• Arriesgarse al contagio o morir de hambre parecen ser las opciones que el capital ofrece a las juventudes latinoamericanas para (sobre)vivir en el globo infinito de absorción laboral y sanitaria.
  • Ante el carácter neoliberal de las compañías de aplicaciones, la falta de oportunidades de cualificación laboral, las tasas crecientes de desempleo y la necesidad urgente de obtener ingresos, resultan ser los factores deshumanizantes de un mercado que exige una alta productividad en demanda y la normalización de condiciones precarias.

Publicamos un artículo de opinión basado en un trabajo académico inédito de una de nuestras lectoras, quien es estudiante del bachillerato de sociología en la Universidad de Costa Rica.

Alejandra Ramírez Arce (alejandraramirezarce@outlook.es)

Los costos económicos y sociales de la crisis capitalista agudizada por la pandemia de COVID-19 en América Latina forman parte de una desigualdad estructural que opera de manera crítica y diferenciada en el sector trabajador de las plataformas de reparto a domicilio. El panorama actual presenta la fragmentación de un modelo económico neoliberal que supone la flexibilización del trabajo en función de los intereses de privilegio político-mercantil y la automatización productiva.

La clase que vive del trabajo incluye, siguiendo las palabras del sociólogo Ricardo Antunes (2005), no solo la venta de la fuerza laboral en calidad del tecnocentrismo productivo, sino el trabajo manual directo, la totalidad del trabajo social y la totalidad del trabajo asalariado. Habría que agregar a esta definición, aquellas formas que no aparecen representadas en la formalidad ni informalidad de trabajo, es decir, la denominada “zona gris” de la contratación laboral, donde las plataformas de reparto a domicilio se han presentado como entes activos de empleo y organización.

La suspensión de contratos, reducción de la jornada laboral, reducciones salariales, despidos sin responsabilidad patronal y acciones políticas entorpecidas son comunes denominadores de la desocupación laboral que aqueja a los sectores populares y en especial, a las personas jóvenes trabajadoras. En el territorio nacional, las agencias repartidoras ocupan una posición importante en las plataformas de consumo y asociación que, bajo la noción de economía colaborativa, apoyan significativamente la orientación hacia el uso intensivo de la tecnología como recurso liberal para generar ingresos, sin regulaciones en el financiamiento y programas de operación laboral.

La diversificación de la oferta del mercado ha implicado una constante revolución e innovación de los medios de producción que, por un lado, fomentan el consumismo y por otro, pretenden disminuir el tiempo de demanda y la satisfacción a través de la tecnología abierta y circunscrita a la automatización de la producción, robotizando el trabajo humano. Esta precarización deviene de acciones políticas y sociales entorpecidas por la ineficacia institucional-gubernamental que condenan y deterioran la calidad de vida de las personas trabajadoras y la capacidad de subsanar los impactos la crisis post pandémica.

Tal y como lo plantea Ernest Mandel (1977) en su libro Iniciación a la Economía Marxista, el capital se nutre del trabajo obrero en tanto sostiene la existencia y posición del sector proletario y mantiene y conserva el privilegio político, económico y social de las clases dominantes. De esta manera, la crisis aparece como elemento amortiguador de un sistema de producción capitalista cuya regulación y generalización aliena a la clase trabajadora a través de la operación magnate de la economía capitalista: la producción de plusvalía, es decir, el plusvalor del trabajo ajeno.

Según la Encuesta Continua de Empleo del trimestre móvil de febrero, marzo y abril publicada el tres de junio de 2021 por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), los indicadores principales sobre la fuerza del trabajo reflejan una tasa del 17.3 % de desempleo abierto y 15.4 puntos porcentuales de ocupación en condición de subempleo. Cifras ya alarmantes para un país que comparte los problemas estructurales de la región centroamericana, tales como: niveles de productividad relacionados a una transición histórica desigualmente sostenida que exige una recuperación económica en un contexto compartido y mediado por brechas laborales entre personas jóvenes y mujeres, inequidad de la distribución laboral, altos niveles de informalidad y subempleo y dificultades en la generación de empleos e inserción laboral.

El panorama latinoamericano presenta así más semejanzas que diferencias. El nivel adquisitivo de la clase trabajadora disminuye y las grandes empresas reclaman ajustes al Estado para que garanticen sus facilidades de pago, subsidios, evasión de impuestos, entre otros beneficios (egoístas) del sistema de libre empresa. Los rescates financieros que se han gestado en los Estados de la región están mayoritariamente destinados al mantenimiento y función de los grandes capitalistas. En otras palabras y siguiendo las leyes del capitalismo, con la implantación de medidas que sirven de favor salubre-económico aumenta la tasa de explotación, concentración del capital, se acrecienta la competencia de sus productos y se solidifica el seguro del desempleo.

En México, Guatemala, Costa Rica, Ecuador, Argentina y Perú las redes de trabajadoras y trabajadores han formulado acciones transfronterizas para visibilizar, a través de demandas y denuncias, la violencia contra los derechos laborales fundamentales que enfrentan como personas repartidoras tras el culto capitalista a la “autonomía” y emprendedurismo. El confinamiento y la forma de obtener ingresos a través de los kilómetros sujetos a una tarifa fijada por la empresa delivery, son factores que ejemplifican que la precarización del trabajo se ha configurado en lo que Adrián Sotelo llama, un nuevo paradigma técnico-industrial(2).

La radiografía de la juventud latinoamericana presenta la precarización como elemento vivo de la clase trabajadora. Un esquema que traspasa la vida laboral y convierte la vida privada en un recurso político de exigencia, mercantilización y legitimación estructural del capitalismo. En la esencialidad de este sistema, las crisis aseguran el carácter acumulativo de la sobreproducción y el mantenimiento de un comercio de masas que enajena el trabajo producido a través de la captación total de las fuerzas laborales.

En el tope del costo económico y social de la pandemia crítica, surgen las contradicciones que fundamentan y caracterizan la soberbia extensión ilimitada de la producción y la apropiación privada de los medios. Las condiciones económicas creadas conducen a la desigualdad social y contractual a medida en que estas potencian la explotación del trabajo de un “otro” desconocido, pero necesario para mantener el capital a flote. Estas acciones limitan y condicionan el lugar que ocupan las personas trabajadoras en las estructuras laborales de la precarización empleada y subempleada.

Arriesgarse al contagio o morir de hambre parecen ser las opciones que el capital ofrece a las juventudes latinoamericanas para (sobre)vivir en el globo infinito de absorción laboral y sanitaria. Ante el carácter neoliberal de las compañías de aplicaciones, la falta de oportunidades de cualificación laboral, las tasas crecientes de desempleo y la necesidad urgente de obtener ingresos, resultan ser los factores deshumanizantes de un mercado que exige una alta productividad en demanda y la normalización de condiciones precarias.

De cara a la crisis actual, las repliegas en ganancias de la producción y reproducción capitalista perpetúan el desequilibrio y la movilidad laboral bajo condiciones socioeconómicas y sanitarias perniciosas, que se ocultan en los discursos estratégicos que defienden el esencialismo de las actividades lucrativas y rentables para el capital económico y no humano. Sobre esto habría que preguntarse, ¿qué pandemia continuamos viviendo?


Notas:

1. Este artículo es producto del trabajo realizado en el marco del curso Teoría Sociológica Marxista impartido por la Escuela de Sociología de la Universidad de Costa Rica, cuya profundidad posibilitó el análisis y reflexión de la situación de precarización laboral en las juventudes latinoamericanas.

2. Esto es, según Sotelo (1998), la precarización del trabajo configurada como dispositivo que tiende a incorporarse bajo la recomposición de la nueva organización de la organización del trabajo emergida de la mundialización y los nuevos patrones de acumulación de capital predominantemente neoliberales.

DEJAR UN COMENTARIO

Ingresar comentario
Ingrese su nombre