Un abordaje materialista de la transición socialista

0
2

 

Roberto Saenz

Presentamos a continuación la versión editada y trabajada de una charla a propósito de una escuela de cuadros del Nuevo MAS en marzo de este año (2021).

Lo que vamos a presentar aquí sucintamente es una reelaboración de la teoría –clásica- de la revolución socialista en el siglo XXI que busca restablecer algunos elementos básicos de la teoría política del marxismo que se perdieron de vista -sobre todo- en la segunda mitad del siglo XX, esto como subproducto de acontecimientos complejos y originales que enredaron la cabeza de los revolucionarios acerca de los presupuestos fundamentales de nuestra teoría; de nuestra estrategia revolucionaria.

Titulamos este ensayo “Retomar el hilo de Octubre” porque en la Revolución Rusa –aunque, atención, ningún proceso histórico es mecánico- se tiene la imagen de un protagonismo histórico de la clase obrera (junto con los organismos de poder y el partido revolucionario; el partido bolchevique y la democracia obrera y socialista).

Aunque las circunstancias históricas en estos momentos evidentemente son muy distintas, nuestra teoría de la revolución y de la transición socialista, y nuestra concepción del partido, apuesta a restablecer el protagonismo de nuestra clase en la transformación social como caudillo de los explotados y oprimidos; un protagonismo que se perdió en las últimas largas décadas.Y aunque parece una verdad de Perogrullo, lo que nos moviliza es desarrollar una reflexión teórico-estratégica acerca de retomar ese protagonismo.

Vamos a desarrollar en este ensayo una serie de criterios metodológicos, de consideraciones históricas, de problemas teórico-estratégicos, amén del carácter imprescindible del partido revolucionario, porque la revolución y la transición socialista, además de una lucha contra el enemigo de clase, significa una enorme lucha política en el seno de nuestra clase. También abordaremos -sumariamente- algunas consideraciones –generales- acerca de nuestro marxismo.

Desde el punto de vista teórico-metodológico hay tres cosas para señalar. Primero, nuestra elaboración teórica no es doctrinaria. El marxismo se verifica y se enriquece en la experiencia; la realidad es más grande que nosotros, y es más rica que cualquier teoría–afirmación que realizamos sin hacerle concesiones a ningún pragmatismo, que es una apreciación superficial de las cosas. Nuestra reflexión teórica tiene que dar cuenta críticamente de la realidad. La realidad tiene muchas determinaciones pero en este caso, respecto de la teoría de la revolución y la transición socialista, lo que nos interesa sobre todo –y lo que nos diferencia de otras corrientes del marxismo revolucionario– es dar cuenta de los problemas que ocurrieron a partir de la sustitución de la clase trabajadora –sus partidos y organizaciones propias- a la hora de la revolución y la transición al socialismo (sobre todo en la segunda posguerra).

Quizás a los jóvenes les parezca sorprendente esta afirmación pero, en general, las teorías de la izquierda revolucionaria en la segunda mitad del siglo XX se adaptaron a la ausencia de la clase obrera en la transformación social; le otorgaron un carácter de revoluciones “socialistas” a procesos anticapitalistas progresivos pero que se caracterizaron por la ausencia de cualquier protagonismo obrero (por la ausencia de cualquier protagonismo autoconsciente de nuestra clase).

Nuestro esfuerzo teórico-estratégico es por restablecer la centralidad de la clase obrera como sujeto histórico en nuestra concepción. Nos hemos visto obligados a contraponer, en cierto modo, la realidad a una serie de esquemas doctrinarios que les agregaron determinaciones inexistentes a los procesos revolucionarios posteriores a la Segunda Guerra Mundial –incluso, también, a procesos de expropiación del capitalismo que no fueron llevados adelante mediante ninguna revolución sino mediante la ocupación de países.

Acá tenemos una verdad que debería ser de Perogrullo –por no lo ha sido en la inmensa mayoría de la izquierda desde los años 1930 del siglo pasado:no es lo mismo si la clase obrera está presente en un proceso con sus organizaciones y partidos, que si no está.

Si no está,no se puede inventar que está,porque no es lo mismo un proceso anticapitalista que expropia a la burguesía pero no lleva a la clase al poder y, por lo tanto, no es socialista, que si la clase trabajadora y sus organizaciones es la que se hace cargo de esta tarea. Se ha abusado de las palabras a la hora de definir la experiencia anticapitalista de las últimas décadas del siglo XX al otorgarle a estos procesos el carácter de “socialistas” sin detenerse a pensar qué significa esta palabra.

Nuestro esfuerzo trata de llevar adelante una teorización sobre la experiencia real;sobre lo que realmente ocurrió. Buscamos hacer una reflexión que sin quitarle riqueza a los procesos –porque no es cualquier cosa expropiar al capitalismo por medio de revoluciones inmensas como la revolución campesina en China–;que reconociendo su carácter progresivo;deje de atribuirles una connotación “socialista” a revoluciones donde la clase obrera estuvo ausente como clase histórica tal (por clase histórica entendemos una clase social que es protagonista de los proceso históricos bajo la forma de un proceso de auto emancipación[1]). Pretendemos realizar una teorización a partir de la experiencia real; en nuestro caso inclinando la vara para entender el significado que tuvo la ausencia de este protagonismo.

La elaboración marxista combina la apreciación de la realidad con la defensa de nuestras conquistas teóricas. Un abordaje de la realidad tirando por la ventana nuestro bagaje teórico sería un puro pragmatismo; un abordaje hecho puramente en función de “categorías”, de manera abstracta, que desconozca, que no dialogue, que no se encarne en la realidad, sería doctrinarismo. Nuestra elaboración pretende dialogar con la experiencia real de los trabajadores y las masas oponiéndonos a los criterios puramente doctrinarios (hemos señalado en muchas partes la importancia que la damos al concepto de experiencia en el marxismo[2]).

Lo segundo es que la teoría política del marxismo es una teoría de la auto-emancipación de la clase obrera; apuesta al protagonismo histórico de la clase, su vanguardia, sus partidos, etc., para la revolución socialista y la transformación social. La revolución socialista y la transición al socialismo no dependen de ningún automatismo biológico, económico, cósmico, físico; la transformación social es una interacción entre lo que nos viene dado, las condiciones de existencia en las cuales estamos y luchamos, y nuestra acción colectiva como clase. Nadie va a hacer una transición socialista sin nuestro protagonismo –es decir, sin el protagonismo histórico de la clase obrera y sus organizaciones y partidos. Y este protagonismo es histórico porque como lo señalaron Marx, Luxemburgo, Trotsky, Lenin y Gramsci, se trata de la primera experiencia histórica en la cual las amplias masas hacen una revolución en su propio beneficio –en su propio nombre.

Las condiciones materiales creadas por el capitalismo, a pesar de la destrucción ecológica, y las condiciones culturales de la humanidad, colocan en un plano inmenso, importantísimo, histórico en el sentido de la superación de la prehistoria de la humanidad, de la historia alienada,la transformación consciente de la sociedad (con la humanidad ingresamos en la historia ha dicho Engels en el sentido de la acción humana transformadora y no solo transformadora, sino crecientemente autoconsciente).

Claro que afirmar esto es sencillo;lograrlo dificilísimo –así lo ha demostrado la historia de los últimos cien años. Porque la transformación histórico-consciente significa un grado de maduración social, cultural y política como no ha habido nunca antes en la historia de la humanidad. Pero precisamente por ello la revolución socialista se diferencia de todas las demás revoluciones sociales anteriores.

Por supuesto que este proceso no puede concebirse “a la violeta”; es una lucha a muerte contra el enemigo de clase, en el seno de la misma clase, contra el atraso, contra el sindicalismo, contra el corporativismo; de ahí el carácter imprescindible del partido revolucionario que se instala en la instancia de la política, en la tensión subsistente todavía de la política como asunto de “pocos”, no todavía de la inmensa mayoría (el elemento jacobino tiene una pizca de verdad en el sentido que hay que transformar las condiciones de existencia de la mayoría para que puedan aplicarse realmente, materialmente, cultural e interesadamente –los gustos son históricos afirmaría Marx- a los asuntos generales).

Por otra parte, la teoría política del marxismo, su apuesta a la auto-emancipación política y social, parte de una confianza profunda en la capacidad de la humanidad de auto-determinarse. Esto conlleva un contenido profundamente humanista que es un antídoto contra los aparatos burocráticos: la sustitución, el “no te preocupes que yo me ocupo”, “lo hago desde el aparato”. El marxismo posee una suerte de “apuesta antropológica”en que la humanidad explotada y oprimida puede decidir su destino (Moreno y Mandel tenían una sensibilidad común a este respecto)[3].

No es cualquier cosa. Es profundo este tema. Porque la humanidad arranca como siendo puro objeto, ningún sujeto. La capacidad humana, con el desarrollo de las fuerzas productivas y cómo la humanidad se hizo a sí misma (Gordon Childe), colocan la posibilidad de la dirección consciente de los asuntos.

Esa teoría política está en Marx, y ese espíritu cruza al marxismo revolucionario aun si vino Lenin y nos dijo “hay que construir partidos revolucionarios porque la clase sola es sindicalista”; aun si vino Rosa, que tenía una confianza inmensa en la auto-emancipación, pero se le escapaba la necesaria lucha del partido de vanguardia; aún si la mecánica de masas, vanguardia y partido (partidos), es muy compleja; aún si la reapropiación de la política, de los asuntos generales por las masas populares, es de una inmensa complejidad histórica (como se pudo ver, por ejemplo, con la degeneración de la Revolución Rusa[4]).

Esto es importante porque la inmensa mayoría de las corrientes de la izquierda dan volteretas de los más extrañas para no partir de esta perspectiva, de esta potencialidad histórica de auto-emancipación, del protagonismo de la clase obrera, que no es verdaderamente clase tal si no se afirma como clase política (Marx), porque sin elevarse a clase historia resta como materia pura y dura de explotación.

Y la tarea de la clase obrera es universal porque su emancipación se lleva adelante emancipando a todos los explotados y oprimidos; porque no pretende una nueva dominación. Históricamente se han creado las condiciones materiales-culturales para ello, pero atención: hay que hacer la revolución y fusilar a la burguesía; no es un paseo. Está planteado todo un proceso de transición entre el “fango” de la lucha de clases cotidiana y las perspectivas histórico-potenciales en obra (y es en esa tensión dialéctica donde cobra todo su espesor la política revolucionaria y el partido revolucionario, así como el trabajo de la vanguardia).

Esto no es sólo la teoría de la revolución de Trotsky y Lenin. Filosóficamente se encarna con la apuesta, con la convicción humanista de Marx. Estudiamos a Trotsky y a Lenin. Pero a veces nos cuesta entender que son parte de una familia más amplia, de una tradición más amplia forjada por Marx y Engels, que contiene una convicción inmensa en que la humanidad oprimida y explotada puede dirigir los asuntos conscientemente y transformar la realidad.

Lógicamente,está también la comprensión de que esa batalla no es automática; se puede perder o ganar, ir a la barbarie. “Socialismo o Barbarie” no es solo una frase de Rosa Luxemburgo. Después del estalinismo, del fascismo, de las guerras mundiales, del Gulag y los campos de concentración, de las dictaduras latinoamericanas o, ahora, con el desastre ecológico-mundial, comprendemos mejor que es una lucha (es decir, repetimos, que no existe ninguna vía regia al socialismo como se llegó a pensar; ninguna necesidad que abra el camino como siguen pensando algunos “trotskismos”).

De lo que estamos hablando, en el fondo, no es más que de una reflexión estratégica para la lucha; no se trata de un mero análisis;son palabras cargadas de pólvora y de pimienta para la pelea contra el enemigo de clase(así como también la lucha –paciente- contra el atraso político y cultural de la clase y la lucha de tendencias socialistas).

Un tercer tema todavía introductorio es que el siglo anterior expresó una tremenda paradoja que se continúa hasta hoy. El siglo veinte comenzó con un protagonismo político descomunal de la clase obrera. No solo las tres Revoluciones Rusas: Gramsci, L’Ordine Novo, los obreros de Turín, la Revolución Alemana, la Revolución Española, etcétera,todos procesos con un  inmenso protagonismo de la clase obrera.

La contrarrevolución estalinista en la ex URSS, la traición de las revoluciones en Occidente cuando el final de la segunda guerra (Francia, Italia, Grecia), la liberación transformada inmediatamente en ocupación de los países del Este europeo, etcétera, terminaron trasladando el foco revolucionario mundial a China y el Oriente dando lugar a revoluciones anticapitalistas sin el protagonismo de la clase obrera. Y sin otra cuestión clave: sin –tampoco- el protagonismo independiente de las masas populares en general.

Hoy estamos en “otro mundo”: recomienza la experiencia historia de la lucha de clases por intermedio de rebeliones populares que conmocionan los 4 puntos cardinales del globo pero todavía son, más bien, procesos espontáneos con grandes experiencias de lucha pero sin maduración suficiente de los elementos de subjetividad: conciencia socialista, organismos independientes y partido revolucionario.

Entonces, si pensamos en la primera parte del siglo veinte, cartón lleno: Lenin y Trotsky, la III Internacional revolucionaria, todo;“tocamos la corneta”. Si pensamos en los procesos de hoy, bueno, no está la clase obrera, no hay partidos revolucionarios, no hay conciencia de clase;pero hay una recuperación de la acción independiente en una nueva generación(que es el efecto positivo de la caída del estalinismo).

Ahora, si vemos la segunda posguerra, ¿qué se nos viene a la cabeza? Lo más lindo es el Che Guevara, una figura heroica, que decía “con veinte pelotas hacemos la revolución”… Ho Chi Min ya era –o se transformó en- un estalinista repodrido en Vietnam[5]. O el generalísimo Stalin, que aparece a la cabeza de la liberación del nazismo en el Este europeo pero inmediatamente ocupa militarmente dichos países avasallando los derechos nacionales de las poblaciones nativas[6]

Hagamos el recuento: hubo un revolución campesina, anticapitalista, heroica, encuadrada burocráticamente en China en 1949; derrota revolucionaria del nazismo encuadrada burocráticamente por Tito en Yugoslavia, sin clase obrera, pero que fue una revolución. Pero también hubo ocupación del Ejército Rojo y expropiación de los burgueses sin revolución en los países del Este europeo, que el trotskismo tradicional, a la izquierda de algunas corrientes criollas, definió como un proceso de “asimilación estructural” al “sistema” vigente en la URSS, pero no como una “revolución proletaria pasiva” como afirma alguna corriente gauchesca y que es la estupidez más grande que se pueda pensar (¿desde cuando puede hablarse de que la revolución proletaria pueda ser pasiva, es decir, sin su protagonismo histórico?[7]).

Entonces tenemos tres circunstancias históricas muy distintas. Una circunstancia clásica que forjó la teoría clásica de la revolución permanente de Trotsky, donde el protagonismo de la clase obrera se daba por descontado. Salto a la tercera etapa, la actual, donde no hay ese protagonismo, no hay conciencia anticapitalista, y mucho menos socialista, donde hay rebeliones pero aun no revoluciones, donde las organizaciones de la izquierda revolucionaria somos de vanguardia, con cierta influencia muy valiosa, cuando no organizaciones de propaganda, donde hay un reinicio de la experiencia histórica (empieza a haber un ensayo general de experiencia independiente de sectores jóvenes, vanguardia, movimiento de mujeres, etc., en algunos casos muy radicalizado en las acciones aunque no así en la conciencia).

Es decir: existe un recomienzo de la experiencia pero todavía no revoluciones sociales hechas y derechas. Esto es producto, entre otras cosas de que, además de la crisis de alternativa socialista por la caída del estalinismo que todavía subsiste, hay, contradictoriamente, liberación de energías, aunque no todavía mayormente de la clase obrera.

Pero en el medio de estas dos circunstancias históricas, en la posguerra, hubo sí enormes revoluciones anticapitalistas pero sin socialismo; donde la clase obrera no tomó el poder, fue sustituida. Y porque fue sustituida, y porque no se extendieron internacionalmente dichas revoluciones (por la traición del estalinismo),se terminó en el bochorno de la caída –pudrición, derrumbe- del estalinismo en 1989/1991.

¿Cuál es el problema acá? Que la teoría de la mayor parte de las corrientes trotskistas sin Trotsky en la posguerra han forjado sus herramientas teóricas con la segunda etapa de la que estamos hablando; ni con la primera ni con esta tercera, con la segunda, donde “anticapitalista” y “socialista” han sido puestos, mecánicamente, abusivamente, como sinónimos. Y nuestra corriente busca romper esa asimilación, esa relación mecánica entre anticapitalismo y socialismo. Defendemos las conquistas anticapitalistas, defendemos la expropiación de la burguesía y la estatización de los medios de producción más importantes. Pero si la clase obrera no va al poder, opinamos que no hay Estado obrero ni transición al socialismo, y, además, la revolución queda aislada en un solo país bajo el esquema del “socialismo en un solo país” o en varios países aislados (Naville).

Es central romper esta idea de “objetivamente socialista” aunque jamás perdiendo de vista que de todas maneras defendemos la expropiación de los burgueses, la estatización de los medios de producción. Pero romper esa asimilación mecánica es fundamental para la teoría de la revolución socialista de cara al siglo XXI, porque es una manera de devolverle el protagonismo a la clase como apuesta estratégica.

Tampoco es una petición de principios: si hubiera sido todo hermoso bajo Fidel Castro o bajo Stalin, buenísimo… Pero parece que tan “hermoso” no fue;hubo conquistas que después se degradaron terriblemente.

Lo importante es separar anticapitalismo de socialismo, no es lo mismo. Participamos en los procesos anticapitalistas –no se le puede poner condiciones a la realidad- y opinamos que expropiar a la burguesía es recontra progresivo, desde ya. Pero nuestro objetivo -de fondo, estratégico-es al auto-emancipación de la clase obrera. El desarrollo de las fuerzas productivas, la revolución mundial, etc., todo está al servicio de esa emancipación. Nuestra corriente, pequeña como es, lucha por el poder de la clase obrera; no se conforma con las medidas anticapitalistas tomadas por alguna burocracia.

Socialismo o Barbarie lucha para que la clase obrera con sus organizaciones revolucionarias, sus partidos y sus organismos instaure su dictadura del proletariado con mecanismos de democracia obrera. No nos conformamos con otra cosa porque científicamente opinamos que esa otra cosa lleva a otro lado que no es la transición socialista ni el Estado obrero, sino el Estado burocrático –esto no es un invento de la corriente SoB, sino nuestra interpretación de la experiencia del siglo pasado.

Hay dos ejes teóricos presididos por una definición: la teoría de la revolución socialista y la teoría de la transición al socialismo están íntimamente vinculadas. La teoría de la revolución permanente clásica, la de Trotsky, es una teoría de la transformación de la revolución democrática en socialista; es una teoría de la permanente transformación revolucionaria de las relaciones sociales en el país donde ocurre la revolución, y es una teoría de la revolución mundial.

Se puede resumir pedagógicamente diciendo que es una teoría de la revolución y de la transición al socialismo; unifica dos teorías.¿Qué es la teoría de la revolución? La que nos ordena en la lucha por el poder de la clase obrera, la destrucción del Estado burgués y la puesta en pie del Estado o semiobrero, la dictadura proletaria. ¿Qué es teoría de la transición? Lo que pasa al otro día de la revolución (que entraña complejidades tan o más grandes que la propia toma del poder; que el proceso previo hacia el poder).

No solamente ha habido problemas en las corrientes en cuanto a la teoría de la revolución socialista, también ha habido una separación mecánica entre el día de la revolución y el día después(Raya Dunevskaya).Nos interesa unir la película entera, poder apreciar las revoluciones, con sus alcances y límites, y también qué pasa al otro día, a la hora de la transición socialista.

Ambas teorías –la de la revolución y la de la transición– remiten a la teoría de la transformación social sobre bases revolucionarias, no reformistas –aunque durante una transición se hacen reformas–, que es una teoría de la revolución mundial; una teoría de la revolución mundial con el protagonismo de nuestra clase.

Y la complejidad que tiene es que es una teoría de la revolución permanente, donde un nivel exige otro nivel: la revolución en un país exige hacer la revolución en otros países para poder desarrollar las fuerzas productivas y derrotar al imperialismo, que te va a atacar. La revolución dentro del propio país, la expropiación de los burgueses y el poder de la clase obrera, exige continuar las transformaciones sociales dentro del propio país, por ejemplo, acabar con el patriarcado, cosa que no sucede por el hecho político de la toma del poder.

Y una cosa más profunda. La revolución socialista es una revolución política con un contenido social (Marx): quiebra el Estado burgués y lleva al poder a la clase obrera, con un sector importante de la vanguardia y sus partidos que, encarnando los deseos de las amplias masas, a la cabeza de la revolución, deponen el poder burgués y toman el poder. Pero es también una profunda revolución social, porque necesitamos la acción de toda la clase trabajadora para demoler las viejas relaciones sociales (la revolución socialista, su contenido, comienza donde arranca la acción organizadora, positiva, dice Marx).

Marx dice que la revolución socialista es una revolución política con un alma social. Dice, también, que todo lo que la revolución tiene de deposición del viejo orden, quiebre del Estado burgués, eso es la revolución política (el momento de la negación, dice él). Pero cuando se plantea la tarea organizadora, positiva, empieza la revolución social (ista). Dicho así puede sonar un poco mecánico; pero es profundo el abordaje (revelador). La teoría de la revolución del marxismo incluye la teoría de la revolución y la teoría de la transición.

Dicho rápidamente, podemos decir que la teoría de la revolución tiene que ver con cómo llegamos al poder, y la de la transición con qué hacemos después (qué hacemos con el poder). Las dos cosas son muy difíciles y están estrechamente vinculadas. Y, en realidad, remiten a una sola teoría de la revolución permanente(o una teoría de la revolución política con un alma social).

¿Por qué revolución anticapitalista y socialista no son lo mismo? Después de la toma del poder, los medios de producción son estatizados. El problema es quién los maneja. Trotsky dice que la estatización de los medios de producción, el pasaje a la propiedad estatal y al comando centralizado de la economía por parte del Estado, le dan al poder estatal y al gobierno un peso mayor que bajo el capitalismo(donde el Estado burgués maneja la política pero no las empresas). Si la revolución socialista le da la centralización de todas las empresas al Estado, el hecho de que el Estado esté en manos de la clase obrera es fundamental, porque si no empiezan de nuevo los privilegios (la propiedad estatizada puede esconder, de hecho esconde si es monopolizada por una burocracia, la emergencia de nuevos privilegios, la apropiación desigual de dicha propiedad, de parte de ella, o de toda ella, por unos pocos[8]).

La revolución le da al Estado un peso inmenso al poner todos los medios de producción en sus manos; si la gestión de esos medios de producción es colectiva, es decir, resuelta democráticamente para que sea la clase obrera la que aproveche esa gestión, es una cosa; pero si es oscura y ciega, de espaldas a la sociedad explotadas y oprimida, manejada por una burocracia que se enriquece al calor del poder, es otra cosa–muy- distinta[9].

No nos satisface la definición de “Estado obrero” (incluso burocrático) sólo por la expropiación de los medios de producción sin que se sepa qué clase está al frente del Estado, o sea, al frente –¡de manera efectiva!- de esos medios de producción. Ojo, que aun tratándose de un Estado obrero auténtico, no es socialismo (no estamos aun en el estadio del socialismo, del acabamiento de la miseria y la necesidad y de las relaciones de valor-trabajo): en un Estado obrero persiste la miseria y la desigualdad; hay que auto-explotarse porque podemos estar aislados del mercado mundial, porque no tenemos el suficiente desarrollo de fuerzas productivas, etc. La revolución política, la quiebra del poder burgués, no resuelve todos los problemas:solo crea las condiciones para resolverlos, que no es lo mismo (este abordaje básico materialista-histórico está ausente en la abrumadora mayoría de las corrientes “trotskistas”).

Socialismo es el fin de las clases y la abundancia,y eso no ocurre al otro día de la toma del poder. Por eso es imprescindible que esté la clase obrera, con el partido (o sus partidos y/o tendencias aunque la lucha hegemónica nunca acaba y esta bien que sea así porque produce un mecanismo de selección natural y competencia que más allá de cualquier cosa es sano y necesario para mantenerse vital), con los organismos de democracia obrera, al frente del poder. La transición al socialismo, acabar con las injusticias, es un proceso largo-como explica Lenin en El Estado y la revolución o Trotsky, brillantemente, en La revolución traicionada. En el socialismo es cuando se terminan la explotación y la opresión; no en la transición (la transición socialista es socialista por su aspiración a acabar con las relaciones de desigualdad materiales y a que el poder sea tomado en sus manos por cada vez más amplios sectores populares –lo que, atención, no quiere decir que quede por abolida la lucha política y de tendencias, que es otra cosa, u otro costado de la cuestión[10]).

En la transición socialista la clase obrera toma el poder para ir para ese lado; para ir disolviendo los mecanismos de explotación y opresión. Y eso te indica –eso, es decir, si dichas relaciones desiguales tienden a disolverse- si se está yendo para ese lado –para el socialismo. Si se inicia el proceso de transformación, vinculado a la revolución mundial; si se empiezan a reabsorber las relaciones de desigualdad, o el atraso económico, etc., así como las relaciones de opresión política. Por ejemplo: imagínense a Stalin con el pueblo mapuche. ¿Qué se hace con los mapuches, que se consideran una nación independiente? Seguro que en una revolución socialista en Argentina y Chile, por caso, serían parte –seguramente diferenciada de algún modo, con sus propias reivindicaciones, etcétera- de los que luchan por la revolución. Entonces después –o más bien durante la revolución- te exigen –lógicamente- “queremos ser una nación independiente”… ¿Qué les diría Stalin? “Ni locos, eso divide la centralidad del Estado”… y manda a aplastar a los mapuches (como hizo con los georgianos y tantas otras nacionalidades oprimidas antes de la Segunda Guerra Mundial y también después). ¿Qué diría Lenin? “El derecho a la autodeterminación nacional es incondicional; su reclamo ancestral de tierras es justo (no olvidar que fueron expropiados por la conquista). Que el pueblo mapuche haga su experiencia, que traten de forjar su Estado. Y cuando se den cuenta que aislados no pueden resolver la miseria, quizás entren a la federación socialista”.

Así, todos los problemas de la revolución se empiezan a plantear con la toma del poder; la tarea no termina ahí aunque tomar el poder es dificilísimo y somos “una secta insignificante”…Lenin decía en 1921 o 1922 que muchos comunistas creían que lo más difícil era la revolución pero que quería contarles una novedad: lo que viene después es todavía más difícil–exagero para que se me entienda porque ambas tareas son históricas y malditamente difíciles, así como es muy difícil construir un partido revolucionario serio y con influencia orgánica de masas-. También por eso la revolución es permanente;la tensión revolucionaria no se termina nunca.

En el caso de la ex URSS, con Lenin vivo, la discusión por Georgia hizo que Lenin rompiera –definitivamente-sus relaciones de confianza con Stalin –además del maltrato a su compañera por parte de este último–. La razón por la cual Lenin dice “hay un problema tremendo con Stalin”, es la cuestión nacional, se maneja como un gran Ruso imperialista. Rusia era un imperio, oprimía a muchos pueblos anexados al imperio, y un subordinado de Stalin (Ordzonikidze) fue al comité central de Georgia y le pegó una cachetada a un dirigente georgiano… Y Lenin se preocupó tanto por esta actitud Gran Rusa que planteó que se lo echara del partido. Si les pegas una cachetada a los mapuches, se los entregas a la contrarrevolución. No es joda:se los servís al enemigo de clase.

Entonces, no es lo mismo quién está en el poder, es fundamental (nuestra clásica preocupación por el qué de las tareas, el quién las lleva a cabo y los modos, el cómo). Y ni hablar del proceso en la URSS después, cuando la burocracia empezó a explotar a la clase obrera.

Anticapitalista y socialista plantean dos perspectivas distintas(y también dos caracteres del poder distintos). En función de la experiencia histórica, nuestra concepción del poder es la clase obrera con el partido revolucionario y sus organismos tomando el poder. Lo que sustituye al Estado burgués son los organismos de poder de la clase. Y eso no tiene nada que ver con el estalinismo, donde son los aparatos los que tienen el poder(aparatos que dicen “representar” a la clase obrera pero hacen valer sus propios intereses sociales privilegiados parasitando la revolución anticapitalista).

Repetimos. Es el qué, el cómo y el quién: qué tarea, cómo se lleva a cabo, y quién la lleva a cabo. La tarea: resolver la relación con los mapuches. Cómo la lleva a cabo Stalin -o cualquier aparato burocrático-: negando a los cachetazos el derecho de autodeterminación nacional; un camino anti-socialista. Cómo –y quién- la lleva a cabo la democracia obrera, los revolucionarios: respetando el derecho de autodeterminación y confiando en ganar a los mapuches para la federación socialista;un camino socialista que fortalece las bases sociales de la revolución y emancipa no solo a la clase obrera sino a los demás sectores sociales.

La propiedad privada capitalista es una relación económica, no política. La Constitución consagra su validez, pero las sociedades anónimas, las juntas directivas, los pooles de siembra, etc., son instituciones de la sociedad civil, no del Estado ni de la política; allí están representados los burgueses sin importar si son macristas o kirchneristas o lo que sea. La propiedad estatal, en cambio, es una forma de propiedad distinta, es una institución de la política, político-económica,una forma híbrida, que puede ser de todos o no ser de “nadie”…Para que sea aprovechada en dirección a la transición al socialismo, tiene que tener al lado, estar sometida, a los organismos de poder de la clase obrera, a su partido revolucionario, a la planificación democrática, soviets, a la libre discusión de ideas para decidir qué hacer con la propiedad. Al ser una institución pública, no tiene un carácter automáticamente obrero si no es la clase obrera la que decide qué hacer con la propiedad. Es anticapitalista porque expropiaste a los burgueses, por la negativa.Pero su afirmación positiva depende de que la clase obrera sea la que decida qué hacer con ella y con la producción.

En el Estado obrero y la transición al socialismo las relaciones entre política y economía no funcionan igual que bajo el capitalismo, es distinto. Sólo en el capitalismo lo que es economía es economía y lo que es política es política;en la transición se mezclan las categorías. (Abordar la transición socialista, el Estado obrero, con las categorías fijas, separadas del capitalismo, economía y política como esferas no contaminadas, es un error de leso materialismo histórico.)

Esa es la dificultad para definir un Estado obrero sólo en función de la propiedad y sin mirar quién tiene el poder –qué clase lo tiene realmente-. Si se pone la propiedad al servicio del mejoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores y las trabajadoras… o al servicio de una burocracia. Sin perder de vista que puede haber renunciamientos conscientes, que podemos decir “trabajo más en este momento para que salga la producción”, renunciamientos conscientes, repetimos, decididos colectivamente, inevitables dadas las circunstancias, no como imposición de la burocracia, eso es parte de la emancipación; si la cuestión es una imposición de la burocracia, ya estamos en otro nivel: es el relanzamiento de nuevas relaciones –aun sean inorgánicas- de explotación del trabajo ajeno.

Pregunta: Dijiste que la teoría política del marxismo es la auto-emancipación de la clase obrera. ¿Y eso cómo es?

Respuesta: Bueno, no es un parque de diversiones. La clase obrera tiene vanguardia y retaguardia;políticamente es heterogénea. La mayor parte defiende los intereses inmediatos pero no tiene idea de sus intereses históricos. El sindicato es una conquista progresiva pero es también y simultáneamente una institución del Estado burgués que te mantiene como asalariado. Nunca a través de la lucha sindical vas a emanciparte de la explotación (por el contrario: el criterio sindical, reivindicativo, supone insuperable tu condiciones de trabajador asalariado, de explotado). ¿Qué es lo que te emancipa? Acabar con el orden burgués;no solo conquistar un mejor salario. ¿Hay que juntar las dos cosas? Sí, no hay que ser sectario, obvio. Pero ¿quién pelea por los intereses históricos de la clase obrera, quién conecta el interés inmediato con el histórico? Los revolucionarios; el partido revolucionario.Ni siquiera lo puede hacer –hasta el final- el dirigente sindical honesto en su papel de tal, que puede ir al clasismo, pero no es el socialismo; el dirigente sindical siempre tiene la presión de intentar no romper con una franja de los obreros; porque de hacerlo así, en el límite, dejaría de ser dirigente de conjunto (de ahí la presión sindicalista hasta en los mejores compañeros), aunque, atención: no solamente hay que revolucionar los sindicatos en nuestra acción sindical –claro que sin esquemas, sin despegarnos de la base- sino que, además, sin perder la conducción sobre el conjunto, pero volando un milímetro más alto –volar bajo es hacer puro sindicalismo- también puede ocurrir que el conjunto avance –dependiendo también de la lucha de clases- hacia un sindicalismo revolucionario que, de todas maneras, siempre, siempre, siempre requiere agrupar a los compañeros y compañeras más avanzados en el partido político; en una célula del partido que meta presión por la izquierda. Es decir, con un criterio que va más allá de lo reivindicativo.

Lo que conecta el interés inmediato con el interés histórico es el partido revolucionario. Les doy un ejemplo de la URSS. Cuando termina la guerra civil hubo huelgas contra el partido bolchevique. Lenin decía “hay que dejar que las haya”, que haya sindicatos y los obreros se puedan defender. ¿Pero cuál es la paradoja ahí? Que el país estaba tan destruido por la guerra civil que un sector de los trabajadores, defendiendo sus derechos inmediatos, perdían de vista sus intereses históricos, a los que solo representaba el partido bolchevique.La tragedia de Kronstadt fue un poco esta: Lenin dijo “es una tragedia, los obreros tienen razón, estamos mal, venimos de una guerra civil, pero si el partido bolchevique cae viene un poder burgués, no hay tercera opción”. (El balance de Kronstadt es complejo y no podemos desarrollarlo aquí; lo más grave de todo, además de la demagogia de Zinoviev que enardeció de manera populista las bases de la guarnición por una pelea interna contra Trotsky, fue la represión posterior una vez reducido el levantamiento que, eventualmente, fue demasiado exagerada. Sin embargo, a no olvidarse, en la guerra civil hay acción y reacción, y es muy difícil “auto-limitarse” en un contexto de una polarización tal. Atentos, también, que el levantamiento no cayó bien entre los obreros urbanos; y este es también un dato confirmado por la historiografía más reciente. Kovalevsky, ídem, Inprecor[11].)

Después hay otra cosa más para la transición: las relaciones respectivas entre política y administración. No fusionar los organismos del partido con los del Estado. El Estado tiene funciones administrativas y se le pierden los objetivos políticos, y, además, establece –debe establecer- relaciones con otros Estados que no son lo mismo que las relaciones fraternales entre partidos y clases internacionalmente regidas por el criterio de la lucha de clases.

Esta mediación, esta dificultad, esta diferencia o brecha entre el interés inmediato y el interés histórico de la clase obrera justifica al partido revolucionario, le da una explicación material, en la previa de la toma del poder, durante esta y después, porque esa lucha para que la clase obrera se eleve a clase histórica, a sus intereses históricos, continúa (o, más bien, recién comienza). No hay auto emancipación sin partido revolucionario; es una caricatura lo de John Holloway: “Cómo cambiar el mundo sin tomar el poder”. No se puede; así de sencillo, es imposible, es ridículo, antimaterialista.

Obviamente, no se construyen partidos revolucionarios con influencia de masas si no hay cierta radicalización en la clase. El partido no es un factor externo –o independiente- que inventa todo; se nutre de un medio ambiente. Y lo que no te da el medio ambiente, no te lo da nadie. Y eso es más objetivo que el partido. Pero a la vez, si no lo construimos, sino colocamos un inmenso esfuerzo subjetivo en ese contexto objetivo, e, incluso voluntarista, yendo “más allá del contexto”, no lo construye nadie[12]. El partido es lo menos “objetivo” que hay en el sentido que a diferencia de los organismos de poder o de las coordinadoras o de los sindicatos, o de lo que sea, es “exquisito”:jamás surge espontáneamente de clase (sobre todo, cuando hablamos de un partido revolucionario), sino de un esfuerzo consciente, subjetivo y voluntario de selección.

Y esto por la misma razón que lo reivindicativo es espontaneo –más o menos espontaneo-, que surge como “reflejo” activo contra las relaciones de explotación u opresión; pero la política, la generalización de los intereses de clase, la apreciación universal de los asuntos, es una elaboración mucho más compleja;de “segundo piso” en relación a la conciencia popular espontanea.

Es que la conciencia de clase y socialista opera por diferenciaciones, por delimitaciones, trazando fronteras finas, por “trazo fino” y no por –mero- trazo grueso del estilo, simple, de ricos y pobres o cosas así, o viendo al de al lado en la competencia de todos contra todos –que es el reverso de la cooperación entre los explotados- como un adversario.

Además, la política es generalización. Y generalizar no es simple. Requiere de cierta formación además de sacarse de encima toda la basura de la conciencia burguesa, del sentido común, que, como decía agudamente Lenin, siempre se le impone al trabajador de manera espontanea (se trata, por lo demás, de aparatos ideológicos o religiosos, que machacan día y noche estupideces o que reafirman el “vuelo bajo” del sentido común –los medios de comunicación y las redes sociales están infectadas hoy de eso).

Así las cosas la construcción del partido requiere de un esfuerzo consciente de parte de los sectores más avanzados de la militancia y la clase, de la juventud, etcétera, como cristalización de una consciencia que rompe con el sentido común, con lo meramente reivindicativo –esto ultimo más que romperlo, lo supera- y cristaliza, como conciencia de “segundo piso”, socialista, en partido revolucionario.

Porque además, sin partido revolucionario, sin lucha de partidos, no hay toma de poder ni transición socialista. Porque los organismos de poder de clases son eso: organismos, frentes únicos de tendencias políticas de la clases y sino existe una tendencia, un partido (o partidos) que pelean por el poder, que plantean y organizan la toma del poder, no hay poder; los organismos de poder no toman el poder espontáneamente; la toma del poder es un procesamiento político de clase que se da en algún ámbito, en lo posible, en el seno de las organizaciones de masas de doble poder, amén de que la propia preparación física para lanzarse al poder es, suele ser, una actividad conspirativa que requiere que alguien –el partido revolucionario y la vanguardia más decidida- la organicen.

Efectivamente: no se puede cambiar el mundo sin tomar el poder y tampoco se puede tomar el poder sin un partido revolucionario a tales efectos, que esté decidido que su tarea más alta es ganar políticamente a lo mejor de los explotados y oprimidos y organizar tal toma del poder (la prueba más alta para una organización revolucionaria decía atinadamente Trotsky).

Pregunta: explica más lo de la burocracia estalinista

Respuesta: No es lo mismo la burocracia estalinista que la burocracia sindical (un reduccionismo vulgar que era un clásico en el trotskismo de posguerra).La burocracia sindical en Occidente es un parásito de la clase obrera y un agente de la burguesía dentro de la clase; pero al lado tiene a los burgueses. Aunque se hagan patrones a veces, no son los grandes patrones. Nada que ver: los burgueses son los patrones.

En los Estados burocráticos no está la burguesía, está solo la burocracia (un original fenómeno histórico porque, en general, al lado y por arriba de la burocracia hay siempre una clase dominante orgánica[13]). Y esta burocracia cumplió un rol de explotación, aunque de manera no orgánica (es decir, no conformó, no podía hacerlo, un modo de producción independiente[14]): es un parásito –y más que un parásito, una capa social privilegiada- porque se apropia de una parte de la riqueza nacional[15]. ¿Y quién produce la riqueza?: la clase obrera. Y si la burocracia se apropia de toda la riqueza nacional, no de las migajas que le deja la burguesía –por supuesto en el marco del imperialismo, si se lleva toda una parte de la riqueza nacional, el grueso de la misma, no puede hablarse de una burocracia como la de Occidente, como la burocracia sindical tradicional sino que estamos ya frente a un fenómeno de otra naturaleza. Rakovsky dice ya en 1927 que esta burocracia tiende a convertirse en una “capa social” ajena a la clase obrera; que rompió amarras con la clase obrera. No es una burocracia obrera, sindical tipo Occidente, es otra cosa, un fenómeno original.

Respuesta a otra pregunta: Hay dos clivajes en la lucha revolucionaria. Uno remite a la independencia política y a la autodeterminación de la clase trabajadora, con su propia revolución. El otro clivaje remite a la idea de reforma o revolución. El marxismo revolucionario combina ambas determinaciones. Por ejemplo, en el debate del PO, de un cuadro joven de la dirección con Altamira, dicho cuadro decía que el Che Guevara “también hizo una revolución”. Obviamente: el Che fue protagonista de la Revolución Cubana, se jugó la vida y murió en Bolivia. Pero esto no tiene nada que ver con una concepción de auto-emancipación de la clase obrera[16].

Hay una cuestión que une ambos clivajes, porque siempre nuestra política revolucionaria es en relación con la clase, nunca es una abstracción, nunca es la acción del partido separado –mecánicamente, aunque hay autonomía relativa, claro está- de la clase, sino ayudando a que un sector de la clase se eleve. Al mismo tiempo, si no construimos el partido nosotros, como ya está dicho,no lo construye nadie. El partido es lo menos espontáneo que hay. La clase te crea organismos y sindicatos, no te crea partidos. Es abstracto el partido para la clase; le resulta abstracta la política también.

Otra pregunta: Hay una convicción profunda en el marxismo de Marx, Lenin y Trotsky en la capacidad de la clase obrera para emanciparse. En este sentido, nuestro marxismo es humanista[17]. Eso tiene implicaciones: desde la clase obrera abrazamos la emancipación de las mujeres y la comunidad lgbt, abrazamos a los mapuche, la opresión nacional, los problemas democráticos, etc. Nada de lo humano nos es ajeno, frase de Marx clásica pero muy profunda, porque hay idiotas dando vueltas por ahí que dicen que el marxismo “no es humanista” y que hacen del marxismo una caricatura oportunista sectaria sin sacar conclusión alguna de la experiencia del estalinismo[18]. La clase no se emancipa si no les tira una soga al resto de los oprimidos; queda aislada. Y al mismo tiempo tiene que sostener su programa estratégico, no ceder al atraso.

 


[1]Por proceso de auto-emancipación entendemos aquellas revoluciones –socialistas- donde la clase trabajadora y las masas son protagonistas en su propio nombre; es decir, donde los partidos que las representan son la expresión política de un proceso donde la clase explotada como tal realiza un proceso de aprendizaje político, de toma de conciencia, de creciente toma en las manos de masas cada vez más amplias de todas las tareas de dirección de la revolución y la transición socialista (una cuestión que, atención, no puede realizar sin la construcción del partido revolucionario, sin pasar por la instancia de la política, de la generalización de los intereses de clase).

[2]Una idea clásica de la experiencia militante es el “hagamos la experiencia” es decir, la importancia de una verificación práctica de las ideas que tenemos acerca de las cosas y su corrección por parte de esta misma experiencia (una idea similar se encuentra en Trotsky cuando se refiere a los problemas que plantea la planificación económica socialista, por ejemplo).

[3]El ángulo antropológico fue vapuleado en los años 60 y 70 por la escuela althusseriana en el sentido de un esencialismo. Pero no se trata de esto y tampoco de ningún análisis a-histórico, sino de la convicción de que también las relaciones heterónomas, alienadas, fetichizadas, la separación entre explotados y explotadores, entre dominados y dominadores, son relaciones sociales históricas que pueden ser superadas bajo determinadas condiciones materiales.

[4]Parte del contenido sustancial de la transición socialista está marcada por este problema.

[5]Aparentemente simpatizó con el trotskismo como joven llegado a Francia a estudiar a comienzos de los años 30 pero luego giró al estalinismo.

[6]“Antes que los partidos comunistas asuman el poder del Estado en Europa del Este (…) sufrieron una serie de mutaciones políticas sucesivas, consistentes en la ruptura de su propia continuidad política. Esto fue necesario para la transformación de estos partidos obreros en partidos de la burocracia y del poder. El caso extremo fue Polonia (…) A finales de los años 1930, la dirección de la Internacional Comunistas [ya burocratizada hasta los tuétanos] disolvió, por orden de Stalin, el Partido Comunista Polaco (KPP), y sus principales cuadros exilados en la URSS fueron enteramente exterminados” (“Ouvriers et burocrates”, V, ZbigniewMarcinKowalewaki, Inprecoron line, revisado 1 de octubre 2021).

[7]“Jon Bloomfield, retomando un concepto desarrollado por Antonio Gramsci (…) calificó el golpe de Estado en Checoslovaquia (en 1948) de ‘revolución pasiva’, sobre todo que su ‘impulso vino ‘desde lo alto y del extranjero, lo que tuvo enormes implicaciones’. Si se trató de una ‘revolución pasiva’, uno ve inmediatamente cual es la principal diferencia entre ella y una ‘revolución activa’ como la yugoeslava [el ejército de Tito echó bajo sus propias fuerzas al ejército nazi, esto independientemente que no la consideramos una revolución socialista; pero al menos fue una revolución, R.S.]: el hecho que contrariamente a Yugoslavia, lo que ocurrió en Checoslovaquia fue una asimilación estructural al régimen estalinista” (Kowalewski, ídem).

[8]Mil veces hemos repetido la frase común del Este europeo: “la propiedad que se declara de todos no es de nadie y se la apropian –aprovechan- los más vivos”.

[9]“La adhesión al partido comunista polaco refundado (PPR) ‘fue el resultado de una intensificación significativa de las actitudes conformistas-oportunistas y subproducto de un alto nivel de autoritarismo’, donde la tendencia era a la sumisión a ‘un Estado no democrático donde todas las esferas de la vida social estaban subordinadas a la burocracia centralizada del partido” (Kowalewaki, ídem).

[10]Abordaremos esto en un próximo libro que está en trabajo para ser publicado en 2022.

[11]El Cronstadt de Jean Jaques Marie es un libro de consulta bastante reciente sobre el tema y muy equilibrado al respecto.

[12]Ya hemos escrito en varios lados que dado un determinado paralelogramo de fuerzas que se crea en gran medida objetivamente el partido da un plus que no está en la realidad, crea un arco de tensión de fuerzas que modifica la realidad, modifica la historia; “crea poder a partir de la nada”.

[13]Este no fue el caso de las sociedades asiáticas, pero no viene al caso desarrollar esto aquí (ver Engels antropólogo, del mismo autor de esta nota).

[14]Incluso en la transición auténtica lo que se tiene es una formación social marcada por tendencias contradictorias y lo que define su carácter, a nuestro entender, es el carácter del poder, del Estado: qué clase social está, efectivamente, al frente de dicha sociedad.

[15]La definición de parásito quedó, en realidad, superada por la experiencia histórica. Porque un parásito da cuenta de alguien, de un fenómeno, que se nutre de un organismo sano, pero en el caso de la ex URSS lo que terminó ocurriendo es la formación de una capa social –o casta, como la definía Trotsky- que de manera sistemática –bajo formas originales y no orgánicas- se apropió de la parte del león de la renta nacional primero expoliando y luego explotando a la clase obrera y el campesinado medio y pobre.

Tampoco se trató de una clase social orgánica, hecha y derecha, y que consumara derechos propietarios explícitos. Como definió Christian Rakovsky y vamos a desarrollar en nuestra obra de próxima aparición, se trato de una “clase política”, un fenómeno original donde sus privilegios provenían de su lugar en el Estado, de su monopolio del mismo como si fuera su propiedad privada (Marx).

[16]El Che de origen radical y algo sectario con la clase obrera tenía un famoso dicho que rezaba “con cuarenta pelotas hacemos la revolución”…

[17]El humanismo tiene alcances y limites: alcances, relacionados con el rechazo a todas las formas de opresión y explotación; con la apuesta al desarrollo de todas las capacidades humanas en todas las personas. Límites en el sentido que no somos humanistas a la “violeta”, que mandan las determinaciones de clase y más aún en la revolución y la guerra civil, que no pueden dejar de ser eventos sangrientos y que no pueden dejar de pelearse bajo las reglas materiales del ojo por ojo, diente por diente (Serge tenía en esto un abordaje humanista democrático socialista muy reivindicable pero, en el límite, ingenuo, que desarma frente a los rigores de la guerra civil como le señaló Trotsky).

[18]Se trata de los “marxistas” enamorados en segundas nupcias con Althusser y su obra póstuma que sin dejar de tener elementos interesantes, críticas relativamente correctas a la desviaciones oportunistas del eurocomunismo (aunque Althusser jamás rompió con el PCF ni pasó un balance mínimamente honesto de sus traiciones), no se le escapa un elemento de análisis ni de balance del estalinismo; su pobreza y ceguera es franciscana en relación al que es el tema más importante de la estrategia revolucionaria socialista obrera en este nuevo siglo.

Sumate a la discusión dejando un comentario:

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí