¿Qué es ser anticapitalista? Cinco falsos mitos, respondidos

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  • Más allá de las mentiras, falsedades y tergiversaciones de neoliberales y estatistas, el anticapitalismo y el socialismo emergen como las únicas ideologías capaces de ofrecer un futuro frente a la voracidad capitalista que está destruyendo el planeta y nos deja sin perspectiva de vida. Respondemos a cinco mitos clásicos sobre qué significa ser anticapitalista.

Renzo Fabb

Pocas veces en la historia una ideología ha sido sometida a tantas falsedades, tergiversaciones, mentiras y manipulaciones como el socialismo. Todos los días, desde los medios de comunicación, economistas del establishment, empresarios y hasta desde el propio Estado se reproducen una serie de ideas y lugares comunes que crean un sentido común sobre qué significa ser anticapitalista o socialista. Algunos lo pintan como poco menos que irse a vivir a la montaña a una comuna hippie y vivir de la naturaleza.

En este artículo nos proponemos responder brevemente a alguno de los mitos más comunes al respecto para clarificar qué significa ser anticapitalista en la actualidad, y por qué sólo el socialismo puede ofrecer una verdadera salida para la situación de crisis a la que nos condujo el capitalismo.

Mito N° 1: «Capitalismo es comprar y vender cosas. Si sos anticapitalista, no podes tener celular»

Arrancamos por el que sea probablemente el mito más difundido por los trolls de la derecha en las redes sociales, y uno de los lugares comunes más clásicos contra la izquierda. Con distintas variantes, todas se refieren a lo mismo: se identifica al capitalismo con comprar (y/o vender) cosas. «Se quejan del capitalismo, pero usan cosas capitalistas». En general, esa «cosa capitalista» suele ser una conocida marca de celular.

Empecemos por definir bien los términos. Comprar y vender es comerciar. La historia y la  antropología saben muy bien que los humanos comercian desde épocas muy primitivas (más o menos desde el desarrollo de la agricultura). Es decir, el comercio se practica literalmente desde miles de años antes de que exista el capitalismo, ni nada parecido a la «derecha» o la «izquierda».

Por lo tanto, empezar identificando al capitalismo con el comercio equivale a un «1» grande como una casa en el examen de historia.

En segundo lugar, el comercio no es ni bueno ni malo. Es simplemente necesario, al menos mientras no sea posible garantizar la abundancia de todo lo que necesitemos de manera que no sea necesario intercambiar cosas. Pero eso es una discusión para otro momento. Lo que nos interesa marcar es que la idea de que los anticapitalistas estamos en contra de «comprar cosas» es por sí misma absurda.

Sin embargo, no es desacertado decir que el capitalismo ha expandido y desarrollado las relaciones comerciales como ningún otro sistema en la historia. Nunca antes la sociedad estuvo «tan» atravesada por el comercio como en el capitalismo. Tanto es así que es directamente imposible vivir sin comprar cosas, por la sencilla razón de que en el capitalismo la inmensa mayoría de la sociedad está despojada de los medios de producción (es decir, de los medios mediante los cuales se producen los bienes y servicios que necesitamos para, al menos en principio, subsistir). Si los medios de producción están en manos de una minoría, no tenemos más remedio que comprar lo que ellos nos venden. ¿Y qué pasa si no tenés el dinero para hacerlo? mala suerte.

Con esto, ya empezamos a ver que es lo propio del capitalismo. El problema no es el comercio. El problema es que en el capitalismo, una clase social posee los medios de producción mientras que el resto no posee nada más que su capacidad de trabajar.

De esta manera se establece la relación de producción fundamental del capitalismo: el trabajo asalariado. Mientras la mayoría vive de su salario, los dueños de producción viven del trabajo ajeno. Por eso, la desigualdad social es una consecuencia intrínseca e ineludible del sistema capitalista. Y no sólo la desigualdad, también la pobreza. Porque mientras haya capitalismo, siempre habrá unos pocos ricos y muchos pobres. Es esto lo que cuestionamos los anticapitalistas.

Mito N° 2: «El capitalismo protege tu propiedad privada, los socialistas quieren sacarte tus cosas»

Llegado este punto, es un lugar común acusar a los socialistas de querer «quitarte tus cosas» para que te vuelvas una especie de esclavo moderno del Estado.

Acá también es falso identificar lisa y llanamente propiedad con capitalismo, exactamente por las mismas razones por las que era falso identificarlo con el comercio. La existencia de la propiedad privada es muy anterior al capitalismo.

Sin embargo, hay un tipo específico de propiedad que sí es propiamente capitalista. Y es la propiedad privada de los medios de producción. ¿Qué significa esto?

Cuando vas al supermercado y compras alimentos, o incluso cuando te compras un celular, o cualquier otro producto, esas cosas pasan a ser tuyas, evidentemente. Son tu propiedad personal. Como dijimos, ese tipo elemental de propiedad existe desde mucho antes que el capitalismo.

Pero la propiedad privada específicamente capitalista es muy distinta. Si en vez de comprar una silla para mi casa, lo que compro es la fábrica de sillas, estoy haciendo algo muy distinto. Primero, porque nadie compra una fábrica de sillas para tener miles de sillas en que sentarse. Cuando adquiero la fábrica de sillas, lo que busco es obtener ganancias a partir de la venta de las sillas que produzco. No me interesan las sillas más que como un medio para obtener ganancia. Ya no se trata simplemente de que algo me pertenece en el mismo sentido en que me pertenece todo lo que está de la puerta de mi casa para adentro. Ahora la propiedad se ha transformado en capital, es decir, en propiedad privada específicamente capitalista.

El ejemplo de recién, por supuesto, es una simplificación. En el mundo capitalista real, las cosas son bastante peores. La propiedad privada capitalista son enormes concentraciones de propiedad. No se trata de un «humilde» dueño de una fábrica de sillas, sino de inmensos conglomerados productivos, en muchos casos monopólicos u oligopólicos.

Lo propio de la propiedad privada capitalista es que requiere de la explotación del trabajo. El capitalismo no es el único sistema que se apoya en una forma de propiedad basada en la explotación del trabajo. También el feudalismo y el esclavismo eran sistemas basados en la explotación.

Pero lo novedoso del capitalismo es que dicha explotación se realiza a través del trabajo asalariado. El empresario paga un salario al trabajador, pero a cambio obtiene una cantidad de trabajo que representa más valor que el salario que pagó. Por lo tanto, el empresario obtiene así un plusvalor, y de allí surge lo que posteriormente será su ganancia. La desigualdad de clase aparece «oculta» en el mismo proceso de producción.

Por sobre esta desigualdad estructural, la relación salarial supone la igualdad jurídica de las partes, es decir, el capitalismo establece que todos los hombres deben ser considerados iguales. Esto es algo inédito en las sociedades de clase anteriores, donde la desigualdad se encontraba legislada en el sistema político, por ejemplo entre los esclavos y los ciudadanos libres, o los señores y los siervos.

Esta cuestión del establecimiento de la igualdad jurídica de los individuos nos reenvía al siguiente mito, que contrapone el «interés privado» de los individuos frente al Estado.

Mito N° 3: «El capitalismo son los individuos, el socialismo es el Estado»

Este es otro mito largamente difundido. Ni el capitalismo es sólo «lo privado» ni el socialismo es un estatismo.

Contrario a lo que dicen muchos manuales escolares, no existe algo así como una «economía mixta». El hecho de que haya empresas privadas y además empresas estatales no significa que la sociedad sea un poco capitalista y un poco socialista. Tampoco lo sería por el hecho de que el Estado cobre impuestos a las empresas.

Del mismo modo, «Estado» no es lo opuesto a «propiedad privada». En el feudalismo, por ejemplo, la propiedad era privada y estatal a la vez.

En la actualidad, el Estado es un Estado capitalista. De hecho, no puede haber capitalismo sin Estado. Si no hay Estado, ¿quien va a defender la propiedad privada de los capitalistas de los millones que no tienen nada? La naturaleza fundamental del Estado es la de tener el monopolio de la fuerza para garantizar que se respete la propiedad privada.

Esto es así no sólo en el capitalismo (como en el caso de los ejemplos anteriores, el Estado también existe desde mucho antes que el capitalismo), pero el tipo específico de propiedad que nace en el capitalismo, como vimos, requiere más que ninguna otra sociedad anterior una maquinaria estatal enorme y poderosa. De otro modo, sería imposible que una ínfima minoría pudiera establecer su dominación sobre la gran mayoría.

Claro que el Estado hace muchas más cosas que simplemente proteger la propiedad privada. Pero lo hace garantizando el funcionamiento de la sociedad capitalista como un todo, y no necesariamente a cada capitalista individual.

De hecho, el propio Estado puede hacer las veces de capitalista, como en los países mal llamados «socialistas» como China, o incluso parcialmente en Venezuela. Para un trabajador, ser explotado por un empresario privado o por un funcionario estatal no cambia su situación.

Esto también explica por qué los socialistas no somos estatistas. No hacemos un fetiche del Estado. En la sociedad actual, le exigimos al Estado que tome políticas a favor de la clase trabajadora, que garantice sus derechos y reduzca la explotación. Pero sabemos muy bien que este Estado, por sí mismo, no puede terminar con el capitalismo.

Con la abolición de la propiedad privada, se abre la perspectiva de que la sociedad se libre del Estado. Ni el más liberal de los liberales puede decir lo mismo de su podrida sociedad capitalista. Mientras que haya privilegios que defender, habrá Estado. Por lo tanto, los capitalistas son los primeros «estatistas».

Mito N° 4: «Los capitalistas dan trabajo. Si a las empresas les va bien, a todos nos va a ir mejor»

Este mito que llega a amplios sectores de la sociedad, y no sólo a aquellos voceros a sueldo del capitalismo, sino a muchas personas que lo creen genuina y honestamente.

Se trata de la famosa «teoría del derrame»: si los empresarios ganan mucha plata, van a invertir más y eso nos beneficiará directa o indirectamente a todos. Esto suena muy lindo en teoría, pero no se verifica en la realidad.

En el mundo real, los empresarios buscan exprimir lo más que puedan a sus trabajadores. Cualquier trabajador, desde un obrero industrial hasta un mozo de un bar lo sabe, porque lo vivencia todos los días. Como el objetivo de las empresas es maximizar sus ganancias, la propia lógica capitalista los lleva a querer abaratar sus «costos». Esto significa que los empresarios siempre van a presionar por bajar los salarios, aumentar la jornada laboral, reducir o eliminar los derechos laborales tales como vacaciones, tiempos de descanso, derecho a huelga, entre otros. No se trata de que los capitalistas sean «malvados», es la lógica propia del sistema la que los empuja por maximizar la explotación.

De hecho, los economistas del establishment suelen decir que los derechos laborales son los que «impiden» la creación de nuevos puestos de trabajo. Al decir eso, están admitiendo que la situación mejora (mejora para ellos) siempre que haya mayor explotación de los trabajadores.

Los socialistas y los anticapitalistas luchamos contra estos atropellos patronales. Los trabajadores han construido sus propios métodos de lucha para defenderse: la huelga, la movilización, las asambleas. Si hoy subsisten todos esos derechos, no es por ninguna bondad ni de los empresarios ni del Estado, sino por la organización y la lucha de nuestra propia clase.

Esto nos conecta con el punto anterior: los derechos de los trabajadores y los límites impuestos a la explotación capitalistas no fueron regalos. No sólo el Estado no le «regala» derechos a nadie (como dicen los liberales, que sostienen que el Estado «reparte plata que no es de él», pero también como dice una parte del progresismo que encuentra en el Estado el sujeto que logra la «ampliación de derechos»), sino que todos esos derechos fueron arrancados mediante años de lucha de la clase trabajadora. Esa lucha no fue sólo contra la clase capitalista, sino también contra el propio Estado que los representa y defiende.

Mito N° 5: «Los países desarrollados son capitalistas, los países pobres son socialistas»

Terminamos con uno de los mitos más reproducidos por nuestros liberales vernáculos y otros defensores a sueldo del sistema capitalista. La idea de que los países son más ricos cuanto «más capitalistas» son, y viceversa, son más pobres cuanto «más socialistas» son.

Ya hemos hablado más arriba de que no se puede ser más o menos capitalista, dependiendo de qué política económica tome el país. Se es un país capitalista independientemente de si las políticas son más liberales, más proteccionistas, o cualquier otra variante, en el marco de que subsista la propiedad privada de los medios de producción.

Ahora bien, los políticos burgueses plantean la discusión como sigue: cada país tiene la posibilidad de desarrollarse. Los países desarrollados han «hecho las cosas bien», mientras que los subdesarrollados «hacen las cosas mal». Aquí, bien y mal se definen en función de si se les garantiza o no las mayores ganancias posibles a los empresarios, sustentándose en la teoría del derrame de la que hablamos más arriba.

Es decir, en su discurso el desarrollo es entendido de manera individual, cada país juega su propio partido y depende de sí mismo para mejorar su calidad de vida o no.

Lo falaz de esta concepción es bastante evidente. El capitalismo es un sistema mundial. Incluso países que no son capitalistas (por ejemplo, Cuba) no pueden abstraerse de que el resto del mundo sí lo es. Las leyes económicas del capitalismo siguen imperando.

Si el sistema es uno y es mundial, es falso que cada país haga su propio camino. De hecho los llamados países desarrollados son en su mayoría países imperialistas: se ubican en una posición de dominación económica frente a todos los demás. El resto de los países se vuelven dependiente de aquellos.

En general, esa dominación se hace efectiva mediante mecanismos meramente económicos en el mercado mundial. Como los países desarrollados venden productos más valiosos que los productos menos elaborados que los de los demás países, el intercambio es desigual, en favor de los poderosos. Para decirlo sencillamente, los países imperialistas venden productos caros (productos industriales, tecnología, vehículos, etc.) mientras que los países dependientes sólo tienen para ofrecer productos de menor valor (materias primas, alimentos, minerales).

Este intercambio desigual reproduce la posición de cada país en el sistema capitalista mundial: a la larga o a la corta, los países ricos siempre saldrán beneficiados en detrimento de los más pobres. Además, los países imperialistas utilizan el mecanismo de la deuda externa para someter a los países menos desarrollados y reforzar los lazos de dependencia.

Pero como los países imperialistas no pueden controlar todo a su antojo (y además porque los propios países imperialistas compiten entre sí), a veces tienen que recurrir a medios extra-económicos para garantizar o reforzar su posición dominante. Cuando eso ocurre no tienen reparos en interferir en la política interna de los demás países, apoyando o perjudicando a tal o cual sector político, cuando no directamente organizan y/o apoyan golpes de Estado en otros países.

En este punto como en los demás, los discursos apologistas del capitalismo suenan realmente muy bien en la teoría, pero el mundo capitalista real es bastante más oscuro que lo que nos venden.

Para recuperar el futuro, hay que tomar medidas anticapitalistas

El capitalismo nos ha llevado una y otra vez a la crisis. La propia pandemia es producto de la voracidad con la que el capitalismo consume los recursos naturales y destruye el medio ambiente.

Todos los gobiernos capitalistas han llevado al país una y otra vez a la pobreza, la desigualdad y al endeudamiento. Los trabajadores pierden su salario todos los días, los jóvenes carecen de una perspectiva a futuro mientras son condenados a trabajos precarios y sin derechos.

En este contexto de crisis, más que nunca son necesarias medidas anticapitalistas para que la crisis la paguen los empresarios, y no la mayoría trabajadora.

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