La historiografía decolonial: una interpretación esencialista del proceso histórico

Una interpretación abstracta y sin ninguna densidad histórica, pues la centralidad del análisis gira en torno a nociones geopolíticas carentes de cualquier anclaje de clase, incurriendo en caracterizaciones con marcados sesgos esencialistas para explicar el desarrollo histórico.

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Para comprender y debatir las categorías centrales del giro decolonial, es preciso iniciar con la interpretación histórica que realizan sobre la constitución del capitalismo, la configuración de la “matriz colonial del poder” y la colonización de América. Esto es un punto nodal de su propuesta para dirigir sus ataques contra la modernidad y, especialmente, para entablar un debate intelectualmente deshonesto contra el marxismo y su interpretación materialista de la historia, achacándole posturas que son exclusivas del estalinismo soviético e invisibilizando otras perspectivas teóricas de la tradición del socialismo revolucionario, en particular las elaboraciones del trotskismo.

 

La “matriz colonial del poder” en la historiografía decolonial

Para los decolonialistas el desarrollo histórico se comprende desde la “colonialidad”, la cual “consiste en develar la lógica encubierta que impone el control, la dominación y la explotación, una lógica oculta tras el discurso de la salvación, el progreso, la modernización y el bien común” (Mignolo, 2007: 32). Está se encuentra relacionada con la modernidad, la cual asocian orgánicamente con el proceso histórico mediante el cual Europa se constituyó como región hegemónica, por lo cual sostienen una peculiar conclusión: ¡no se puede ser moderno sin ser colonial!

Producto de la dialéctica “modernidad/colonialidad” aducen que se configuró una “matriz colonial del poder”, clave estratégica para comprender las relaciones políticas mundiales instauradas por Europa desde la conquista de América en el siglo XVI, lo cual explica el “componente colonial de la modernidad” (Mignolo, 2007). Así, el ángulo central para comprender el desarrollo histórico son las relaciones/contradicciones de poder entre el “centro” y la “periferia” (nociones tomadas de la teoría de la dependencia) y el capitalismo es asumido como un sistema ya plenamente constituido desde el siglo XVI, aunque se reconoce que tuvo “momentos históricos derivados” con la Ilustración, Revolución Industrial y, más recientemente, finalizada la Segunda Guerra Mundial y el ascenso de los Estados Unidos como potencia hegemónica.

Esta es una interpretación abstracta y sin ninguna densidad histórica, pues la centralidad del análisis gira en torno a nociones geopolíticas carentes de cualquier anclaje de clase, incurriendo en caracterizaciones con marcados sesgos esencialistas para explicar el desarrollo histórico; por un lado, nos presentan una versión monolítica de Europa/Occidente capitalista, eurocéntrica y racista, por el otro una versión romántica de las regiones no-europeas/occidentales, colonizadas y expoliadas por la modernidad. Ramón Grosfoguel reproduce con precisión esta deriva esencialista decolonial, al situar la asimetría entre las “poblaciones occidentales” y las “no-occidentales” como la contradicción central del proceso histórico mundial: “El sistema-mundo entonces es mucho más que un sistema económico, es una matriz colonial de poder compuesta por todo un sistema complejo en red de múltiples y heterogéneas relaciones de poder enredadas entre sí que privilegian a las poblaciones occidentales (euro-norteamericanas, euro-mexicanas, euro-colombianas, etc.) sobre las poblaciones no-occidentales” (Grosfoguel, 2008: 25).

A partir de esto los decolonialistas emprenden ataques contra la modernidad en su conjunto, pero con mayor énfasis contra la perspectiva materialista de la historia, a la cual reprochan no romper con la “colonialidad del poder” y sostener un proyecto de “emancipación universal” enmarcado en el paradigma de la modernidad eurocéntrica, similar al cristianismo y liberalismo. En realidad los argumentos decoloniales contra el materialismo histórico son de muy bajo nivel teórico, en su mayoría sustentados en postulados del posmodernismo y en  muchos “lugares comunes” del anti-comunismo de “Guerra Fría”[2].

Esto se aprecia desde el arranque de sus críticas pues, de forma totalmente abusiva, incluyen al materialismo histórico en la misma “modernidad” del cristianismo y liberalismo. Esta falsa idea de una “modernidad homogénea” es muy propia del posmodernismo, cuando en realidad debe ser considerado como un fenómeno sumamente contradictorio (o una “modernidad doble” en palabras de Alan Rush), pudiéndose encontrar “modernistas afirmativos” que reivindican los valores hegemónicos del pensamiento racionalista burgués, pero también los “modernistas críticos” que cuestionan las sociedades modernas burguesas y colocan su énfasis en las contradicciones sociales, como es el caso del marxismo y la perspectiva materialista de la historia (García, 2007).

Por otra parte, los decolonialistas arguyen que el marxismo realiza un enfoque eurocéntrico, economicista y teleológico de la historia, sustentando en las categorías “ahistóricas” de “modos de producción” y “lucha de clases”. De acuerdo a Aníbal Quijano, en el materialismo histórico (y otras visiones eurocéntricas) “subyace la idea de que de algún modo las relaciones entre los componentes de una estructura societal son dadas, ahistóricas, eso es, son el producto de la actuación de algún agente anterior a la historia de las relaciones entre las gentes (…) Si en Marx se hace también intervenir acciones humanas en el origen de las ‘relaciones de producción’, para el materialismo histórico eso ocurre por fuera de toda subjetividad” (Quijano, 2007: 97).

En realidad el materialismo histórico dista muchísimo de esta “caricatura” que nos ofrecen Quijano y otros decolonialistas. Marx y Engels dedicaron grandes esfuerzos a la investigación económica, pues resultaba determinante descifrar el funcionamiento real de la acumulación capitalista para consolidar una nueva economía política desde los intereses de la clase obrera y los oprimidos.  Pero esto nunca lo realizaron desde una perspectiva economicista, por el contrario, siempre estuvo orientado a esclarecer el funcionamiento histórico de las sociedades.

Esto se aprecia en La Ideología Alemana, donde Marx comienza a desarrollar varias de las categorías centrales del materialismo histórico, realizando un abordaje de la historia desde la “ciencia real” y analizando el “proceso práctico de desarrollo de los hombres”. Ahí Marx establece una relación dialéctica entre las formas de producción social y la historia de las sociedades humanas, destacando que el “primer hecho histórico” es la producción de medios para satisfacer las necesidades de los seres humanos.

Siguiendo con este razonamiento, Marx analiza que la producción es la clave para comprender el funcionamiento de las formaciones sociales, dado que “representa ya una forma determinada de la actividad de estos individuos, una forma establecida de manifestar su vida, un modo de vida fijado. La forma en que los individuos manifiestan su vida refleja exactamente eso que son. Eso que son, coincide, entonces, con su producción, tanto con lo que producen como con la forma en que lo producen. Lo que son los individuos depende, pues, de las condiciones materiales de su producción” (Marx, sin data: 26).

En Marx las relaciones sociales de producción son la clave para comprender las formaciones sociales, lo cual, insistimos, no se reduce a un “economicismo vulgar”, sino que abarca al conjunto de la vida social, incluyendo el plano de las ideas. Por eso Marx aduce que las relaciones materiales en la sociedad son el “lenguaje de la vida real”, rechazando cualquier interpretación fetichista de la realidad.  Por esto Marx y Engels arrancan el Manifiesto Comunista con la célebre frase “La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases”, estableciendo un criterio central para comprender el proceso histórico, tanto en sus permanencias y en su rupturas, algo determinante para el marxismo en tanto proyecto de emancipación social.

Lo anterior también niega cualquier indicio de “teleología” en el materialismo histórico, pues la lucha de clases plantea un escenario abierto de posibilidades históricas, donde el factor agencial de los sujetos toma parte en el proceso histórico. Callinicos señala que “el materialismo histórico no es una teoría teleológica de la evolución social, y no sólo niega que el capitalismo sea el último estadio del desarrollo histórico, sino que el comunismo, la sociedad sin clases (…) no es la consecuencia inevitable de las contradicciones del capitalismo, pues existe otra alternativa, lo que Marx llamó ‘la perdición mutua de las clases en conflicto’ y Rosa Luxemburg ‘barbarie’ (Callinicos, 2011: 98).

 

Capitalismo, colonización y explotación del trabajo

Por otra parte, Ramón Grosfoguel emprende ataques contra Marx, a quien acusa de etapista porque desvincula la acumulación originaria de la acumulación ampliada de capital, lo cual tiene por objetivo “liberar de responsabilidad” a los europeos de las formas de explotación colonial: “Esta negación de la coetaneidad en el tiempo es típica de las formulaciones eurocéntricas que conceptualizan el tiempo en etapas de la historia y expulsan hacia el pasado las formas de producción de la periferia no-europea para liberar de responsabilidad a los centros europeo/euro/norteamericanos de la explotación ayer y hoy” (Grosfoguel, 2008: 20).

Esta acusación de Grosfoguel es una vulgarización de las posturas de Marx que no resiste el menor análisis. Marx y Engels constituyeron un equipo de trabajo intelectual y político que produjo elaboraciones monumentales, las cuales aún destacan por su riqueza estratégica. Pero no se debe perder de vista que también fue una obra pionera, estableciendo las bases fundacionales del comunismo científico y el materialismo histórico. De ahí que algunas de sus elaboraciones presenten desigualdades, pues su agenda de trabajo estuvo muy saturada en gran cantidad de temas y dejaron otros puntos de su elaboración teórica inacabados[3]. Es el caso de las posiciones sobre el colonialismo, las cuales variaron mucho en el transcurso de la segunda mitad del siglo XIX. A pesar de esto, Marx legó significativas hipótesis de trabajo para comprender el desarrollo del capitalismo y las relaciones sociales de producción en las colonias (las cuales serán profundizadas por Trotsky), en particular sus apreciaciones generales sobre las formas combinadas de explotación capitalista.

En sus escritos sobre el colonialismo en El Capital, Marx retoma su definición del capital como una relación social dinámica, estableciendo que “los medios de producción y de subsistencia pertenecientes al productor inmediato, al trabajador mismo, no son capital. Sólo se convierten en él cuando sirven como medios para explotar y dominar el trabajo” (Marx, 973: 746). Nótese que Marx no hace énfasis en ningún régimen específico de extracción de plustrabajo, solamente señala que la relación capitalista se establece a partir de la explotación y dominación del trabajo, cuya base es la “expropiación del trabajador”.

Esto se complementa con sus elaboraciones en Trabajo asalariado y capital (citado en esta sección de El Capital) donde plantea con todo detalle el carácter combinado de la explotación capitalista: “Un negro es un negro. Sólo en condiciones determinadas se convierte en esclavo. Una máquina de hilar algodón es una máquina de hilar algodón. Sólo en determinadas condiciones se convierte en capital. Separada de estas condiciones, es tan poco capital como el oro es por sí mismo dinero o el azúcar precio del azúcar. El capital representa también relaciones sociales. Se trata de relaciones burguesas de producción, de las relaciones de producción de la sociedad burguesa” (Marx, 1973: 745)

Visto lo anterior, es claro que en Marx la explotación capitalista podía incorporar formas de explotación diferentes al trabajo asalariado, aunque ésta continuara siendo la relación social predominante en el capitalismo industrial, tesis que en las últimas décadas se confirmó plenamente, pues actualmente el mundo es mayoritariamente urbano y proletario, siendo la relación salarial determinante en el capitalismo del siglo XXI.

 

Capitalismo e Imperialismo

Como explicamos anteriormente, para los decolonialistas la “modernidad” y la “colonialidad del poder” son las categorías estratégicas para comprender el proceso histórico, cuya interrelación genera la “matriz colonial de poder”.  De esta forma, todas las especificidades en las relaciones sociales de producción y las variaciones sustantivas en los regímenes de acumulación capitalista se diluyen en una abstracción ahistórica. El “capitalismo eurocentrado” y su “matriz colonial de poder” es la definición determinante, estableciéndose casi que una línea directa entre la conquista española y las guerras mundiales del siglo XX: ¡Isabel de Castilla, Stalin y Roosevelt son parte de la misma “colonialidad del poder”!

A partir de esto los decolonialistas refutan la definición de imperialismo sintetizada por Lenin en su texto El imperialismo, fase superior del capitalismo. De acuerdo a Grosfoguel la “caracterización leninista que tanto ha influido en la discusión sobre el imperialismo en el siglo XX parte de una visión eurocéntrica del capitalismo con su correspondiente concepción lineal y etapista del tiempo histórico: «capitalismo comercial», «capitalismo agrario», «capitalismo industrial» y «capitalismo financiero» son las cuatro fases sucesivas del capitalismo (…) Esta posición asume una linealidad en la que las formas anteriores de trabajo se remplazan por las formas posteriores y en la que el capitalismo se identifica como el equivalente al trabajo asalariado. Otras formas de trabajo (semifeudal, esclavista, mercantil simple, etc.) son lanzadas al pasado al ser conceptualizadas como «pre-capitalistas» cuando en realidad siempre co-existieron en la periferia colonial articuladas a la acumulación de capital a escala mundial” (Grosfoguel, 2008: 18-19).

¿Son atinadas estás críticas decoloniales hacia la categoría leninista de “imperialismo”? Lenin escribe El imperialismo… en 1916 con el objetivo de brindar una respuesta teórica a un fenómeno enteramente novedoso y de enorme trascendencia para el movimiento socialista revolucionario: explicar el carácter social y las perspectivas abiertas por la Primera Guerra Mundial. En este sentido el aporte de Lenin con esta obra fue gigantesco, pues demostró la transformación de la economía mundial capitalista y sus implicaciones en  las relaciones internacionales a inicios del siglo XX: “El capitalismo se ha transformado en un sistema universal de sojuzgamiento colonial y de estrangulación financiera de la inmensa mayoría de la población del planeta por un puñado de países ‘adelantados’. El reparto de este ‘botín’ se efectúa entre dos o tres potencias rapaces,  y armadas hasta los dientes (Norteamérica, Inglaterra, el Japón), que dominan en el mundo y arrastran a su guerra, por el reparto de su botín, a todo el planeta” (Lenin, 1970: 696).

Debido a este análisis, Lenin comprendió de inmediato el carácter imperialista de la Primera Guerra Mundial, la cual definió acertadamente como una “guerra de conquista, de bandidaje y de rapiña”. Más importante aún, atinó a caracterizar que la guerra mundial no era un enfrentamiento bélico más, sino que representaba un “punto de quiebre” en la historia contemporánea al generar una crisis irreversible del orden político europeo[4]. Esto lo capturó Lenin en tiempo real (demostrando la sensibilidad política que le distinguía) y, por lo mismo, calificó al  imperialismo como la “antesala de la revolución socialista”, perspectiva que se demostraría históricamente correcta con el triunfo de la revolución rusa en 1917 (un año después de escribir El imperialismo…)

Quizás esto nos parezca algo poco significativo en la actualidad, pero contamos con la ventaja de que ya sabemos el “final de la película”. Pero en tiempos de Lenin era una conclusión novedosa en las tiendas del socialismo revolucionario. Para ilustrar esto, basta con revisar algunos pasajes de la correspondencia entre Marx y Engels sobre el colonialismo en 1858, donde reflejan sus “dudas” sobre las posibilidades de triunfo de la revolución socialista en Europa debido a que el capitalismo aún presentaba un papel ascendente al universalizar las relaciones sociales de producción: “La verdadera misión de la sociedad burguesa es la de crear el mercado mundial, al menos a grandes rasgos, así como una producción basada en éste (…) Para nosotros, la cuestión difícil es ésta: en el continente está a punto de estallar la revolución, que adquirirá en seguida carácter socialista; ¿no será ineludiblemente aplastada en este pequeño rincón, ya que, en un terreno mucho más amplio, el movimiento de la sociedad burguesa sigue aún en ascenso?” (Marx, 1970: 93)

Con El Imperialismo… Lenin demuestra que el capitalismo ingresaba en “una fase particular de desarrollo” al lograr un determinado grado de madurez, donde sus características fundamentales se transformaron en su “antítesis”. Dicho en otros términos, la sociedad burguesa había superado su movimiento “ascendente”, sentándose las condiciones para un cambio epocal en la historia universal: ¡la perspectiva de la revolución socialista en el horizonte político de la clase obrera!

Lo anterior desvalida las acusaciones de Grofoguel sobre el “etapismo” de Lenin en su comprensión del tiempo histórico. Por el contrario, con su caracterización del imperialismo como la fase superior del capitalismo realizó un aporte novedoso para la comprensión materialista de la historia universal. Pero también conquistó una herramienta estratégica para comprender la profundidad de la revolución de febrero contra el zarismo y la nueva situación política que se abrió en Rusia a partir de este momento, superando la formulación clásica bolchevique que sostenía que la revolución rusa sería por sus fines burguesa, pero dirigida por la clase obrera en unidad con el campesinado, lo cual se sintetizaba en la consigna de “dictadura democrática revolucionaria del proletariado y los campesinos”.

En este sentido Lenin sí sostuvo una visión etapista de la revolución rusa durante muchísimos años pero, a diferencia de lo que señala Grosfoguel, no se originó por una valoración esquemática en las formas de explotación del trabajo, sino que se sustentó alrededor de las relaciones políticas entre las clases sociales y la necesidad de revolucionar la propiedad agraria. Para Lenin la burguesía liberal rusa era extremadamente débil e incapaz de liderar una revolución democrática a fondo contra el zarismo, mientras que existía una comunidad de intereses democrático-populares entre el proletariado y campesinado que los potenciaba para luchar a fondo contra el régimen autocrático. Así, según la concepción de Lenin, la revolución contra el zarismo sería un punto de apoyo para fortalecer la lucha del proletariado por el socialismo y no la dominación de la burguesía rusa, aspecto que lo diferenciaba de la otras concepciones etapistas de Plejanov y los mencheviques, quienes siempre sostuvieron que la revolución debía ser dirigida por la burguesía y no por la clase obrera.

Lo anterior se confirma con las posiciones de Lenin en Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática (escrito en 1905), donde a la vez que defiende el carácter “burgués” de la próxima revolución rusa, también deja en claro que sería un proceso donde se entrelazarían “elementos del pasado y del porvenir”: “Naturalmente, en una situación histórica concreta se entrelazan elementos del pasado y del porvenir, se confunden uno y otro camino. El trabajo asalariado y su lucha contra la propiedad privada existen también bajo la autocracia, nacen incluso en el régimen feudal. Pero esto no nos impide en lo más mínimo distinguir lógica e históricamente las grandes fases del desarrollo. Pues todos nosotros contraponemos la revolución burguesa y la socialista (…), pero ¿se puede negar acaso que se entrelacen en la historia elementos aislados, particulares de una y otra revolución? ¿Acaso la época de las revoluciones democráticas en Europa no registra una serie de movimientos socialistas y de tentativas socialistas?” (Lenin, 1970b: 538).

Esta cita desmiente las acusaciones de Grosfoguel sobre la “narrativa lineal eurocéntrica del leninismo”, pues Lenin sí tenía presente, aunque fuese de forma muy general y sin abandonar su perspectiva etapista, que en las revoluciones se combinaban “elementos aislados, particulares” de diferentes fases del desarrollo histórico, aspecto que alcanzaría su punto de mayor lucidez con las elaboraciones de Trotsky.

Así, la revolución democrática adquiere con Lenin una particular “dialéctica de clases”, estableciéndose una tensión permanente entre los fines burgueses y los sujetos sociales de la revolución. Trotsky fue crítico de esta perspectiva bolchevique, pues caracterizaba que resolvía de forma “algebraica” el problema del poder, aunque rescataba que también incorporaba un aspecto fuerte al plantear una colaboración entre las clases para la revolución: “Lenin  planteaba la cuestión de una alianza de obreros y campesinos, irreconciliablemente opuesta a la burguesía liberal. La historia no había presenciado nunca semejante alianza. Se trataba de una experiencia, nueva por sus métodos, de colaboración de las clases oprimidas de la ciudad y el campo. Por esta misma razón, planteábase también como novedad el problema de las formas políticas de colaboración” (Trotsky, 2000: 453). De ahí que, sin dejar de lado los límites etapistas de esta concepción, Lenin siempre procuró incorporar a otras clases sociales explotadas y oprimidas a la revolución, en particular al campesinado que era una inmensa mayoría en Rusia[5].

Esta particular concepción de la revolución, sustentada sobre la acción directa de la clase obrera y los campesinos, le facilitó a Lenin replantearse sus posturas con las Tesis de abril  (1917), donde rompe con su etapismo previo y se posiciona por avanzar hacia una segunda fase de la revolución “que debe poner el Poder en manos del proletariado y de las capas pobres del campesinado”, es decir, estableciendo una “sintonía fina” entre los fines y los sujetos de la revolución. Esto generó un debate intenso a lo interno del Partido Bolchevique, pues Lenin fue atacado por los “viejos bolcheviques” debido a que estaba distanciándose de las posiciones históricas del partido. Ante esto Lenin insistió en la necesidad de saber apreciar los momentos políticos y, haciendo gala de una riquísima comprensión del marxismo distante de todo dogmatismo, aseguró que “las consignas y las ideas bolcheviques han sido, en general, plenamente confirmadas por la historia, pero concretamente las cosas han sucedido de modo distinto a lo que (quienquiera que fuese) podía esperarse; han sucedido de modo más original, más peculiar, más variado” (Lenin, sin data: 11).

Por último, es cierto que en El imperialismo Lenin se concentra en los aspectos económicos del proceso, lo cual se explica por la necesidad de fundamentar con datos sólidos sus debates sobre la guerra mundial con la socialdemocracia europea, la cual se posicionó a favor de la guerra. Pero también porque, como el mismo Lenin señala en varios prólogos del texto, era una medida consciente para sortear la censura del zarismo[6], haciendo énfasis en debates teóricos en detrimento de otros más políticos. Lastimosamente la honestidad intelectual de Grosfoguel no le alcanza para señalar esto cuando lo acusa de “reduccionista económico”, demostrando la bajeza del “debate” que realiza.

En síntesis, el debate de Lenin sobre el imperialismo siempre estuvo tensionado en torno a su perspectiva de la revolución socialista, haciendo eje en las discusiones estratégicas por encima de las situaciones coyunturales. Este es un rasgo común de todas las elaboraciones de los grandes socialistas revolucionarios (Marx, Engels, Luxemburgo, Trotsky). Por esto afirmamos que su caracterización del imperialismo no es un reflejo del “etapismo” del que lo acusa Grosfoguel, todo lo contrario, fue un punto de partida para que Lenin repensara la perspectiva de la revolución socialista en el siglo XX a partir de los desarrollos de la lucha de clases, pues como el mismo afirmara en las Tesis de abril,  “el marxismo debe tener en cuenta la vida misma, los hechos exactos de la realidad, y no continuar aferrándose a la teoría del ayer, que, como toda teoría, únicamente traza, en el mejor de los casos, lo fundamental, lo general, y sólo de un modo aproximado abarca toda la complejidad de la vida” (Lenin, sin data: 12). Así razonaba y hacía política el verdadero Lenin, muy distante de la vulgar caricatura dogmática de Guerra Fría que nos presenta Grosfoguel.

 

El imperialismo y la “dialéctica de las etapas históricas”

A lo largo de este capítulo insistimos en que los ataques decoloniales al materialismo histórico son infundados, lo cual sustentamos en los acápites anteriores en referencia a las discusiones sobre las posiciones de Marx y Lenin. Pero donde no queda ninguna duda sobre la bajeza de los debates decoloniales es con respecto a una “pequeña” omisión: ¡Trotsky y la teoría del desarrollo desigual y combinado! Aquí ya las cosas pasan a otro nivel, pues Trotsky es el gran pensador estratégico del marxismo revolucionario en el siglo XX y quien realizó los mayores aportes para la actualización del enfoque materialista de la historia[7]. De ahí que obviar la riqueza de su obra es muestra de un debate intelectualmente deshonesto.

De acuerdo a Quijano el “materialismo histórico ha reconocido, después de la Segunda Guerra Mundial, que en su visión evolucionista y unidireccional de las clases sociales y de las sociedades de clase, hay pendientes problemas complicados. En primer lugar por la reiterada comprobación de que incluso en los ‘centros’, algunas ‘clases pre-capitalistas’, el campesinado en particular, no salían, ni parecían dispuestas a salir de la escena histórica del ‘capitalismo’, mientras otras, las clases medias, tendían a crecer conforme el capitalismo se desarrollaba. En segundo lugar, porque no era suficiente la visión dualista del pasaje entre ‘precapitalismo’ y ‘capitalismo’ respecto de las experiencias del ‘Tercer Mundo’, donde configuraciones de poder muy complejas y heterogéneas no corresponden a las secuencias y etapas esperadas en la teoría eurocéntrica del capitalismo. Pero no logró encontrar una salida teórica respaldada en la experiencia histórica y arribó apenas a la propuesta de ‘articulación de modos de producción’, sin abandonar la idea de la secuencia entre ellos. Es decir, tales ‘articulaciones’ no dejan de ser coyunturas de la transición entre los modos ‘precapitalistas’ y el ‘capitalismo’. En otros términos, consisten en la coexistencia — transitoria, por supuesto — del pasado y del presente de su visión histórica!” (Quijano, 2007: 97).

Nos disculpamos por la extensión de la cita, pero nos pareció necesario reproducirla totalmente para reflejar lo insustancial de la crítica decolonial al materialismo histórico. Para nuestros lectores y lectoras más avezadas en la obra de Trotsky, desde ya resultará claro que este planteamiento de Quijano tiene la “solidez” de un castillo de naipes, pues todos estos cuestionamientos al materialismo histórico fueron problematizados dialécticamente por el gran revolucionario ruso desde principios del siglo XX (¡no después de la Segunda Guerra Mundial!), cuando perfiló su teoría de la revolución permanente en Rusia que, posteriormente, universalizaría a partir de las enseñanzas de la revolución china de 1927.

Anteriormente explicamos que Trotsky fue crítico de la teoría etapista de la revolución leninista, al considerar que no vinculaba en un mismo proceso la fase democrática con la perspectiva socialista, a la vez que resolvía de forma algebraica el tema del poder con el planteamiento de “dictadura democrática revolucionaria del proletariado y los campesinos”. Para Trotsky era necesario sumar al campesinado a la revolución, pero estableciendo un papel de dirección del proletariado, pues era la única forma de garantizar que transitara hacia una perspectiva socialista y no se detuviera en la fase democrático-burguesa. Como explicará más adelante, su formulación colaboracionista entre la clase obrera y el campesinado la realizaba a partir de una “mecánica política” diferente, sustentada en otro programa, formas de partido y métodos políticos (Trotsky, 2000). Por esto no compartía la consigna bolchevique para la revolución que, aunque garantizaba la independencia política frente a la burguesía liberal, establecía desde el vamos un “dique estratégico” que bloqueaba la profundización del proceso revolucionario. Esta diferencia se resolvió en los hechos en 1917, cuando Lenin avanzó hacia una perspectiva similar con las Tesis de abril, ante lo cual Trotsky se integró posteriormente al Partido Bolchevique pues las diferencias pasaron a ser meramente tácticas[8].

Trotsky apoyaba su teoría de la revolución permanente en una peculiar y novedosa interpretación del proceso histórico, la cual denominó la “ley del desarrollo desigual y combinado”, que explicó de la siguiente manera en su capítulo primero de la Historia de la Revolución Rusa:  “Las leyes de la historia no tienen nada de común con el esquematismo pedantesco. El desarrollo desigual, que es la ley más general del proceso histórico, no se nos revela en parte alguna con la evidencia y la complejidad con que la patentiza el destino de los países atrasados. Azotados por el látigo de las necesidades materiales, los países atrasados vense obligados a avanzar a saltos. De esta ley universal del desarrollo desigual de la cultura deriva otra que, a falta de nombre más adecuado, calificaremos de ley del desarrollo combinado, aludiendo a la aproximación de las distintas etapas del camino y a la confusión de distintas fases, a la amalgama de formas arcaicas y modernas” (Trotsky, 2012: 33).

A partir de esta concepción Trotsky actualizó el andamiaje estratégico del materialismo histórico al incorporar al imperialismo en la comprensión del desarrollo histórico-social universal. Con anterioridad Marx y Engels habían señalado el papel revolucionario de la burguesía en el proceso histórico, pues el capitalismo configuró el carácter universal/cosmopolita de la producción y el consumo de las sociedades humanas. Esto les permitió comprender el carácter internacionalista de la revolución socialista, pero no alcanzaron a esbozar una estrategia revolucionaria realmente universal que abarcara a los países coloniales y semicoloniales.

Trotsky analiza en A noventa años del Manifiesto Comunista que esto partía de una hipótesis de trabajo de Marx y Engels, pues “consideraban que la revolución social, «al menos en los principales países civilizados», era cosa de pocos años, la cuestión colonial quedaba para ellos resuelta automáticamente, no como consecuencia de un movimiento independiente de las nacionalidades oprimidas, sino de la victoria del proletariado en los centros metropolitanos del capitalismo. La cuestión de la estrategia revolucionaria en los países coloniales y semicoloniales no se aborda por tanto para nada en el Manifiesto. Estas cuestiones siguen exigiendo una solución independiente” (Prólogo en Marx y Engels, sin data: 49).

Esta hipótesis no se cumplió, lo cual resultó claro a finales del siglo XIX e inicios del XX, cuando Trotsky inició su trayectoria militante. Esto explica la riqueza de su obra teórica y estratégica, pues tuvo que buscar respuesta a los desafíos políticos impuestos por la lucha de clases en un país como Rusia, donde el capitalismo se desarrolló en el marco de un Estado autocrático absolutista y la clase social mayoritaria era el campesinado, pero que contaba con una joven y dinámica clase obrera producto de las inversiones industriales del capital imperialista europeo que, además, mostraba un alto nivel de politización y combatividad social.

Estas particularidades del desarrollo capitalista en Rusia y las experiencias de lucha de su joven clase obrera contra el zarismo, fueron el terreno fértil para que Trotsky captara la “dialéctica de las etapas históricas”, identificado los elementos desiguales y combinados en el proceso histórico: “Los países atrasados se asimilan las conquistas materiales e ideológicas de las naciones avanzadas. Pero esto no significa que sigan a estas últimas servilmente, reproduciendo todas las etapas de su pasado (…) El capitalismo prepara y, hasta cierto punto, realiza la universalidad y permanencia en la evolución de la humanidad. Con esto, se excluye ya la posibilidad de que se repitan las formas evolutivas en las diferentes naciones. Obligados a seguir a los países avanzados, el país atrasado no se ajusta en su desarrollo a la concatenación de las etapas sucesivas” (Trotsky, 2012: 32).

Así, para Trotsky el capitalismo en su fase imperialista era un factor clave que alteraba las relaciones entre las clases sociales en los países coloniales y semicoloniales, a los cuales se les imponía el salto de etapas en su desarrollo histórico y se constituían formaciones sociales combinadas totalmente nuevas, impidiendo que se produjera un desarrollo secuencial en la historia.

Este enfoque desigual y combinado de la historia dista muchísimo de la “articulación de modos de producción” sostenida por el estructuralismo en la segunda mitad del siglo XX, pues no plantea la “coexistencia” temporal de modos de producción ni la “secuencia” lineal entre los mismos. Para Trotsky estas formaciones sociales combinadas son algo nuevo que rompen con cualquier “esquematismo pedantesco”, dando lugar a realidades sociales muy complejas: “El desarrollo de una nación históricamente atrasada hace forzosamente que se confundan en ella, de una manera característica, las distintas fases del proceso histórico. Aquí, el ciclo presenta, enfocado en su totalidad, un carácter confuso, embrollado, mixto” (Trotsky, 2012: 32).

Visto lo anterior, es claro que los debates decoloniales contra el materialismo histórico no tienen pies ni cabeza. En realidad sus argumentos están dirigidos contra el “marxismo” vulgar y esquemático del estalinismo, pero de forma muy deshonesta generalizan que es contra el materialismo histórico. Esto explica que Quijano no se refiera a la obra de Trotsky cuando denuncia la interpretación del desarrollo histórico eurocéntrica y secuencial del “marxismo”, pues le impediría sostener la gran cantidad de sandeces con que configuran su proyecto decolonial. Este mismo método de discusión se reproduce en el debate historiográfico central para los decolonialistas: la colonización de América.

 

La colonización de América ¿feudal o capitalista?

La historiografía decolonial sostiene que la colonización de América fue producto de la expansión comercial mercantilista, lo cual determinó el carácter capitalista de las sociedades coloniales. Aunado a esta interpretación, los decolonialistas nuevamente incurren en un debate falso contra el marxismo, al generalizar que, desde el enfoque “secuencial” del materialismo histórico, la colonización del continente fue asumida como feudal.

A partir de este prejuicio intelectual, Quijano caracteriza que el materialismo histórico es una “teoría de una secuencia histórica unilineal y universalmente válida entre las formas conocidas de trabajo y de control del trabajo”, por lo que plantea la necesidad de reabrir el debate sobre la colonización de América como una “cuestión mayor del debate científico-social contemporáneo”: “Desde el punto de vista eurocéntrico, reciprocidad, esclavitud, servidumbre y producción mercantil independiente, son todas percibidas como una secuencia histórica previa a la mercantilización de la fuerza de trabajo (…) En América la esclavitud fue deliberadamente establecida y organizada como mercancía para producir mercancías para el mercado mundial y, de ese modo, para servir a los propósitos y necesidades del capitalismo.” (Quijano, 2000: 219).

Esta cita de Quijano demuestra su total desconocimiento de las elaboraciones del marxismo sobre la colonización de América. Aunque Marx no realizó un estudio pormenorizado del carácter social de la colonización en América, sí legó importantes apuntes de trabajo sobre las formas combinadas de explotación del trabajo en las colonias, entre los cuales figuran sus valoraciones sobre las plantaciones americanas y la explotación capitalista mediante el trabajo esclavo. Esto lo retoma Henryk Grossmann[9] en su obra La ley de acumulación y derrumbe del sistema capitalista: “Desde el principio (…) se trata, en lo que se refiere a estos territorios (…) según la expresión de Marx, de ‘una segunda clase de colonias, las plantaciones, que son desde el momento mismo de crearse especulaciones comerciales, centro de producción para el capitalismo mundial’ (Teorías de la plusvalía, tomo II). Se podría poner en duda su carácter capitalista, dado que aquí son ocupados esclavos y no trabajadores asalariados. Marx responde a ello que ‘aquí existe un régimen de producción capitalista, aunque sólo de un modo formal, puesto que la esclavitud de los negros excluye el libre trabajo asalariado (…) Son, sin embargo, capitalistas los que manejan el negocio de la trata de negros’ (Citado en Yunes, 2009: 215)

Visto lo anterior, no aplican los señalamientos de Quijano sobre el “secuencialismo” del materialismo histórico en torno a las formas de control del trabajo, por el contrario, como demuestra Grossmann, desde Marx ya se tiene claridad sobre las formas combinadas que podía asumir la explotación capitalista en contextos sociales específicos, tal como sucedió en las colonias americanas.

El mismo tipo de señalamientos “críticos” están presentan en los trabajos de Grosfoguel. En sus reproches contra el materialismo histórico aduce que “Solamente desde una geopolítica del conocimiento eurocentrada se puede concluir que lo que pasó en Europa como sucesión lineal de modos de producción pasó igualmente en todo el planeta. Nunca hubo feudalismo en África, Asia y América Latina. Lo que hubo fue la exportación de diversas formas de trabajo coercitivas desde Europa hacia las periferias coloniales bajo el control del capitalismo monopolista y financiero a escala mundial” (Grosfoguel, 2008: 20-21).

Ya sea por ignorancia o por deshonestidad intelectual, estos apuntes “críticos” de Grosfoguel son totalmente errados. ¡Desde mediados del siglo XX diversos autores del trotskismo latinoamericano caracterizaron que la colonización de América fue realizada con fines capitalistas! En particular hay que destacar la obra de Milcíades Peña, quien a partir de las herramientas teóricas de la ley del desarrollo desigual y combinado desarrolló un profundo análisis sobre esta temática, la cual fue publicaba mediante entregas en revistas de Argentina entre los años cincuenta y setenta (y más recientemente reunidas en Historia del Pueblo Argentino).

Peña defiende que, tanto por el contenido, los móviles y los objetivos desarrollados, la colonización española del continente americano fue capitalista, lo cual explicaba que la economía colonial estuviera orientada desde un comienzo hacia el mercado mundial. Para ilustrar esto tomaba como ejemplo a Potosí, cuya industria minera reunía todos los rasgos propios de una actividad capitalista, pues además de la producción a gran escala de metales preciosos para la exportación, en la región no se producía nada más, teniendo que importar alimentos y otro tipo de productos desde otras zonas del continente (Peña, 2012)

Profundizando esta tesis, Peña señala que se trató de una variante específica de capitalismo, al cual denominó  “capitalismo colonial”, caracterizado por emplear una forma peculiar de explotación del trabajo, el “salario bastarteado”[10]: “Es un capitalismo de factoría, ‘capitalismo colonial’, que a diferencia del feudalismo no produce en pequeña escala y ante todo para el consumo local, sino en gran escala, utilizando grandes masas de trabajadores y con la mira puesta en el mercado; generalmente el mercado mundial o, en su defecto, el mercado local estructurado en torno a los establecimientos que producen para la exportación. Éstas son características decisivamente capitalistas, aunque no del capitalismo industrial que se caracteriza por el salario libre” (Peña, 2012: 67).

Lo anterior es de suma importancia, pues aunque en primera instancia hay cierta semejanza entre la caracterización de la colonización de América entre los decolonialistas y la perspectiva del trotskismo que refleja Peña, cuando se hila más fino en la definición de la forma específica de la economía colonial comienzan a surgir las diferencias. Por ejemplo, para Grosfoguel la economía colonial fue la primera manifestación del capitalismo industrial en la historia, aspecto que pasa desapercibido para el materialismo histórico debido a su concepción etapista del capitalismo eurocentrado, en particular por la visión de Lenin sobre el imperialismo (Grosfoguel, 2008). En realidad esta formulación de Grosfoguel es una deriva de la noción decolonial de “matriz colonial de poder”, donde se diluyen las especificidades en las formas de acumulación capitalista y se analiza el desarrollo histórico desde una categoría ahistórica.

Por el contrario con Peña la caracterización de la colonización capitalista de América se formula desde la ley del desarrollo desigual y combinado, debido a lo cual coloca su énfasis en identificar el surgimiento de una nueva formación social combinada: “Los españoles llegados a América encontraron una realidad nueva, inexistente en España; y el resultado fue que, aun cuando subjetivamente quisieran reproducir la estructura de la sociedad española, objetivamente construyeron algo distinto. La España feudal levantó en América una sociedad básicamente capitalista –un capitalismo colonial, bien entendido, del mismo modo que, a la inversa, en la época del imperialismo el capital financiero edificó en sus colonias estructuras capitalistas recubiertas de reminiscencias feudales y esclavistas-. Este es precisamente el carácter combinado del desarrollo histórico. El pensamiento formal no capta esto y, por eso, en general no capta absolutamente nada de lo esencial” (Peña, 2012: 70).

En definitiva la elaboración de Peña sobre la colonización en América Latina es un ejemplo claro de la riqueza del materialismo histórico, el cual no tiene ninguna relación con la versión esquemática que nos presentan los decolonialistas. El mismo Peña nos recuerda esto al indicar que “nada es más extraño al marxismo que el cretinismo jurídico, y nada más revelador de un impenitente cretinismo jurídico que caracterizar como feudal la colonización española no por la estructura de sus relaciones de producción sino por la forma jurídica que asume el vínculo entre las colonias y la Corona española” (Peña, 2012: 69-70).

Entonces ¿contra quienes polemizan Quijano, Grosfoguel y los autores decoloniales? Dentro de la izquierda que se reclama marxista reconocemos dos tradiciones o corrientes de peso que caracterizaron como feudal la colonización de América: José Mariátegui y los partidos comunistas de la región vinculados al estalinismo soviético. En cuanto a Mariátegui, en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (publicado en 1928) procuró realizar un estudio pionero sobre América Latina desde el materialismo histórico, el cual contiene aportes significativos (por ejemplo su abordaje “antiromántico” del problema indígena relacionándolo con un problema estructural de la posesión de la tierra), aunque también presenta grandes limitaciones vinculadas a cierto secuencialismo en las etapas del desarrollo histórico, lo cual le induce a caracterizar la economía latinoamericana como feudal.  Más allá de estos déficits, su obra teórica corresponde a la de un revolucionario pensando sobre la teoría de la revolución en América Latina. Muy diferente es nuestra valoración sobre el estalinismo “criollo”, que adecuó una interpretación de la colonización de América para justificar su política de alianzas con la “burguesía progresista”, al sostener que el carácter de la revolución en la región era anti-feudal y cuyo objetivo era profundizar el desarrollo del capitalismo[11].

Lastimosamente los decolonialistas son incapaces de realizar este tipo de precisiones y, por el contrario, desarrollan un método de discusión profundamente desleal donde confunden las perspectivas historiográficas de las corrientes de izquierda bajo la etiqueta de “materialismo histórico”, aunque existan profundas diferencias de concepción estratégica y programática entre éstas.

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