• La rebelión abre brechas y crisis entre los de arriba. En una conferencia de prensa, el Secretario de Defensa Mark Esper criticó abiertamente la política de Trump de responder a las inmensas movilzaciones con el estado de sitio y el despliegue de tropas.

 

 

Por supuesto que no se trata de una repentina iluminación de sensibilidad social por parte de quien encabeza el Ejército del imperialismo yanqui y fue miembro orgánico y sin fisuras del gobierno de Trump hasta hoy. De hecho, Esper estuvo presente y al lado de Trump cuando éste anunció las medidas represivas en conferencia de prensa para después posar con una Biblia en la mano.

En ese momento no se le ocurrió decir que la apelación al «Acta de Insurrección» era una medida dirigida al pueblo norteamericano. Los motivos por los que Esper se tuvo que distanciar los movimientos del subsuelo: a pesar de las amenazas de desplegar al mayor ejército del mundo, la rebelión continuó en las calles sin prestar atención a las amenazas. El Jefe del Pentágono se cura en salud frente a una posible crisis mayor, en la que su cabeza de funcionario ruede como chivo expiatorio de una política represiva fracasada.

En la conferencia de prensa sostuvo que el Acta de Insurrección “sólo deberían ser usadas como un último recurso y sólo en las situaciones más urgentes y graves” y “Siempre he creído y sigo creyendo que la Guardia Nacional es más adecuada para prestar apoyo interno a las autoridades civiles en estas situaciones”.

Lo dijo «como ciudadano, soldado y ex miembro de la Guardia Nacional». Por supuesto que la lírica típica de la política estadounidense en la que cada vez que emiten una opinión lo hacen no sin antes hablar de sus servicios, su currículum, sus madres y sus hijos ya no convence a nadie, pero menos ahora que se despega de la respuesta desmedidamente represiva post festum, cuando ya fracasó.

A Esper no se le movió una pestaña cuando reprimían bajo sus mismas narices luego de posar frente a una Iglesia con Trump. Primero las pestañas y luego los pies hasta perder el equilibrio, toda la estantería se movió cuando a lo largo y ancho del país, el despliegue militar no pudo detener la movilización. Mientras en Washington prendían fuego la bandera yanqui en las puertas mismas de la Casa Blanca, en el resto del país la rebelión plantaba la suya propia sin cejar frente a los cordones policiales y militares. La calle era suya.

Las crisis entre los de arriba de este tipo son altamente sintomáticas de las crisis de inmensa radicalidad que ponen en cuestión que se pueda seguir gobernando como siempre. Cuando funcionarios de tan alto rango dan un paso al costado es porque temen darlo hacia adelante y caer al vacío.

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