Sobre el nazismo y la filosofía de Heidegger

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Facundo Oque

La filosofía de Heidegger tiene una vasta influencia en el pensamiento no-marxista actual. El posmodernismo, la corriente decolonial, los estructuralistas y hasta el ecologismo toman elementos de su filosofía. Aquí ensayamos una breve crítica contextualizada de su pensamiento.

Este artículo se escribe estimulado luego de la lectura de la novela-ensayo “La sombra de Heidegger”, del recientemente fallecido pensador argentino José Pablo Feinmann. En ella, fundamentalmente en la primera parte (carta del padre), se aborda la relación entre la filosofía de Heidegger y el nazismo a la manera de una relación de causa-consecuencia. Este enfoque, que también sostienen otros autores como Rockmore, Nicolás González Varela, y Emanuel Faye, permite una comprensión más cabal de su filosofía y posibilita, según creo, una crítica mejor fundamentada a sus herederos posmodernos y estructuralistas, que abrazaron a Heidegger para alejarse de Marx en la posguerra y que hoy tienen una fuerte influencia sobre las corrientes que, diciéndose de izquierda, teorizan sobre la no posibilidad de cambiar el mundo superando al capitalismo.

 “Quiero ya, que sepas algo, quiero establecerlo desde el inicio: tu padre, Dieter Muller, fue nacionalsocialista y fue profesor en Friburgo durante largos años. Quiero también confesar que me hice nacionalsocialista por Heidegger, que no lo había sido hasta escuchar, en 1933, su Discurso del Rectorado, y que acaso jamás lo habría sido si ese discurso no hubiese sido dicho, desde la plenitud inabarcable de su genio filosófico”. (Feinmann, 2005)

Breve resumen biográfico

Los hechos biográficos que vinculan a Heidegger con el nazismo son ampliamente conocidos desde hace ya mucho tiempo y han suscitado debates desde el primer momento. Resumimos brevemente y a grandes rasgos para el lector que no esté familiarizado con el tema:

Heidegger escribe su obra capital Ser y tiempo en 1927. Tiempo después se afilia al partido nazi (1933) al que sigue vinculado, pagando las cuotas y siendo parte de su actividad hasta su disolución tras la muerte de Hitler y la entrada del ejército rojo a Berlín en 1945. Cuando se produce el ascenso del nazismo, su raigambre provinciana lo hace rechazar ser rector de la Universidad de Berlín (cargo que había ostentado en su momento Hegel) pero más tarde, en alianza con las SA que hegemonizaban el trabajo en la juventud universitaria, llega al rectorado de Friburgo. Cuando asume como rector da un célebre discurso nazi en el que pone fin a la autonomía académica, llama a los estudiantes a combatir por Alemania en todos los frentes (“Servicio del trabajo”, “Servicio de las armas”, “Servicio del saber”) y vincula la misión histórica del nacionalsocialismo con el origen del pensamiento occidental en la Grecia Antigua. Como lo narra Feinmann en su novela, el eje Atenas-Berlín es coronado con la exhortación “todo lo grande existe en la tempestad”, modificación significativa de una frase de La República de Platón, eligiendo la palabra Sturm, que se traduce del alemán como tempestad, pero también es el nombre de las tropas de asalto SA (Sturm-Abteilung) que estaban presenciando el discurso con sus banderas desplegadas, cruz gamada y esvásticas en alto, vitoreando a su nuevo Führer de la filosofía. De sus lecciones, su discípulo Habermas dirá que sus alumnos salían convertidos en oficiales más que en filósofos, en alusión al fuerte peso que tenía su contenido como justificación filosófica del nacionalsocialismo. Heidegger renuncia oportunamente al rectorado de Friburgo poco antes de la llamada “noche de los cuchillos largos” (1 de julio de 1934) donde, en una purga interna, Hitler provoca una masacre contra los SA de Ernst Röhm, su sustento político en la universidad. Pese a tener alguna contradicción por quedar ligado en la interna contra las SS, Heidegger sigue siendo parte del nacionalsocialismo hasta el último de sus días, elogiando a Hitler, dando clases en las que reiteradas veces expresa su filiación nazi o la usa para ejemplificar algún concepto (Introducción a la metafísica, sus cursos sobre Nietzsche, etc.) y en su correspondencia personal publicada recientemente, donde aparecen continuamente expresiones antisemitas. Ya varios años después de finalizada la guerra se niega a condenar el Holocausto, hecho que causará gran repudio al trascender la visita en 1967 del poeta Paul Celan (víctima de Auschwitz) que admiraba a Heidegger y fue a verlo a su cabaña en la Selva Negra alemana esperando escuchar alguna palabra de perdón que humanizara a quien él consideraba un genio del pensamiento. El filósofo guardó silencio. Ligado a su silencio político, oportunamente el concepto de silencio cobró peso en la última fase de su obra cuando se acercó al Zen. Murió en 1976, es decir que no retrocedió de sus posiciones políticas ni 31 años después de terminada la segunda guerra mundial.

Pero, si bien Heidegger era nazi, tan nazi que ni siquiera fue capaz de reconocer las atrocidades del régimen de Hitler, el Holocausto y las matanzas del nacionalsocialismo, ¿lo era su filosofía? Este reiterado y permanente debate es muchas veces soslayado por quienes estiman su pensamiento. Ha sido así a partir de sus primeros discípulos y continúa hasta el día de hoy, en una suerte de “control de daños” que aísla las categorías de Heidegger de su concepción política y social del mundo. Su enorme influencia, que ha impactado fuertemente en la Europa de posguerra, resurgido con fuerza en los ´60 y es base de muchas de las corrientes actuales, de ninguna manera disminuye, sino que por el contrario eleva las exigencias de retomar la discusión acerca de su nazismo, en tanto este es fundamental para entender cabalmente los conceptos filosóficos de su obra y el rol histórico que viene a cumplir la misma. (Rockmore, 1991)

Influenciados por Heidegger

Muchos académicos intentan “separar la obra del artista” considerando la filosofía de Heidegger como sustentable en sí misma, a-histórica, independiente de las decisiones políticas de su autor. Bajo esta representación, Heidegger sería como Tales, que por ir mirando las estrellas cayó a un profundo pozo. Este enfoque se hace fuerte en el hecho de que la muchos de los grandes filósofos (salvo contadas excepciones como Hegel y Marx), tienen una concepción a-histórica del pensamiento (Rockmore, 1991). Bajo este punto de vista, las llamadas “verdades absolutas” a lo sumo pueden estar salpicadas con alguna mancha superflua (que hay que esterilizar) de la vida de cuyos autores sirvieron como canal para traerlas al mundo, pero de ninguna manera pueden estar determinadas ni ser-causa-de las mismas. Bajo esta concepción, la verdad filosófica es única, absoluta y eterna. Y no, como bien lo planteaba Marx, “un problema práctico”, algo de este mundo.

Aquella corriente tan difundida en Latinoamérica, el decolonialismo, que se ocupa tanto en cuestionar el universalismo de las concepciones de los filósofos occidentales para revelar su carácter colonial y europeo, desenmascarando al cogito cartesiano como un “yo conquistador”, rara vez se ha pronunciado acerca del nazismo de Heidegger y la relación con su filosofía. Ellos mismos son herederos de su pensamiento en la crítica a la modernidad, en cuanto basan su análisis en el concepto de “deconstrucción”, con el cual desfragmentan la interpretación histórica, descartando la posibilidad de síntesis que permita interpretarla globalmente y luchar por una transformación emancipatoria a escala mundial. El concepto fue tomado por Derridá del texto de los años ´50 “¿Qué es la filosofía?”, donde Heidegger remite a un párrafo de Ser y tiempo (1927). En ese fragmento, define “Destruktion, no como aniquilar, sino a desmontar, desmantelar”, germen del deconstructivismo posmoderno. (Feinmann, 2006)

También los estructuralistas, y todos aquellos objetivistas teóricos de la anti-estrategia (Foucault, Althusser) que ven al ser humano atrapado como un engranaje de una máquina-estructura que lo determina de manera definitiva, no pueden negar su inspiración en la relación que establece Heidegger entre el hombre y la técnica moderna. Sartre en su momento espetó contra estos filósofos del anti-sujeto en ocasión de las enormes movilizaciones del Mayo Francés: “las estructuras no salen a la calle, sino las personas”. Son los hombres, tomando sus decisiones, quienes hacen la historia. Y toda concepción filosófica que niegue este hecho ata de pies y manos para la lucha por la transformación social, más allá de las determinaciones, contradicciones y dificultades que hay que tener en cuenta para no tomar la afirmación sartreana de manera ingenua o idealista.

En el terreno de la discusión ecológica, el pensamiento de Heidegger tiene aún hoy una fuerte influencia. Sus concepciones llevan la discusión hacia un enfoque que, si bien denuncia los aspectos destructivos de la producción capitalista, cae en una crítica reaccionaria hacia la modernidad y los avances tecnológicos en sí mismos.

Bajo la concepción heideggeriana, la técnica moderna es esencialmente una disposición estructural construida por la humanidad  a partir de la naturaleza que, una vez puesta en marcha basada en la ciencia moderna (que objetiva lo natural entendiéndolo como cantidades cuantificables de recursos) provoca la constitución de un gran sistema que fragmenta, extrae y almacena (incluso al humano mismo) en una reacción en cadena imparable que se vuelve la única forma de metabolismo del ser humano con lo existente, una forma de relación con los entes que aleja al ser humano de su verdadera esencia, condenándolo a una existencia “inauténtica”.

El filósofo Marxista Lukacs ha llegado a afirmar que el pensamiento de Heidegger reacciona frente a las concepciones marxistas del mundo. Ha dicho directamente que, en la discusión sobre la objetividad, Ser y tiempo “no es más que un escrito polémico de dimensiones imponentes contra la concepción marxista del fetichismo y las consecuencias filosóficas y sociales que se desprenden de ello”. (Lukacs citado por Gonzalez Varela, 2009)

Bajo la concepción de Marx, el capitalismo destruye sus dos principales fuentes de riqueza, el humano y la naturaleza, en la competencia ciega por el mercado, cosificación que no tiene un fundamento ideológico sino material debido a las propias leyes del desarrollo capitalista, del cual los propios capitalistas son presos.

Esta enajenación se fundamenta en la propia contradicción entre el modo de producción (social) y la apropiación del fruto de esa producción (basado en la propiedad privada de los medios de producción). Los seres humanos producen socialmente porque las materias primas, los insumos, las ramas productivas, se conectan mundialmente, pero la socialización se concreta de manera “enajenada”, a través del mercado con el intercambio de mercancías, presentándose como relaciones entre cosas en lugar de relaciones entre personas que producen socialmente. En el capitalismo, el objetivo de dicha producción no es el beneficio de los trabajadores-consumidores sino la ganancia de un puñado de capitalistas que explotan a las masas para obtener ganancias privadas, que realizan al vender sus mercancías en el mercado.

Para Marx, esta alienación puede ser superada por la revolución socialista que, poniendo en manos del proletariado las palancas de la producción, supere esa contradicción fundamental del capitalismo entre producción y distribución. Dotando al ser humano del dominio sobre la producción se lo dota asimismo con las palancas técnicas y políticas de su propio destino. Humanizando las relaciones humanas. Librado de la competencia capitalista, el proletariado en el poder podrá incluso planificar una producción sustentable, en equilibrio con la naturaleza. Así, la técnica moderna, que también ha creado al proletariado moderno, puede cambiar su carácter, de fundamento de explotación y destrucción de la naturaleza, a herramienta para la emancipación y satisfacción de las necesidades del conjunto de la humanidad.

Heidegger, en cambio (en sintonía con Nietzsche y con las recientes corrientes posmodernas, antimodernistas y decoloniales) culpa a la filosofía desde Sócrates y a la ciencia occidental desde Descartes (el filósofo inaugural de la época burguesa y de la ciencia moderna) del desvío que perdió al ser humano entre los entes. Bajo esta concepción anti-modernista, Heidegger rechaza tanto al capitalismo estadounidense (falto de una tradición milenaria y filosófica como la del pueblo alemán) como a la “masificación del hombre” del “socialismo” (estalinista) de la URSS. Ambas expresiones son entendidas como fuerzas que alejan al ser humano de su verdadera esencia, o, en su lenguaje, del conocimiento del ser. Estas opiniones llevaron consecuentemente al filósofo a los brazos del partido que se proponía para enfrentarlas: “Yo esperaba del nacionalsocialismo una renovación espiritual de la vida entera, una conciliación de la lucha de clases y la salvación de la existencia occidental ante el peligro del Comunismo”. En sus memorias sobre el rectorado, caracteriza al nacionalsocialismo como “una contemplación y una renovación del pueblo, y un camino para que este hallara su destino dentro de la historia de Occidente”.

Los “cuadernos negros” y el nazismo explícito

Los recientemente publicados en español llamados “cuadernos negros” aportan elementos para un análisis de su filosofía que incluye también a los judíos como culpables de esta desviación de la humanidad. Un aspecto antisemita de su filosofía, un racismo fundado ontológicamente cuyos discípulos han intentado negar. Di Cesare citando a Heidegger señala: “Los judíos son “calculadores”, escribe Heidegger en 1941 (en uno de los textos más polémicos), y ese “calcu­lar” estremece asimismo “la historia del ser” y es parte esencial de la Machenschaft o “maquinación” —una de las caras de “la técnica”— que “manipula la vida” y “conspira” para dominar el mundo y borrar del mapa a Alemania”. (Di Cesare, 2017)

Según se aprecia en las citas que expusimos, el nazismo era para Heidegger la encarnación fáctica de su pensamiento. El proyecto político que (él consideraba) podía llevar a la realización sus ideas. Aún en 1966, en una famosa entrevista en la prestigiosa revista alemana Del Spiegel en la que se indaga sobre la relación de Heidegger con los hechos ocurridos a partir del ascenso de Hitler en 1933, el filósofo considera fundamental rol de la filosofía el cooperar en la reconciliación entre el ser humano y la esencia de la técnica, reconciliación hacia la que vio encaminado al nazismo: “Veo la tarea del pensar en cooperar, dentro de sus límites, a que el hombre logre una relación satisfactoria con la esencia de la técnica. El nacionalsocialismo iba sin duda en esa dirección; pero esa gente era demasiado inexperta en el pensamiento como para lograr una relación realmente explícita con lo que hoy acontece y que está en marcha desde hace tres siglos”.

Esa gente “demasiado inexperta en el pensamiento” tuvo como referentes a pensadores menores, se lamenta Heiddeger herido en su ego. Así lo afirmaba a sus alumnos en 1935: “Lo que hoy se ofrece por ahí como filosofía del nacionalsocialismo, pero que no tiene lo más mínimo que ver con la interna verdad y la grandeza de este movimiento (a saber, con el encuentro de la técnica, extendida en todo el planeta, y del hombre moderno), pesca en esas turbias aguas de los “valores” y las “totalidades”. (Heidegger, 2003)

Él mismo confesó, en una carta a su hermano menor Fritz en 1933, que su integración a las filas del nacionalsocialismo tenía como objetivo aportar a su orientación filosófica:

No has de considerar todo el movimiento desde abajo, sino desde el Führer y sus grandes fines. Ayer me hice del partido, no solo por persuasión interna, sino también debido a la conciencia de que solo por este camino es posible una purificación y un esclarecimiento de todo el movimiento”. (Heiddeger citado por H. Bloch, 2022)

Ser y tiempo en su contexto

Pero vayamos ahora a una evaluación contextualizada de su filosofía. Su obra surge luego de la derrota de germana en la primera guerra mundial. Dicha derrota frustra las aspiraciones imperialistas de conquistar un “espacio vital” (colonias) del que Alemania fue privada debido a su unificación tardía. Ser y tiempo es escrito en 1927, durante la crisis de la República de Weimar, que radicalizó a amplios sectores de las clases medias hacia la derecha frustrados por la humillación del tratado de Versalles. Estas clases medias canalizaron su enojo y desesperación hacia quienes la ultraderecha señalaba como culpables de la derrota: los comunistas y los judíos.

En su frustración contra la “decadencia de occidente”, Heidegger acusa a la filosofía desde la antigüedad por haber olvidado la pregunta por el ser, originaria de toda filosofía, para dedicarse al análisis y el control de los entes, perdiendo al ser humano entre éstos (enfoque que recuerda al primer Nietzsche y su cruzada contra el socratismo). Para desentrañar la pregunta fundamental, Heidegger sostiene que ésta debe reformularse a partir de un ente particular que es el que trae al mundo dicha pregunta, el ser al cual le va su ser en la pregunta misma. Dicho ente es el dasein (“ser-ahí”, ser temporáneo, ser-humano) el ente que somos cada uno de nosotros al preguntar. Heidegger rechaza un enfoque gnoseológico (kanteano) para apuntar a uno existencial. El Dasein debe situarse en “estado de abierto” frente al ser. Al dasein que logre una existencia auténtica le será posible el desocultamiento de la verdadera esencia del ser.

El mundo, así como los objetos en él, son analizados en su fenomenología como “existenciarios” del dasein, como adjetivos del mismo. Están ahí para el dasein. El ser humano tiene como condición de existencia tener un mundo, existir en un mundo. Mundo en el que el dasein aparece como arrojado entre los entes, situación que está llamado a revertir para no tener una existencia inauténtica. Heidegger crea así una ontología completa, un intento de filosofía universal que tiene como punto de partida la analítica existencial del dasein en lugar de la lucha de clases marxista, o la teoría del conocimiento, tan de moda en el neokantismo de la época.

Si bien la jerga sumamente oscura de Ser y tiempo dificulta leer referencias políticas directas, emana frustración en forma de antihumanismo pesimista. Exalta el individualismo, llamándolo a hacerse valer frente a la “mediocridad” de las opiniones corrientes de las masas (opiniones que, sostiene, hay que despreciar para evitar una existencia “inauténtica”). Ser y Tiempo empalma perfectamente con el espíritu revanchistas de esa pequeño burguesía frustrada por la derrota de Alemania que giraba hacia posiciones nazi, con la idea de que el pueblo Alemán estaba destinado a la gloria pero dicha gloria había sido boicoteada por los judíos y el comunismo. En la novela de Feinmann, el discípulo Dieter Müller cita un pasaje de Ser y Tiempo en el que interpreta al nazismo como encarnación consecuente del proyecto existencial de la filosofía de Heidegger:

El Dasein sólo podía acceder al ser auténtico -dentro de la comunidad nacional- por medio del ser-con. El acontecer del dasein “es un co-acontecer y queda determinado como destino común”. Y, como si fuera poco, Heidegger añade: “Con este vocablo, (destino-común) designamos el acontecer de la comunidad del pueblo”. ¡Que nadie venga con la jerga de la abstracción política de Ser y tiempo! La ontología fundamental tiene una política. En 1933 Heidegger ya tenía la factilidad del proyecto existencial, era el nazismo, y Ser y tiempo estaba esperándolo”. (Feinmann, 2006)

Esta filosofía, con su centro en las relaciones existenciarias el Dasein, inspirará a Sartre, quien lo leerá en clave humanista y elaborará su importante obra “El ser y la nada” fuertemente basada en Ser y Tiempo, poniendo el eje en la libertad humana. Vattimo dirá que la interpretación “existencial” (centrada en las características de la existencia humana) de la obra heideggeriana olvida el tema central de la misma, que es la pregunta por el ser (Vattimo, 1998). Es decir que el centro de su filosofía no está en las posibilidades que abre la existencia del ser humano, sino que toma a éste como vehículo de acceso a una verdad que él considera más esencial, la verdad del ser. Heidegger mismo rechazará la interpretación humanista de su obra en su famosa “carta sobre el humanismo”.

Sin embargo, hay un aspecto que el existencialismo de izquierda posterior rechazará en la concepción del dasein heideggeriano, su exaltación de la muerte. El dasein, para distraerse del hecho de que su existencia es finita, se deja llevar por las habladurías de las masas, las opiniones corrientes, manteniendo una existencia inauténtica que sólo puede dejarse atrás aceptando el carácter finito de nuestra vida, volviéndose ser-para-la-muerte. Asumiéndose como proyecto que, en cada una de sus acciones, tiene la posibilidad de morir.

En la novela de Feinmann, Dieter Müller ilustra al prototipo ideal de Dasein, el ser-para-la-muerte, como el militante nazi de las SA que sale a matar conociendo en cada momento la posibilidad del fin de su propia vida. “Un SA es un Dasein que mira a la cara la posibilidad que acecha en todas sus posibilidades: la de morir. Es un Dasein que acepta la finitud. Que acepta su ser-para-la-muerte. Y esto lo diferencia de los demás. De los inauténticos. De los mediocres. De los que temen morir.” (Feinmann, 2005)

El catedrático estadounidense Tom Rockmore, quien dedicó una minuciosa obra a la relación entre la filosofía y el nazismo de Heidegger (que por desgracia no se ha editado aún en español) sostiene que en el antihumanismo del filósofo está la clave reaccionaria de su pensamiento y la explicación de su adhesión al nacionalsocialismo: “La insensibilidad de Heidegger por el ser humano, al que él encontraba aparentemente significativo sólo como medio para el pensamiento auténtico del Ser, aparece como componente filosófico de su insensibilidad respecto al nazismo”. (Rockmore, 1991)

Y va aún más lejos en una evaluación global de la ausencia de dimensión ética en su filosofía:

Si el componente ético no está presente en el principio, este no estará presente al final; y no se encontraba presente en la mediación «antihumanista» sobre el Ser por parte de Heidegger -de hecho, fue excluido específicamente de ella. La preocupación por el respeto a la naturaleza, pero la insensibilidad para con el ser humano, el giro al nazismo, la continua adherencia al destino del Volk alemán, el antihumanismo de Heidegger y la incapacidad de entender al nazismo incluso después de la Segunda Guerra Mundial, se siguen de su casi obsesivo interés por el pensamiento auténtico del Ser”. (Rockmore, 1991)

En el mismo sentido, Gonzalez Varela sintetiza que algunos de estos aspectos de su pensamiento tienen como consecuencia lógica sus posiciones políticas, o son justificación de la misma: “La dificultad teórica de afrontar el problema de la sociabilidad humana, la tendencia a la apología del catastrofismo y la muerte, la interpretación de la Modernidad como un juego decadente de poderes, la justificación del elitismo y el autoritarismo. Todos faros filosóficos-políticos y paradigmas epistemológicos que se encuentran ya en Ser y Tiempo, en los textos sobre el arte y la técnica y en su re interpretación de Nietzsche”. (Gonzalez Varela, 2009)

Contra la “versión oficial” que atenúa el nazismo de Heidegger

A pesar de la permanente reiteración de la discusión sobre su pensamiento político, por muchos años predominó una versión “atenuada” del vínculo entre Heidegger y el nacionalsocialismo. Rockmore sostiene que el éxito de este operativo de “control de daños” se debe a la instalación, por parte del mismo Heidegger y sus discípulos más cercanos, de una versión “oficial” de su vínculo con el nazismo, que tuvo como complemento el ocultamiento adrede de determinados documentos y correspondencia personal, que no fueron publicados por pedido del propio Heidegger hasta mucho tiempo después de su muerte.

En la versión “oficial”, el de Heidegger sería un tipo especial de nazismo, encaminado a partir de su raigambre como campesino tradicionalista del interior de Alemania y fanático del romanticismo expresado en poetas como Hölderlin. Esta concepción tradicionalista habría coincidido con el nazismo en su exaltación de la tradición y espíritu del Volk, pero no necesariamente coincidiría con sus aspectos más siniestros, como el antisemitismo, la violencia extrema y las matanzas racistas que desembocaron en el Holocausto. La publicación de los llamados “cuadernos negros” hace unos pocos años, que incluyen muchísimos documentos inéditos, cartas y apuntes, terminaron de dar por tierra con esta lectura “naif” de su vida y obra.

Los discursos, conferencias y proclamaciones políticas del filósofo más influyente e importante del siglo XX, Martin Heidegger, pronunciados entre los años 1933 y 1934 han sido editadas por primera vez en alemán en el tomo 16, Band 16 Reden und andere Zeugnisse eines Lebensweges (1910-1976) de las obras completas, las Gesamtausgabe, llamadas «integrales». Constituyen un brulote de prosa ultranazi. Las lecturas de estos textos nos revelan no sólo el compromiso radical del filósofo con Hitler, sino que ni la brutalidad policial, ni los campos de concentración, ni la quema pública de libros, ni la persecución a judíos y comunistas, ni la instauración de una dictadura de partido único, ni siquiera la matanza ilegal y atroz de los militantes de las SA en junio de 1934, hicieron mella en sus creencias políticas. Hace falta evocar estos textos (inéditos en español) para penetrar en este período negro y distinguir hasta qué punto está comprometida la filosofía heideggeriana con el nacionalsocialismo”. (Gonzalez Varela, 2009)

El marxismo, que entiende la historia humana como la historia ininterrumpida de la lucha de clases, nos enseña que ésta se manifiesta en todos los planos de la actividad humana. Permanentemente esta lucha se desarrolla, a veces velada y otras veces franca y abiertamente, como puja por intereses de clase. Hay momentos históricos en los que esta lucha alcanza dimensiones críticas, son las grandes crisis epocales, parteras de revoluciones y guerras como las que atravesó la humanidad a mediados del siglo pasado.

En esos momentos de fuerte y despiadada lucha, por encima de las escaramuzas callejeras y las trincheras bélicas y fabriles, imbricados en ellas, las tensiones críticas del combate hacen crujir las estructuras hegemónicas del poder estatal, las ideologías, así como las concepciones de mundo. Cuando el combate entre las clases llega a su punto más álgido, también la conciencia se revoluciona. Mientras más conservadora es la conciencia, más brutal es el choque con la realidad, y su necesidad de renovación ante las crisis civilizatorias. Pues un mundo que ha entrado en una profunda crisis social de dimensiones históricas, que ya no puede ser como hasta ayer había sido, tampoco puede seguir siendo pensado como hasta ayer, necesita ideas totalizantes que reemplacen a las antiguas. Son momentos en que, en la cabeza de millones, las grandes preguntas vuelven a manifestarse: ¿cómo? ¿por qué? ¿hacia dónde? ¿y después qué?

Así como en la arena política se miden, junto a las masas, los partidos, sus generales y dirigentes, también en el terreno específico del pensamiento los bandos en pugna tienen sus gladiadores.

En un momento tan crítico como el abierto por la guerra imperialista y la enorme gesta de la revolución rusa de 1917. Cuando el marxismo revolucionario se hizo carne en las masas obreras de occidente y amenazó extender su dominio hacia Alemania, Italia y el conjunto del orbe. Cuando el fascismo y el nacionalsocialismo surgieron como respuesta extremista, como último recurso de la burguesía para frenar la ola roja, también tuvo origen una nueva filosofía reaccionaria, creación de un pensador del interior de Alemania. Un tradicionalista que, frustrado por la debilidad de su nación para imponer el derecho milenario del Volk alemán, la humillación del tratado de Versalles y el hundimiento de la república de Weimar, dio origen a una nueva filosofía en la crisis que atravesaba la modernidad. Más allá de que el estudio de todo pensador de peso puede aportar elementos para desarrollar nuestros propios puntos de vista, es claro que su filosofía sigue dando argumentos hoy a los enemigos de nuestra clase y a todos aquellos que quieren desviar a las masas de la posibilidad histórica de su emancipación.


Fuentes:

-Díaz Pérez, Olivia C. (2015). “Mañana lloverá en Friburgo”: La sombra de Heidegger de José Pablo Feinmann. Verbum Et Lingua n°6. Universidad de Guadalajara.

-Di Cesare, Donatella. (2017). Heidegger y los judíos: los cuadernos negros. Gedisa.

-Faye, Emanuel. (2009). Heidegger: la introducción del nazismo en la filosofía. Madrid. Akal

-Feinmann, José Pablo. (2005). La sombra de Heidegger. Buenos Aires. Six Barral.

-Feinmann, José Pablo. (2006). ¿Qué es la filosofía? Buenos Aires. Prometeo Libros.

-Gonzalez Varela, Nicolás Alberto. (2009). Stalin-Heidegger-Marx. Rebelión.com

-H. Bloch, Ricardo. (2022). El amor, el perdón y la banalidad del mal entre Martin Heidegger y Aannah Arendt. Infobae.

-Heidegger, Martín. (2009). Ser y tiempo. Madrid. Editorial Trotta.

-Heidegger, Martín. (1958). La pregunta por la técnica. Revista de Filosofía Vol 5 n°1. Universidad de Chile.

-Heiddeger, Martín. (1996). La autoafirmación de la Universidad alemana. Traducción y notas de Ramón Rodríguez. Madrid. Tecnos.

-Heidegger, Martín. (2003). Introducción a la metafísica. Gedisa.

-Heidegger, Martín. (2004). ¿Qué es la filosofía? BarcelonaHeder.

-Marx, Karl. (2002) El capitalTomo 1, vol. 1, capítulo 1, sección IV, “El Carácter fetichista de la mercancía y su secreto”. Buenos Aires. Siglo XXI.

-Marx, Karl. (2004). Manuscritos económico filosóficos. Buenos Aires. Colihue.

-Marx, Karl. (2010). Tesis sobre Feuerbach. Caracas. El perro y la rana.

-Marx, Karl. Engels, Federico. (2012). Manifiesto comunista. Buenos Aires. Sol 90.

-Rockmore, Tom. (1991). On Heidegger’s Nazism and Philosophy. Los Ángeles, California. University of California press.

-Vatimo, Gianni. (1998). Introducción a Heidegger. Barcelona. Gedisa.

-Entrevista Del Spegel a Martin Heidegger. Traducción y notas de Ramón Rodríguez, en Tecnos, Madrid, 1996.

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