El desarrollo desigual y sus contradicciones

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2.1 Desigualdades regionales

India ha sido siempre un mosaico cultural, social, económico, lingüístico y religioso; no hay otro país del mundo con tantas “minorías” de todo tipo, que a su vez abarcan en muchos casos ingentes masas poblacionales, más populosas cada de una de ellas que la mayoría de los países del planeta por separado. A eso se sobreimprime la pervivencia del milenario sistema de castas –casi sin par en el mundo moderno desde el siglo XIX, ni hablar en la época del capitalismo global de hoy–, que perpetúa estructuras económico-social-culturales de profunda desigualdad e injusticia.

Esto se manifiesta a nivel de los estados que componen la “Unión India”. Las diferencias geográficas y culturales se entretejen con las sociales y económicas, dando como resultado estructuras regionales con rasgos muy distintivos entre sí (lo que no significa que sean internamente homogéneas; muy por el contrario).

La India moderna, en muchos sentidos, no ha perdido ni abandonado ese carácter de mosaico, y eso se extiende a categorías e instituciones económicas que resultan impensables en otras latitudes, empezando por la unificación de la estructura tributaria nacional. Así, la implementación del impuesto federal de bienes y servicios (de hecho, equivalente al impuesto al valor agregado; sigla inglesa GST) tuvo lugar en fecha tan reciente como 2017. La medida representó, indudablemente, un paso hacia la unificación económica de un país donde convivían sistemas arancelarios entre los 28 estados del país, algo más propio de la era feudal europea que de un estado moderno nacionalmente organizado.

Pero en este aspecto como en tantos otros, no es tan sencillo hablar de “una nación”. La redoblada campaña ideológica nacionalista –en clave hinduista y represiva, como luego veremos– no puede ocultar las brutales divisiones del país en todos los órdenes, que no pueden barrerse bajo la alfombra con decretos y cambios de nombre. Y desde el punto de vista económico, lo primero que salta a la vista es la distancia en nivel de desarrollo –así como en otros indicadores socioculturales que trataremos luego– y, por ende, en nivel de vida. Aclarando que en ningún caso ese nivel promedio es alto –y los estados que encabezan la lista son dos de los menos poblados del país–, lo que encontramos son regiones cuyo PBI per cápita nominal oscila, por comparación entre niveles latinoamericanos, de los países asiáticos más pobres y los del África subsahariana:

India: PBI per cápita (2023), en dólares nominales

Se consideran los 28 estados más los territorios de Delhi (capital) y Jammu-Cachemira (estado hasta 2019)

* Dato de 2022

** Ranking de 180 países. Fuente: International Monetary Fund World Economic Outlook (April 2024)

*** Dato estimado a 2024. Fuente: Report Of The Technical Group On Population Projections, en statisticstimes.com

Fuente: elaboración propia s/ datos en rupias del Reserve Bank of India y United Nations Statistics Division, en statista.com. Promedio India: https://www.imf.org/external/datamapper.

El asterisco indica que se trata de un territorio federal, no un estado.

Fuente: The Economist Special Report on India’s economy, “The India express”, 27-4-24.

Como se observa, el ingreso per cápita de la diminuta Sikkim es casi 10 veces el de Bihar, con una población mayor a la de Japón. Los niveles de alfabetización, fertilidad y expectativa de vida de estados del sur como Kerala y Tamil Nadu son similares a los de Turquía o Tailandia, mientras que en la llanura del Ganges de los estados del norte, esos indicadores son similares a los del África subsahariana.

En lo sucesivo, y para evitar tablas largas, agruparemos los 28 estados y los dos territorios que consideramos más importantes (Delhi, la capital, y Jammu-Cachemira, que fue estado hasta 2019) por región geográfica, a sabiendas de que esta clasificación tiene un elemento de arbitrariedad. En las estadísticas agruparemos las regiones por promedio de sus estados, sin ponderar por población. Ponemos entre paréntesis la cantidad de distritos que abarca cada región:

Norte (2): Bihar, Uttar Pradesh

Sur (5): Andhra Pradesh, Karnataka, Kerala, Tamil Nadu y Telangana

Extremo Norte (6): Delhi, Haryana, Himachal Pradesh, Jammu y Cachemira, Punjab y Uttarakhand

Extremo Este (7): Arunachal Pradesh, Assam, Manipur, Meghalaya, Mizoram, Nagaland y Tripura

Este y Centro (5): Chhatisgarh, Jharkand, Odisha, Sikkim y West Bengal

Oeste y Centro (5): Goa, Gujarat, Madhya Pradesh, Maharashtra y Rajasthan

Como es de esperar, el patrón observado en las cifras del PBI per cápita se replica en la extensión de los niveles de pobreza:

Población debajo de la línea de pobreza extrema, por región

(27.000 rupias = 343 dólares anuales), 2022, en %

 

Extremo Este                       25,4

Este y Centro                       25,4

Oeste y Centro                    23,2

Norte                                     23,0

Extremo Norte                     10,6

Sur                                          7,8

India (promedio)                22,0

Fuente: elaboración propia s/datos de Reserve Bank of India’s “Handbook of Statistics on Indian Economy”.

Se toma un tipo de cambio promedio para 2022 de 78,7 rupias por dólar (The Economist)

Aquí cabe aclarar que se trata de cifras de pobreza tan extrema que equivale a la más absoluta indigencia, ya que no de otra manera puede considerarse un ingreso inferior a un dólar por día; el indicador de pobreza más extrema que toma en cuenta el Banco Mundial, por ejemplo, es de alrededor de dos dólares y medio por día.

Ahora consideraremos otro conocido parámetro social, el Índice de Desarrollo Humano (IDH), elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), y que combina tres indicadores: acceso a la salud, acceso y nivel educativo y nivel de ingresos. Hemos agregado a modo de comparación el dato de un país de IDH similar para cada región:

 

Regiones indias por índice de desarrollo humano (IDH), datos de 2021

Región                        HDI*               País comparable**

Norte                                     0,582                     Myanmar (140)

India (promedio)                0,633                     Ghana (125)

Este                                        0,636                     Tuvalu (123)

Noreste                                  0,653                     Bangladesh (122)

Oeste y Centro                    0,662                     Cabo Verde (121)

Sur                                         0,676                     El Salvador (118)

Extremo Norte                     0,698                     Filipinas (109)

 

Estados extremos y promedio

  1. Kerala 0.752 Colombia (84)
  2. Karnataka 0.667 Nicaragua (119)
  3. Bihar 0.571 Congo (144)

* En una escala de 0 a 1, donde 0= mínimo desarrollo, 1=máximo desarrollo

** Sobre el ranking IDH del PNUD de 182 países.

Fuente: elaboración propia sobre datos del PNUD (2021)

Más abajo haremos algunos señalamientos del orden de lo cultural; aquí nos interesa concentrarnos en el plano económico, donde una de las divisiones clave que atraviesan el país se da entre el sur relativamente más industrializado y próspero (los estados de Kerala, Tamil Nadu, Karnataka, Andhra Pradesh y Telangana) y el norte agrario y pobre cercano al Himalaya (Uttar Pradesh y Bihar). Significativamente, ninguno de los estados del sur es gobernado por el BJP; tampoco se habla mayoritariamente el hindi, la lengua del norte.[1]

La distancia social entre el norte y el sur es también una distancia política: el BJP obtuvo sólo el 11% de sus votos en los estados del sur. En cambio, más de la mitad de los escaños del Partido del Congreso en la Cámara baja (Lok Sabha) provienen del sur. Los dos estados más populosos del norte, Bihar y Uttar Pradesh, representan el 26% de la población de la India, contra el 20% de los cinco estados del sur. Pero los estados del sur tienen un PBI per cápita 4,2 veces mayor, y la tasa de mortalidad infantil es menos de la mitad que en el norte.

El sur es, desde el punto de vista económico y tecnológico, el verdadero motor del desarrollo indio reciente, del que Modi pretende –no muy legítimamente, claro está– apropiarse. Por ejemplo, las capitales de la tecnología digital india son Bangalore y Hyderabad, capitales de dos de los estados del sur; casi la mitad de los “unicornios” (compañías tecnológicas valuadas en más de 1.000 millones de dólares) están radicados en el sur, al igual que dos tercios de las exportaciones de servicios tecnológicos y 11 de los 14 proveedores de Apple en la India (“Narendra Modi’s southern push”, TE 9386, 2-3-24).

Pasemos entonces a comparar los datos de ambas regiones en una serie de indicadores sociales y económicos; lo elocuente de las cifras nos exime de mayores análisis.

Comparación Norte-Sur de la India

Norte: Bihar y Uttar Pradesh (304 millones de habitantes)

Sur: Andhra Pradesh, Karnataka, Kerala, Tamil Nadu y Telangana (251 millones de habitantes)

 

PBI per cápita, 2022, dólares a paridad de poder de compra*

Karnataka                            12.000

Telangana                            11.900

Tamil Nadu                          10.000

Kerala                                   9.500

Andhra Pradesh                   8.800

Promedio India                  7.500

Uttar Pradesh                       3.000

Bihar                                     2.000

* No dólares nominales, sino ajustados en función del poder de compra en la plaza local.

Fuentes: Reserve Bank of India, OCDE, The Economist

 

Pobreza multidimensional*, %

Karnataka                            9

Andhra Pradesh                   8

Telangana                            7

Tamil Nadu                          4

Kerala                                   1

Promedio India                  15

Uttar Pradesh                       24

Bihar                                     35

* La pobreza multidimensional combina diez indicadores sociales

Fuentes: Reserve Bank of India, OCDE, Oxford Poverty and Human Development Initiative, The Economist

 

Tasa de mortalidad infantil (muertes cada 1.000 nacimientos), 2019-2021

Kerala                                    4

Tamil Nadu                          19

Karnataka                            24

Telangana                            26

Andhra Pradesh                   31

Promedio India                  36

Uttar Pradesh                       50

Bihar                                     45

Fuentes: Reserve Bank of India, OCDE, The Economist

 

Fábricas cada 100.000 habitantes, 2020

Tamil Nadu                          50

Telangana                            39

Andhra Pradesh                   31

Kerala                                   21

Karnataka                            20

Promedio India                  18

Uttar Pradesh                        7

Bihar                                      3

Fuentes: Reserve Bank of India, OCDE, The Economist

En resumen, aunque India no integra los llamados “países-continente”, los más extensos del planeta por área territorial, son seis (de mayor a menor: Rusia, China, Canadá, EEUU, Brasil y Australia), con una superficie de entre casi 8 y más de 16 millones de kilómetros cuadrados, quizá merece ese apelativo más que cualquiera de los otros. No sólo por su tamaño –es el país que viene inmediatamente después de los seis grandes, con casi 3 millones de kilómetros cuadrados, apenas por arriba de Argentina– sino sobre todo por su apabullante diversidad: la expresión “varios países en uno” es completamente insuficiente como descripción de su realidad, desde la geografía hasta la economía, desde la policromía religiosa y lingüística hasta las tremendas fracturas sociales que la atraviesan.

Sin duda, todos los países presentan en general diversidad y múltiples “bolsones” de particularidades. Pero ningún país del nivel de desarrollo con los que India aspira a codearse exhibe indicadores sociales tan abismales. Y recuérdese que aquí estamos tomando en consideración solamente las diferencias económicas entre estados y regiones geográficas enteras, no al interior de cada estado ni consignando los estratos sociales propiamente dichos. Será en el cuarto capítulo que pasaremos al análisis más pormenorizado de la pirámide social como tal. Pero estos datos preliminares ya nos ponen seriamente en materia y constituyen un primer punto de partida para dar cuenta del tipo de país, en términos económicos y sociales comparados, que estamos abordando.

2.2 Un aparato de Estado a caballo entre tres siglos

Una conocida definición del Estado indio reza que pertenece al siglo XIX en capacidad administrativa, al siglo XX en política económica y al siglo XXI en control social. Como toda fórmula de este tipo, es un tanto sumaria, pero no deja de señalar características reales de la estructura india.

En efecto, India se distingue de casi todos los países en desarrollo en la endeble capacidad administrativa del Estado, que está infradimensionado. El núcleo de elite de administración, el Servicio Administrativo Indio, tiene hoy 5.000 funcionarios activos, la misma cantidad que a fines del siglo XIX. La falta de personal, las relocalizaciones y el desfase entre capacitación obtenida y responsabilidades asignadas son fallas endémicas de la administración estatal a todos los niveles.

La organización del sistema de gobierno deja huérfanas a las ciudades, en especial las grandes, que carecen de la suficiente autonomía y atribuciones en beneficio de los gobiernos estadual y central. Paradójicamente para un sistema federal, las ciudades tienen menos margen de maniobra que en la hipercentralizada China. Por ejemplo, el sistema de transporte público de Mumbai, una ciudad de 22 millones de habitantes, es manejado por funcionarios en Nueva Delhi, a 1.200 km, y es de tan mala calidad que ocasiona unas 3.000 muertes al año.

La falta de autonomía de las ciudades obedece a un tramado político que beneficia hoy en particular al BJP, aunque sus raíces son muy anteriores. Consiste, simplemente, en transferir recursos de las ciudades para financiar esquemas clientelares en las áreas rurales, que permiten un control mucho más estrecho de los dividendos electorales (Max Rodenbeck, TE Special Report, 26-10-2019).

En lo que hace a la estructura del Estado, India es un caso paradigmático de equilibrio irresuelto entre los niveles federal, estadual y municipal. Mientras que tanto en China como en EEUU el 60% de los funcionarios públicos trabajan a nivel local (estado o ciudad), en India el 85% de los empleados públicos depende del Estado federal. El mismo desbalance se replica a nivel del gasto público: en China, el 50% corresponde al nivel local; en India, apenas el 3%.

Uno de los grandes objetivos de Modi es la formalización y unificación de la economía; esto es, la reducción del trabajo informal y la eliminación de tradicionales “aduanas interiores” entre estados. Ha tenido mucho más éxito en el segundo aspecto que en el primero. La implementación del GST en 2017 representó un gigantesco salto en la unificación económica del país y la conformación de un mercado único nacional.

Sucede que uno de los centros de conflicto entre el estado central y los estados regionales es el manejo de la recaudación fiscal. La implementación del GST, por su carácter nacional, fortaleció la capacidad recaudatoria federal y debilitó la de los estados. Una medida de esto es que el gasto de los estados representa el 64% del gasto público total, mientras que el ingreso de los estados es sólo el 38% del total; de este modo, los estados se hacen cada vez más dependientes en lo financiero de los aportes del estado nacional. Ese financiamiento depende de las decisiones quinquenales de la Comisión Financiera, en principio a partir de criterios vinculados a la población y al nivel de desarrollo, pero con ciertos niveles de opacidad y discrecionalidad que tienden a beneficiar a los estados más caros al BJP.

Incluso en las grandes ciudades, el rol del alcalde es casi ceremonial, mientras que el control efectivo de las partidas y su ejecución depende de funcionarios designados por el estado.[2] El descuido por las ciudades se agrava en virtud de una mirada compartida de India como país que sigue siendo esencialmente rural. Lo que no significa que las reformas en el campo se hagan con mucha consideración por la voz y los intereses de las masas rurales, como lo demostraron las masivas protestas de 2020-2021 que generaron uno de los pocos ejemplos de fracaso y retroceso obligado del gobierno de Modi.

Los funcionarios estatales se benefician de la continuidad de una mentalidad profundamente “feudal”, heredada de las administraciones mugal y del dominio británico. Esto se manifiesta en la altanería en el trato a la gente de a pie y en la presentación de servicios públicos como si fueran actos de graciosa munificencia de los administradores del Estado. Las obras de infraestructura no son una obligación del Estado, o al menos una política oficial, sino una generosa dádiva ofrecida a las masas por parte de sus sensibles benefactores.

Veamos cuatro ejemplos recientes. A fin de año, el ministro jefe del estado de Odisha anuncia a la población “un regalo [gift] de fin de año: una línea de metro”; en enero, cuando Modi inauguró el templo de Ayodhya, dijo que venía con el “regalo” (gift) de un nuevo aeropuerto y una estación de tren; también en enero, el gobierno se jactó de que “Mumbai recibe el regalo [gift] del puente más largo de la India”, y en marzo, en el estado de Jharkand, Modi se apareció con el “regalo [gift] de proyectos de desarrollo”. La melancólica reflexión del columnista principal sobre temas asiáticos del Economist es que “los indios no son ciudadanos, son súbditos” (“Indians are not governed. They are ruled”) (“Change the subject”, TE 9395, 4-5-24).

El BJP es especialista en atribuirse méritos ajenos, en especial en épocas de campaña electoral. Un ejemplo es la entrega de 5 kilos de arroz y trigo tan subsidiado que era casi gratis (a 3-4 centavos de dólar el kilo), previsto por la ley de Seguridad Alimentaria Nacional aprobado en 2013, bajo el gobierno del Partido del Congreso. Los beneficiarios del programa son casi 800 millones de personas, más de la mitad de la población. Si bien durante la pandemia el gobierno de Modi agregó otros 5 kilos sin costo, en 2022 se volvió a los 5 kilos originales, sólo que sin necesidad de pagarlos… y con la ubicua propaganda oficial: la entrega no aparecía como lo que es, una obligación legal del Estado indio, sino como una graciosa dádiva del gobierno Modi, cuya imagen y slogans inundan ésta y otras iniciativas estatales (“Grainy season”, TE 9371, 11-11-23).

Entre los programas estatales de Modi o apropiados por Modi se encuentran: Smart Cities (para reducir la indigencia urbana), Make in India (impulso a la industria manufacturera), Digital India (servicios digitales provistos por el Estado, como documento de identidad y aplicaciones de pagos), Clean India, Start Up India, Stand Up India y un largo etcétera (Max Rodenbeck, TE Special Report, 26-10-2019).

Volviendo a la cuestión de la reforma financiera, mucho menos exitosa fue la desastrosa e improvisada eliminación de la circulación de los billetes de mayor denominación (que representaban el 86% del circulante), que buscaba anular las ganancias mal habidas y en negro, fue un fracaso que sólo castigó a la (mayoritaria) economía informal y dejó incólumes a corruptos y delincuentes.

Quizá el único saldo positivo de esa aventura monetaria fue impulsar la digitalización, ya en curso, de las transacciones cotidianas.[3] Algo que, de todos modos, venía avanzando sobre todo en virtud de programas como el de identidad digital universal, el de manejo de documentación personal financiera digital y el sistema nacional de pagos digitales. Estos desarrollos posibilitaron que, al menos en las ciudades, la mayoría de los pagos cotidianos sea digital, y las transferencias estatales de subsidios y beneficios son sencillas y automáticas.

Esto repercute en la recaudación impositiva, que ya supera la del sistema anterior aunque la tasa promedio por artículo es más baja, lo cual es índice de que efectivamente hay un mayor grado de formalización de las transacciones comerciales (no así del mercado laboral, como luego veremos).

De resultas de esa mejoría en la recaudación fiscal, el volumen del gasto social estatal pudo aumentar al 3% del PBI por año, también con la ayuda de la apertura de cuentas bancarias digitales para los beneficiarios, lo que hizo caer la tasa de pobreza extrema –menos de 2,15 dólares al día– del 19% en 2015 al 12% en 2021.

Aunque Modi hizo campaña diciendo que quería “un Estado mínimo” (lo que le valió el apoyo entusiasta de casi todo el empresariado), su gobierno mantiene, como vemos, un robusto nivel de intervención estatal, en el que, lógicamente, la prioridad la tiene el lobby hindutva bajo la forma de subsidios y variantes de proteccionismo a empresas, regiones y sectores.

Una de las consecuencias de este enfoque es el comparativamente bajo desarrollo de la investigación científica, más allá de algunos nichos muy localizados y que “derraman” poco al conjunto de la economía. Pese a la propaganda oficial sobre las intenciones de convertir a India en una “potencia científica”, la realidad es que por ahora India está bastante por debajo no ya de los países desarrollados o incluso “emergentes”, sino hasta de los países de desarrollo medio-bajo. Por ejemplo, el promedio de investigadores cada 100.000 habitantes de los países de desarrollo medio-bajo es 32. India tiene sólo 26, mientras que China –potencia cuyos logros Modi aspira a emular– tiene 169. En un ranking de las mejores universidades del mundo, la primera india de la lista aparece en el puesto 149, siete por debajo de la séptima universidad china (“Big Bangalore theory”, TE 9378, 6-1-24).

Para India es imposible competir con China en términos de infraestructura logística, de calificación de la fuerza de trabajo promedio, de capacidad tecnológica actual y futura, que depende de los presupuestos estatales y privados de investigación y desarrollo. India invierte en I+D un 0,65% del PBI, menos de la mitad del promedio de países de desarrollo medio-bajo y lejísimos de las potencias en el rubro (China: 2,4% del PBI).

El nivel de subsidios y de compromiso en sostener sectores y empresas estratégicas del Estado chino es conocido y motivo de amargas quejas en público –y solapadas emulaciones en privado– por parte de las potencias occidentales. En comparación con los cientos de miles de millones de dólares que invierte el Estado chino en planes trazados hace lustros, o décadas, la oferta del gobierno de Modi de un fondo de 26.000 millones de dólares en “incentivos ligados a la producción” (sigla inglesa PLI) para 14 ramas industriales es de una envergadura liliputiense.[4]

Además, el gasto en I+D de la India depende en lo esencial del Estado, que aporta casi dos tercios del financiamiento. La clase capitalista india parece considerarse relevada de esa responsabilidad, y por buenas razones: suele resultarle mucho más beneficioso concentrarse en cerrar con el Estado acuerdos de promoción y protección de sus actividades, en una relación en parte de simbiosis y en parte de captura no muy distinta a la de muchos otros países periféricos. En el terreno de la investigación científica, el resultado de la escasa inversión estatal y el cuasi desinterés privado por la ciencia básica (que no ofrece aplicación práctica inmediata) es que las mejores cabezas científicas emigran a países que ofrecen más perspectivas para el desarrollo de sus capacidades. En particular, a EEUU: nada menos que la cuarta parte de todos los estudiantes universitarios extranjeros de ese país proviene de la India. Esa proporción es mucho mayor aún en ciencias exactas e informática.

2.3 Infraestructura de servicios, comunicaciones y transporte

Junto con el nivel de pobreza general, inaceptable para un país con las aspiraciones geopolíticas de la India, el factor más a contramano con el optimismo de propios y ajenos sobre el “despegue indio” son sus tremendos déficits en infraestructura, sobre todo de servicios básicos para la población y de logística y transporte de personas y bienes.

Es verdad que el gobierno Modi ha abordado el problema con mayor decisión y menos rutinarismo que gestiones anteriores, pero el trecho a recorrer es todavía muy largo, y el piso del que se parte, extremadamente bajo.

Por lo pronto, hoy la mayoría de las grandes ciudades indias (hay 60 con más de un millón de habitantes) carecen de sistemas adecuados de agua potable, cloacas, transporte público, salud y educación, que siguen en niveles de países de ingresos bajos o medio-bajos. La población urbana de la India es actualmente casi la mitad del total, pero se estima que para 2036 llegará al 73%. La población urbana en general vive mejor que la rural: la tasa de “pobres multidimensionales” (es decir, en rubros que exceden el mero ingreso económico y abarcan rubros como vivienda, salud, etc.) es del 5% en las ciudades, pero del 19% en el campo (“Dirty old towns”, TE 9359, 19-8-23).

El 85% del agua potable de los hogares de la India, y la fuente principal de agua para todo uso, es agua subterránea extraída con bombas mecánicas. Pero el Banco Mundial advierte que en 20 años la mayor parte de las napas subterráneas de la India estarán en situación crítica (M. Roberts, “India: Modi and the rise of the billionaire Raj”, 19-4-24).

Acceso y nivel de consumo de energía eléctrica

Un indicador clásico del nivel de desarrollo económico de un país es su consumo de electricidad, empezando por la provisión y accesibilidad del suministro eléctrico al conjunto de la población. Tomando este criterio, la situación de India es apenas mejor que la del África subsahariana.

En este punto como en otros, cabe recordar que el último censo en India se realizó en 2011. El siguiente fue postergado en medio de la ola de covid, pero todavía no hay señales firmes de cuándo va a tener lugar. Sería importante para contar con datos fehacientes que permitan poner en su lugar las autoalabanzas de un gobierno propenso a la jactancia con estadísticas dudosas. Por poner un ejemplo, Modi anunció que la totalidad de las aldeas y pueblos de la India tenían servicio eléctrico (“An area of darkness”, TE 9328, 7-1-23). Éstos son los datos oficiales:

Sin embargo, aunque se estima que en la década de 2010 India incorporó unos 30 millones de personas por año a la red eléctrica, lo que el locuaz primer ministro omitió aclarar es la definición de electrificación utilizada: cuentan como tales las localidades en las que sólo los edificios públicos y el 10 (diez) por ciento de los hogares tuvieran servicio eléctrico… De más está decir que ningún país siquiera de desarrollo mediano (ni hablemos de emergentes) aceptaría un criterio tan laxo y autocomplaciente para describir su propia situación.

Consumo anual de kW/h per cápita, 2022

País                 Consumo         Ranking*

Islandia                 49.763                     1

EEUU                    12.377                   10

Rusia                     7.150                    23

China                    6.049                    31

Sudáfrica              3.309                    64

Brasil                     2.872                    69

Mundo (prom.)    2.198                    86

El Salvador          1.052                    113

India                     1.039                     114

Fiji                          1.013                    115

Mozambique          408                     140

Sierra Leona            15                       179

* Listado de 179 países. Fuente: datosmacro.com

Acceso a servicios sanitarios básicos

En el terreno sanitario, como en tantos otros, hay que tomar cum grano salis los anuncios de Modi de que India ya no es un país donde se defecara a cielo abierto, situación absolutamente vergonzosa a la que hiciéramos referencia en nuestro trabajo “Estado y perspectivas de la economía mundial” (Socialismo o Barbarie 32/33, junio de 2018). La realidad es que la disminución de esa práctica premoderna es tan palpable como su persistencia.

Como se ve, el porcentaje de población rural con acceso a inodoro pasó del 22 al 31% entre 2001 y 2011. Por buena que haya sido la performance económica de 2011 a 2019 (y en todo caso, estuvo claramente por debajo de la de China en ese período), es difícil de creer que ese avance de 9 puntos en diez años se haya transformado, en sólo ocho años, en un salto gargantuesco de 67 puntos al 98%. Tanto para éste como para otros indicadores, y sin que eso signifique otorgar un cheque en blanco a la probidad estadística de las oficinas estatales indias, sería ciertamente más prudente esperar al próximo censo.

Por otra parte, y como observan todos los analistas, pese a los innegables avances en materia de infraestructura sanitaria, el hecho de que haya más inodoros no implica necesaria o automáticamente un uso mayor de ellos. Muchos indios siguen defecando al raso por razones que van desde la mala calidad de los inodoros hasta la falta de agua corriente o la inercia o renuencia a modificar prácticas culturales establecidas. Según estimaciones independientes, todavía en 2014unas 520 millones de personas defecaban al raso.[5]

Avances y contradicciones de la “India digital”

Es verdad que el nivel de conectividad a Internet ha dado un salto inmenso: en sólo cinco años, el porcentaje de población con acceso a Internet (en casi todos los casos, vía el teléfono celular) pasó del 20 al 50%. Pero en este terreno como en todos los otros, la desigualdad es pavorosa: pese al nivel de penetración de las aplicaciones, la amplia mayoría de los usuarios sólo recurre a las gratuitas, como Whatsapp (500 millones de usuarios) y Youtube (460 millones). Las plataformas pagas son un lujo inaccesible para los indios de a pie: pese a que Netflix cobra en India mucho menos que en la mayoría de los demás países, sólo tiene 6 millones de suscriptores (“Camels are the new unicorns”, TE 9369, 28-10-23). Así, se entiende que sólo 45 millones de personas contribuyen a más de la mitad del total del gasto online (compras y suscripciones).

La India del siglo XXI como potencia en tecnología digital se concentra a su contribución a las exportaciones y a un sector muy reducido; los beneficios para las grandes masas se limitan a ciertos servicios estatales digitales, las aplicaciones gratuitas y no mucho más. Ese medio centenar de millones de personas, el 3,5% de la población, representa probablemente no ya la elite sino el total de lo que en Occidente se llamaría “clase media”. El resto de la población, por nivel de ingresos y acceso a servicios, recorre la gama que va desde la relativa estrechez a la indigencia lisa y llana.

La desigualdad en la digitalización es flagrante y abarca varios criterios: Uno es el de género: en 2021 la mitad de los hombres adultos tenía un celular con conexión a internet, pero sólo un cuarto de las mujeres. La tasa de acceso a internet en las ciudades es del 103% (por las conexiones múltiples); en el campo, del 38% (y cabe recordar que, a diferencia de lo que ocurre en todos los países desarrollados e incluso de desarrollo medio, la India aún tiene más población rural que urbana). De los indios con título universitario, el 75% tiene un smartphone, la misma proporción que carece de él entre los que tienen sólo educación primaria (“Digital dead zones”, TE 9329, 14-1-23).

Al respecto, es ilustrativa la situación que se da con el uso de celulares baratos. La compañía de telefonía Jio –parte del conglomerado Ambani, del hombre más rico de la India– tiene la red dominante en el país, con más de la mitad de los 850 millones de usuarios suscriptos a datos móviles (la red total de usuarios de celulares es de 1.150 millones de personas). Pero hay 322 millones de usuarios que utilizan teléfonos que sólo permiten uso de voz, es decir, la antigua tecnología 2G, siendo que en China la tecnología de última generación 5G es prácticamente ubicua en todo el territorio). Jio lanzó un nuevo aparato a un costo de sólo 12 dólares (1.000 rupias) que incluirá el uso del sistema nacional de pagos y aplicaciones para ver deportes, películas y escuchar música (“Digital Jio-graphy”, TE 9365, 30-9-23).

Parece un salto gigante, pero no lo es tanto cuando se considera que no incluirá (ni tendrá forma de incluir) aplicaciones como Whatsapp y Facebook, de amplísimo uso en la India. La razón de fondo no es económica sino cultural: según un analista indio de mercado, Navkendar Singh, “hay un amplio porcentaje de la población, equivalente a la de varios países, que no sabe qué hacer con un smartphone” (“Digital Jio-graphy”, TE 9365, 30-9-23). Sucede que uno de cada cuatro indios mayores de 15 años es analfabeto; para esa inmensa franja, el uso de aplicaciones basadas en textos está vedado. De allí la popularidad de los teléfonos y aplicaciones exclusivamente para mensajes de voz.

Por otro lado, no pude negarse que en algo más de una década India puso en pie una infraestructura digital de plataformas de servicios de primer nivel, con tres elementos clave. El primero (2010) fue el sistema de identificación biométrica digital, llamado Aadhaar, que cubre ya prácticamente a la totalidad de la inmensa población del país e implica un sinnúmero de ventajas y comodidades tanto para las personas como para la administración estatal. Luego vino la Interface Unificada de Pagos (sigla inglesa UPI, lanzada en 2016), que representa ya casi tres cuartas de todos los pagos de transacciones comerciales que no se hacen en efectivo. Finalmente, el sistema Digilocker, que se apoya en el número de Aadhaar, administra datos generales de las personas, desde las declaraciones de impuestos hasta los certificados de vacunas. Las tres plataformas son accesibles desde un teléfono celular con conexión a internet. El esfuerzo en el “transporte digital”, esto es, en la conectividad de internet, también es significativo: las conexiones de banda ancha de internet se dispararon de 60 millones hace diez años a 816 millones en 2023.

Sobre esta base se van montando otras plataformas digitales más específicas de amplio uso entre la población, pero las tres mencionadas forman la llamada “infraestructura pública digital”, cuya simplicidad y eficiencia la hacen atractiva para otros países –sobre todo de la región–, lo que la convierte, según The Economist, en “la versión india de bajo costo y basada en software de la Nueva Ruta de la Seda china” (“India’s digital Belt and Road Initiative”, TE 9350, 10-6-23).

De hecho, el primer ministro Modi se propone convertir esta infraestructura digital en producto exportable que no sólo provea de recursos al país sino que colabore, como forma de “poder blando” o influencia cultural, a la proyección de la imagen de India como potencia emergente. Un atractivo adicional, sobre todo en Asia, es que India puede aparecer como “neutral” en la creciente cinchada geopolítica entre EEUU y China. Muchos países hoy en la incómoda situación de tener que convencer a ambas potencias de que preferirían no verse obligados a optar por una u otra pueden ver con alivio la posibilidad de apoyarse en una tercera parte sin pretensiones hegemónicas.

No todo son rosas: ha habido quejas de funcionamiento inadecuado de algunas de las plataformas por razones que van desde la baja calidad de conexión a internet hasta las yemas gastadas de los dedos de los trabajadores rurales que impiden la correcta captura de datos biométricos, además de una gestión de seguridad de datos algo vidriosa. Pero en términos generales, es innegable que India ha logrado generar, al menos en países de bajo nivel de desarrollo de Asia y África, cierta aura de prestigio y competencia técnica en el área de software. El sector de tecnología informática, con sede en Bengaluru (ex Bangalore) y Hyderabad, provee unos 4 millones de empleos, en general formales y de sueldos relativamente altos.

Dicho esto, es necesario ser cautos y poner en perspectiva el boom de empresas tecnológicas y sus llamados “unicornios” (firmas valuadas en más de 1.000 millones de dólares). En India como en otras latitudes, la espuma generada por las promesas de crecimiento vertical a costa de grandes inversiones sin retornos inmediatos está bajando. Las “startups” (empresas nuevas, en general en el sector digital) recibieron en India sólo en 2022 un total de casi 26.000 millones de dólares en inversiones. En la primera mitad de 2023, sólo 5.500 millones. El típico modelo de negocios de las startups tecnológicas –e incluso de muchos gigantes del sector, como Amazon y Tesla– consiste en capturar primero grandes porciones del mercado y preocuparse después por las ganancias, que llegarían por decantación. Pero ese esquema ya no es bien visto por “los mercados”, que en épocas de tasas de interés mucho más altas ponen un ojo mucho más crítico en los resultados de los balances anuales. Y en ese terreno, los unicornios indios no son la excepción: de las 83 compañías que publicaron resultados de 2022, 63 (el 75%) dieron pérdidas, con un rojo total de 8.000 millones de dólares. Y algunos vieron desplomarse su valor de capitalización de mercado: Byju, la empresa estrella del mercado de educación digital, se derrumbó en un año de 22.000 millones de dólares a sólo 1.500 millones; Oyo, una compañía de franquicias hoteleras, cayó de más de 10.000 millones de dólares a 2.700 millones. En conjunto, las startups indias recortaron 30.000 empleos desde 2022, una cifra considerable teniendo en cuenta que un criterio típico de esas empresas es tener la plantilla de personal más magra posible. Las compañías tecnológicas que lograron consolidarse lo hicieron a partir de estrategias muy conservadoras, tanto en financiamiento como en la cuenta de gastos en software y publicidad, es decir, lo opuesto a la práctica habitual del sector en el resto del mundo (“Camels are the new unicorns”, TE 9369, 28-10-23).

Modi se ha puesto el objetivo de disputar a China el lugar de centro de producción de chips, pero por ahora no en la franja de los más avanzados sino en los más estándares utilizados en vehículos y aplicaciones. Por lo pronto, el emporio Tata Group, el mayor de la India, está poniendo en pie dos fábricas de semiconductores en los estados de Gujarat y Assam. El argumento fuerte en el que se apoya Modi es que China resulta menos atractiva para la inversión global de la industria por una conjunción de tres razones: la cruzada iniciada por EEUU para “desacoplarse” de China, los recientes ataques del régimen del PCCh a compañías tecnológicas tanto extranjeras como locales y el aumento de los costos laborales en China, donde los salarios en el sector tecnológico son mucho más altos que en el resto de Asia.

Sin embargo, parece que con esto no alcanza para convencer a las grandes compañías de lanzar grandes proyectos de inversión productiva en India, de modo que “el Estado indio sostiene alrededor de la mitad del costo de capital de las nuevas fábricas de chips, incluyendo las de Gujarat y Assam, donde los estados [locales] aportan otro 20%” (TE 9391, “Chips ahoy!”, 6-4-24). Como se ve, incluso en el sector de los chips menos sofisticados, que en la industria son considerados commodities, el peso del subsidio estatal sigue siendo determinante: el 70% de la inversión de 2.700 millones de dólares de la planta de Gujarat corresponderá a inversión pública nacional o estatal.

Además, la competencia con China se enfrenta con dos grandes obstáculos. Uno es que no resulta fácil para los gigantes tecnológicos “desacoplarse” sin más de China. Por ejemplo, para Apple la India es una de sus primeras alternativas como sede productiva: para 2025, la cuarta parte de los iphones será fabricada fuera de China, con India como centro más importante. Pero, el ecosistema de tecnología, mano de obra entrenada y marco legal que ofrece China no va a ser reemplazado rápidamente por ningún otro. Por algo Tim Cook, CEO de Apple, dijo en una reciente visita a Beijing que Apple y China tienen una relación “simbiótica” (“Apple branches out”, TE 9343, 22-4-23).

El otro problema es que, justamente en virtud de las inmensas rémoras económicas y culturales que lastran a la India, su capacidad de competir con China como mercado –ni hablemos ya de reemplazarla– es bajísima. Una cosa es proveer mano de obra barata (y en promedio menos calificada); otra muy distinta es ofrecer un potencial mercado de consumo comparable con China. Los productos de Apple están fuera del alcance de la mayoría: sólo el 4,5% de los celulares vendidos en India son iphones.

Logística y transporte: escalando desde muy abajo

Consideremos esta exaltada alabanza de la gestión Modi en el rubro logístico: “Si hay una cosa en la que críticos y admiradores de Modi pueden acordar es que su mayor logro es la ampliación de la infraestructura de transporte. Decenas de miles de kilómetros de rutas nuevas, trenes interurbanos rápidos, decenas de líneas nuevas de subterráneo y más transporte aéreo en más aeropuertos (…) son logros impactantes. Sin embargo, hay otras transformaciones en sectores con los que la mayoría de los indios no tienen contacto directo pero que afectan sus vidas. (…) En los puertos más importantes (una docena), la capacidad se ha más que duplicado en la última década. (…) India subió del puesto 54 en el “índice de performance logística” del Banco Mundial hace una década al puesto 38 en 2023” (“Out of the blue”, TE 9396, 11-5-24). Sin embargo, el mismo panegirista se ve obligado a poner las cosas en perspectiva: “Pese a sus más de 200 puertos, el país representa sólo el 2,4% del tráfico global de containers, casi lo mismo que los Emiratos Árabes (2,3%) y mucho menos que Singapur (4,5%)” (ídem).

De todos modos, no es equivocado afirmar que la escala en que se está montando una nueva y más amplia infraestructura de transporte en la India sólo admite comparación con el proceso análogo que tuvo lugar en China en las últimas dos décadas. El gasto en el rubro será este año del 1,7% del PBI, el doble que EEUU y la UE. El gobierno de Modi es consciente de que este avance es imprescindible para eliminar trabas estructurales al crecimiento económico.

La apuesta incluye la puesta en marcha de seis corredores ferroviarios de carga (dos de ellos estarán operativos a fin de este año) que aumentarán la velocidad de 25 a 70 km por hora, cientos de servicios de trenes de pasajeros de mediana velocidad (130 km por hora, más rápidos que el servicio entre Nueva York y Washington) y más de 10.000 km de rutas por año, con un total que se ha casi duplicado en menos de una década (“Putting wheels on the elephant”, TE 9338, 18-3-23).

Algo similar sucede con la aviación: India tiene hoy 150 aeropuertos civiles, el doble que hace sólo una década. Los pasajeros también se duplicaron, de 98 millones (2012) a 202 millones (2019), y se estima que podría llegar a 500 millones en 2030. Cierto que esas cifras no revelan que esos viajes corresponden a una minoría minúscula: el propio ministro de aviación reconoce que sólo el 2-3% de los indios se ha subido a un avión. India crece desde un piso bajísimo: la ratio de viajes por persona y por año es de 0,1 en India, la quinta parte de China y la vigésima parte de EEUU (“India takes wing”, TE 9373, 25-11-23).

La meta anunciada por Modi es bajar el costo de la logística interior del 14% del PBI hoy al 8% en 2030. Vías y rutas representan el 11% del gasto público de capital del gobierno central. Que ese gasto no siempre es eficiente es algo que ilustra bien el desarrollo de la red de metro-subterráneo. El tendido pasó de 229 km en cinco ciudades en 2014 a 870 km en 18 ciudades en 2023, con otros 1.000 km en construcción en 27 ciudades. Sin embargo, la cantidad de pasajeros transportados no se acerca en ningún caso ni a la mitad de las estimaciones previas a la inversión. En Delhi, esa cifra es del 47% de lo proyectado; en Mumbai y Kolkata (ex Bombay y Calcuta) no llegan a un tercio; en Bangalore, el Silicon Valley indio, apenas el 6%. Naturalmente, todas las redes dan robustos déficits.

¿A qué se debe el fracaso de un medio de transporte masivo en ciudades que los necesitan desesperadamente? Hay varios factores, pero quizá el principal es que la planificación del transporte urbano es tan pobre que las líneas de metro se construyeron sin prever una integración fluida con redes de buses locales. Así, tomar el metro se vuelve casi una hazaña que debe incluir largas caminatas y combinaciones poco eficientes. Además, resulta en general caro para los castigados bolsillos de los asalariados indios. De modo que “el resultado es una inmensa infraestructura de transporte que no logra atraer pasajeros, mientras que los viajeros pobres caminan al rayo del sol y los que tienen más recursos se atascan en el tránsito” (“Off track”, TE 9377, 30-12-23).

El episodio es altamente simbólico de varias tendencias en obra. Por un lado, la intención del gobierno de atacar los ingentes problemas de infraestructura. Por el otro, la improvisación, falta de planificación, ineficiencia y corrupción de la acción del Estado, sobre un trasfondo de una población desesperadamente pobre que no está en condiciones de aprovechar cabalmente los espasmos modernizadores del gobierno.

Pasando a otros modos de transporte, un accidente ferroviario que dejó casi 300 muertos en junio de 2023, pese al horror e indignación que generó, no es, en este caso, representativo del estado general, que es comparativamente aceptable. De hecho, hay “apenas” 25.000 muertos anuales en accidentes de trenes, que en general no son colisiones (“After the crash”, TE 9350, 10-6-23). Si esto parece un espanto, qué decir de los 300.000 muertos anuales en accidentes viales, una de las tasas más altas del mundo (además, naturalmente, de ser el récord en valores absolutos).

Contribuyen a esa fatídica cifra no sólo el mal estado de las rutas, sino lo pesadillesco del transporte privado y público urbano, donde decididamente el problema no son los automóviles. Sucede que más del 79% de todos los vehículos a motor en India son de dos ruedas, motos y scooters. Los rickshaws (“tuk-tuks”) de tres ruedas representan otro 10% (“Two wheels good”, TE 9343, 22-4-23). Y esta proporción en la producción se replica en la vida social: la mitad de los hogares indios tiene un vehículo de dos ruedas, pero sólo el 8% tiene un auto (“Two-speed transmission”, TE 9336, 4-3-23).

Por lo demás, ya entrando en materia de transición energética, la casi totalidad de los vehículos eléctricos producidos y vendidos en la India pertenecen a las categorías de dos y tres ruedas; el 40% de los vehículos de tres ruedas vendidos en 2022 son eléctricos, pero sólo el 1,3% de los autos.

Transición energética y problemas ambientales

Delhi es la capital más poluida del mundo, y en invierno el aire es peligroso hasta para las personas sanas. En todo 2022 el aire de la ciudad fue considerado “bueno” o “satisfactorio” sólo en 68 días del año, según los propios organismos oficiales. La concentración de partículas PM 2.5 –que por su tamaño pueden entrar al torrente sanguíneo y causar problemas respiratorios o cardíacos– fue en 2023 de 102,1 microgramos por metro cúbico, más de 20 veces superior al nivel considerado aceptable por la OMS (“Filthy Politics”, TE 9370, 4-11-23).

De las 50 ciudades con aire más contaminado del mundo, nada menos que 42 están en la India; completan la lista tres pakistaníes, dos chinas, una de Bangladesh y una de Kazajistán. Todas son ciudades con un PM 2.5 superior a 50 (más de 10 veces por encima del nivel recomendado por la OMS, de entre 0 y 5 PM 2.5). Entre esas 50 ciudades, las tres primeras (la tercera es Nueva Delhi) y 17 de las 20 primeras están en la India (Informe Mundial de Calidad del Aire 2023, en iqair.com).

La mala calidad del aire en la llanura del Ganges, desde Lahore (Pakistán) hasta Dacca (Bangladesh) y que habitan 800 millones de personas, causa casi un millón de muertes prematuras al año y reduce 4 años la expectativa de vida (Max Rodenbeck, TE Special Report, 26-10-2019).

India se comprometió en el acuerdo de París a generar un 36% de su ecuación energética con energía solar, pero el propio gobierno admite que esa meta está lejos de alcanzarse al ritmo actual, al igual que la reducción de la proporción de energía generada con carbón del 74 al 50% en ese período.

La transición energética del carbón (que hoy representa el 48% de la generación de electricidad en la India) a energías más limpias probablemente ahonde las desigualdades regionales. Sucede que los estados más pobres, como Jharkhand –que cuenta con un 28% de las reservas de carbón y exactamente ese porcentaje de la población en la pobreza extrema–, son los principales productores de carbón (el 78% de los ingresos del estado, en ese caso), mientras que seis de los ocho estados indios con mayor potencial de energía solar y eólica están en el sur y el oeste, las regiones más prósperas, que hoy son sede de tres cuartas partes de la capacidad instalada de energías limpias del país (“Powering down, TE 9378, 6-1-24).[6]

El 70% de los cursos de agua está contaminado, pero el uso del agua está lejos de ser racional. En razón de los subsidios agrícolas, un kilo de arroz insume 6.000 litros de agua en India, pero sólo 600 en China. La contaminación del agua ocasiona un estimado de 200.000 muertes al año.

Mientras tanto, la inversión en agua corriente y tratamiento de efluentes no es una prioridad, lo que explica que una parte importante de los 100 millones de inodoros que agregó Modi en su primer mandato hayan quedado en desuso por falta de agua (Max Rodenbeck, TE Special Report, 26-10-2019). Otro factor que justifica el escepticismo sobre las estadísticas oficiales respecto del tema que cuestionábamos más arriba.

 


[1] De allí que sea muy fuerte en el sur el sentimiento de rechazo a todo lo que sea visto como imposición cultural por parte del norte Un ejemplo es la reacción a un tuit del ministro del Interior, Amit Shah, en 2019, diciendo que “si hay un idioma que puede cumplir la tarea de unificar el país, es el idioma más hablado, el hindi”. Como desarrollaremos más abajo, la diversidad lingüística de India es casi tan pasmosa como su diversidad religiosa, étnica y cultural, pero en esa multiplicidad hay pocos factores de unión, y decididamente la lengua hindi no es uno de ellos. De hecho, la que opera más habitualmente como lingua franca –pero sobre todo en los sectores de nivel educativo más alto, que son limitados en número– es la lengua del antiguo opresor colonial, el inglés.

[2] Al respecto, The Economist cita la ironía de un funcionario: “Para conseguir el control de Mumbai, uno tiene que llegar a ser ministro jefe de Maharashtra [el estado del que Mumbai es capital]” (Ramani y Easton. cit.).

[3] En su campaña de 2014, Modi lanzó la consigna de “levantar India” (India Rising) mediante programas de infraestructura, crédito accesible a agricultores y pequeñas empresas y el desarrollo de la tecnología digital, desde la extensión del acceso y ancho de banda en zonas rurales a la promoción del e-commerce y la industria digital.

[4] Y más todavía si se considera que “con apenas 1.000 millones de dólares desembolsados hasta la fecha, muchos tienen dudas del compromiso del gobierno con el esquema” (Ramani y Easton. cit.). De hecho, en el ámbito empresario se considera que el esquema de PLI es menos importante en términos de aporte financiero estatal efectivo que como simple señal oficial de respaldo político y voluntad de remover regulaciones (“Get rich slow”, TE 9397, 18-5-14).

[5] Ver, entre otros, S. Mehrotra, “Is India Really 96% Open Defecation Free?”, The Wire (India), enero 2019); B. Kuchay, “Modi declares India open defecation free, claim questioned”, Al Jazeera, 2-10-19; S. Dinnoo, “Why do millions of Indians defecate in the open?”, BBC News, 17-6-14; R. Zakaria “India’s Futile War on Open Defecation”, The New Republic, 11-4-19, e “India’s toilets: Report questions claims that rural areas are free from open defecation”, BBC News, 27-11-19.

[6] Por lo demás, India también necesita una transición a energías limpias para evitar depender de las importaciones de hidrocarburos: el 85% del petróleo que se consume en India es importado, y el combustible representa el 24% de las importaciones totales.

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