Fin de siglo y auto-emancipación social

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Roland Lew (1944-2005) enseñaba en la Universidad Libre de Bruselas sobre los sistemas “socialistas” y, en particular, sobre la Revolución China y su “socialismo real”. Publicó diversas obras tales como “La China popular” (PUF, Que sais-je?, 1999) y “Mao toma el poder” (Complexe, nueva edición 1999). Ilustración: Oswaldo Guayasmin.

Lew Roland

La problemática de la auto-emancipación de los oprimidos ha obsesionado a los tiempos modernos. No se trataba ni de la antigua idea de la emancipación en general ni de la simple emancipación social, sino de la emancipación de los oprimidos por ellos mismos. El socialismo comunismo del siglo XIX le imprimió a esta temática una cierta forma y coherencia. ¿Esta aspiración mantiene su actualidad, su pertinencia?

Dejó de ser una preocupación para los dueños del mundo, y no inspira más que desilusión, indiferencia. Suscita una vaga adhesión entre quienes que se reivindican dentro de las tradiciones de lucha del movimiento obrero. Para una parte de la extrema izquierda, devino en una fórmula rutinaria; la corriente libertaria es la excepción, sin lograr, sin embargo, dotar a esta exigencia de un contenido concreto, actual.

La auto-emancipación no es más una expresión en boga tras haber sido ensombrecida por el balance de “la era de los extremos” de ese terrible siglo XX. Esperanza frustrada, se la identifica con un periodo (superado) pasado del movimiento obrero. Ella traza los límites de un marxismo positivista, determinista, de una visión lineal de la historia: si el movimiento histórico ha sido definido en ese punto, la auto-emancipación social dejaría de ser una figura importante, autónoma. Ya que, en la idea de auto-emancipación, lo que importa, más que la auto-liberación, es la auto-construcción de un destino donde las formas pueden resultar muy alejadas de aquello que los pensadores del socialismo suponían.

El socialista inglés E. P. Thompson ha demostrado admirablemente la existencia de la lucha por la auto-emancipación popular en Inglaterra a principios del siglo XIX, anteriores a las teorizaciones marxistas. Él también analizó cómo la formación de la clase obrera fue una auto-construcción compleja, nutrida de las experiencias enraizadas en la historia y en los valores (incluyendo los religiosos, incorporados y replanteados por los sectores populares). Una clase es el producto de esta auto-construcción, de donde resulta una forma civilizacional más o menos universal. Aunque a veces también muy particularista.

¿En qué medida estas consideraciones resultan necesarias para los tiempos presentes? Suscitan un enorme interrogante sobre el sentido de esta auto-emancipación obrera que encontramos en el centro de las proclamas socialistas. Su realidad pasada resulta problemática, incierta [1]. Esta lucha nos es aún desconocida tanto por la diversidad de sus contenidos como por el hecho mismo de su fragilidad: la auto-emancipación social ha estado raramente a la altura de la historia. Las respuestas del movimiento obrero organizado no coincidieron necesariamente con las aspiraciones populares. Unos sectores populares que exigían un Estado protector, un Estado de los obreros, es decir, la tutela de un Estado defensor de los débiles. Muy temprano, también, se ha manifestado ese deseo de integración al régimen: a través de una vía decente dentro del sistema establecido y reformado, antes que su destrucción.

La acción de la vanguardia, en parte no proletaria, ha estimulado las luchas obreras o semi-obreras nacientes. Antiguo debate sobre el rol de las vanguardias, probablemente necesarias para animar, en todo caso para impulsar, una acción que no implique solamente levantamientos u acciones esporádicos. El encuentro entre socialismo y mundo obrero en el siglo XIX es innegable. Así como la precocidad de una lógica vanguardista: tutela, mando, dirección de la acción obrera, sin tener en cuenta otras dimensiones (la cuestión nacional, las mujeres, el campesinado, el socialismo como capitalismo racionalizado al servicio del pueblo).

El vanguardismo y lo que se deriva a menudo de él, un verdadero sustituismo social, no comienza, como anteriormente creía, con los problemas particulares de países como Rusia o China. Este tiene sus raíces en el socialismo del siglo XIX, con un momento fundamental representado por el desarrollo de la II Internacional. El vanguardismo resulta quizá inevitable, necesario (ver los límites de las capacidades de auto-emancipación) pero su implicancia sustituista no es menor. El sustituismo encarna proyectos, intereses sociales divergentes, en grados diversos, respecto de la auto-emancipación social. Ver especialmente el caso del “socialismo de los intelectuales”, proyecto original “auto-interesado” de “la élite” de los “competentes”.

Quien no se autolibera no será jamás liberado verdaderamente por otro, aunque ese otro sea un obrero devenido en un cuadro militante, como los trabajadores soviéticos y chinos han aprendido por sí mismos. Todo grupo social lucha por sus intereses propios (o, al contrario, como los mencheviques, practica la abstención, dejando el poder a otros). Allí hay una terrible consecuencia no prevista del vanguardismo, una de las más significativas de los peligros del sustituismo.

Comencemos, por lo tanto, por intentar ver más claro en el pasado lejano de una auto-emancipación que otorga un sentido radical, sino más bien impreciso, a la irrupción de las masas sobre el escenario de la historia. No esquivemos más esta cuestión como a menudo lo hace la extrema izquierda cuyos teóricos más imaginativos pensarían en un periodo «post» auto-emancipación social, a la búsqueda de sujetos sociales nuevos ante un contexto inédito. Puede que haya que pensarlo así. Pero hay que hacerlo explícitamente, para extraer las implicancias problemáticas, programáticas. Y quedará planteado, todavía, comprender quién se libera de qué. Quién libera a quién, para qué proyecto concretamente. Superando las formulas abstractas para extraer lucidamente sus contenidos concretos, sorprendentes, de futuro, calificados antaño de encantadores y marcados hoy por la formidable incertidumbre de la apertura del mundo, de una liberación a explorar, conquistar y reconquistar incansablemente.

Publicado en Rouge del 23 septiembre de 1999.


[1] Remitirse al número de L’homme et la société (L’Harmattan, 1999-2) sobre «Figures de l’auto-émancipationsociale».

 

Traducido del francés por Luz Licht

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