• El epistemólogo suizo, uno de los científicos más relevantes del pasado siglo, logró con su estructuralismo genético y sosteniendo la necesariedad de apropiarse de lo mejor de toda la ciencia existente, hacer suyo parte del legado marxiano tan tergiversado por el llamado diamat y por las interesadas visiones burguesas.

Guillermo Pessoa

El 16 de setiembre de 1980 fallecía en su Suiza natal Jean Piaget. Es considerado el “padre” de la epistemología genética. Como concuerdan todas sus biografías, fue un niño precoz que desarrolló un interés temprano por la biología y el mundo natural. Se licenció y doctoró en ciencias naturales en la Universidad de Neuchatel en 1918 con una tesis sobre los moluscos del cantón de Valais. Hasta su traslado a París en 1919 se desempeñó por un período breve en la Universidad de Zurich donde publicó dos trabajos sobre psicología. Su interés en el psicoanálisis comenzó en esa época, contexto en el que profundizó además en la obra de Fred y de Jung. Incluso años después asistiría al Congreso de Psicoanálisis en Berlín en 1922, donde conoció personalmente al científico austríaco. ​

Después de mudarse a París desarrolló una vida académica intensa marcada por los contactos con connotados profesionales del área. Al calificar algunas de las tareas del test de inteligencia, Piaget notó que los niños y jóvenes daban respuestas equivocadas a ciertas preguntas, pero que estos errores eran consistentes y obedecían a una cierta regularidad que merecía atención. Retornó a Suiza en 1921 y se incorporó al Instituto Rousseau de Ginebra, institución en la que fue director de investigaciones.

A partir de 1936, ejerció la docencia en la Universidad de Lausana y fue  editor de publicaciones científicas de renombre en este ámbito, como los Archives de Psychologie y la Revue Suisse de Psychologie. Finalmente en 1955 creó el Centro Internacional para la Epistemología Genética de Ginebra, el cual dirigió hasta su muerte.

En un artículo de nuestro recordado compañero Jorge Dutra, sobre el “status” de la ciencia y determinadas visiones sobre ésta en el siglo pasado, leemos:

En primer lugar no es posible establecer exactamente la frontera que separa ciencias naturales de ciencias sociales. En segundo lugar debe decirse que la cuestión relativa a la diferencia entre las ciencias naturales y las ciencias sociales es un problema que ha interesado a filósofos y epistemólogos, los cuales han debatido este problema durante largo tiempo. El debate estaba centrado en ver si el método dialéctico, que se suponía propio de las ciencias sociales, se podía aplicar a las ciencias de la naturaleza y dividió aguas. Engels opinaba que sí, al igual que, en el siglo XX, Piaget; por su lado, autores como Sartre afirmaban que el método dialéctico era exclusivo de las ciencias sociales. Piaget, cuya principal preocupación científica era de índole epistemológica, sostenía que la epistemología era por naturaleza interdisciplinaria. Para Piaget la epistemología debe tratar el problema de cómo se pasa de un estado de menor conocimiento a uno de mayor conocimiento. Un proceso de este tipo plantea a la vez cuestiones de hecho y de validez. Si sólo fuese validez la epistemología se confundiría con la lógica; “pero su problema no es solamente formal puesto que se trata de determinar de qué manera el sujeto alcanza lo real, es decir, cuáles son las relaciones entre el sujeto y el objeto; si se tratara sólo de hechos la epistemología debería reducirse a una psicología de las cuestiones cognoscitivas y ésta no es competente para resolver las cuestiones de validez” 1

Aseveración la de Piaget,  de neto cuño marxista como el artículo señala. El propio científico suizo supo reconocer dicho legado en uno de sus trabajos más difundidos, en donde también señala el por qué de su interés en el estudio de la psicología del niño y la niña:

El objetivo esencial de la psicología del niño creemos que reside en la constitución de un método explicativo para la psicología científica en general o. dicho de otra forma, facilitar la dimensión genética indispensable para la solución de todos los problemas mentales. Es por ello que, en el terreno de la inteligencia, es imposible dar una interpretación psicológica exacta de las operaciones lógicas, de las nociones de número, espacio, tiempo, etc., sin estudiar previamente el de estas operaciones y estas nociones: desarrollo social, claro está, en la historia de las ciudades y de las diversas formas colectivas de pensamiento (historia del pensamiento científico en particular), pero también del desarrollo individual (lo que no tiene nada de contradictorio puesto que el desarrollo del niño constituye, entre otras cosas, una progresiva socialización del individuo). Ciertamente no es más que con ocasión de las acciones ejercidas sobre los objetos cuando se constituyen las estructuras lógicas y ya hemos insistido sobre el hecho de que la fuente de las operaciones lógicas no es otra que la propia acción, la cual no puede, naturalmente, tener lugar más que aplicándose a objetos.

Sin embargo, no debe olvidarse un hecho fundamental: este hecho es que la acción modifica incesantemente los objetos y que estas transformaciones son igualmente objeto de conocimiento. Una de las proposiciones esenciales de Karl Marx en sociología es que el hombre actúa sobre la naturaleza con el objeto de producir, aun estando condicionado por las leyes de la naturaleza. Esta interacción entre las propiedades del objeto y las de la producción humana se encuentra en psicología del conocimiento: no se conoce a los objetos más que actuando sobre ellos y produciendo en ellos alguna transformación. Por ejemplo, las operaciones lógicas consistentes en clasificar o seriar consisten en «producir» colecciones o un cierto orden de sucesión mediante objetos cuyas propiedades se utilizan a este respecto. Este es, pues, el desarrollo mental. Podemos constatar, a modo de conclusión, la profunda unidad de los procesos que, partiendo de la construcción del universo práctico, debida a la inteligencia sensorio-motriz del lactante, desemboca en la reconstrucción del mundo mediante el pensamiento hipotético-deductivo, pasando por el conocimiento del universo concreto debido al sistema de las operaciones de la segunda infancia. 2

Vaya nuestro recuerdo entonces con la transcripción de algunos  párrafos de su prolífica producción, como los que anteceden. Cerramos con éste:

Pero, paralelamente a esta elaboración intelectual, hemos visto cómo la afectividad  se separaba paulatinamente del yo para someterse, merced a la reciprocidad y la coordinación de los valores, a las leyes de la cooperación. Claro está, la afectividad constituye siempre el resorte de las acciones de las que resulta, en cada nuevo nivel, esta progresiva ascensión, puesto que es la afectividad la que asigna un valor a las actividades y regula la energía. Pero la afectividad no es nada sin la inteligencia, que le facilita sus medios y aclara sus objetivos. Atribuir las causas del desarrollo a grandes tendencias ancestrales es una idea ligeramente sumaria y mitológica, como si las actividades y el crecimiento biológico fueran de naturaleza extraña a la razón. En realidad la tendencia más profunda de toda actividad humana es la marcha hacia el equilibrio, y la razón, que expresa las formas superiores de este equilibrio, reúne la inteligencia y la afectividad.


Notas:

1: Dutra, Jorge: Ideología e Irracionalidad en Revista Socialismo o Barbarie nro 16, 2004.

2: Piaget, Jean: Seis estudios de psicología. Paidos, Buenos Aires, ed, varias

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