad en tomar estas decisiones no es solamente por falta de voluntad política. En 1968, durante un periodo de agitación social, Martin Luther King Jr. explicó que el poder del movimiento negro descansa no solo en su capacidad de pelear por los derechos de los afroamericanos sino en su revelación de las “defectos interrelacionados” de la sociedad americana, incluyendo “racismo, pobreza, militarismo y materialismo”. La “revolución negra”, siguió King, tiene el poder de exponer “los males que están arraigados profundamente en toda la estructura de nuestra sociedad. Revela defectos estructurales en vez de superficiales y sugiere que la reconstrucción radical de la sociedad misma es el tema real a ser enfrentado”.

Incluso cuando los defectos en nuestra sociedad son fáciles de notar, resolverlos entra en conflicto inmediato con supuestos básicos de gobierno en el país hoy. Reparar el daño profundo, histórico y continuo perpetrado a la población negra va a requerir transformaciones profundas y constantes. Era cierto cuando King escribió esas palabras, hace más de medio siglo, y nunca ha sido más cierto que ahora. Para cumplir esa promesa que las vidas negras importan, los Estados Unidos deben cambiar en forma sistémica y no superficial.

Artículo de Monthly Review

Traducción para Izquierda Web: Natalia Faga

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