El mito del desarrollo: explotación, acumulación y conflicto

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  • La búsqueda de alternativas al modelo colonial, lejos de resolver los “problemas” que desembocan de la existencia de países “subdesarrollados”, ha consolidado un modelo económico extractivista y precursor de la explotación, la distribución desigual y el uso irregular de los recursos vivos.

  • Las premisas teóricas en torno a las nuevas condiciones del desarrollo capitalista y el cambio en las funciones del Estado develan el conflicto como síntoma propio del discurso desarrollista y su interpretación “sostenible”.

Artículo de opinión de una de nuestras lectoras y colaboradora con nuestra página web, quien es estudiante del bachillerato de sociología en la Universidad de Costa Rica.

Alejandra Ramírez Arce

La visión hegemónica del mundo encarna la determinación interna y externa del desarrollo latinoamericano, desde una historia pensada desde arriba e interiorizada en el subterreno del estancamiento. El mito del desarrollo y su conjugación como economía, aparece configurado en el marco de la idea del crecimiento perpetuo del primer mundo y la solución a los problemas del -mal llamado- Tercer Mundo(1). Los procesos de cambio social han desembocado en crisis socioambientales que, alimentadas por el producto colonial de los modelos dominantes, plantean la necesidad de modificar la relación sociedad-naturaleza.

El desarrollo sostenible es resultado de los debates suscitados en la búsqueda de una garantía real de acceso a los recursos vivos. No obstante, tan pronto como se intentan plantear las adecuaciones ecológicas, este discurso encuentra restricciones en su propio telón y polea: la lógica neoextractivista preexistente y las ganancias privadas como fundamento del capital. La idea de la conservación y utilización sostenible de la diversidad ecológica -pensada como recurso explotable- incorpora las diferencias entre los patrones de acumulación, producción y consumo. De esta manera, aparecen las conflictividades ambientales de América Latina; enmarcadas por los desajustes políticos y culturales que el sistema capitalista reacio ha cristalizado.

La economía del desarrollo se organiza así, como un mito que encuentra lugar en los objetivos de expansión, acumulación y crecimiento. Estos tienen como dirección el control de los medios legales, psicosociales y “verdes” por los cuales se disponen las fuerzas de consumo y las disputas sociales y económicas desiguales. La acumulación por desposesión es la lógica con la que opera el sistema de la sobreexplotación. Dominación toma como punto de partida la separación de mundos y la dependencia -por insurrección o prestigio- de unos sobre otros.

El colapso ambiental es una de las rutas centro que hoy colindan con las crisis políticas y los discursos del progreso y desarrollo. La búsqueda de alternativas al modelo colonial, lejos de resolver los “problemas” que desembocan de la existencia de países “subdesarrollados”, ha consolidado un modelo económico extractivista y precursor de la explotación, la distribución desigual y el uso irregular de los recursos vivos. Los márgenes de este modelo de acumulación “(…) han requerido siete cosas baratas: la naturaleza, el trabajo, la alimentación, la energía, el dinero, los cuidados y las vidas.” (Ávila, 2020, pp.28-29).

Las luchas por el agua y el acceso al agua potable, las acciones colectivas de protestas en contra de la quema de la Amazonía y las manifestaciones y demandas sociales por los daños humanos y ambientales irreversibles en México, tras las consecuentes explotaciones de los oleoductos de las reservas de petróleo, son problemáticas que colocan en tela de duda los discursos políticos del Buen Vivir latinoamericano. Las premisas teóricas en torno a las nuevas condiciones del desarrollo capitalista y el cambio en las funciones del Estado develan el conflicto como síntoma propio del discurso desarrollista y su interpretación “sostenible”. A continuación, me refiero de forma breve a dos de los citados.

Los conflictos por el agua encuentran lugar en toda la región latinoamericana a través de las deficiencias en los sistemas de gobernabilidad de los recursos hídricos; brechas en políticas públicas, incapacidad de articular la movilidad social con los modelos de crecimiento en desarrollo sostenible y presencia de marcos normativos y de gestión deficientes. Desde México hasta Chile la prédica neoliberal ha instaurado el condicionamiento sobre el acceso y uso de las aguas. En la mayoría de los casos, y como correlato de su carácter público y de derecho humano fundamental, la legislación existente confiere una prioridad absoluta a los usos comunes. Sin embargo, la administración que prima sobre este recurso ha definido el otorgamiento conforme con un orden de prioridades que excluye por estrato económico, pertenencia al territorio, grupo y clase social.

Pensar al Estado como ente administrador de los recursos colectivos supone una discusión que involucra el carácter finito de los recursos disponibles y su capacidad de manejo. Suscribiendo las palabras de Edgardo Lander (2003), este proceso aparece con mayor frecuencia desde la acumulación de la riqueza que es, en realidad, una extensión escalonada del empobrecimiento colectivo. Esto forma parte de las disciplinas de tradición colonial que hoy, en el marco de una modernidad desterritorializada, condicionan el crecimiento y los patrones conceptuales de lo que significa vivir bien. Ante la imposibilidad de imaginar otras formas de comprender el mundo sin reafirmar la economía destructora, el agua se convierte en un recurso de naturaleza política que se asigna y despoja según su cuantificación y medición mercantilista.

Por su parte, los incendios en la Amazonía han abierto una crisis diplomática que atraviesa no solo el gobierno central de Brasil, sino el ala internacional en contra de las políticas insostenibles actuales que declinan, bajo el discurso de “desarrollo sostenible”, la deforestación y las acciones para recuperar los bosques húmedos tropicales. Las posiciones ultraderechistas de Jair Bolsonaro que reclaman la interferencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como acción que detenta contra la soberanía brasileña, la preocupación por el medio ambiente y el cambio climático como “psicosis” ambiental y la existencia de una mentalidad colonialista son acervo de la devastación política que preconiza la no fiscalización de las reglas ambientales, la fractura de territorios indígenas y la colonización de intereses extractivistas.

Tal y como he mencionado, el intervencionismo orquestado desde fuera ha concluido en un constructo subdesarrollista de los procesos globales de extracción, explotación y uso irregular y desperdicio de recursos. Por esta razón, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) (2) constituyen una matriz de desigualdades entre los acoplamientos globales, entre ellos, los intereses agrícolas y forestales. En este sentido, los incendios provocados en el terreno amazónico en Brasil son ejemplo de una reinterpretación de la conservación biológica y cultural hundida en el protagonismo económico y científico, que supone la adecuación política de los Objetivos a las dinámicas tecnicistas de la industrialización y la producción del discurso neoextractivista.

De esta manera, los conflictos suscitados constituyen las vías de acceso a la concepción de la acumulación extensiva de capital, la estrangulación económica de la vida y el desplazamiento de grupos humanos y regiones completas. La delimitación de problemáticas y conflictividades socioambientales supone, la distinción de quienes se ubican en las periferias del éxito capitalista frente a aquellos que asumen -en los márgenes de incapacidad e inadaptabilidad de estos-, lo que por designación se les ha otorgado: la puerta del “primer mundo”. La idea de progreso es, entonces, una agencia recordatoria de las fuentes de transformación desarrollista, que no son más que nuevas premisas de inferiorización entre naciones.

La rentabilidad del mito encarna la determinación interna y externa del desarrollo desde la apropiación de recursos finitos, disponiendo el conflicto irresoluble del exceso y la escasez. Las tragedias aquí presentes, corresponden el vacío de la operación ideológica dominante que inventa y reproduce la separación de mundos desde la periferización y la posición sujeta en el relieve distributivo de la riqueza. A medida en que las diferencias producidas toman como núcleo la producción de procesos de cambio social, América Latina es incorporada como punto primero y determinante de los modelos de desarrollo sostenible. Sin embargo, los desajustes son estructurales y no consecuencia del deseo o esfuerzo de la región por quererse desarrollada y asegurar su propio progreso.


Notas:

  1. Este concepto ha sido utilizado para “(…) movilizar a los pueblos de la periferia y llevarlos a aceptar enormes sacrificios, para legitimar la destrucción de formas de cultura arcaicas, para explicar y hacer comprender la necesidad de destruir el medio físico, para justificar formas de dependencia que refuerzan el carácter predatorio del sistema productivo.” (Furtado, citado por Gudynas, 2011, p.21).

  2. Plan impulsado por Naciones Unidas para dar continuidad a la agenda de desarrollo latinoamericano. Los Objetivos constituyen un “(…)  llamamiento universal a la acción para poner fin a la pobreza, proteger el planeta y mejorar las vidas y las perspectivas de las personas en todo el mundo.” (ODS, 2020)

Datos de autoría

Alejandra Ramírez Arce

Estudiante de Bachillerato en Sociología en la Universidad de Costa Rica

Correo electrónico: alejandraramirezarce@outlook.es

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