• El capitalismo mundial nunca se recuperó completamente de la crisis de 2008 y ahora la pandemia vino a agravar una serie de contradicciones.

Este artículo del economista 100% capitalista Nouriel Roubini señala una serie de elementos acertados de la lectura económica mundial y sintetiza los argumentos sobre lo que él llama la Gran Depresión que se avecina.

Valga la aclaración no compartimos su posición política y tampoco nos casamos con su análisis. Su lectura, desde un enfoque marxista, nos sirve como apoyo a nuestra perspectiva de que el capitalismo debe ser derrotado o la opción será la barbarie.

La primera tendencia tiene que ver con el déficit y sus riesgos derivados: la deuda y el default. La respuesta oficial a la crisis del Covid 19 implica un aumento enorme del déficit fiscal, del orden del 10% del PIB o más, en un momento en que los niveles de deuda pública en muchos países ya eran altos e incluso insostenibles. Para peor, la pérdida de ingresos de muchos hogares y empresas implica que los niveles de deuda del sector privado también se volverán insostenibles, lo que puede llevar a una catarata de impagos y quiebras. “Sumado al aumento de los niveles de deuda pública, esto es garantía casi segura de una recuperación más anémica que la que siguió a la Gran Recesión de hace una década”, dice Roubini.

Un segundo factor es la bomba de tiempo demográfica en las economías avanzadas. “La crisis del Covid 19 muestra que es necesario asignar mucho más gasto público a los sistemas sanitarios, y que la atención médica universal y otros bienes públicos relevantes son necesidades, y no lujos”, escribe en Project Syndicate. “Sin embargo, por el envejecimiento poblacional de la mayoría de los países desarrollados, el financiamiento futuro de esos desembolsos aumentará todavía más las deudas implícitas de los sistemas de salud y seguridad social, que ya están desfinanciados”, explica.

El tercer elemento es el riesgo creciente de deflación. Además de causar una recesión profunda, la crisis también está creando un inmenso excedente en los mercados de bienes (máquinas y capacidad productiva no utilizados) y mano de obra (desempleo a gran escala), además de impulsar un derrumbe de precios de materias primas como el petróleo y los metales industriales. “Eso hace probable una deflación de deudas, lo que aumenta el riesgo de insolvencia”, añade.

Un cuarto factor (relacionado) será la pérdida de valor de la moneda. Los intentos de los bancos centrales de combatir la deflación y anticiparse al riesgo de una suba de tasas de interés (como resultado de la inmensa acumulación de deudas) llevarán a políticas monetarias todavía más heterodoxas y extensivas. En lo inmediato, para evitar la depresión y la deflación, los gobiernos deberán apelar al déficit fiscal monetizado. “Pero, con el tiempo, los shocks negativos permanentes del lado de la oferta resultantes de la desglobalización acelerada y del renovado proteccionismo harán casi inevitable la estanflación”, dice uno de los pocos economistas que vio venir la crisis subprime.

Una quinta cuestión es la disrupción digital de la economía en general. Con millones de personas que perderán el empleo o trabajarán y ganarán menos, las disparidades de ingresos y riqueza de la economía del Siglo XXI se profundizarán. “Para protegerse de futuras perturbaciones en las cadenas de suministro, las empresas en las economías avanzadas repatriarán producción de regiones de bajo costo a mercados locales más costosos. Pero en vez de favorecer a los trabajadores locales, esta tendencia acelerará la automatización, lo que generará presiones bajistas sobre los salarios y dará más sustento al populismo, el nacionalismo y la xenofobia”, agrega.

Esto nos lleva al sexto factor importante: la desglobalización. La pandemia está acelerando tendencias ya muy avanzadas hacia la balcanización y la fragmentación. El desacople entre Estados Unidos y China se acentuará, y la mayoría de los países responderán con políticas todavía más proteccionistas para blindar a empresas y trabajadores locales contra disrupciones internacionales. El mundo posterior a la pandemia se caracterizará por restricciones más estrictas al movimiento de bienes, servicios, capital, mano de obra, tecnología, datos e información. “Ya está sucediendo en los sectores farmacéutico, equipamiento médico y alimentos, donde en respuesta a la crisis los gobiernos han comenzado a imponer restricciones a las exportaciones y otras medidas proteccionistas”, expresa Roubini.

“La avanzada antidemocrática reforzará esta tendencia. Los líderes populistas suelen sacar provecho de la debilidad económica, el desempleo a gran escala y el aumento de la desigualdad”, señala. En condiciones de mayor incertidumbre económica, habrá un fuerte impulso a echar la culpa de la crisis a los extranjeros. Los trabajadores industriales y grandes franjas de la clase media se volverán más permeables a la retórica populista, en particular en lo referido a restringir las migraciones y el comercio.

Esto nos trae a un octavo factor: el enfrentamiento geoestratégico entre Estados Unidos y China. Con el Gobierno de Donald Trump empeñado en culpar a China por la pandemia, el régimen del presidente de China, Xi Jinping, insistirá en afirmar que Estados Unidos conspira para impedir el ascenso pacífico de China. “El desacople sinoestadounidense en comercio, tecnología, inversiones, datos y acuerdos monetarios se intensificará”, dice Roubini.

Para peor, esta ruptura diplomática creará condiciones para una nueva Guerra Fría entre Estados Unidos y sus rivales, no sólo China, sino también Rusia, Irán y Corea del Norte. Con la cercanía de una elección presidencial en Estados Unidos, sobran motivos para esperar un incremento de acciones ciberbélicas clandestinas, que pueden llevar incluso a conflictos militares convencionales. Y como la tecnología es el arma clave en la lucha por el control de las industrias del futuro y en el combate a la pandemia, el sector privado estadounidense quedará cada vez más ligado al complejo industrial de seguridad nacional.

Un último riesgo (por si no bastaran todos los anteriores) que no es posible pasar por alto es la disrupción medioambiental que, como muestra la crisis del Covid 19, puede causar mucho más daño económico que una crisis financiera. Las sucesivas epidemias (el VIH desde los ‘80, el SARS en 2003, el H1N1 en 2009, el MERS en 2011, el ébola en 2014 16) son, como el cambio climático, desastres creados básicamente por la acción humana, derivados de malas condiciones sanitarias, el abuso de los sistemas naturales y la creciente interconectividad de un mundo globalizado. “En los años venideros, las pandemias y los numerosos síntomas mórbidos del cambio climático se volverán más frecuentes, graves y costosos”, agrega.

Estos diez riesgos, que ya eran grandes antes del Covid-19, ahora amenazan con impulsar una tormenta perfecta capaz de hundir a toda la economía mundial en una década de desesperación. “Tal vez cuando lleguen los ‘30, la tecnología y un liderazgo político más competente puedan reducir, resolver o minimizar muchos de estos problemas y producir un orden internacional más inclusivo, cooperativo y estable, pero el final feliz depende de hallar un modo de sobrevivir a la inminente ‘Mayor Depresión’”, concluye.

 

El Economista

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