Engels sobre filosofía, la ley del valor y las ganancias capitalistas: Carta a C. Schmidt

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*1820-1895+ Politiker, D PortrÑt - undatiert

 

Friedrich Engels

Digitalización del MIA

Londres, 12 de marzo de 1895

A carta de usted me da una idea, creo, de cómo se ha puesto usted sobre la huella de la tasa de beneficio. Encuentro ahí la misma forma de perderse en detalles que censuré al método ecléctico de filosofar que ha hecho tantos avances en las universidades alemanas desde 1848 y que pierde toda perspectiva general y que con demasiada frecuencia termina en argumentaciones estériles y sin objeto acerca de puntos particulares.

En cuanto a los filósofos clásicos, fue precisamente Kant al que usted había estudiado principalmente; y Kant, debido a la situación del filosofar alemán en su época y a su oposición a la variedad pedante del leibnizismo sostenida por Wolf, fue más o menos obligado a hacer algunas concesiones aparentes y formales a esta argumentación wolfiana. Así es como me explico vuestra tendencia, la que también se trasluce en la disgresión sobre la ley del valor, de vuestra carta, a sumergirse en grado tal en los detalles sin poner nunca atención, me parece, a las interconexiones de conjunto, degradando la ley del valor a una ficción, ficción necesaria, así como Kant hace de la existencia de Dios un postulado de la razón práctica.

Los reproches que usted formula a la ley del valor se aplican a todos los conceptos cuando se los considera desde el punto de vista de la realidad. La identidad del ser y del pensar, para expresarme a la manera hegeliana, coincide en un todo con vuestro ejemplo del círculo y el polígono. Ambos, el concepto de una cosa y su realidad, marchan lado a lado como dos asíntotas, aproximándose constantemente sin encontrarse nunca. Esta diferencia entre los dos es la misma diferencia que impide que el concepto del ser sea realidad en forma directa e inmediata, y que la realidad sea sin mediación su propio concepto. Pero aun cuando un concepto posee la naturaleza esencial de los conceptos, y por lo tanto no puede coincidir prima facie directamente con la realidad, de la cual debe ser primero abstraída, es sin embargo, algo más que una ficción, a menos que usted vaya a declarar ficciones todos los resultados del pensamiento porque la realidad debe dar muchas vueltas antes de corresponderles y aun así sólo les corresponde con aproximación asintótica.

¿No ocurre acaso lo mismo con la tasa general de beneficio? En cada instante sólo existe aproximadamente. Si se verificara una vez en dos empresas hasta el más mínimo detalle, si en ambas se produjera exactamente la misma tasa de beneficio en un año dado, se trataría de una pura casualidad; en la realidad, la tasa de beneficio varía de negocio en negocio y de año en año conforme a diversas circunstancias, y la tasa general únicamente existe como promedio de muchos negocios y de una serie de años. Pero si fuésemos a exigir que la tasa de beneficio -14 876 934…— fuese exactamente igual en todos los negocios y en todos los años hasta la centésima cifra decimal so pena de degradarse a la ficción, estaríamos entendiendo pésimamente la naturaleza de la tasa de beneficio y de las leyes económicas en general, pues ninguna de ellas tiene realidad si no es como aproximación, tendencia, promedio, y no como realidad inmediata. Esto se debe en parte a que su acción entrechoca con la acción simultánea de otras leyes, pero en parte a su naturaleza de concepto.

O tome usted la ley de los salarios, la realización del valor de la fuerza del trabajo, que sólo se produce como promedio y aun esto no siempre, y que varía en una misma localidad y aun en una misma rama, conforme al nivel de vida corriente. O bien la renta del suelo, que representa un superbeneficio por encima de la tasa general, derivado del monopolio ejercido sobre una fuerza natural. Tampoco aquí hay en modo alguno coincidencia entre el superbeneficio real y la renta real, sino tan sólo una aproximación en promedio.

Exactamente lo mismo ocurre con la ley del valor y con la distribución de la plusvalía por medio de la tasa de beneficio:

1) Ambas sólo alcanzan su realización aproximada más completa en base al supuesto de que la producción capitalista ha estado enteramente establecida en todas partes, reducida la sociedad a las modernas clases de los terratenientes, capitalistas (industriales y comerciantes) y obreros, omitiendo todas las capas intermedias. Esto no existe siquiera en Inglaterra y nunca existirá; no dejaremos que llegue tan lejos.

2) El beneficio, incluyendo la renta, consiste de varias partes componentes:

a) Beneficio proveniente del engaño; se anula en la suma algebraica.

b) Beneficio proveniente del aumento del valor de las existencias de mercancías (por ejemplo, el excedente de la última cosecha cuando fracasa la siguiente). Teóricamente también este debiera compensarse (en la medida en que no haya sido ya compensado por la disminución del valor de otras mercancías) ya sea porque los compradores capitalistas deben contribuir a la ganancia de los vendedores capitalistas, o bien, en el caso de los medios de subsistencia de los obreros, porque eventualmente también los salarios habrán de aumentar. Pero los más esenciales de estos aumentos del valor no son permanentes y por lo tanto la compensación sólo se produce en el promedio sobre varios años, en forma extremadamente incompleta y, lo que es notorio, a expensas de los obreros; estos producen más plusvalía porque su fuerza de trabajo no es retribuida por completo.

c) El total de plusvalía, del cual se deduce nuevamente, sin embargo, esa porción que al comprador se le presenta como obsequio, especialmente en época de crisis, cuando la sobre-producción se reduce a su valor verdadero de trabajo socialmente necesario.

De esto se sigue de inmediato que el beneficio total y la plusvalía total sólo pueden coincidir aproximadamente. Pero cuando usted toma en consideración además el hecho de que ni la plusvalía total ni el capital total son magnitudes constantes, sino variables cuyo valor cambia diariamente, entonces toda coincidencia entre la tasa de beneficio y el total de plusvalía distinta de la de una serie aproximada, y toda coincidencia entre el precio total y el valor total que no sea la que tiende constantemente a la unidad, apartándose continuamente de ella, es pura imposibilidad. En otras palabras, la unidad de concepto y apariencia se manifiesta como un proceso esencialmente infinito, y esto es lo que es, tanto en este caso como en los demás.

¿Acaso correspondió el feudalismo a su concepto? Fundado en el reino de los francos occidentales, perfeccionado en Normandía por los conquistadores noruegos, continuada su formación por los normandos franceses en Inglaterra y en Italia meridional, se aproximó más a su concepto en… Jerusalén, en el reino de un día, que en las Assises de Jerusalem dejó la más clásica expresión del orden feudal. ¿Fue entonces este orden una ficción porque sólo alcanzó una existencia efímera, en su completa forma clásica, en Palestina y aun esto casi exclusivamente sobre el papel?

O los conceptos que prevalecen en las ciencias naturales, ¿son ficciones porque en modo alguno coinciden siempre con la realidad? Desde el momento en que aceptamos la teoría evolucionista, todos nuestros conceptos sobre la vida orgánica corresponden sólo aproximadamente a la realidad. De lo contrario no habría cambio: el día que los conceptos coincidan por completo con la realidad en el mundo orgánico, termina el desarrollo. El concepto de pez incluye vida en el agua y respiración por agallas; ¿cómo haría usted para pasar del pez al anfibio sin quebrar este concepto? Y este ha sido quebrado y conocemos toda una serie de peces cuyas vejigas natatorias se han transformado en pulmones, pudiendo respirar en el aire. ¿Cómo, si no es poniendo en conflicto con la realidad uno o ambos conceptos, podrá usted pasar del reptil ovíparo al mamífero, que pare sus hijos ya con vida? Y en realidad, en los monotremas tenemos toda una subespecie de mamíferos ovíparos —en 1843 yo vi en Manchester los huevos del platypus y con arrogante limitación mental me burlé de tal estupidez —como si un mamífero pudiese poner huevos—. ¡Y ahora ha sido comprobado! De modo que ¡no haga con los conceptos de valor lo que hice con el platypus y por lo cual después tuve que pedirle perdón!

También en el artículo de Sombart, por lo demás muy bueno, aparecido en el volumen III, encuentro esa tendencia a diluir la teoría del valor; es evidente que también él había esperado una solución algo diferente.

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