«Los Anillos de Poder», Tolkien y Amazon

La serie "Los Anillos de Poder". Breve reseña de un militante de izquierda que ama la obra de Tolkien.

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La primera temporada de «Los Anillos de Poder», la serie de Amazon basada en la obra de JRR Tolkien, ha terminado. Ya es un buen momento para sacar conclusiones de su contenido. También de las polémicas que se dispararon ya mucho antes de su estreno hace apenas un mes y medio. 

«En un agujero en el suelo, vivía un hobbit». Esa simple frase da comienzo a una de las sagas literarias más grandes que haya habido. Una anécdota sostiene que Tolkien la escribió aburrido mientras daba una clase, y que fue el disparador de todo lo que pasaría después. Tal vez sea cierta, tal vez no. De lo que no hay dudas es de que esa frase es el primer paso hacia una lectura que para muchos es un antes y un después.

Las oraciones con las que se construyeron El Hobbit y El Señor de los Anillos son a veces tan hermosamente simples que logran lo que buscan: dar una sensación de familiaridad a adentrarse en un mundo completamente fantástico. Las sentencias y refranes de tono rural, con sabiduría en lo que concierne a la vida cotidiana, se mezclan con canciones, poemas e incluso idiomas y alfabetos enteros creados con el solo propósito de darle forma a ese mundo.

«¡Dwalin, a vuestro servicio!». Cuando quien escribe estas líneas leyó eso contando con doce años de edad se enteraba de dos cosas a la vez. Primero, que en algún lugar era signo de cortesía «ponerse al servicio» de alguien. Segundo, que los «enanos» eran toda una especie de gente barbuda que vivía de la minería y el trabajo artesanal. Ya sabía, por supuesto, lo que eran los magos y los dragones. Pero supo también lo que eran los elfos y los enanos.

La primera edición de El Hobbit.

Para muchos, la obra de Tolkien nos es cara. Era evidente que el anuncio de Amazon del lanzamiento de una serie sobre la forja de los anillos de poder, en la Segunda Edad del sol, iba a generar tanto expectativas como levantar sospechas.

Nadie entre quienes amamos la obra de Tolkien iba a estar dispuesto a aceptar uno de esos productos culturales de consumo rápido, creados para ser rápidamente olvidados, producidos como salchichas uno tras otro. Así son buena parte de las «franquicias» de las que se ha adueñado Disney. En ellas, la trama y el autor fueron completamente olvidados para hacer dinero rápido con historias y personajes que ya son populares. Ya ha pasado la primera temporada. ¿Qué podemos decir de ella?

Amazon, la «inclusión forzada» y los racistas de internet

Es difícil saber quién y cuándo lo comenzó. Las grandes empresas del entretenimiento vienen usando un muy eficaz método de publicidad desde hace algunos años. Amazon lo hizo nuevamente con esta serie. Cuando se presentaron las primeras imágenes de la serie, automáticamente las redes sociales se llenaron de debates en torno al elfo y la enana, ambos de tez oscura.

Una parte de la publicidad la pagaron. Pero buena parte la consiguieron gratis. Hicieron que los racistas y conspiranoicos les sirvan de minions de publicidad gratuita llenando de resentimiento las redes sociales. Los foros se vieron repletos de teorías de la conspiración racistas, sobre cómo las grandes empresas implementaban un plan de «inclusión forzada» y de «agenda de género». Algunos mostraron su desacuerdo de otras maneras. Tomando por «canon» las películas y la interpretación de Peter Jackson o entendiendo muy mal el origen nórdico de los mitos sobre elfos y enanos.

No podía no haber una reacción de gente más o menos racional. Y, en rechazo al racismo, la dinámica de las discusiones de las redes sociales empujaron a muchos a defender la serie. Eso quitó margen para el disfrute o la crítica de Los Anillos de Poder sin las pasiones despertadas. El racismo había salido de su cloaca y la mayoría queríamos que vuelva a ella.

Los teóricos de la conspiración racistas llegan al punto de los absurdos sobre «el nuevo orden mundial». Su mentalidad es tan parecida a la del fascismo que solamente la más pura ignorancia puede no verlo. Criticaron y critican el poder de las grandes empresas cuando se «inclusión forzada» se trata. En la mayoría de los casos, esos partidarios de la derecha están en contra de que a esas mismas empresas se les cobren impuestos. Tampoco les importa mucho que sean feroces explotadores. No, el problema es la «inclusión forzada».

Mientras tanto, Amazon y Disney lavan su rostro público mientras siguen siendo nefastos en la vida real, cuando financian a políticos reaccionarios y racistas. Lo hicieron y lo hacen porque éstos son sus buenos defensores.

Así, Amazon logró darse publicidad despertando furias y simpatías. Nadie dejó de ver la serie por eso. Los Anillos de Poder es el producto combinado de gente que ama la obra de Tolkien y de empresarios inescrupulosos que lo único que quieren es hacer dinero. La primera temporada reflejó claramente eso.

Los que más ganaron con la publicidad gratuita fueron, por supuesto, los segundos; ellos son los de los bolsillos más abultados. Así, las críticas racistas a la serie beneficiaron a la gran empresa mientras perjudicaban con el escarnio público a los que aportaron las cosas buenas de la primera temporada. Ellos, claro está, ganaron mucho menos que los empresarios a los que la mala publicidad sólo podía beneficiar.

Antes de hablar sobre el resultado final de la combinación creativos-empresarios, diremos una última cosa sobre la «inclusión forzada». La interpretación que hizo de la enana Disa la actriz Sophia Nomvete es probablemente la más sobresaliente de toda la primera temporada de los Anillos de Poder. Fue simplemente magnífica.

A partir de ahora entramos directamente en zona de spoilers. 

La mirada de un hobbit

Una de las cosas más características de los libros de Tolkien es la sensación de que se está frente eventos y cosas profundamente arcanas, antiguas, insondables. Cuando conocemos a personajes como Galadriel o Elrond, no es posible no quedarse impresionado por las insinuaciones sobre su sabiduría y sus miles de años de vida. Cuando se narran hechos antiguos, sabemos que son historias milenarias contadas muchas veces. Hace mucho tiempo que son leyenda, poemas y canciones. Y lo que sucedía en el presente de las historias de Tolkien era la continuidad de los hechos de esas antiguas leyendas.

No hay que perder de vista que las únicas obras publicadas en vida del autor fueron El Hobbit y la trilogía de El Señor de los Anillos. Todo lo publicado póstumamente no genera la misma impresión (en particular El Silmarillion), pero no hay que perder de vista que Tolkien no decidió publicarlos.

La primera edición de La Comunidad del Anillo

Pese al narrador omnisciente, cuando leemos las novelas vemos las cosas desde el punto de vista de los pequeños hobbits. Vemos lo que ellos ven, sabemos lo que ellos saben. Pocas son las excepciones en los cuatro libros. Lo que era muy antiguo para ellos, lo era para nosotros; lo que era enorme, también; lo que era inmensamente poderoso, aún más. Parte del encanto de sus historias es ese. Seres pequeños transforman completamente el curso de hechos y cosas que les resultan insondablemente enormes. Y esa perspectiva narrativa nos pone en sus zapatos (si es que los hobbits usaran zapatos).

Por poner un ejemplo, en los primeros capítulos de El Hobbit los personajes se encuentran con espadas y hojas de Gondolin. Cuando se hablaba de ellas se hacía en un tono sobre lo enorme perdido hace tanto tiempo que las leyendas ya reemplazaron a todo conocimientos certero sobre su historia. Para poner las cosas en perspectiva, el tiempo que separaba a Bilbo Bolsón de la caída de Gondolin era de unos 6500 años. Es bastante más tiempo que el que nos separa a nosotros del primer faraón, mucho más que los que nos distancia de las primeras polis griegas.

Así, esa perspectiva narrativa nos puso a nosotros, los lectores, en el lugar de quien se siente pequeño frente a cosas muy grandes y muy antiguas. Las películas de Peter Jackson lograron reproducir parcialmente esa sensación, sobre todo en la primera película de la trilogía. Los Anillos de Poder poco hace o puede hacer con esto. Al estar contados los hechos mayormente desde el punto de vista de personajes de miles de años de edad, nada parece tan antiguo, ni tan profundo, ni tan arcano, ni tan enorme.

Hay unos pocos momentos en los que la sensación de gravedad de lo que pasa nos remite a la obra original. Probablemente, la mejor parte en tal sentido es el final, en el que los tres anillos de los elfos son finalmente forjados. La mirada estupefacta de Elrond y el orgullo en la cara de Celebrimbor, acompañados de una música magnífica, lograron plenamente lo que tenían que lograr. Nos hicieron sentir la gravedad e importancia de lo que estaba pasando.

Claro está, era imposible contar los hechos de la Segunda Edad desde el punto de vista de un hobbit, pues los hobbits mismos todavía no existían. Es una cosa interesante, no obstante, el arco de la historia sobre sus antecesores, los Pelosos. Sus comportamientos, sus diálogos y (sobre todo) sus refranes nos remitieron mucho a los mejores momentos de las narraciones originales sobre los hobbits.

Hacer de los Pelosos los primeros en encontrarse con «el extraño» en la Tierra Media, así como hacer de él el desencadenante de su primera «aventura», fueron una apelación a la nostalgia bien lograda. Recrearon la relación de los hobbits con Gandalf y sus aventuras con él con nuevos personajes. Porque, ¿quién puede dudar a esta altura que «el extraño» no es otro que Gandalf? Los diálogos, los comportamientos, las relaciones entre personajes; todo esto estuvo bien inspirado en la obra original y tuvo gusto a su espíritu.

El problema es que los Pelosos no son más que una rama de la historia, y su visión del «ancho mundo» no es la nuestra. Nuestro punto de vista respecto a los principales acontecimientos es mayormente el de Galadriel. Que, por supuesto, desde su propio vista no nos puede parecer ni tan antigua, ni tan poderosa, ni tan sabia.

Breve digresión. Este planteo no tiene nada que ver con las críticas reaccionarias sobre el personaje de Galadriel. Hay incluso quienes escriben en defensa de su «feminidad», en rechazo de la interpretación de los Anillos de Poder. También están los que se indignan tomando por «canon» la interpretación de Jackson, o queriendo ver en pantalla a la Galadriel de la Tercera Edad. Por raro que parezca, la interpretación de Galadriel de las serie es de las cosas más precisas en lo que a la obra de Tolkien se refiere. Según sus escritos, el nombre materno del personaje había sido «Nerwen», «mujer-hombre». Su personalidad era «atlética», con proezas guerreras que la llevaron a ser descrita como de «disposición de Amazona».

Annatar, Sauron el estafador

«He estado despierto desde antes de la ruptura del primer silencio. En ese tiempo, he tenido muchos nombres».

Esta es probablemente una de las mejores frases de los Anillos de Poder, y una de las que más arrastra reminiscencias de la prosa de Tolkien. Además, estuvo puesta al servicio de uno de los momentos más importantes de la trama. Esperamos por largos capítulos saber dónde estaba y qué hacía Sauron. Finalmente, supimos en el capítulo 8 que el Halbrand que conocimos en el primer capítulo era nada menos que el Señor Oscuro, el personaje que le da nombre a la obra. Era él y no otro «El Señor de los Anillos».

La verdad sea dicha, luego de ver sus «sugerencias» a Celebrimbor, los lectores de El Silmarillion ya sabíamos la identidad secreta de Halbrand. Cuando le dijo «llámalo un regalo» lo terminamos de confirmar.

Esta línea argumental era una de las más difíciles de llevar para los escritores. En las historias anteriores habíamos visto a Sauron en su faceta de Señor Oscuro sin máscaras, que gobierna con terror la tierra de Mordor y sus criaturas. Con la forja de los anillos, debíamos conocer otra cara, la del embaucador, la de quien toma una hermosa cara para engañar. No nos tenían que mostrar a Sauron sino a Annatar, el señor de los dones. Muchas veces, sino la mayoría, contar una buena historia tiene más que ver con lo que no se dice que con lo que se dice. Mostrarnos la cara de un engañador a los espectadores sin ninguna máscara, que supiéramos desde el principio quién era y qué pretendía, hubiera sido una pésima decisión.

Muchos ya sospechaban quién era Halbrand. Pero lo que nadie sabía es que Galadriel había estado actuando por su engaño y manipulación desde el momento de la balsa. Fue, sin duda, una buena decisión hacer que creyéramos otra cosa. En el capítulo final de la temporada supimos que nosotros también habíamos sido engañados por Annatar. Que lo que pensábamos que estaba pasando en realidad era muy otra cosa. No solo eso, pudimos ver como el personaje de Halbrand usaba los poderes de tentación y manipulación propios del Anillo Único en la obra original. Con su influencia sobre Celebrimbor, con sus intentos de corromper a Galadriel ofreciéndole poder.

Que nos mostraran a Annatar desde un principio, moviendo los hilos para la forja de los anillos, hubiera sido una pésima decisión narrativa, como hemos dicho. Sin embargo, la historia de su influencia sobre Celebrimbor tuvo gusto a poco. A muy poco. Es una de las líneas argumentales más decisivas de toda la historia y fue resuelta, casi despachada, en breves escenas de un solo capítulo. Lograr desarrollar eso sin delatar la identidad de Annatar a todos los más o menos familiarizados con los hechos de los libros era algo extremadamente difícil, claro está. Pero resolver el comienzo de su relación con el jefe de los herreros élficos en una simple escena fue apresurar demasiado las cosas.

Las escenas de Sauron-Halbrand en los talleres de Eregion fueron buenas, sí. Tal vez muy buenas. El problema es que fueron muy pocas y cortas. La única manera de resolver esto es que futuras temporadas desarrollen aún mucho más la relación Sauron-Celebrimbor.

Ahora bien, algo un poco más satisfactoria fue la manera en que nos presentaron las motivaciones de los elfos para la creación de los anillos. Que el árbol de Lindon fuera el indicador de que el tiempo de los elfos se estaba terminando fue una imagen del estilo de Tolkien. Presentar los destinos de los pueblos de la Tierra Media como algo vinculado a la tierra misma es una creación de puro cuño tolkieniano. Que ese fuera el disparador de la forja de los tres anillos de los elfos es también convincente. Después de todo, en palabras de Tolkien su principal deseo era «curar a la Tierra Media de sus heridas». Y la Tierra Media es aquí árboles, montañas, animales y también los propios elfos, hombres y enanos.

La Tierra Media y sus personajes

Tal vez lo mejor logrado de la serie haya sido la presentación de su mundo. Era también lo más esperable. Generaba mucha más desconfianza lo que se pudiera hacer con el guión que con el uso del presupuesto multimillonario para la creación de las escenas.

El primer gran impacto fue Númenor, la Atlántida de Tolkien, la isla de los hombres que hace miles de años que es una mera leyenda en la época de El Hobbit y la trilogía de El Señor de los Anillos. Para ser precisos, este lugar está fuera de la Tierra Media, muy al oeste en el mar. Era una de las cosas más esperadas. Este reino nunca había sido representado en ninguna producción audiovisual. Esta fue la primera vez. Lo que no es poco desafío teniendo en cuenta que es uno de los lugares más importantes de toda la historia de este mundo.

Su estética espectacular, épica, nos dice que al menos no todo el presupuesto fue echado a la basura. La presentación de la isla, su ciudad, su enorme puerto, nos recuerda claramente a los restos del reino numenóreano en las películas de Jackson, Gondor. Claro que esto no es casualidad. La serie y las películas se inspiraron en uno de los mejores ilustradores de Tolkien, Alan Lee.

La representación de los numenóreanos es también satisfactoria. Presentados en plena época de orgullo y decadencia, con los conflictos que los acabarían dividiendo entre los «Fieles» y los «Hombres del Rey», poder ver a los marineros, nobles, soldados y artesanos de este reino legendario fue algo muy esperado y maravillosamente realizado.

Otro gran hito, sin duda, son las «Minas de Moria», el primero y más grande de los reinos de los enanos, Khazad-dûm. Toda su representación anterior había sido necesariamente mucho después de su ruina. En términos generales, era una gran y oscura cueva con restos de sus glorias pasadas. Era una tarea difícil mostrarla en pleno esplendor, llena de vida. Y la serie lo consiguió. Mostrar ese mitológico reino de los enanos, incluso con elementos de vida cotidiana, era una proeza difícil y fue magistralmente lograda.

Khazad-dûm

Parte de eso son dos de los mejores personajes, los mejor escritos y actuados: Dúrin y Disa. Los enanos de la época de esplendor de la Segunda Edad son también un punto fuerte de los Anillos de Poder.

Presenciar a los enanos y su antiguo reino merecía ser acompañado por lo que será su ruina, el «Daño de Dúrin», el balrog. Aquí, sin duda, los creadores decidieron apelar a la nostalgia por las películas, y el diseño del balrog es exactamente el mismo. La mayoría podrá estar satisfecha con esta decisión, que tiene sus puntos fuertes. La opinión personal de quien escribe esto es que se podría haber implementado otra interpretación, pues no hay que perder de vista que el balrog de Jackson es eso, una interpretación de lo descrito en los libros. Y en ella se muestra al que es un antiguo y poderoso ser maligno anterior al mundo como casi una bestia. Había una oportunidad para una interpretación más solemne de los balrogs, los principales seres oscuros de la Tierra Media después de Morgoth y Sauron. La oportunidad fue desperdiciada.

Al lado de Númenor y Khazad-dûm, Lindon no puede no ser decepcionante. Fue muy poco en relación a los reinos de los hombres y de los enanos. Y era ni más ni menos que el último gran reino élfico de la Tierra Media. Podría haber dado mucho más. El lugar como tal es visto en apenas rápidos cameos y sus lugares son poco más que bellas construcciones de piedras entre grandes árboles. ¿Es bello? Sí. ¿Es lo que nos representamos de un reino élfico en el mundo de Tolkien? En general, sí. ¿Podría haber sido mucho más? Sin duda.

La representación de los elfos de Lindon va a la par del reino mismo. Deja la sensación de lo hecho demasiado rápidamente. Tal vez su único punto realmente fuerte es la representación del rey noldo, Gil-Galad.

Mucho mejor fue la ciudad de los herreros de los elfos, Eregion, el lugar en el que se forjarían los primeros anillos de poder. Si bien sus hechos fueron también muy rápidamente presentados, tiene mucho de lo que se podría esperar de ese lugar del Legendarium. Y, por supuesto, que el taller de Celebrimbor fuera bien representado era fundamental. Sin alcanzar las cumbres de lo espectacular que fueron los reinos de hombres y enanos, Eregion es una hermoso punto fuerte de la serie.

Y cada uno de estos lugares tiene también sus objetos y sus joyas, que son en este mundo mucho más que caprichos de la ostentación. Están imbricados con los destinos de pueblos, ciudades y reinos. En Khazad-dûm, el mithril; en Númenor, el Palantir; en Eregion, el martillo de Feanor (un hermoso detalle) y los mismísimos anillos de poder.

Unas últimas palabras acerca de un lugar clave, Mordor. Todavía no hemos visto mucho más que un esbozo. Su momento de «creación», la constitución misma del lugar más maldito de esa era, era algo sumamente esperado. Y fue, sin duda, espectacular. Le falta todavía mucho, no obstante, para ser todo lo horrible, lo oscuro, lo ominoso que merece ser. Es algo que deberemos ver en futuras temporadas. Allí, un punto fuerte es la representación de los orcos, el más arquetípico ser maligno del mundo de Tolkien. En cuanto a ellos, tal vez la serie es aún mejor que las películas de Jackson, con algunos aspectos que son más fieles a los libros.

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