Rusia: ¿Un imperialismo en re-construcción?

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  • Acerca de la naturaleza de la Rusia de Putin.

Claudio Testa

Este es un fragmento de un artículo más amplio del año 2018 titulado Geopolítica en tiempos de Trump.

La naturaleza de la Rusia actual es también un tema de debate importante como el de China. Y en esto, también varían mucho los puntos de vista que aparecen en la “izquierda” en general. Mientras algunos presentan a la Rusia de Putin como un imperialismo cabal, en el otro extremo se la describe casi como una inofensiva semicolonia, que hace todo lo que puede para defenderse de los pendencieros de la OTAN.

“¿Rusia en un poder imperialista, parte del ‘centro’ del capitalismo global? ¿O, dadas sus características económicas, sociales y político-militares la señalan como parte de la ‘periferia’ o ‘semiperiferia’ global; es decir como uno de la mayoría de países que, en mayor o menor grado, son blancos del acoso y del saqueo imperialistas?” (Renfrey Clarke and Roger Annis, “The Myth of ‘Russian Imperialism’: in defence of Lenin’s analyses”, Links, 29-2-16). Tal es la pregunta retórica que se hace uno de los tantos polemistas, que opina que Rusia no es “un poder imperialista”. Y nos remiten a Lenin –en “El imperialismo fase superior del capitalismo”(1916/17)– y la definición sintética que formula allí del imperialismo.7

En esa definición, evidentemente, la actual Rusia no entra totalmente. Pero tampoco le cabía a la Rusia zarista de la época de Lenin. Sin embargo, a nadie en esa época –tampoco a Lenin– se le ocurría decir que Rusia no fuese un imperialismo, aunque evidentemente no era como el Imperio Británico, Alemania, Francia o EEUU, y exhibía atrasos aún peores que los de la Rusia actual.

Foto: New York Times

Es que la Rusia de los zares (y hoy también la Rusia de Putin) presentaba una combinación extrema de desigualdades, de rasgos económicos y sociales atrasados y avanzados. Tenían en algunas ciudades las más grandes fábricas de Europa, y en otras regiones un atraso de siglos, con relaciones serviles o hasta tribales en al campo. Financieramente, los zares eran una semicolonia de los banqueros de París, mientras al mismo tiempo imperaban sobre innumerables naciones no rusas, etc. ¡No es casual que haya sido un ruso –León Trotsky– quien formula la “ley del desarrollo desigual y combinado”, inspirándose explícitamente en la realidad rusa de extremados contrastes y de “amalgama de formas arcaicas y modernas”!

La Rusia que emerge tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, luego de más de seis décadas de stalinismo, no era por supuesto la Rusia de los zares, pero tenía poco que envidiarle en cuanto a “extremados contrastes”, por ejemplo, entre una industria militar y aeroespacial que se mide con, y en algunos aspectos supera a, EEUU, y una economía donde los hidrocarburos son aún la principal fuente de divisas, como si fuese Ecuador o Venezuela. Pero no nos confundamos: en el cuadro geopolítico del planeta, Rusia no es Venezuela ni tampoco Ecuador.

Los privatizadores y neoliberales extremos que gobernaron con Yeltsin llevaron a Rusia a la bancarrota de 1998. Es probable que en esos primeros años, el carácter de Rusia e, incluso, la posibilidad de su fragmentación estuviese entre signos de interrogación. Pero la reacción nacida de las entrañas del aparato del Estado –que se corporizó en Putin, que hizo su carrera específicamente en el aparato militar– impuso un giro bonapartista.

De ninguna manera liquidó a los oligarcas neoliberales que saquearon al Estado. ¡Putin no tiene nada de socialista ni anticapitalista! Pero les impuso obediencia, junto con nacionalizaciones de cierta importancia. Quienes lo desafiaron terminaron en la cárcel, el exilio o el cementerio. Claro que ese clima represivo también sopla hacia la izquierda…

La hostilidad creciente de EEUU, la OTAN y (desigualmente) la UE –con provocaciones como la guerra con Georgia (2008), Ucrania (2013-14) y los despliegues militares en el Báltico y Polonia– no hizo más que fortalecer su figura al interior de Rusia. Especialmente lo de Ucrania elevó la popularidad de Putin a cifras inalcanzables para sus colegas occidentales. La demostración de fuerza en la guerra de Siria, que contrastó con las vacilaciones de EEUU y las potencias europeas, completó este cuadro.

De alguna manera, la definición geopolítica de la Rusia de Putin la aporta el mismo Putin. Su proyecto parte explícitamente de la reivindicación histórica de las Rusias, sus imperios y sus zares, de los que se presenta como su continuación y reconstrucción. En ese sentido, para que no queden dudas, Putin acaba de erigir frente al Kremlin una estatua monumental de Vladimir I, fundador de la Primera Rusia en 988. “Vladimir pasó a la historia como el unificador y defensor de las tierras rusas, como un político visionario. Ahora nuestro deber es ponernos de pie y enfrentar juntos los retos y las amenazas modernas, basándonos en su legado”, dijo Putin al inaugurarla. Otros destacados zares constructores del poder imperial, como Pedro el Grande, también figuran en el santoral oficial.

En cambio, para Putin existe una figura abominable y culpable de todos los males en la historia de Rusia: Vladimir Lenin. En enero pasado, Putin llegó a hacerlo responsable post mortem de la disgregación de la Unión Soviética: “Puso una bomba atómica bajo la casa de Rusia que después explotó” (Isabelle Mandraud, “Putin y el desafío de Lenin”, Viento Sur, febrero 2016). ¿Cuál es esa maldita bomba leninista, que disgregó los dominios de Rusia? El principio defendido por Lenin (contra Stalin, al constituirse la URSS) de “autodeterminación de los pueblos” con “igualdad plena” y el “derecho de cada uno a abandonar la Unión” (ídem). Putin, con toda franqueza, explica que va en dirección opuesta.

En ese sentido, su proyecto reconstructivo, al tiempo que abomina de Lenin, reivindica no sólo la Rusia imperial de los grandes zares sino también la de Stalin, aunque en este caso esquiva prudentemente personalizar. Para eso se toma de un gran hecho histórico, la lucha heroica y la victoria de la Unión Soviética sobre el nazi-fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Los monumentales desfiles militares que organiza frente al Kremlin, están presididos por dos colosales escudos, el del águila bicéfala usado por los zares y el de la hoz y el martillo. Pero, al igual que hacía Stalin, este triunfo sobre el nazi-fascismo es vaciado de su contenido internacionalista: es “la Gran Guerra Patria”.

Esta reconstrucción o recomposición geopolítica encaminada por Moscú mira hacia Oriente y también hacia Occidente. Se expresó tanto frente a la cuestión de Ucrania como a los proyectos “euroasiáticos” que están en curso con China y diversos estados de Asia Central. Y es en función de ella que además Moscú interviene decisivamente en la guerra de Siria.

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