Esbozo sobre las revoluciones anti-estalinistas de posguerra

Berlín, Hungría, Checoslovaquia, Yugoslavia y Polonia

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“(…) en síntesis, preguntarse cuestiones del orden del para qué [es decir, de los fines, R.S.] y no solo del cómo. Es importante subrayar que ésta no es una tendencia en abstracto, sino dentro de los movimientos socialistas y comunistas; esto es, aceptar que en la transición al socialismo –en una de sus muchas maneras–, interrogarse sobre las elecciones que pueden y deben hacerse a lo largo del camino es una precondición necesaria para construir una sociedad deseable y racional”.

E.P. Thompson, “Agency and Choice”

Presentamos este subcapítulo 9.4 de nuestra obra, como tercer adelanto de su salida en edición electrónica, próximamente por izquierda web[1] y en oportunidad del próximo aniversario del levantamiento anti estalinista de Berlín en junio de 1953.

Abordaremos ahora una circunstancia paradójica en el cuadro de la posguerra: las revoluciones anti-estalinistas en los países del Este europeo. Lo haremos a modo de “esbozo”, a la espera de que tengamos tiempo para un estudio más pormenorizado.

La paradoja de estas revoluciones derrotadas es que tuvieron una clara pulsión socialista a diferencia de las anticapitalistas que analizamos arriba. Por lo demás, no se ha vuelto lo suficiente sobre ellas para extraer las lecciones crítico-estratégicas que dejaron: la circunstancia original de revoluciones contra el estalinismo, la densidad de este acontecimiento.

1- ¿Revoluciones políticas o revoluciones socialistas antiburocráticas?

Sus jalones más importantes fueron el levantamiento obrero en Berlín en junio de 1953, que demostró que el proletariado alemán no estaba derrotado, una cosa increíble luego de los dramáticos avatares del nazismo –hay que tener presente que Berlín estaba todavía destruido, por los combates por la conquista de la ciudad entre el Ejército Rojo y lo que restaba de la Wehrmacht en abril de 1945–;[2] la Revolución Húngara de 1956, que partió aguas en el estalinismo de Occidente abriendo una crisis particularmente aguda en el PCB de Gran Bretaña;[3] la “Primavera de Praga” en 1968, así como los diversos levantamientos antiburocráticos en Polonia, con varios puntos destacables hasta llegar a su culminación con el levantamiento de Solidaridad en 1980/1. Ésta, quizás, fue la última revolución o proto-revolución con pulsión socialista del siglo XX, junto con las de Portugal en 1975 e Irán en 1979. A la revolución nicaragüense de 1979 no tenemos claro en qué categoría ponerla, aunque nos suena más como una revolución anticapitalista frustrada por la falta de protagonismo obrero y urbano y la inhibición que produjo el sandinismo al relegarla a mera “revolución política”.

Las corrientes del trotskismo tradicional han definido estos levantamientos anti-estalinistas como “revoluciones políticas”… Lo hicieron así ajustándose a las definiciones clásicas de Trotsky en la entre- guerra: en la medida en que los capitalistas estaban expropiados, consideraban a dichos Estados como “Estados obreros”, donde los levantamientos cuestionaban meramente el régimen político burocrático y no a los Estados mismos erigidos en dichos países en la posguerra. Estados que, a nuestro entender, se convirtieron en burocráticos con conquistas sociales.

Acá hay que tener en cuenta el carácter original de estos procesos, en dos sentidos. Uno, por el hecho de que en todos los países del Este europeo, los destellos revolucionarios antinazis que surgieron durante el proceso de derrumbe del nazismo hacia el final de la guerra, fueron inmediatamente aplastados por el estalinismo (cf. Victor Artavia). Además, a medida que liberaba a estos países de la bota hitleriana, el estalinismo ocupaba militarmente estas naciones contra la voluntad de sus habitantes (Mandel). Esto ocurrió en todo el Este europeo salvo en la ex Yugoeslavia, donde el PCY al mando del mariscal Tito logró liberar su país del yugo fascista de manera prácticamente independiente; esto es lo que dio lugar al prestigio ulterior de Tito, a su insubordinación frente a Stalin y a la ruptura consecuente entre la ex Yugoeslavia y la URSS hacia finales de los años 40.[4]

Respecto de los levantamientos revolucionarios del Este europeo, preferimos la denominación de revoluciones antiburocráticas porque, conteniendo la conquista de la expropiación a los burgueses (una conquista real aunque haya sido distorsionada desde arriba),[5] fueron revoluciones políticas antiburocráticas con consecuencias económicas y sociales, no meramente revoluciones políticas strictu sensu como las consideró del trotskismo tradicional. Sucede que debían quebrar el Estado burocrático en su conjunto: sacar a la burocracia del poder y reemplazarla por el poder de la clase obrera, además de tomar en sus manos el control de los medios de producción, y en su acepción tradicional, una revolución política no quiebra el aparato de Estado existente, solamente cambia su régimen político.[6] “El escritor Tibor Déry declaró el 2 de julio de 1956 que ‘Es tiempo de terminar con este Estado de gendarmes y burócratas’; en un sentido similar se expresó la también escritora Judith Mariassy en agosto, luego de ser golpeada por denunciar los privilegios de la burocracia, ante lo cual sostuvo que ‘La vergüenza no está en el hecho de hablar de estos negocios de lujo y de estas casas rodeadas de alambres de púa. Está en la existencia misma de estos negocios y de estas villas. Supriman los privilegios y no se hablará más de ello’. Igual de categóricas fueron las declaraciones de Gyula Hajdu, un militante histórico con más de cincuenta años de trayectoria (…): ‘¿Cómo podrían saber los dirigentes comunistas lo que pasa? Jamás se mezclan con los trabajadores y la gente común, no se los encuentra en los colectivos, porque todos tienen sus tiendas especiales; no se los encuentra en los hospitales, pues tienen sanatorios para ellos’” (Broué, citado por Victor Artavia).

Por lo demás, el argumento de que al estar la propiedad estatizada sólo se trataba de quebrar el régimen político burocrático y entonces la revolución sólo era “política”, soslaya el hecho de que, a nuestro modo de ver, no es el carácter de la propiedad el que define el carácter de los Estados no capitalistas. Recordemos lo que señalamos respecto de que la propiedad estatizada queda como “en disputa” en la transición, en la medida que es una categoría político-social-económica, y sin quebrar el Estado burocrático es imposible que la clase obrera se apropie de la propiedad y se acabe con los mecanismos de explotación unilateral impuestos por la burocracia. La burguesía había sido expropiada y esto constituyó un contradictorio paso adelante. Pero para que dicha propiedad fuera redirigida en el sentido de las necesidades obreras y populares, debía abrirse paso la revolución antiburocrática quebrando el Estado parasitario de los estalinistas: “En efecto, inmediatamente después de la adopción de los planes a largo plazo, el aumento de la productividad devino la consigna (…) en el sistema de democracias populares. Pero no era fácil persuadir a los obreros de que los métodos que fueron combatidos bajo el capitalismo como métodos de explotación intensificados, devenían en positivos por el sólo hecho de que la explotación de los capitalistas había tocado a su fin, y que la clase obrera, por intermedio del partido comunista, ahora debía aceptarlos (…) Pero jugando enteramente el juego del Estado-patrón, los trabajadores no los reconocieron más como sus representantes, sino como simples agentes de la dirección (Fejtö: 1952: 305/310). Y agrega Fejtö: “En la mayoría de las industrias nacionalizadas, la administración del Estado reemplaza a los antiguos propietarios privados. Nacionalización significa así estatización. En su exposición frente al V Congreso del PCY, Kardelj dirá que ‘las empresas que pasan a manos del Estado popular no son todavía… de tipo puro socialista. Las relaciones capitalistas de explotación han sido abolidas pero las formas capitalistas de trabajo seguirán predominando’” (ídem: 157). Fejtö agrega por último que en estos Estados no capitalistas se arrasó con la autonomía de la clase obrera, con su derecho de control de la gestión. Es el Estado el que debe poseer todo, el que debe reglamentar la producción y la distribución, bajo el plan (ídem: 158).

Lo paradójico del caso en el contexto de la posguerra y de estos nuevos Estados no capitalistas dominados por el estalinismo, es que estas revoluciones, aun frustradas, fueron, efectivamente, revoluciones obreras y socialistas, revoluciones con pulsión socialista como hemos dicho. Y esto porque sus protagonistas: la clase obrera, la juventud y cierta parte de la intelectualidad, todavía ubicada a la izquierda en esas décadas, luchaban realmente por transformar sus Estados burocráticos en Estados obreros bajo condiciones de democracia socialista. Los muchos que perdieron la brújula respecto del contenido emancipatorio de esas revoluciones, adscribieron al campismo berreta y consideraron que lo que estaba sucediendo era obra del “imperialismo” y no una experiencia revolucionaria original: la emergencia de auténticas revoluciones socialistas con formas de doble poder en los países burocráticos, donde el capitalismo había sido expropiado pero el poder no estaba en manos de la clase obrera.[7]

El proceso mismo tuvo su originalidad, precisamente, por la rotunda centralidad de la clase obrera, cosa que también ocurrió en otros países en la posguerra. Fue el caso de la Revolución Boliviana de 1952, otra enorme revolución socialista histórica frustrada cuyo impacto universal fue menor porque terminó derrotada. Pero refiere a otro linaje en el continente latinoamericano que el de la Revolución Cubana de 1959. Esta última, una inmensa revolución anticapitalista y, en su inicio, no estalinista, siguió el mismo patrón sustituista al ser conducida por una guerrilla revolucionaria; la Revolución Cubana terminó siendo categóricamente no socialista.[8]

De manera paradójica, insistimos, muchas de las revoluciones del siglo XX fueron revoluciones obreras y socialistas derrotadas, como la Revolución Alemana de 1918-23, la Revolución Española de 1936-39, y las revoluciones antiburocráticas en los países del Este europeo en la posguerra, entre otras: es decir, no solamente hubo revoluciones anticapitalistas en la posguerra, sino que el siglo XX estuvo poblado por revoluciones socialistas, frustradas mayormente por la falta de dirección socialista revolucionaria. La obra destructiva universal del estalinismo fue tan gigantesca que dejó a nuestra corriente histórica como una extrema minoría, circunstancia que rige hasta hoy, aunque en la actualidad por otras razones: la falta de radicalización política de las nuevas generaciones y el corte en el hilo de continuidad con la tradición marxista auténtica.[9]

Así las cosas, el relato según el cual si no se reconoce el carácter “socialista” de las revoluciones china, cubana y vietnamita, sólo queda como socialista la Revolución Rusa, es falso, porque el siglo pasado estuvo poblado de revoluciones socialistas; el problema es que la única triunfante fue la Revolución Rusa, lo que es distinto. Y esto reenvía a las enseñanzas estratégicas del siglo pasado, a los problemas de las relaciones entre masas, vanguardia, autoorganización y autoemancipación, y partido revolucionario; y a la sangre de la revolución también.

En todo caso, lo que hay que explicar no es su “inexistencia” sino las complejidades que entrañan este tipo de revoluciones, además del problema, bien real, de que en la primera posguerra el imperialismo logró contener la Revolución Rusa en sus fronteras, derrotando la revolución europea de los primeros años de la década del 20. Para la finalización de la segunda guerra –donde se combinaron la guerra interimperialista, las de liberación nacional y las revoluciones anticapitalistas (Mandel)–, el movimiento obrero estaba burocratizado por los dos enemigos históricos de su autoemancipación: el estalinismo y la socialdemocracia, a los que cabe agregar otra especie: el nacionalismo burgués en los países del llamado “tercer mundo”. Se trata de enemigos históricos de los cuales hay que extraer enseñanzas críticas para la construcción de nuestros partidos revolucionarios y corrientes en este siglo XXI, donde se ha reabierto la época revolucionaria socialista.

Las revoluciones antiburocráticas del Este europeo mostraron que la clase obrera comenzaba a recuperarse de los desastres del nazismo y el estalinismo combinados a la salida de la segunda guerra. Una recuperación que sorprende por su rapidez.[10]

El levantamiento de Berlín en junio de 1953 fue comenzado por los obreros de la construcción y seguido por los metalúrgicos, contra las normas laborales extremadamente explotadoras. En su marcha arrasaron las sedes de la policía secreta y del partido, y la movilización se expandió luego por toda la ex RDA (recordemos que Alemania estaba dividida en dos, otra inmensa traición histórica del estalinismo a la salida de la segunda guerra, como planteara Nahuel Moreno acertadamente).[11] En esa movilización cumplieron un papel de primer orden trabajadores formados en el viejo espíritu del Partido Comunista y la socialdemocracia, y seguramente algunos en el socialismo revolucionario (el trotskismo).

Y no solamente eso: el élan de la Revolución Rusa todavía estaba en las venas y en la conciencia de las masas alemanas, razón por la cual la mayoría de la clase trabajadora seguía siendo socialista al menos en términos generales, y también parte importante de la intelectualidad de esos países. Véase la enorme sensibilidad socialista de John Berger, conocido autor especializado en arte, en relación a la Primavera de Praga: “Agosto de 1968. Las emisoras clandestinas siguen todavía emitiendo en Checoslovaquia mientras escribo estas páginas. La libertad de expresión era fundamental para la situación vivida recientemente en el país. Y no lo era, como afirma hipócritamente la socialdemocracia burguesa, porque esa libertad tenga un valor absoluto en toda circunstancia, sino porque durante los últimos cuatro meses constituyó para los checoslovacos el medio más directo de recuperación del sentido del poder político del pueblo (…). Era en las obras de Kafka donde uno encontraba el vocabulario preciso para definir los aspectos más negativos de la experiencia nacional durante los quince años precedentes: la experiencia de una masiva represión policial y de una burocratización del pensamiento, la vida social, la planificación nacional, la política y la moral” (Berger 2017: 207-208).

En ningún caso existieron partidos o corrientes revolucionarias organizadas de magnitud, aunque sí muchísimos grupos de vanguardia (es decir, de izquierda anti-estalinista). Esto, evidentemente, por la obra destructiva combinada del nazismo y el estalinismo, que habían demolido hasta los cimientos a la vanguardia socialista.[12] De ahí que no tuvieran una dirección política suficientemente madura.

Sin embargo, la riqueza de su experiencia y las lecciones legadas por estos procesos revolucionarios todavía están pendientes de ser estudiadas en profundidad: se trató del primer caso histórico de revoluciones contra la burocracia estalinista sobre el terreno ganado de la expropiación de los capitalistas, algo que no ocurrió ni en China,[13] ni en Cuba ni en Vietnam y que, repetimos, no ha sido sometido a reflexión suficiente. “(…) resulta comprensible la caracterización de Lázló Nagy (historiador suizo-húngaro especialista en democracias populares) cuando señala que en 1948 se impuso el dominio de la psicopatología propia de una historia kafkiana, donde cada tanto se organizaba la distribución de los papeles de juez, acusados y testigos, lo cual respondía a un plan preconcebido del estalinismo para imponer su control absoluto sobre los partidos comunistas y la sociedad civil previamente a la realización de las expropiaciones al servicio de la burocracia: ‘El terror no fue la consecuencia fortuita e inevitable de la aplicación de la colectivización y la planificación; la instauración del poder absoluto del Partido Comunista precedió a la puesta en práctica del ‘proyecto socialista’ [las comillas las agregamos nosotros]” (cf. Víctor Artavia, “Democracias populares y resistencia obrera: una aproximación histórica a los Estados burocráticos del Glacis (1945-1956).

De la cita que precede se desprende el operativo consciente de quitarles a estas medidas todo contenido emancipatorio; todo aspecto que pudiera ir por fuera del monopolio burocrático.

La clase trabajadora de dichos países hizo todo lo que pudo: puso en pie organismos de poder dual, escribió manifiestos y programas, se vinculó a una intelectualidad socialista anti-estalinista, etc. Hubo un punto culminante cuando el famoso discurso secreto de Nikita Kruschev contra el “culto a la personalidad” de Stalin en el XX Congreso del PCUS (25 de febrero de 1956), lo que no impidió que meses después aplastara a sangre y fuego la Revolución Húngara…

Como digresión, señalemos que el discurso, según el análisis clásico, expresó una suerte de “autorreforma” de la burocracia para dejar de matarse entre ellos. Lejos de las expectativas, no tuvo más consecuencias que eso ni inauguró un período de libertades democráticas.[14] Sin embargo, como el discurso incluía una serie de denuncias correctas contra Stalin, autores como Althusser lo consideraron siempre como una “afrenta” a la causa del socialismo y un “giro socialdemócrata”, cosa que no fue; se trataba, simplemente, de la burocracia soltando lastre en la figura de un Stalin ya muerto: “(…) el hecho de que no es permitido y de que es ajeno al espíritu del marxismo-leninismo elevar a una persona hasta transformarla en superhombre, dotado de características sobrenaturales semejantes a las de un dios. A un hombre de esta naturaleza se le supone dotado de un conocimiento inagotable, de una visión extraordinaria, de un poder de pensamiento que prevé todo, y también de un comportamiento infalible (…) Nos incumbe considerar cómo el culto a la persona de Stalin creció gradualmente, culto que en un momento dado se transformó en la fuente de una serie de perversiones excesivamente serias de los principios del partido, de la democracia del partido y de la legalidad revolucionaria” (Informe secreto al XX Congreso del PCUS).

La posición del filósofo francés, como en todo, fue un taparrabos de lo peor del estalinismo y de Stalin mismo.[15] Esto tiene cierta importancia, porque desde determinadas corrientes del trotskismo se defiende a Althusser y su “antihumanismo”, sin ver que el humanismo socialista en los países del Este europeo cumplió en muchos casos un papel revolucionario por la izquierda (cf. nuestro “Althusser, filósofo del estalinismo tardío”).

Por otra parte, hay que señalar que en la URSS prácticamente no hubo levantamientos antiburocráticos en la posguerra salvo los que rodearon la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS, pero estos levantamientos, combinados con las alas restauracionistas de la burocracia, no fueron anticapitalistas como los procesos de las décadas anteriores en el Este europeo.

Es evidente que si en las décadas de la inmediata posguerra no existieron levantamientos obreros o estudiantiles en la URSS, es porque la derrota histórica de los años 30 del proletariado no había sido superada (¡una hipoteca que dura hasta el día de hoy debido a su profundidad!). El único levantamiento obrero de importancia fue el de la masacre de Novochercasc el 2 de junio de 1962, cuando el Ejército Rojo y agentes de la policía secreta dispararon contra obreros desarmados. Los trabajadores organizaron una huelga laboral en la factoría de construcción de locomotoras S.M. Budyonny. La huelga fue provocada por el descontento a causa de un aumento de las cuotas de producción, coincidiendo con un aumento a nivel nacional en los precios de los productos lácteos y la carne, y es evidente que esta dura represión tuvo un carácter preventivo y ejemplificador para que ningún otro sector obrero de la URSS siguiera su ejemplo.

De ahí que sea algo obtusa la idea de que la derrota del proletariado ruso llegó recién con la restauración capitalista en la URSS a partir de 1991. La realidad es muy otra: la clase obrera venía derrotada desde los años 30 y nunca pudo recuperarse de ese golpe tremendo asestado por el estalinismo. Por otra parte, el triunfo en la II Guerra Mundial sobre el nazismo, que fue una gesta popular “soviética”, pareció abrir las posibilidades a una liberalización del régimen, pero Stalin se ocupó bien pronto de “cerrar el grifo” con una nueva tanda de purgas y medidas bestiales, como mandar por diez años a “campos de reeducación” a los soldados y soldadas del Ejército Rojo que mal sobrevivieron a su cautiverio en manos de los nazis. El carácter destructivo del estalinismo en la URSS fue tan inmenso que, invariablemente, a lo que se volvió es al apoliticismo o, en todo caso, a una conciencia nacionalista reaccionaria de gran potencia, la restauración de la Gran Rusia de los zares, pasando por una reivindicación de Stalin ¡y un rechazo cerrado a Lenin!, en la medida en que Putin y demás autoridades de la Rusia actual ven en Stalin a un “hombre de Estado” rusófilo.

2- La renovación del marxismo al calor de las revoluciones antiburocráticas

Retomaremos acá las “Epístolas a los filisteos” de E.P. Thompson (1957). Thompson se delimita con claridad de los humanistas socialdemócratas y defiende el humanismo socialista como antídoto contra el estalinismo: “Los conflictos que maduraron dentro del mundo comunista en 1956 son seguramente suficientes para tirar abajo la vieja pintura simplificadora. No es nada bueno continuar con colocando aparte todos los fenómenos contradictorios de las sociedades dirigidas por los comunistas (…) hay que apropiarse del significado profundo de estos fenómenos (…) Lo que Marx y Engels afirmaron, y lo que debemos nosotros reafirmar, son las potencialidades revolucionarias de los seres humanos. Debemos recuperar esta comprensión, porque, en el caso de que no la tengamos, nunca tendremos el coraje de hacer de lo potencial algo actual (…) Yo tengo la apreciación de que el ser humano está en la frontera donde la prehistoria termina y la historia consciente comienza. Necesitamos todos nuestros nervios si queremos atravesar esta frontera. No creo que esto implique una visión utópica sobre la ‘perfectibilidad humana’. Una sociedad sin oposiciones de clase no será una sociedad sin un sinnúmero de fricciones de todo tipo (…) No liberará a los seres humanos de llevar sobre sus hombros las responsabilidades colectivas e individuales, de tomar acciones y hacer elecciones en la búsqueda de una ‘vida mejor’ (“Socialism and the intellectuals”).[16]

Retomando nuestro argumento, se conjugaron de manera en cierto modo inextricable un conjunto de desarrollos hacia la izquierda entre las masas trabajadoras, la intelectualidad y la juventud, así como un juego desde arriba de una burocracia “reformista” que, mayormente, cuestionó la gestión estalinista por derecha buscando introducir reformas pro mercado pero sólo escasas reformas democráticas reales. El proceso en total estuvo marcado por contradicciones: muchos sectores se ubicaron contra estas revoluciones porque supuestamente “le hacían el juego al imperialismo”, aunque hubo sectores del trotskismo que –ese es su honor en medio de la confusión– se ubicaron defendiéndolas incondicionalmente más allá de todos sus límites y contradicciones: “En muchos lugares del país [Checoslovaquia], los obreros se ofrecieron a trabajar los sábados sin cobrar a fin de contribuir a la economía nacional. Aquellos para quienes, unos meses antes, el mayor ideal había sido una sociedad de consumo, ofrecían dinero y oro para ayudar a salvar la economía nacional. (Un gesto ingenuo desde el punto de vista económico, pero muy significativo ideológicamente.) Vi masas de obreros en las calles de Praga, sus rostros iluminados por un sentido evidente de oportunidad histórica y de satisfacción. Una atmósfera así estaba abocada a durar poco. Pero fue un indicativo inolvidable del potencial de la gente, previamente desaprovechado: la velocidad con la que se puede vencer a la desmoralización y la corrupción” (Berger 2017: 214).[17]

Es interesante señalar aquí que la crítica de las revoluciones anti-estalinistas fue tanto a la falta de libertades democráticas y de organización independiente de las y los trabajadores, como a la falta de control de la producción y los desastres de la planificación y explotación estalinista, es decir, una revolución política y social como hemos dicho: “El poder y la simultánea inutilidad de la burocracia se hacían sobre todo evidentes en la teoría y práctica de la planificación económica. Checoslovaquia es, en términos relativos a su población, el tercer productor de cemento del mundo, y, sin embargo, hace años que es imposible para cualquier checoslovaco comprar en el mercado legal un saco de cemento para reparar una cubierta o construir una pared. Una gran planta metalúrgica de laminado producía unas chapas demasiado gruesas para el uso, de modo que eran compradas inmediatamente como chatarra a fin de volver a fundirlas. Una fábrica de clavos de Praga tenía que cumplir una cuota anual de varias toneladas, y la manera más sencilla de conseguirlo era hacer unos clavos inmensos de quince centímetros. El resultado era que nunca había clavos pequeños en el mercado. El valor del stock de productos invendibles acumulado hoy en Checoslovaquia asciende a doscientos mil millones de coronas” (ídem: 209).[18]

También es importante considerar que se destacaron en el Este europeo un conjunto de intelectuales y filósofos marxistas de importancia, en general olvidados por el llamado “marxismo occidental”… Hay corrientes del trotskismo que los desestiman como “marxistas humanistas” o directamente los ignoran, lo que constituye un operativo de ocultamiento “estalinófilo” que, a la vez, priva a la diversidad de los “mil y un marxismos” de la riqueza de una reflexión llevada adelante bajo los regímenes estalinistas: un aporte estratégico hacia el relanzamiento de la revolución socialista en nuestro siglo. Parte de esto es la creación en Hungría del conocido Círculo Petöfi, donde se reunía un conjunto de intelectuales junto a jóvenes y obreros, que además de discutir las novedades políticas del día, discutían obras de Marx como los Manuscritos económico-filosóficos (hoy conocidos como Manuscritos de París).[19]

Por esto mismo, en nuestra obra hemos intentado hacerles un homenaje rescatándolos, lo mismo que a una serie de intelectuales marxistas de Occidente que no se enseñan en las universidades, donde el “marxismo” está representado por autores como Althusser, Poulantzas, Negri, Foucault y algún otro de raigambre estructuralista o pos estructuralista pero en ningún caso anti-estalinista. Autores que tienen su valor, pero que a nuestro entender no llegan a la riqueza de los que estamos nombrando (¡y mucho menos de los autores marxistas anti-estalinistas!).

Por ejemplo, de un autor que hemos citado profusamente, Karel Kosik, su obra Dialéctica de lo concreto es la única conocida, sencillamente porque el resto de su obra fue secuestrada por los servicios de inteligencia de la ex Checoslovaquia en los años 70 y eliminada: nunca le fue devuelta al autor, que no llegó a reescribirla; Kosik estuvo a punto de ir a la cárcel. Señalemos de paso que Kosik jamás se pasó al bando pro capitalista (pro mercado), como hicieron otros intelectuales desmoralizados de los países del Este. Este el caso de Agnes Heller (de la escuela húngara de Georg Lukács), que se fue a vivir a EE.UU. y se pasó al liberalismo, y tantos otros. Lo propio ocurrió con varios integrantes del importante grupo de la revista yugoeslava Praxis, como Mihailo Markovic, revista que bajo la presión de su prohibición en 1975 dio lugar a la desbandada de su grupo editorial. De todos modos, en su “período de oro” marxista hicieron aportes por la izquierda de importancia y sostuvieron una reunión anual de marxistas anti-estalinistas entre los años 1965 y 1974, con la participación de varios marxistas de Occidente (las reuniones se realizaban en la isla de Korcula, en Croacia).[20]

Los filósofos de este grupo, socialistas humanistas, criticaban mayormente por la izquierda el régimen de Tito; criticaban el régimen autogestionario fragmentario y el monopolio del poder por parte del PCY: “Los mecanismos de competencia y de ‘espíritu de empresa’ orientaban a los trabajadores hacia el ‘egoísmo de grupo’ (…) lo que dejó a la clase trabajadora privada de solidaridad de clase elemental y de resistencia de clase a la explotación del trabajo (…) La clase trabajadora es atomizada, encerrada dentro de los muros de las fábricas o de instituciones individuales; estos muros están caracterizados por la antigua estratificación que asegura intacto el poder social concentrado en la cúpula (…)” (Sinuê Neckel Miguel, “Grupo Praxis: o impacto político da crítica humanista marxista na Iugoslávia”).[21] Y agregan: “Stojanovic alerta sobre el hecho de que la civilización capitalista todavía dicta nuestra estructura de necesidades y de consumo (…) y que ha llevado a confusión sobre el propio criterio para definir el socialismo. Con esto, el concepto de patrón de vida, por ejemplo, es crecientemente reducido a un patrón material, en vez de ser visto como un patrón humano” (Sinuê Neckel Miguel, ídem). Al mismo tiempo, el grupo criticaba el localismo o la mera descentralización económica como “anarco-liberal” o “proudhoniana”. Lógicamente, la respuesta de la burocracia, en boca de Kardelj (importantísimo funcionario del régimen, en cierto modo el segundo de Tito), apelará al remanido argumento objetivista de que Praxis cuestionaba “las leyes objetivas de la vida social” y pregonaba “una mistura alquimista de verdades eternas abstractas sobre humanidad y libertad” (ídem).

Desde el punto de vista del proceso revolucionario antiburocrático, es de destacar la conexión de la Primavera de Praga en general y del ascenso estudiantil de mitad del 68 en Yugoeslavia en particular, con el Mayo Francés: el 2 de junio de 1968 ocurre una fuerte represión al movimiento estudiantil que da lugar a una serie de ocupaciones de facultades con reivindicaciones sobre las condiciones de vida y de empleo.

En estas condiciones, no es casual que Praxis haya sido acusado de “trotskista”, acusación simultáneamente dirigida a estudiantes y profesores, denunciando que varios de ellos “estaban en contacto con el comité por la reconstrucción de la IV Internacional y con el grupo italiano trotskista Il Manifesto” (ídem).[22]

Otros pensadores anti-estalinistas en Europa oriental son el filósofo marxista Ernst Bloch, oriundo de Alemania Oriental, ex RDA, exiliado en los años 60 en Alemania Occidental por la censura a su obra El principio esperanza;[23] Itszván Mészáros, de origen húngaro e hijo de altos diplomáticos del régimen estalinista; el historiador lituano Moshe Lewin; la filósofa norteamericana de origen también lituano y que fue secretaria de Trotsky, Raya Dunayevskaya; el filósofo ruso Evald Iliénkov, y otros, así como importantes figuras del trotskismo que aun con su avanzada edad siguen produciendo y aportando a develar el enigma de estas sociedades, a quienes hemos hecho referencia en esta obra. Un conjunto de intelectuales que han hecho su aporte a la renovación del marxismo en clave anti-estalinista y que, en general, revistan en las filas de los marxistas negados u olvidados en la academia.

3- El giro a la derecha de los años 80

Por otro lado, es innegable que luego de la derrota de estas revoluciones, algunas aplastadas por los tanques estalinistas o golpes de Estado militares como el del general Jaruselsky en Polonia a finales de 1981, la situación política de esos países giró a la derecha. Esto posibilitó que con los levantamientos antiburocráticos –pero no anticapitalistas como en las décadas anteriores– de 1989 y la caída del Muro de Berlín, movilizaciones inicialmente legítimas terminaran siendo redireccionadas hacia la restauración capitalista.

El “agujero negro” histórico desde el punto de vista socialista que siguen constituyendo países como la Rusia actual, Ucrania, Polonia, Hungría, los Países Bálticos, etc., es evidente que tiene que ver con la herencia maldita del estalinismo y la crisis de alternativa socialista dejada por su experiencia en la clase trabajadora mundial (¡crisis de alternativas que subsiste hasta hoy, pero solapándose con el recomienzo de la experiencia histórica que se está viviendo!): “[L]a necesidad inmediata [en esos países. RS] era reactivar y volver a politizar a la ciudadanía, ofreciéndole responsabilidades políticas. De ahí el papel fundamental de la libertad de expresión en todos los sectores. Todo lo que no alcanzara ese mínimo no sería más que transformar un autoritarismo despiadado en otro un poco más benigno. Era necesario que la gente empezara a hacerse cargo de lo que se había construido en su nombre, a tomar posesión del contenido de las formas socialistas, unas formas rígidas y distorsionadas” (Berger 2017: 213).

La caída del estalinismo reabrió en el mediano plazo la perspectiva socialista auténtica, como señalamos en los textos de fundación de nuestra corriente (cf. Construir otro futuro. Aportar al relanzamiento de la batalla por el socialismo). Si bien han pasado cuarenta años desde la caída del estalinismo, seguimos oponiéndonos a los autores y corrientes que evalúan de manera conservadora ese evento y lo consideran como una “derrota histórica”… En todo caso, como ya señalamos especialmente para la ex URSS, esa derrota histórica ya se había consumado en los años 30 del siglo pasado, aunque continuó enmascarada por el Estado burocrático con restos de la revolución. Una hipoteca que lamentablemente no pudo ser levantada debido a la derrota de las revoluciones socialistas antiburocráticas en el Este europeo, derrotas que, evidentemente, la burocracia asestó para que no se rebelara la clase obrera de la URSS. Si subsiste a escala global una crisis de alternativa socialista, y de la clase obrera en la autopercepción de su poder social, se lo debemos al estalinismo, y en parte también a la socialdemocracia, su gemelo “democratizante”.

El rol de la socialdemocracia ha sido criminal desde 1914 hasta nuestros días. Una socialdemocracia devenida en liberal-social, pasada abiertamente al orden burgués.[24] István Mészáros hace una certera semblanza de ella en su obra Más allá del Capital, donde señala que un punto clave en tanto burocracia ha sido siempre separar lo reivindicativo de lo político-global (el corporativismo).

Sin embargo, el capitalismo del siglo XXI es tan bárbaro y voraz que materialmente empuja a una polarización extrema, a la reapertura de la época de crisis, guerras, revoluciones y también barbarie y reacción, reapertura que seguramente llevará, en algún punto del camino, hacia una radicalización política por la izquierda de las nuevas generaciones, retomando las tradiciones revolucionarias del siglo pasado como un todoEn este sentido, en el momento en que se publica esta obra estamos inmersos en un simultáneo proceso de recomienzo de la experiencia histórica de las nuevas generaciones explotadas y oprimidas. Esto creará seguramente –¡ya lo está haciendo!– la levadura de las nuevas generaciones obreras y estudiantiles para construir fuertes partidos revolucionarios de combate.

Es un hecho que este proceso parte desde muy atrás, y por varias razones. Entre ellas el “fracaso del socialismo”, la reestructuración del mundo del trabajo, la pandemia, etc., cuestiones que no vamos a desarrollar en esta obra y que se manifiestan en la ingenuidad –por así resumirla– de esas nuevas generaciones obreras y estudiantiles, ecologistas, defensoras de Palestina y del movimiento de mujeres y LGBTT. Sin embargo, como hemos señalado, conforme ocurren los acontecimientos se van acumulando experiencias y los desarrollos adquieren elementos de radicalización que, de extremarse, darán lugar a las nuevas revoluciones socialistas en el siglo XXI: “(…) con el derrumbe del estalinismo, se ha reabierto la posibilidad de la pelea por la perspectiva auténtica del socialismo. Este desafío se debe ubicar en el contexto del carácter crecientemente agresivo, parasitario y depredador que viene asumiendo el capitalismo mundializado, el que está generando reiteradas manifestaciones de resistencia y acción directa (…) Con esta edición iniciamos la publicación de la colección Socialismo o Barbarie (…) Esperamos que resulte ser una contribución al esfuerzo de miles (…) en todo el mundo por confluir en una nueva síntesis de experiencias y tradiciones del marxismo revolucionario, hacia la reapertura de una perspectiva de emancipación social que enfrente a la realidad crecientemente bárbara del capitalismo de hoy” (Construir otro futuro, diciembre de 1999).

En este marco, es un hecho también que estamos viviendo una renovación revolucionaria del marxismo en clave anti-estalinista y, en varios casos también, anti-reformista (esto último es algo más difícil porque el reformismo sigue campeando, aunque a la defensiva, en la vanguardia de masas internacional). Pero es un hecho que en medio del avance de la extrema derecha internacional, el marxismo está logrando un lugar nuevo, más a la ofensiva. Hay una nueva oleada de reelaboraciones críticas sobre nuestro tiempo, una camada de autores nuevos (muchos jóvenes, otros no) que son parte de esta apasionante renovación del marxismo y del marxismo revolucionario. Digamos que esta obra en dos tomos pretende aportar a ese relanzamiento revolucionario socialista, anti-estalinista y anti-reformista. Porque no hay manera de desplegar la fuerza histórica de la clase obrera y colocar al marxismo revolucionario a la ofensiva sin pasar por un balance implacable de las lecciones dejadas por el siglo XX.

Bibliografía

Anne Applebaum, Rideau de fer. L’Europe de l’Est écrassé 1944-1956, Gallimard, Francia, 2012.

Victor Artavia, “Democracias populares y resistencia obrera: una aproximación histórica a los Estados burocráticos del Glacis” (1945-1956).

John Berger, La apariencia de las cosas. Ensayos y artículos escogidos, GG, Barcelona, 2014.

R.J. Crampton, The Balkans since the Second World War, Longman, Gran Bretaña, 2002.

Isaac Deutscher, La década de Kruschev, Alianza Editorial, 1969.

Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, Crítica, Barcelona, 1995.

Nikita Kruschev, Informe secreto al XX Congreso del PCUS, 25 de febrero de 1959.

Ernest Mandel, El poder y el dinero, Siglo XXI Editores.

Sinuê Neckel Miguel, “Grupo Praxis: o impacto político da crítica humanista marxista na Iugoslávia”, Tempos Históricos, Volumen 22, 2º semestre de 2018.

E.P. Thompson, “Socialism and the intellectuals”, Universities & Left Review, primavera 1957, Vol. I, Nº 1.

-“Agency and choise, I. A reply to criticism”, The New Reasoner 5, verano 1958.

Roberto Sáenz, Marcelo Yunes y Antonio Soto, Construir otro futuro. Aportar al relanzamiento de la batalla por el socialismo, Colección Socialismo o Barbarie, Editorial Antídoto, 2000.


[1] Está claro que nos referimos a las revoluciones antiburocráticas de las primeras décadas de posguerra y no al proceso de caída del Muro de Berlín en 1989, que tuvo un carácter completamente diferente y que no abordamos en esta obra.

[2] Bombardeos como el de la ciudad alemana oriental de Dresde por parte de los aliados (EE.UU. y Gran Bretaña), una ciudad obrera por antonomasia, colaboró no solo para la derrota política sino para la destrucción física de la clase obrera alemana (Moreno). De ahí lo llamativo de que en Berlín el levantamiento obrero demostrara que, aun en circunstancias extremas, la clase obrera puede levantar la cabeza –por lo demás, el levantamiento berlinés se extendió rápidamente por el resto del país–. Una lección importante para los que analizan invariablemente las cosas con demasiada grisura, perdiendo de vista la otra cara dialéctica de los procesos: los destellos de vida que se presentan aun en las circunstancias más duras.

[3] El prestigioso grupo de historiadores del PCG donde se encontraba notoriamente E.P. Thompson, entre otros, rompió con el partido a propósito de la invasión de los tanques rusos a Budapest. Thompson escribirá unas “Epístolas a los filisteos” de enorme valor anti-estalinista y humanista socialista, aunque injustamente sectarias respecto de Trotsky. Ya volveremos sobre estas cartas.

Por otra parte, hay que hacer notar que el único historiador de nota que permaneció en las filas del PCG fue Eric Hobsbawm, como se aprecia en su materialismo economicista y en su reivindicación –aggiornada– del estalinismo, amén de su pesimismo histórico, hasta su última obra, Historia del siglo XX: “Stalin, que presidió la edad de hierro de la URSS (…) fue un autócrata de una ferocidad, una crueldad y una falta de escrúpulos excepcionales (…) No obstante, cualquier política de modernización acelerada de la URSS, en las circunstancias de la época, habría resultado forzosamente despiadada, porque había que imponerla contra la mayoría de la población, a la que se condenaba a grandes sacrificios, impuestos en gran medida por intermedio de la coacción. La economía de dirección centralizada responsable mediante los ‘planes’ de llevar a cabo esta ofensiva industrializadora, estaba más cerca de una operación militar que de una empresa económica. Por difícil que resulte de creer (…) el sistema estalinista, que volvió a convertir a los campesinos en siervos de la gleba e hizo que partes importantes de la economía dependieran de una mano de obra reclusa de entre cuatro y trece millones de personas (los gulags) (…), contó, casi con toda certeza, con un apoyo sustancial, aunque no entre el campesinado” (1995: 380).

Esta última afirmación es discutible. Bensaïd afirma en algunos de sus escritos algo similar, pero las circunstancias fueron mucho más contradictorias, incluso por el hecho de que las Grandes Purgas de finales de los años 30 transformaron a la URSS y los países de su órbita en sociedades de miedo y delación permanente. Vasili Grossman afirma que las circunstancias de la guerra mundial aflojaron por un tiempo el puño de hierro del estalinismo generando ilusiones de liberalización política, pero con el fin de la guerra se reafirmó el férreo dominio burocrático, que fue, junto con las cotas de producción explotadoras, lo que generó los reiterados estallidos anti-estalinistas en el Este europeo.

[4] No por esto Tito giró a la izquierda, sino que quedó, más bien, en una posición equidistante entre Occidente y la URSS; dejó correr experiencias limitadas de autogestión obrera, pero nunca cedió el mando burocrático férreo sobre el Estado yugoeslavo en su conjunto. Así las cosas, no dejó de ser otra variante de Estado burocrático con restos de las conquistas de la derrota del fascismo y de la expropiación anticapitalista. La emancipación del nazismo fue una enorme gesta revolucionaria anticapitalista, pero sin socialismo. En este sentido, se emparenta mucho más con las revoluciones anticapitalistas China, Cubana y Vietnamita que con el resto de los países del Glacis, donde no hubo revolución alguna, ni “activa” ni “pasiva” (en nuestra concepción, hablar de los países del Este europeo como de “revoluciones socialistas pasivas”, como hacen algunos autores, es una contradicción en los términos).

Por otra parte, R.J. Crampton nos recuerda que la ex Yugoeslavia de los años 40 fue una de las sociedades más agrarias de los Balcanes y el Este europeo (aunque los países balcánicos figuren en una categoría geográfica distinta de los del Glacis): “(…) sin embargo, los partidos comunistas dominantes, incluyendo el de Yugoeslavia, aplicaron ellos mismos la tarea de la reconstrucción económica y social [de la posguerra]: impusieron la revolución desde arriba (…) Los viejos miembros del partido mostraban una particular simpatía hacia el descontento social, tenían la particular preocupación por los desheredados y desposeídos [es decir, por los que carecían de privilegios] que originalmente los había llevado al partido. Muchos de estos viejos camaradas [fueron purgados] (…) Las purgas [en el partido] fueron necesarias para contener el descontento que la ‘revolución desde arriba’ estaba generando y para inmunizar el cuerpo del partido para lo que sería una tarea desagradable” (Crampton: 2022: 108).

[5] Muchas de estas expropiaciones se hicieron con la inicial justificación nacionalista de expropiación de la propiedad alemana (Fejtö).

[6] A este respecto y en otro contexto, Nahuel Moreno introdujo en las filas del viejo MAS una confusión monumental con su “teoría” de la “revolución democrática”.

[7] Otro problema acá es que se interpretó la pátina de humanismo que estos procesos tuvieron como si fuera un aggiornamiento socialdemócrata. Pero si tal aggiornamento fue intentado desde la cúpula, perder de vista el contenido obrero y socialista del humanismo que surgía desde abajo es una obra de desorientación política e intelectual descomunal.

[8] Ver a este respecto los trabajos de nuestros compañeros Roberto Ramírez y Marcelo Yunes sobre el caso cubano. Y también las obras de Richard Gott y Samuel Farber, entre otras, muy documentadas.

[9] Hilo de continuidad que el trotskismo, a partir de la obra de Trotsky y de las más diversas corrientes que constituyen el “archipiélago de uno y mil marxismos” del que habla Bensaïd, de cualquier manera logró asegurar. Los hechos son testarudos: no existe en el mundo ninguna otra corriente socialista revolucionaria que no sea la del trotskismo en sus diversas variantes: ni el luxemburguismo, ni el gramscismo, ni el consejismo, etc., están organizados en partido y corriente internacional.

[10] Acerca de este proceso no podemos dedicarnos en esta obra.

[11] Eso hizo más compleja la evaluación de los acontecimientos pos caída del Muro de Berlín en 1989. Porque lo que comenzó como un progresivo movimiento de reunificación de Alemania por la izquierda terminó en la restauración capitalista. Hubo corrientes que se ubicaron de manera objetivista frente a este acontecimiento. Bensaïd recuerda una charla de Mandel recién llegado de Berlín donde éste sostuvo que había comenzado la “revolución política con portaestandartes de Rosa Luxemburgo llevados por multitudes” frente a un auditorio atónito en el tradicional salón de la Mutualité. La corriente morenista también caería en este análisis objetivista.

Sin embargo, también es un hecho que otras corrientes salieron a sostener los ladrillos del Muro en supuesta “defensa del Estado obrero”… La realidad es que faltó una perspectiva independiente que se planteara la caída del estalinismo y la reunificación alemana desde la izquierda anticapitalista y auténticamente socialista.

[12] Hay que recordar que la purga de los partidos comunistas fuera de la URSS a finales de los años 30 fue tremenda (Broué). Al extremo, por ejemplo, de que Stalin mandó a liquidar enteramente al Partido Comunista polaco por sus rasgos “luxemburguistas” (Deutscher), y que, por ejemplo, el mismísimo Tito se ocupó personalmente, desde su cómoda oficina en Moscú, de purgar en 1939 al partido yugoeslavo de todos sus elementos “trotskistas”. Las manos de este carismático dirigente estalinista quedaron manchadas de sangre para siempre, a pesar de las ilusiones de la IV pablista de que Tito iba a girar hacia la izquierda o entablar relaciones con la IV Internacional.

[13] A pesar de su embellecimiento, la “revolución cultural” china a finales de los años 60 no fue más que una pelea interburocrática instrumentalizando a la juventud en uno y otro bando (Naville, Lew).

[14] El propio Deutscher, caracterizado en la posguerra por reiteradas ilusiones de auto-reforma de la burocracia, señala lo siguiente: “Gran parte de la opinión soviética era muy consciente de la ambigüedad del carácter político de Kruschev y de los motivos que lo habían inducido a dar su bendición a la ruptura del partido con el estalinismo. Esta bendición, en gran parte platónica, se estaba convirtiendo en una maldición disfrazada, pues ocultaba una obstinada y astuta oposición a una auténtica democratización socialista de la URSS. (Diré de pasada que la imagen de Kruschev como campeón de la desestalinización, fue, en los últimos años, mucho más ampliamente aceptada en Occidente (…) que en la URSS)” (La década de Kruschev).

[15] Es inverosímil que corrientes del trotskismo suscriban la crítica de Althusser al discurso contra el “culto a la personalidad” de Stalin como si hubiese sido un discurso de “derecha”… Kruschev llega a citar a la esposa de Lenin en una carta a Kamenev de finales de 1922: “¡Lev Vórisovich! Debido a una breve carta que escribí con palabras que me dictara Vladimir Ilich, con permiso de sus médicos, Stalin se permitió ayer dirigirse a mí con una violencia inusitada. Durante mis treinta años de militante, nunca había oído a un camarada dirigir palabras tan insolentes a otro. Los asuntos del partido y de Ilich no son de menos significación para mí que para Stalin. En este momento necesito el máximum de dominio sobre mí misma. Lo que uno puede y lo que uno no puede discutir con Ilich lo sé yo mejor que cualquier médico, puesto que yo sé lo que le pone nervioso y lo que no le perturba; de cualquier modo sé estas cosas mejor que Stalin. Recurro a usted y a Grigory [Zinoviev], por ser los camaradas que se hallan más cerca de V.I., y les ruego que me protejan de insolentes intromisiones en mi vida privada y de viles invectivas y amenazas. No tengo la menor duda respecto de cuál será la unánime decisión de la Comisión de Control, con la cual Stalin me amenaza; no obstante, tampoco tengo la fuerza ni el tiempo disponible para malgastarlo en querellas insensatas. Además, soy un ser humano que soporta en estos momentos una tensión nerviosa excesiva” (Nadejda Krupskaya citada por Kruschev).

[16] Es obvio que acá Thompson está oponiendo las capacidades humanas transformadoras contra el aparato muerto del estalinismo. Thompson agrega lo siguiente en estas históricas cartas que dieron en gran medida los fundamentos a su obra principal, The making of de working class in England: “(…) el rechazo de la creatividad de la acción humana (…) en la cadena determinada de los acontecimientos, en vez de considerarlos como seres morales e intelectuales en el hacer de su propia historia, en otras palabras, el rechazo de que los humanos pueden, con un acto social voluntario, sobreponerse en determinada medida a las limitaciones impuestas por las ‘circunstancias’ o ‘la necesidad histórica’. En el mundo comunista afirmar esto es una herejía que toma la forma de una ideología que hace a la fortaleza (buttresses) de la burocracia” (“Agency and choice, I. A reply to criticism”).

[17] Esto aplica también a los desastres inmediatos de la segunda posguerra y al rápido proceso de reconstrucción europea.

[18] A estos aspectos se dedicará parte del segundo tomo de nuestra obra. Por el momento remitimos al lector a nuestra “Dialéctica de la transición. Plan, mercado y democracia obrera” (izquierda web).

Por otra parte, para ver un ejemplo concreto de los elementos de la alienación obrera, basta saber que se trabajaba muchas veces inútilmente porque lo que se producía no servía para nada: “La desmoralización generalizada de la población se expresaba en forma de cinismo político y baja productividad (y en un índice de natalidad cada vez más bajo). Esta desmoralización era el resultado de un monólogo político ininterrumpido, la represión y la falta de reflexión en la aplicación del igualitarismo. La jornada laboral en Checoslovaquia empieza a las seis y media de la mañana y termina hacia las dos y media de la tarde. Muchos trabajadores pasaban la tarde trabajando en el mercado privado, por lo general con material del mercado negro. El dinero que ganaban de esta manera exacerbaba su deseo de artículos de consumo que no podían conseguir. Todas las actividades fomentaban negocios sucios de todo tipo” (Berger 2017: 2017).

[19] No podemos dedicarnos demasiado a la “marxología” en este texto. Pero al parecer los Manuscritos económico-filosóficos nunca fueron un texto independiente como habitualmente se los presentó, sino parte de unos borradores de trabajo más abarcativos titulados Manuscritos de París (en el plan de edición de las obras completas de Marx y Engels llamado MEGA 2, Kohei Saito).

[20] Entre los autores marxistas de Europa occidental se encuentran Ernst Bloch, Erich Fromm, Herbert Marcuse, Henry Lefebvre, Ernest Mandel y otros.

[21] Frente a definiciones de este tipo en el marco de los procesos de revolución antiburocrática en el Este europeo, queda clarísimo el carácter reaccionario, conservador y pro-estalinista de la elaboración althusseriana clásica (lo que no quiere decir que no tuviera aportes fragmentarios de importancia, como hemos señalado).

[22] Aclaremos de paso que Il Manifesto nunca fue trotskista, aunque sí fue una revista crítica del status quo imperante en la izquierda.

[23] Según la opinión de Mandel, Bloch es el principal filósofo marxista del siglo XX. No nombramos a Georg Lukács porque su comportamiento político fue mucho más sinuoso.

[24] A sus partidos podemos considerarlos, genéricamente, burgueses-obreros o directamente burgueses-pequeñoburgueses, de las capas medias ilustradas, en todo caso con votos obreros (hay que estudiar cada caso concretamente).

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