• Su candidatura se montó sobre la movilización reaccionaria racista, supermacista blanca y lisa y llanamente fascista. Ahora, amenaza en twitter que ilegalizará a las organizaciones que le resisten. Lo hace acorralado por la rebelión popular, a la que da una respuesta represiva… y fascistoide.

Por Redacción

Los “antifa” han sido una respuesta de franjas de la juventud contra la movilización reaccionaria de las clases medias decadentes en Europa y Estados Unidos. Esos grupos, temerosos por los temblores de su posición social, se vienen movilizando hace años alzando las banderas de la Confederación, el bando esclavista de la Guerra de Secesión.

 

 

La posición de relativa estabilidad y bienestar de amplias franjas de clases medias y trabajadores ideológicamente atrasadas de los Estados Unidos viene desteriorándose hace mucho años al compás de la decadencia de la hegemonía indiscutida del imperialismo yanqui sobre el mundo. La globalización, con el traslado de industrias a zonas de mano de obra más barata del Tercer Mundo y la llegada masiva del propio Tercer Mundo a suelo norteamericano, hizo temblar todo su sistema de vida. El propio capitalismo les quitó lo que les había dado. Su sueño, la ficción del sueño americano, es volver al pasado, cuando todo era parte de un mundo conocido.

De eso se trata el “Make America Great Again”: volvamos a nuestra dominación y modo de vida, el que hemos perdido en manos de no sabemos bien quién. Su aspiración es a la del crecimiento económico personal con base en su sistema de valores capitalista, racista e imperialista: los responsables no pueden ser los empresarios, como ellos aspiramos a ser. Su odio, entonces, se vuelca a inmigrantes, negros y movimientos progresistas, que serían responsables de la crisis de todo su mundo.

A su vez, el desarrollo del mundo corre en sentido contrario a sus sistemas de valores atrasados. Reaccionan también contra la ciencia y el progreso, tomando formas ideológicas delirantes que no son más que una mezcla desordenada de siglos distintos. El oscurantismo ideológico se radicaliza a la par de la decadencia de las clases medias blancas tradicionales.

Todas esas aspiraciones de vida individual no pueden no asentarse sobre una ideología imperialista brutal: la superioridad nacional es la organización política de la superioridad personal.

El fenómeno en muchos sentidos no es nuevo: situaciones similares entre la clase media reaccionaria le dieron base social al fascismo en Alemania e Italia. Sin embargo, su movilización y rabia explotó en el país que aún era (y es) la primera potencia del mundo, con el régimen de democracia burguesa imperialista de más arraigo del mundo entero, no en países de poca tradición democrática y republicana con un lugar de derrota en el entramado de competencia entre potencias imperiales. En vez de convertirse en milicias y tomar el poder por la fuerza, tuvieron una bandera propia con la candidatura de Donald Trump, que les habló en su campaña especialmente a ellos, y pudo ganar las elecciones sobre la base de las esperanzas frustradas por los demócratas.

Con el triunfo de Trump creyeron sinceramente que era su momento, sentían su bota pisar la cabeza de negros, latinos, mujeres, militantes de izquierda. Sin embargo, capas de la juventud, de las nuevas generaciones de explotados y oprimidos, miraron con odio a estos grupos desde el principio y rechazaron desde el primer día al repugnante Donald Trump. Los grupos “antifa” fueron la respuesta necesaria a la derecha radicalizada.

Hace algunas semanas era noticia que grupos armados blancos habían copado por la fuerza el capitolio de Michigan para forzar el fin de la cuarentena. Trump los apoyó de manera explícita y sin reservas. A los manifestantes de Minneapolis los amenazó lisa y llanamente con fusilamientos.

LOs grupos fascistas blancos armados que coparon el capitolio de Michigan contra la Cuarentena.

Pero los “antifa” son apenas un grupo de vanguardia de un sector de la juventud en lucha. La rebelión en Estados Unidos tiene raíces profundas, arraigadas en el suelo mismo de la opresión de millones en el país norteamericano. Trump quiere mostrar como “disturbios” de grupos minoritarios lo que es en realidad una inmensa conmoción popular, la respuesta necesaria a que se descarguen todos los males de la sociedad contemporánea sobre los hombros de la población oprimida sufriente.

Declarar como “terroristas” a quienes están enfrentando a su gobierno en las calles ahora mismo es una declaración de guerra a la rebelión popular. Trump sabe muy bien que, de desarrollarse, no puede no ir por su cabeza, siendo él el cabecilla explícito y descarado de todas las formas de opresión sobre las masas de Estados Unidos.

La historia reciente es elocuente: tratar de “terroristas” a quienes se manifiestan en las calles es dar vía libre a que sean tratado como lo fueron iraquíes y afganos. Se trata de un evidente cercenamiento a los derechos de organización democrática y protesta de amplios sectores de masas. Esta provocación no puede no echar nafta al fuego que quema el suelo de los Estados Unidos y amenaza con llegar a los cimientos.

El gobierno de Trump no es “fascista”, pero es lo más parecido que ha dado al fascismo el estado yanqui en el marco de sus propias tradiciones políticas y su propia lucha de clases. No obstante, con la evidente y rápida radicalización de las cosas, con la presión quemante de su base social enfurecida, podría ir cobrando rasgos de «fascismo» más clásico.

Donald Trump tiene sobrados motivos para temer al “antifascismo”.

DEJAR UN COMENTARIO

Ingresar comentario
Ingrese su nombre