Reseña de “Hong Kong en revuelta” de Au Loong-Yu (I parte)

En 2019 se desató una rebelión popular en Hong Kong contra los intentos del gobierno local por aprobar una ley de extradición con China.

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Esto fue percibido por amplios sectores de la población –particularmente de la juventud- como un sometimiento de la isla al autoritario sistema judicial de Pekín, situación que generó preocupación debido a la represión sistemática del gobierno chino contra todo tipo de disidencia y, además, por el marcado carácter expansionista de su política exterior en la última década bajo el mandato de Xi Jinping.

Este proceso de rebelión fue analizado a profundidad por el marxista hongkonés Au Loong-Yu en el libro intitulado “Hong Kong in Revolt: The Protest Movement and the Future of China” (2020), el cual fue publicado recientemente en portugués por la Editora Sundermann[1]. Como se desprende del título, combinó el análisis de la rebelión con las perspectivas de China como potencia mundial, lo cual dotó al libro de mayor universalidad temática.

A continuación, analizaremos cinco aspectos que nos parecieron los más sobresalientes del libro, a saber: a) el carácter de clase del Estado chino; b) los rasgos autoritarios de la burocracia china, c) las contradicciones derivadas de la gestión burocrática del Estado; d) la dinámica y sujetos sociales de la rebelión hongkonesa; y e) las semejanzas de este proceso de lucha con otras rebeliones (particularmente con las que acontecieron en Latinoamérica). Optamos por dividir el artículo en dos partes para ordenar la exposición de las ideas; la primera estará dedicada a la formación social de China, mientras que en la segunda profundizaremos en el proceso de rebelión popular en Hong Kong.

Como veremos en el desarrollo del artículo, el abordaje de Au Loong-Yu tiene muchos puntos de encuentro con el balance estratégico de los Estados burocráticos estalinistas, el análisis de la formación social de China y la caracterización del ciclo de rebeliones populares que realizamos desde la corriente Socialismo o Barbarie (SoB). Por eso, además de reseñar los aportes de este autor, también estableceremos un diálogo con nuestras elaboraciones, procurando un acercamiento general de nuestros lectores y lectoras –así como de nuestra joven militancia- a los análisis que configuran la identidad estratégica de nuestra organización.

1- Descifrando al dragón

El libro inicia con un prefacio de Au Loong-Yu para la edición brasileira, cuyo objetivo es ubicar a los lectores y lectoras en lengua portuguesa en torno a sus elaboraciones previas sobre China. El resultado fue un texto que tiene valor por sí mismo, debido a la riqueza metodológica y apertura política con que se aborda, en poco más de veinte páginas, la naturaleza de clase del Estado asiático y las particularidades del régimen comandado por el Partido Comunista de China (PCCh).

El autor se diferencia de los sectores e intelectuales de izquierda que, contra toda evidencia, todavía caracterizan a China como un “Estado obrero” o “socialista” a partir de criterios económicos formales y unilaterales; por ejemplo, el enorme peso de la propiedad estatal o pública en su economía[2]. Por el contrario, establece que no se debe confundir la preponderancia de la propiedad estatal con socialismo, con más razón cuando no existe ningún tipo de auto-organización ni control democrático de la producción por parte de la clase obrera.

En el caso chino, agrega, las empresas de propiedad estatal responden directamente a los intereses del partido –es decir, a la burocracia que lo dirige- y los inversores privados, y, debido a la ausencia de cualquier tipo de organización sindical independiente, no hay mecanismos de presión para exigir a dichas empresas que rindan cuentas públicas de sus negocios. Eso se condice con los datos oficiales, pues las mayores empresas “públicas” del país están listadas en las bolsas de valores: un 40% en el mercado doméstico y otro 20% en el de Hong Kong.

Así, bajo la etiqueta de “estatal” y las formalidades de una constitución “socialista”[3], se desarrollan empresas y relaciones de producción capitalistas, aunque en el caso chino con una enorme participación estatal por medio del PCCh, configurándose una forma moderna de capitalismo de Estado, aunque de tipo especial por el rol determinante que desempeña la burocracia del partido en el sometimiento de las otras clases.

Lo anterior fue producto del desarrollo singular que experimentó el Estado y la sociedad china desde la revolución de 1949. A contramano de las corrientes objetivistas que establecieron un signo de igual entre expropiación y socialismo (una tendencia mayoritaria entre el movimiento trotskista de posguerra), Au Loong-Yu caracteriza que la revolución generó un Estado-partido anticapitalista que, desde el inicio del proceso, se abocó a consolidar un poder burocrático que traicionó –u obstaculizó- la perspectiva de avanzar hacia el socialismo. Por el contrario, desde 1979 se abrió una etapa de transición al capitalismo; los primeros diez años fueron de un avance pausado en las reformas de mercado, pero que, aun así, potenciaron el enriquecimiento de los funcionarios del partido y la exclusión social de amplios sectores de la población, lo cual provocó un malestar que estalló con la rebelión de 1989 (que en Occidente denominamos de Tiananmen). Ante esto, la burocracia del PCCh no titubeó en reprimir brutalmente las protestas; una respuesta contrarrevolucionaria que marcó un punto de inflexión en los tiempos de la restauración capitalista, que, en adelante, se aceleró notablemente hasta la actualidad.

Con respecto a los ritmos de la restauración, Au Loong-Yu identifica tres olas privatizadoras desde 1979 hasta la actualidad; primero empezó con las empresas públicas pequeñas y medianas, luego pasó a reformar la posesión de la tierra urbana y, en la última década, se concentró en el acaparamiento masivo de tierras rurales.

Esto generó una reconfiguración de la clase obrera china, pues fueron despedidos entre 40 y 50 millones de trabajadores y trabajadores de la era maoísta, los cuales fueron substituidos por una nueva clase trabajadora mucho más explotada. Por ejemplo, estima en 250 millones de personas el contingente de trabajadores y trabajadoras migrantes de áreas rurales, los cuales venden su fuerza de trabajo en condiciones altamente precarizadas debido a los controles del hukou, un sistema migratorio que impone el uso de un pasaporte interno para dividir a la clase trabajadora procedente de zonas rurales de la urbana, lo cual se traduce en menos derechos para los primeros durante sus prolongadas estadías de trabajo en las ciudades industriales. Asimismo, el Estado chino destaca como uno de los más anti-sindicales del planeta: desde 1949 hasta la actualidad, el derecho a huelga solamente estuvo tipificado constitucionalmente entre 1975 y 1981. Debido a eso, los “sindicatos” existentes –al menos los oficiales- son extensiones del partido para disciplinar a la clase trabajadora en las fábricas y empresas. 

¡Sobre la súper- explotación de esa nueva clase obrera se fundó el desarrollo del país en las últimas décadas! Para Au Loong-Yu esa “perspectiva de base” es dejada de lado por los sectores e intelectuales de izquierda que defienden a la China “socialista”, para quienes son más importantes los datos macroeconómicos o los criterios “campistas” (es decir, apoyar a China por “oponerse” a los imperialismos occidentales) que las condiciones de vida de los trabajadores y trabajadoras de carne y hueso. En oposición a esta visión economicista y objetivista, sostiene que en el caso de China “no se puede disociar lo político de lo económico”, pues la única forma en que se puede garantizar un sentido socialista a la gestión económica es por medio del ejercicio directo y democrático del poder por parte de la clase trabajadora, algo que la burocracia del PCCh impide por todos los medios posibles:

“(…) el aumento de la productividad apenas es una señal de dirección socialista bajo la condición de que el proletariado se ha apoderado del poder, y eso, a su vez, sólo puede ser comprobado verdaderamente cuanto hay una democracia proletaria vigente (…) Lo lamentable es que hoy no es la clase trabajadora china de 500 millones de personas la que está agudamente consiente de su potencial revolucionario, pero es el Partido Comunista el que sabe de eso muy bien y, por tanto, se opone amargamente a que la clase trabajadora disfrute hasta de los derechos políticos básicos. Llamar a este régimen de ‘socialista’ es una gran mentira que beneficia al PC Chino”.[4]

Es decir, la clave para determinar el carácter obrero o socialista de un Estado -y por consiguiente de la gestión económica- no reside en las disposiciones legales sobre las relaciones de propiedad ni en los datos económicos aislados, sino que responde principalmente a ¿qué clase o sector social realmente controla la “propiedad estatal” y bajo qué fines u objetivos la administra?

 

Es un abordaje de la transición al socialismo que coincide en muchos puntos con el que realizamos desde nuestra corriente (más amplio porque incorpora al conjunto de revoluciones y países donde se expropio el capitalismo en el siglo XX), donde la planificación estatal guarda una estrecha relación con la democracia socialista. Solamente con la gestión directa del poder desde la clase obrera -es decir, mediante sus instituciones y organismos, como los consejos, partidos y sindicatos-, se puede garantizar una planificación y acumulación económica en aras de construir el socialismo y no para que sea controlada/usufrutuada autoritariamente por la burocracia. Eso fue lo que sucedió en los países controlados por el estalinismo que, aunque nominalmente eran “socialistas” y estaban “dirigidos” por la clase obrera, en realidad se transformaron en Estados burocráticos donde se establecieron nuevas formas –inorgánicas y poco estables- de explotación del trabajo y apropiación del plusvalor social por parte de la burocracia estalinista, lo cual devino en la posterior restauración del capitalismo en la URSS y los países del este europeo.

La experiencia del siglo XX (dentro de la cual se incluye la revolución china) demostró que no se puede determinar automáticamente (u objetivamente) el carácter obrero de un Estado por la expropiación del capitalismo, una tarea altamente progresiva, pero insuficiente para garantizar la transición al socialismo. Por eso, además de precisar qué tareas económicas o sociales se realizan (como la expropiación o la reforma agraria), es fundamental determinar quiénes las realizan (¿la clase obrera y los sectores explotados o la burocracia estalinista desde arriba?) y cómo se hacen (¿con métodos respaldados por la democracia obrera o impuestos desde arriba por la dictadura burocrática?).[5]

En el caso de China, la burocracia del PCCh dirigió conscientemente el proceso de restauración y, así, garantizó su continuidad en el poder a la vez que formalizó las relaciones de producción capitalistas (sacó las lecciones del colapso del PCUS en la URSS). Eso le permitió configurar una versión particular de capitalismo de Estado en la actualidad, dentro del cual conviven las formas más abiertas de explotación del trabajo con la opresión política sistemática, lo cual genera una enorme herramienta de enriquecimiento al servicio de la burocracia del partido:

“Las burocracias partidarias también se enriquecen a la manera moderna –el modo del capitalismo-, y no a través del viejo modo imperial de apropiación directa de los excedentes agrícolas. Ellas pueden enriquecerse mucho más rápidamente de que sus equivalentes en todo el mundo porque inventaron un nuevo medio capitalista de explotación (…) que es capaz de combinar tanto el poder del Estado coercitivo y del capital en sus manos, y, por tanto, devora una parte cada vez mayor del excedente social a costa del pueblo”[6].

2- Un Estado orwelliano bajo la férula del Gran Hermano

Por otra parte, Au Loong-Yu dedica buena parte de su libro –en el prefacio y capítulos posteriores- al análisis del régimen político impuesto por el PCCh. Como expusimos previamente, la revolución china fue anticapitalista porque expropió a la burguesía (nacional e imperialista), pero de inmediato esta dinámica progresiva chocó con la imposición de un régimen burocrático y autoritario del partido-ejército liderado por Mao sobre el conjunto de la población (incluida la clase trabajadora y el campesinado), cuyo resultado fue el bloqueo de la transición hacia el socialismo. 

Sobre ese marco se produjo la restauración del capitalismo en China, proceso que fue dirigido conscientemente por la dirigencia del PCCh. En este caso, apunta el autor, el orden de los factores alteró el producto, pues desde el comienzo la burocracia del partido-Estado “moldeó la economía capitalista para atender a las necesidades de las clases explotadoras –en primer lugar, las necesidades de la burocracia”[7]. Así, surgió lo que denomina como un capitalismo burocrático (en nuestro caso preferimos el término capitalismo de Estado) comandado por un Estado orwelliano, en referencia a la icónica novela 1984 del escritor británico George Orwell:

“La República Popular de China, desde su fundación en 1949, es un Estado orwelliano que apenas oscila entre una versión dura y una versión blanda. Mientras que la versión dura ni siquiera tolera disidentes individuales, en la versión blanda eso puede ocurrir (excepto cuando envuelve aquellos que son demasiado conocidos). Desde 1979, China vio la versión dura tornarse predominante dos veces, primero durante el período inmediatamente después a la Masacre de Tiananmen, después de la cual relajó un poco, apenas para retornar a la versión dura nuevamente bajo Xi, para empeorar cada día”[8].

Una de las medidas características de la “fase dura” en la era Xi, es la estricta censura en la internet, tanto por la limitación de contenidos disponibles (por ejemplo, no se pueden ingresar a páginas o blogs con información sobre las protestas de Tiananmen), así como por la prohibición de no hablar sobre los temas que el PCCh considera peligrosos. Al respecto de eso, en 2013 un profesor universitario denunció los “Siete no se hablan”, un documento secreto donde la burocracia listó los temas prohibidos para discutir en las aulas universitarias, entre los cuales figuraban: derechos humanos universales; libertad de prensa; sociedad civil; derechos civiles; errores pasados del partido; capitalismo clientelar (o de amigos); independencia judicial.

Como apunta Au Loong-Yu, todas esas medidas de censura redundan en un vaciamiento de la política, la cual se transforma en una serie de rituales para legitimar el régimen y demostrar que toda la población está “feliz”. Así, se produce una despolitización de la sociedad civil, producto de la cual los “ciudadanos son rebajados a meras categorías económicas de ‘productores y consumidores’ y sólo pueden ser activos de acuerdo con sus papeles atribuidos, además de acoger la propaganda del partido”[9].

Lo anterior, sumado a las terribles secuelas de la masacre del 04 de junio de 1989 en Tiananmen, explica que, en las últimas décadas, ningún sector volviese a cuestionar públicamente el monopolio del partido sobre el poder público. Por el contrario, se produjo un rebajamiento de los reclamos a la esfera meramente reivindicativa, caracterizada por el autor como una militancia del “frijol con arroz” por el carácter mínimo de sus exigencias. El retroceso alcanzó hasta las ONG enfocadas a defender los derechos laborales; un caso simbólico es el de China Labour Bulletin, organización que desistió de sus intenciones por crear un movimiento sindical independiente y, en contraposición, pasó a defender la despolitización del movimiento obrero con la intención de tener un mayor margen de tolerancia ante el asedio del gobierno.

Esta militancia del “frijol con arroz” presenta muchas similitudes con la práctica del economicismo ruso a finales del siglo XIX y principios del XX, contra el cual debatió Lenin en su libro ¿Qué hacer?, porque renunciaba a la elevación política del movimiento obrero a cambio de concentrarse en la lucha meramente económica o sindical, con la falsa expectativa de que la clase trabajadora avanzara hacia posiciones socialistas de forma espontánea o inercial. Esto hace parte del recomienzo en la experiencia de lucha de los sectores explotados y oprimidos, lo cual explica el retorno de debates clásicos de estrategia y táctica -aunque bajo formas nuevas y con sus especificidades contemporáneas- como parte de un amplio proceso de refundación de las tradiciones de lucha y organización obrera[10].

Como era predecible, la apuesta por la despolitización sindical no rindió los frutos esperados, pues las autoridades de Pekín exterminaron a las ONG laboralistas en 2015 y, a partir de ese momento, se profundizó el incumplimiento de los derechos laborales. Una muestra de ello fue el denominado “conflicto laboral 996”, originado en el irrespeto de las grandes empresas tecnológicas a la jornada laboral, las cuales obligaban a sus trabajadores a laborar en horarios extendidos desde las 9h hasta las 21h por seis días a la semana, es decir, un 64% más de lo estipulado por la legislación del país. Eso se suma a otros casos de irrespeto a los derechos económicos o laborales establecidos en la Constitución china, pero que se tornan “letra muerta” ante la inexistencia de organizaciones sindicales independientes, ante lo cual el gobierno y los empresarios tienen vía libre para imponer una verdadera dictadura de la patronales en las industrias y otros centros de trabajo:

“Los derechos económicos de las personas deben ser garantizados por derechos políticos, sin los cuales, aunque tengan una renta razonable en el momento, nunca estarán seguros. El peligro de nuevas apropiaciones por el Estado o del no cumplimiento de las leyes que estipulan los derechos sociales, está siempre presente (…) Eso no hubiera sucedido si los trabajadores hubieran disfrutado del derecho de organizarse de forma independiente del sindicato estatal –que desde 1949 no pasa de ser una herramienta del partido para silenciar los trabajadores”.[11]

Aunado a eso, Au Loong-Yu destaca que, el rasgo principal del régimen chino, es la constante despótica, es decir, su carácter autoritario y enemigo de toda forma de organización independiente por parte de la “sociedad civil” (clase obrera, campesinado, estudiantes, etc.). Pero también contempla las variables de la política, las cuales facilitan al régimen mudar sus directrices económicas para responder a circunstancias específicas del momento, aunque siempre con el objetivo final de mantener su control absoluto del poder. Por ese motivo, a lo largo de las siete décadas de gobierno del PCCh, hubo etapas con orientaciones económicas sintetizadas en vocablos de diverso signo (algunas a la “izquierda” y que redundaron en concesiones económicas), tales como “Comuna Popular”, “colectivización” o “mercantilización”; pero en ningún momento la burocracia del partido dio marcha atrás en su monopolio autoritario sobre el aparato del Estado y la sociedad en general.

Esto nos parece de suma importancia, pues dialoga con las lecciones estratégicas legadas por el marxismo revolucionario, donde las conquistas parciales o reivindicativas son asumidas bajo una lógica transicional, es decir, como un medio para avanzar en la politización de la clase obrera y los sectores oprimidos, pues solamente así será posible profundizar su lucha en una perspectiva revolucionaria[12].

Ese fue el contenido estratégico de las polémicas que libró Rosa Luxemburgo contra las tendencias reformistas dentro de la II Internacional a inicios del siglo XX, ante las cuales insistió en que, como parte de la política socialista, toda lucha cotidiana debía vincularse con el objetivo final, pues era la única forma de garantizar la educación del movimiento obrero y aportar en el avance de su consciencia de clase[13].

Esta relación finalista entre los medios y los fines –o la táctica y la estrategia- también la trabajamos desde nuestra corriente, partiendo de la comprensión de que los logros obtenidos en mejoras salariales o condiciones de trabajo constituyen el soporte material de las conquistas, pero que su valor principal reside en las lecciones políticas que dejan a la clase trabajadora y sectores oprimidos en materia de organización independiente y democrática[14]. Un abordaje que se articula con nuestro balance de las revoluciones de la segunda posguerra (y el de Au Loong-Yu sobre China), donde las conquistas anticapitalistas y democráticas –como la expropiación de la burguesía, la reforma agraria o el acceso universal a la salud y educación pública- no pueden desvincularse de las de orden político, particularmente la democracia socialista materializada en la existencia de organismos de representación de la clase obrera (consejos, partidos, sindicatos, etc.), pues esa es la única forma de garantizar su preservación y sentar las bases para una transición al socialismo. Una conclusión estratégica que se corroboró en el siglo XX con la experiencia en la URSS y los Estados del Glacis, donde la burocracia estalinista reabsorbió esas conquistas y, posteriormente, abrió el camino para la restauración capitalista.

3- El dragón en su laberinto

Para cerrar esta primera parte dedicada a la formación social china, retomaremos algunos elementos de la caracterización de Au Loong-Yu sobre el gigante asiático en la actualidad, los cuales presentan una enorme riqueza por su abordaje desde un marxismo crítico e anti-burocrático, pero también por la sensibilidad derivada de su proximidad biográfica, cultural y geográfica con la temática.

Un primer aspecto es el carácter desigual y combinado de China como potencia mundial, pues, al mismo tiempo que se tornó un centro del capitalismo mundial con rasgos expansionistas en Asia y otras regiones periféricas del planeta, también arrastra un pesado fardo de atraso por la brutal expoliación colonial a la que fue sometida durante siglos a manos de los imperialismos occidentales y Japón.

Foto: Reuters

En razón de eso, sostiene el autor, existe una preocupación legítima del pueblo chino por su defensa nacional contra posibles ocupaciones extranjeras, pues persisten en la memoria colectiva las masacres e innumerables vejámenes cometidos contra la población china durante varios siglos. Pero, advierte de inmediato, sobre ese sentimiento justo se apoya la burocracia china para exacerbarlo en un sentido nacionalista y xenófobo, lo cual se constata en la propaganda del PCCh contra la “arrogancia de los hombres blancos”.

Es un elemento importante, porque denota que el proyecto político que encarna la burocracia china no pretende construir vínculos de solidaridad antimperialista entre los sectores explotados del mundo (como alegan algunos defensores izquierdistas de Pekín), y, por el contrario, se fundamenta en dividir a partir del prejuicio étnico; un mecanismo discursivo por medio del cual la burocracia diluye cualquier tipo de diferenciación clasista con los Estados en competencia, a sabiendas de que eso podría tornarse en contra del capitalismo de Estado y la agenda expansionista que gestiona en su propio país.

Por todo lo anterior, Au Loong-Yu caracteriza que la China contemporánea es una “colección de múltiples contradicciones”, aunque destaca que solamente hay “una cosa que nunca experimenta ninguna contradicción –la constante despótica del régimen”[15]. Eso es un punto central para comprender el contenido reaccionario que opera en la disputa hegemónica con los Estados Unidos:

“El problema, sin embargo, es que la actual disputa de Pekín con los EUA no es una disputa con el imperialismo en sí, y no pretende substituirlo por nada mejor. Es una disputa sobre quien tiene la palabra final en la división de la cadena de valor global, una disputa entre las élites dominantes de ambos países, por tanto, también profundamente injusta”[16].

Más adelante, señala –en polémica con el economista marxista Claudio Katz- que, aunque por su legado colonial y particular desarrollo histórico China no es parte del “club de los imperios” tradicionales, eso no niega sus rasgos de imperialismo emergente con políticas expansionistas cada vez más agresivas (aunque todavía no probadas en conflictos reales a nivel internacional). Desde SoB coincidimos en esta definición, aunque en nuestro caso utilizamos la categoría de imperialismo en construcción –la cual tomamos críticamente de Pierre Rousset, militante histórico del mandelismo– para dar cuenta del carácter contradictorio del desarrollo de China como una potencia imperialista[17].

Otro aspecto que resalta en el libro es la combinación de elementos modernos y pre-modernos dentro del Estado chino. Por un lado, está ligado al capitalismo global, dentro del cual se constituyó en uno de los principales centros económicos y figura como potencia en varias ramas tecnológicas; pero, también, su régimen político se fundamenta en una lógica totalmente distinta a la que impera en las democracias liberales, incluso en aspectos tan básicos como la implementación de un marco normativo coherente (lo que los juristas burgueses llaman “Estado de derecho”).

En China no existen reglas claras que ordenen su funcionamiento político, económico y social, porque la burocracia impone sus criterios desde arriba y sin ninguna mediación democrática: ¡lo que los altos jerarcas del partido dicen tiene más peso que las leyes escritas! Por eso nada es predecible en el país y todo queda sujeto a la arbitrariedad del régimen comandado por el PCCh. Según Au Loong-Yu, eso es reconocido por la población china, para la cual existen dos niveles normativos: por un lado, está lo que dicen las leyes formales, pero también –y más importante aún- lo que denominan qianguize, cuya traducción aproximada es “reglas ocultas”.

Para hacer más compleja la situación, los altos jerarcas no suelen expresar directamente sus opiniones políticas, posiblemente para no quedar comprometidos públicamente con una orientación que luego puede ser criticada por un superior, dentro de los cuales Xi Jinping representa el escalón superior. Eso hace más arbitrario la interpretación de las políticas a implementar, porque son expresadas en formas ambiguas y, por tanto, en muchas ocasiones predomina un grado de incerteza sobre lo que las autoridades quieren decir:

“Promover o resguardar la imagen de los superiores es considerada la principal regla oculta. El problema, sin embargo, es que el superior generalmente es muy arrogante para decir lo que él o ella piensa. Por lo tanto, adivinar lo que su superior piensa también es considerado un elemento importante de las reglas ocultas”[18].

Este funcionamiento arbitrario contrae enormes problemas para el régimen chino, sobre todo cuando se trata de lidiar con asuntos de gran escala, ante los cuales la burocracia es víctima de sus contradicciones internas. La ausencia de controles democráticos para la toma de decisiones –no digamos obreros o socialistas, sino incluso hasta de los “contrapesos” mínimos de la democracia liberal-, conlleva el peligro de que los errores de cálculo en la cúpula tengan consecuencias desastrosas cuando se trasladan a la realidad.

Por ejemplo, Au Loong-Yu valora que Pekín incurrió en una sobrevaloración de sus fuerzas y, por consecuencia, en una subestimación de la resistencia de sus adversarios, particularmente en la disputa hegemónica con los Estados Unidos. Eso se ha hecho más patente bajo el mandato de Xi, como quedó demostrado en su intento por destruir la autonomía de Hong Kong, lo cual previó que realizaría sin problemas y, por eso, promovió la Ley de Extradición de forma atropellada. Pero, a contramano de las previsiones del PCCh y sus aliados en la isla, la avanzada expansionista desató una feroz rebelión popular, la cual cuestionó el poderío de Pekín y su capacidad de proyectarse como una potencia internacional de peso. Aunque finalmente China se impuso sobre la ciudad-Estado de Hong Kong, el costo político fue muy alto, principalmente porque atizó el clima internacional contra el gigante asiático de cara a la disputa estratégica por Taiwán y el llamado “Mar de China”.

Otro caso que reseña el autor es la respuesta del partido ante la pandemia de Covid-19, donde la lógica burocrática evidenció los peligros derivados de una gestión del poder dentro de la cual una cúpula se auto percibe como una fuerza todopoderosa, incluso por encima de la naturaleza. No queremos extendernos sobre este punto, pero si reseñar un aspecto importante. El PCCh no tomó las medidas necesarias para evitar la propagación del virus en sus primeras semanas, aunque sabía perfectamente que se podía transmitir entre seres humanos. Esto era fundamental de realizar, sobre todo de cara a la realización del chunyun -o “Festival de Primavera”- en las primeras semanas de enero, cuando usualmente se desplazan cientos de millones de personas a sus ciudades de origen. De acuerdo a algunas estimaciones, si el gobierno chino hubiese impuesto restricciones de viajes cuando se reportaron los primeros casos en Wuhan, los casos de contagio se hubiesen reducido entre un 66% y 95% (la cifra varía según la antelación de la restricción) y, de esta forma, la pandemia se hubiera podido contener. ¿Por qué no actuó a tiempo el gobierno chino? Además del malestar que podría generar la suspensión de los viajes, el Festival de Primavera es un acontecimiento político central para la burocracia desde hace cuatro décadas, pues su eje consiste en promover los liderazgos políticos y la “felicidad” de la población con el régimen.  Por ese motivo, la burocracia irrespetó todos los protocolos sanitarios elaborados luego de la epidemia de SARS en 2003, que, de haberse implementado, garantizaban el acceso público de los reportes sanitarios y la toma de decisiones inmediatas para evitar la difusión del virus.

Conclusión

El estudio sobre la naturaleza social del Estado chino, así como el funcionamiento específico del régimen instaurado por la burocracia del partido desde Pekín, revierte una enorme importancia en la actualidad. Por un lado, para comprender el carácter reaccionario de la disputa hegemónica que sostiene con los Estados Unidos, en vista de que ninguna de esas potencias encarna un proyecto emancipatorio para la clase trabajadora y los sectores explotados y oprimidos. Sólo así se puede construir una política clasista y socialista ante este conflicto, en contraposición a la “campista” que pregona el estalinismo y algunos sectores de la intelectualidad marxista, donde automáticamente todo Estado que cuestione al imperialismo estadounidense es “progresivo” o de “izquierda”.

Por otra parte, aunque el PCCh se presenta como una fuerza monolítica que ostenta el poder absoluto, es innegable que el régimen tiene muchas contradicciones que, cada tanto, se traduce en errores de dimensiones colosales. Como expusimos previamente, eso fue notable en su falta de reacción para contener la pandemia; pero también en su política de “Covid cero”, con la cual prolongó excesivamente las cuarentenas de enormes contingentes de la población en las ciudades, a pesar de la disponibilidad de vacunas que las hacían innecesarias trascurrido cierto tiempo[19]. Eso generó una serie de protestas populares y obreras que obligaron al régimen a retroceder en su política de Covid-0, demostrando que no es infalible ni inmune a las presiones derivadas de la lucha de clases.

Fotografía: Justin Chin/Bloomberg

Por último, crecen los reportes sobre el renacimiento de una nueva izquierda dentro de China, particularmente entre la juventud y sectores de la diáspora de exiliados. Es un proceso lento y todavía confuso, pero sumamente progresivo, pues replantea la posibilidad de la refundación del marxismo revolucionario dentro de una potencia central del orden capitalista actual[20]. En vista de lo anterior, es necesario entablar un diálogo crítico con las elaboraciones marxistas provenientes de China, entre las cuales los textos de Au Loong-Yu tienen un lugar prioritario, debido a su agudeza analítica y por el perfil antiburocrático de su balance de la revolución china.

 


[1] “Hong Konk em revolta. A batalha nas ruas e o futuro da China”, 2022. Para escribir esta reseña utilizamos esta edición en portugués de Sundermann, editorial vinculada al PSTU de Brasil. Todas las traducciones al castellano son nuestras.

[2] Es el caso de Michael Roberts, para quien el gigante asiático no tiene un carácter de clase definido y, de forma ambigua, lo define como una formación que no es ni socialista ni capitalista. Una postura similar sostiene Claudio Katz, para quien todavía no se restituyó el capitalismo en China, pero no logra dar una definición certera del carácter social del Estado asiático.

[3] Por ejemplo, en la constitución se estipula que “La República Popular China es un Estado socialista bajo la dictadura democrática popular liderada por la clase obrera y basado en la alianza de obreros y campesinos” (artículo #1) y “Todo el poder en la República Popular China pertenece al pueblo” (artículo #2). Pero la realidad dista mucho de la normativa constitucional, pues la clase obrera no tiene poder alguno en el país, el cual está dominado despóticamente por la burocracia del PCCh.

[4] Loon-You, “Hong Konk em revolta”, Editora Sundermann (2022), São Paulo, p. 15.

[5] Para profundizar sobre el balance estratégico de la corriente SoB sugerimos la lectura de dos textos disponibles en Izquierda Web. Primero, el ensayo China 1949: revolución campesina anticapitalista de Roberto Sáenz,  donde se analiza histórica y políticamente este evento central de la lucha de clases del siglo XX. En segundo lugar, el texto Apuntes críticos sobre el balance del estalinismo de nuestra autoría, donde se parte de explicar y problematizar el abordaje de Trotsky sobre la burocratización en su obra La revolución traicionada.

[6] Loon-You, “Hong Konk em revolta”, Editora Sundermann (2022), São Paulo, p. 224-225.

[7] Ibid., 15-16.

[8] Ibid., 17.

[9] Ibid., 18.

[10] En nuestra última conferencia internacional –realizada en febrero del presente- profundizamos sobre este tema, pues cada día es más evidente el resurgimiento de los “viejos/nuevos” debates como parte de los procesos de la lucha de clases y las tareas refundacionales que se desprenden de los mismos. Por ejemplo, la teoría del imperialismo “retornó” con la pugna por la hegemonía mundial entre China y Estados Unidos, así como los debates contra el militarismo y el peligro nuclear por la guerra en Ucrania (ver Guía de estudio sobre la situación mundial: ha comenzado una nueva etapa). Otro ejemplo es la incipiente organización de la nueva clase obrera precarizada, cuya expresión va desde el “nuevo sindicalismo” en los Estados Unidos hasta los intentos por conformar sindicatos de repartidores, un fenómeno sumamente progresivo, en tanto refleja un sector de trabajadores y trabajadoras que empieza a transitar de ser clase en sí a clase para sí; un proceso complejo debido a las “telarañas neoliberales” en la consciencia de los sectores explotados, bajo las cuales se esconden o romantizan las formas de explotación contemporáneas del trabajo con palabras como “colaborador” o “emprendedurismo” (nuestra corriente tiene el orgullo de ser parte de ese proceso con la puesta en pie del SITRAREPA en Argentina, como se puede apreciar en el video “El Sitrarepa es parte de la nueva ola de sindicalización que recorre el mundo”).

[11] Loon-You, “Hong Konk em revolta”, Editora Sundermann (2022), São Paulo, p. 19-20

[12] Amén de defender la propia conquista parcial, que, casi de inmediato, queda bajo el acecho del Estado y la burguesía por su eventual supresión. Eso fue corroborado en una escala universal en las últimas décadas, pues las concesiones otorgadas por el imperialismo y las burguesías periféricas bajo la forma de los “Estados de bienestar social” como un mecanismo de contención ante el peligro de la revolución, posteriormente fueron desmontados bajo la ofensiva burguesa neoliberal que configuró el capitalismo voraz de la actualidad, caracterizado por nuevas formas de precarización laboral, destrucción incrementada de la naturaleza y un crecimiento exponencial de la desigualdad social, entre otras cosas.

[13] El caso más conocido fue su batalla contra el revisionismo en la socialdemocracia alemana –teorizado por Eduard Bernstein- y su énfasis en las reformas parciales para llegar al socialismo sin necesidad de una revolución social, una utopía reaccionaria que Rosa destruyó sin contemplación en una serie de artículos que la proyectaron como figura política e intelectual en la Internacional (ver Reforma o revolución). Otro episodio fue su encarnizado debate contra el “ministerialismo” ejecutado por Alexander Millerand en la sección francesa, luego de que aceptaran ingresar a un gobierno burgués bajo la excusa de defender las conquistas democráticas ante el peligro de una eventual restauración monárquica, lo cual Rosa denunció como una traición y demostró que no se pueden defender las conquistas democráticas hipotecando la independencia de clase ante la burguesía (ver La crisis socialista en Francia, un texto pequeño que sirve para entender la gravedad de la traición en curso por parte de las corrientes trotskistas dentro del PSOL en Brasil, que, escudándose en el peligro real del neofascismo bolsonarista, optaron por capitular al gobierno burgués de Lula-Alckmin).

[14] La relación dialéctica entre la lucha por reformas y la perspectiva de la revolución se explica en Ciencia y Arte de la política revolucionaria (capítulo 4), un texto de formación de nuestra corriente escrito por Roberto Sáenz.

[15] Loon-You, “Hong Konk em revolta”, Editora Sundermann (2022), São Paulo, p. 26.

[16] Ibid., 27.

[17] Para profundizar sobre nuestra caracterización de China como imperialismo en construcción y la dinámica política del régimen, recomendamos la lectura de dos trabajos de nuestro compañero Marcelo Yunes, los cuales consideramos sumamente ricos desde el punto de vista analítico y por la enorme cantidad de datos que presentan: China: un imperialismo en construcción  y China hoy: problemas, desafíos y debates.

[18] Loon-You, “Hong Konk em revolta”, Editora Sundermann (2022), São Paulo, p. 213.

[19] Es importante acortar que el gobierno fue incapaz de garantizar una vacunación masiva -en particular a la de mayor edad y más vulnerable al virus-, debido a la desconfianza de sectores de la población con la calidad de las vacunas estatales, lo cual se tornó más problemático dado que, como parte de la retórica nacionalista de la burocracia, el gobierno rechazó comprar otras de producción occidental que demostraron ser más eficaces que las suyas.

[20] Ver La nueva izquierda en China: el resurgimiento de tradiciones perdidas.

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