Cuestiones del frente único – primera parte

La Tercera Internacional revolucionaria funcionó entre 1919 y 1923. Durante la misma se realizaron cuatro congresos que pasaron a formar parte del acervo de la tradición programática del marxismo revolucionario.

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Vladimir Tatlin, "Monumento a la Tercera Internacional".

San Pablo, 10 de agosto del 2022

“Un parlamento carente de mayoría, con bandos irreconciliables, es un argumento claro e irrefutable a favor de la dictadura. Una vez más las limitaciones de la democracia aparecen con toda claridad. Donde están en juego las bases de la sociedad misma la aritmética parlamentaria no decide nada. Lo decisivo es la lucha”

León Trotsky, La lucha contra el fascismo en Alemania, Ediciones Pluma, tomo II, Buenos Aires, 1974, pp. 13

La Tercera Internacional revolucionaria funcionó entre 1919 y 1923. Durante la misma se realizaron cuatro congresos que pasaron a formar parte del acervo de la tradición programática del marxismo revolucionario. En cierto modo, debido a los desarrollos desencadenados por la experiencia de la Revolución Rusa, esa elaboración y acumulación programática, ese desarrollo de la ciencia y el arte de la política revolucionaria, de su estrategia y de las tácticas, fue el punto más alto al que llegó nuestra corriente histórica desde el punto de vista práctico dejando, como tales, lecciones universales.

En una oportunidad señalamos que el bolchevismo forjó las armas político-prácticas con las cuales luchamos aun hoy. Y es así: la tradición bolchevique, continuada por la tradición del trotskismo, que a la vez fue la continuación de la tradición del marxismo clásico de Marx y Engels, y la acumulación de experiencias reflejadas en la I Internacional y la etapa progresiva de la II Internacional (1889/1914), son, en gran medida, nuestros fundamentos programáticos.

Que se entienda bien: no nuestros fundamentos teóricos-estratégicos, que son otro plano (por ejemplo, el balance del estalinismo del cual carecen el 99% de las corrientes). Sino los fundamentos de nuestra acción político-práctica, la cual, evidentemente, con los desarrollos de la Revolución Rusa y los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista (Komintern), llevaron las cuestiones de táctica y estrategia al punto más alto hasta el día de hoy.

A esto hay que sumarle, lógicamente, las enseñanzas dejadas por la burocratización de la propia Revolución Rusa y el abordaje crítico de la experiencia de las revoluciones anticapitalistas de posguerra (pero no obreras y socialistas), amén de la actualización del marxismo en las condiciones del capitalismo del siglo XXI y el ciclo de rebelión populares que todavía estamos transitando.

Sin embargo, si de nuestras armas se trata, si se trata de pasar de “las armas de la crítica a la crítica de las armas”, como dijera Marx, si se trata de la experiencia de lucha acumulada, de las armas forjadas al calor de la misma, siempre abordadas, de todas maneras, desde un ángulo, v.g., crítico, está clarísimo que su punto más alto fue la experiencia de la Revolución de Octubre que se extendió, básicamente, hasta la derrota de la Revolución Alemana (octubre de 1923[1]).

Los cuatro primeros Congresos de la Internacional Comunista, la coyuntura política que rodeó a los mismos y, sobre todo, la elaboración y definiciones sobre estrategia y táctica que en ellos se alcanzaron (incluso con las limitaciones e indefiniciones que muchas de aquellas resoluciones contenían[2]), son la materia entonces de este texto todavía inicial (que publicamos un poco “sumariamente” dados los acontecimientos recientes en la Argentina y Brasil; la urgencia que plantean para armar a la militancia de nuestra corriente los mismos), que, por lo demás, tratará de enfocarse en un solo punto: la táctica del frente único; amén de abordar, también, las cuestiones estratégicas vinculadas al poder proletario.

La fundación de la Tercera Internacional

Sobre la historia de las Internacionales podrían decirse muchas cosas. Resumiremos aquí sólo algunas características generales como marco a este texto[3]. La Primera Internacional, presidida desde la “trastienda” por Marx (Engels tomó parte directa de sus tareas recién sobre el final de la misma, a partir de 1870) fue, en gran medida, una suerte de frente único de las tendencias obreras y socialistas europeas de la época. Socialistas internacionalistas (Marx y Engels, básicamente), tradeunionistas ingleses (la base material de asiento de la Internacional en Londres), proudhonistas franceses, anarquistas bakuninistas y toda una serie de matices intermedios, fueron las corrientes que le dieron vida a la misma. Una internacional obrera de propaganda política federalista que resumió las primeras adquisiciones programático-políticas-prácticas del socialismo internacional y saldó, en cierta medida, el debate con el anarquismo (bakuninistas, proudhonistas, etc.).

La Segunda Internacional fundada en 1889 expresó ya una decantación. Fue, en términos generales, en su primera etapa, una internacional socialista progresiva donde quedaron afuera las diversas variantes anti-políticas del anarquismo. Como el propio Trotsky señaló en La guerra y la Internacional (1915), su tarea fue educativa formando partidos socialistas de masas en varios de los países principales de Europa Occidental, además de irradiarse a toda Europa colaborando de manera cualitativa en la formación de un movimiento obrero socialista de masas –sobre todo europeo, repetimos- hacia finales del siglo XIX (Engels asistiría en vida al Segundo Congreso de la Internacional Socialista, que le tributaría una gran ovación[4]).

Fue una internacional socialista en una etapa reformista que forjó muchas de las armas de la táctica política, pero donde dichas prácticas quedaron disociadas de cualquier perspectiva estratégica por toda una serie de razones, por lo cual, de lo que careció,es de cualquier pensamiento estratégico. En la Segunda Internacional era característico que se hablara de las “cuestiones de táctica”. La palabra estrategia no había sido fundada aún en el seno del movimiento socialista, y llegaría a él desde el pensamiento militar de Carl von Clausewitz recién a partir de la Tercera Internacional. Es decir: el pensamiento estratégico propiamente dicho, el pensamiento de los medios ordenados a un fin que no es otro que el poder del proletariado, es la tarea específica de la Tercera Internacional. Sin embargo, figura ya desde finales del siglo XIX en el pensamiento de Rosa Luxemburgo, y también años después en el de Lenin y Trotsky –cada uno por su lado y con sus matices también (Cuestiones de estrategia, izquierda web).

La Segunda Internacional cumplió un rol progresivo hasta determinado punto y fue degradándose conforme se degradaba, reformistamente, su principal partido: el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD). Finalmente, con el viraje a la I Guerra Mundial, agosto de 1914, capituló y no se recuperó de esa traición histórica. La explicación básica de esta capitulación se halla en la adaptación a ciertas condiciones reformistas de actuación en un momento de crecimiento capitalista-imperialista intenso hacia finales del siglo XIX. Adaptación frente a la cual no hubo antídotos, o, más bien, los antídotos que fueron emergiendo más o menos conscientemente –el leninismo en Rusia, el espartaquismo de Rosa en Alemania y Polonia, lo que sería después la corriente consejista en los países bajos, etc.-, no pesaron en lo inmediato en la Segunda Internacional. Recién con la fundación de la Tercera Internacional surgió un polo internacional revolucionario.

A partir de 1914 la Segunda Internacional quedó en bancarrota, y en una serie de Conferencias Internacionales minoritarias (Zimmerwal y Kienthal) comenzaron a agruparse más allá de los diversos matices que acá no podemos desarrollar, los internacionalistas que se opusieron a la carnicería imperialista: “A pesar que la vanguardia de la clase trabajadora conocía en teoría que el poder es el padre del derecho, su pensamiento político fue completamente ganado por el espíritu de oportunismo y de adaptación al legalismo burgués. Ahora ellos aprenden de la lección de los hechos a despreciar este legalismo y anularle. Ahora las fuerzas dinámicas están reemplazando las fuerzas estáticas en su psicología. Los grandes cañones están martillando en su cabeza (…)” (Trotsky, La guerra y la Internacional).

Hay que entender que sin dejar de tener una mirada internacionalista, desde ya, los socialistas revolucionarios rusos, básicamente los bolcheviques por su lado, y Trotsky por el otro sin olvidarnos de Christian Rakovsky y otros dirigentes, eran, en aquella época, corrientes o partidos básicamente nacionales, no internacionales propiamente dichos (el bolchevismo se internacionalizará como corriente con la Revolución Rusa). Otra cosa, atención, es que eran corrientes internacionalistas, no nacionalistas, repetimos, y que actuaban en el marco de una internacional, la Segunda Internacional.

Hay muchas cosas para decir, pero es suficiente con señalar un punto evidente: con el triunfo de la Revolución Rusa, con su impacto inmenso en el resto del mundo, a partir de la concepción internacionalista de Lenin, Trotsky, Rakovsky y cia., la tarea planteada por la bancarrota de la II Internacional de crear una nueva Internacional se hizo posible, y comenzó a llevarse adelante a partir de 1919 cuando se realiza el Primer Congreso de la III Internacional Comunista[5].

Lógicamente, los fundamentos de esta Tercera Internacional recientemente fundada eran superiores a los de la Primera y Segunda Internacional (sin perder las adquisiciones positivas de estas). Si la Primera Internacional había sido una Internacional programática, por así decirlo, y la Segunda Internacional fue una Internacional de masas organizada alrededor de las tareas del día a día del movimiento obrero socialista, la Tercera Internacional fue, desde el vamos, una Internacional de estrategia revolucionaria. Una Internacional fundada con la perspectiva -más o menos inmediata- de la disputa del poder en varios países –sobre todo, al comienzo, europeos- más allá de Rusia (es archiconocido que los bolcheviques preveían que la Revolución Rusa estaba condenada si no se extendía internacionalmente; especialmente estaban interesados en la Revolución Alemana, de ahí que la misma tuviera un lugar primordial en la época revolucionaria de la Tercera Internacional –es decir, hasta 1923 inclusive).

De esto se derivaron una serie de rasgos, y también de paradojas, algunas de las cuales podremos desarrollar en este artículo aunque no sean su materia específica. Pero, en todo caso, lo que hay que entender es que la Tercera Internacional fue el punto más alto al que llegó el movimiento obrero en el intento de poner en pie una suerte de “comando en jefe de la revolución internacional”, y de ahí que fuera, en palabras de Trotsky, una verdadera escuela de política revolucionaria.

Nada de esto quiere decir que las cosas fueran sencillas ni mucho menos, o que los bolcheviques, que fueron el núcleo alrededor de la cual se organizó la Internacional, tuvieran todas las cosas claras (Pierre Broue, en su obra monumental sobre la Historia de la Tercera Internacional pinta un panorama completamente distinto a cualquier abordaje edulcorado de la misma).

Todo lo contrario: Trotsky señaló muchísimas veces como en el fragor de aquellos años, los más revolucionarios de la humanidad, casi no había tiempo de sentarse y reflexionar sobre la experiencia que estaba realizándose sobre la marcha. Es decir, bajo sus propio ojos: más adelante veremos el desborde dramático que marcó la acción de la Internacional en su período de oro.

Por lo demás, el internacionalismo coloca la mirada a partir de los elementos comunes que determina el mercado mundial capitalista y el sistema mundial de Estados; la globalización del sistema-mundo que vivimos hoy. Al mismo tiempo, también es verdad que cada país es hasta cierto punto, un “mundo”: una refracción particular de tendencias universales (una combinación particular de los elementos universales). Combinación particular que, sin embargo, sólo pueden entenderse desde un punto de vista internacional[6].

Esta es la doble tensión dialéctica de la política y la construcción revolucionaria: apreciar los elementos universales comunes y, también, los matices nacionales dentro de ese marco general. Ocurre que la revolución no se enfrenta con “fotocopias” en todos los países y regiones del globo. De ahí el lamento de Lenin de que muchas de las resoluciones de la Tercera Internacional fueran “demasiado rusas”, o que necesariamente emergieran los clásicos debates sobre la revolución en Oriente –y Extremo Oriente- y Occidente, y cuestiones por el estilo (los elementos comunes y también lo matices colocados por las diversas circunstancias regionales y nacionales[7]).

Un elemento no menor, y paradójico, también que marca Pierre Broue en su muy documentada obra sobre Historia de la Internacional Comunista (1919-1943), es que la mayoría de las veces los principales dirigentes bolcheviques, los más probados, los más capaces, Lenin y Trotsky, estaban tan absorbidos por los avatares del poder soviético, la guerra civil, el giro a la NEP, etc., que muy poco podían dedicarse -en tiempo real- a los asuntos internacionales. A todos los efectos prácticos, las tareas cotidianas de la Tercera Internacional quedaron en manos de dirigentes de menor envergadura como Zinoviev –presidente de la Tercera Internacional en sus años de apogeo-, Bujarin, Radek –que cumplió su mejor papel en la época de la Revolución Alemana sólo para entrar en una dramática decadencia después-, etc., por no hablar de personajes grises o directamente aventureros sin remedio como Bela Kun y tantos otros (“Espartaquistas y bolcheviques”, izquierda web).

Desde ya que existió enorme cantidad de cuadros valiosísimos en los más diversos países, amen de una experiencia riquísima y de un valor inmenso, pero que dejaron una enseñanza marcada a fuego: los partidos revolucionarios no se improvisan; no se pueden construir de un día para el otro (¡y mucho menos deseducando día y noche a la base como hacen las sectas todavía mercadas por las prácticas estalinistas![8]) Forjar un partido y una dirección revolucionaria significa una compleja acumulación a lo largo de años, un proceso de “selección natural política” que fue el problema básico con el cual se chocó la Tercera Internacional al no disponer en prácticamente ninguna otro país que Rusia de partidos maduros para enfrentar el ascenso revolucionario que se desencadenó inmediatamente después de la Revolución de Octubre.

Pero aún así la Tercera Internacional fue una escuela de elaboración de la estrategia revolucionaria sin igual; una escuela donde sobre la marcha y al calor de la experiencia, y tratando de generalizar y universalizar las lecciones de la Revolución Rusa y el Partido Bolchevique, Lenin, Trotsky, Rakovsky y otros dirigentes fueron elaborando, sobre la marcha,muchas de las armas que hacen al arsenal político de nuestra práctica cotidiana hoy.

Algunas definiciones fueron más claras, otras menos. La discusión sobre el frente único, los problema del “gobierno obrero”, las consignas transitorias, la cuestión colonial y el planteo del frente antiimperialista, etc., fueron cuestiones algunas de ellas bien resueltas y otras no (Bensaïd), jalonando los cuatro primeros Congresos de la Internacional Comunista en su época revolucionaria, y que dejaron un manantial de experiencias acumulado hasta nuestros días[9].

Un manantial de experiencias ratificado con la fundación de la Cuarta Internacional (precisamente, llamada a resguardar ese legado del bolchevismo), así como actualizado por las lecciones de la emergencia del estalinismo como fenómeno inédito de burocratización de una revolución socialista, las revoluciones de posguerra, las características del capitalismo actual, etc., en una combinación entre el resguardo de un legado con enseñanzas universales y un desafío de recreación del marxismo revolucionario en las nuevas condiciones[10], que hacen, repetimos, a la forja de nuestras armas programáticas, estratégicas y de acción que hoy, ya en pleno siglo XXI y frente a los desafíos crecientes de la lucha de clases que se vienen, debemos poner a prueba en nuestra intervención revolucionaria.

Cambio de frente en la Tercera Internacional

La Tercera Internacional actuó en un escenario bien determinado. Tuvo dos momentos en su período revolucionario: a) el momento del ascenso posterior a la Revolución de Octubre que marcó sus dos primeros congresos (1919 y 1920[11]), y b) el período de estabilización relativa económica y política en Europa Occidental pasada esta primera oleada revolucionaria y las consecuencias inmediatas de la guerra mundial. Un período que luego llevó a un nuevo alza en Alemania en 1923[12](y que fueron los años 1921 y 1922, en los cuales se realizaron los III y IV Congresos de la Internacional Comunista).

El cambio de frente entre los dos primeros congresos y los dos últimos fue de enorme envergadura: se creía, al comienzo, que la revolución estaba “a la vuelta de la esquina” por así decirlo, pero una serie de reveses y logros capitalistas debido, entre otras varias cosas, a la inmadurez todavía de los nuevos partidos comunistas, posibilitaron al capitalismo europeo estabilizar la coyuntura.

Un jalón fundamental en esto fue, lógicamente, la derrota sangrienta del levantamiento –prematuro- espartaquista en enero de 1919 en Alemania, que se llevó la vida de Rosa Luxemburgo, Karl Liebchneck, Leo Jogiches unos meses después, etc., y que prácticamente descabezó el recién fundado Partido Comunista de Alemania[13].

En general, se vivieron en este período ascensos revolucionarios más bien “espontáneos” en varios países (Italia, por caso, magistralmente retratada por Gramsci y su grupo: L’ordine nuovo), así como revoluciones abortadas y/o derrotadas. Es el caso de la Hungría de los consejos en el primer semestre de 1919 (en la cual se cometieron errores básicamente oportunistas), la derrota de la Revolución Finlandesa de 1918, también por razones oportunistas (aquí, más bien, una traición de la socialdemocracia a la revolución en marcha), etc., y otra serie de derrotas donde el punto clave fue la traición de la socialdemocracia alemana, en primer lugar, así como la inmadurez izquierdista e incluso exigüidad todavía de los partidos comunistas nacientes[14].

El I Congreso de la Tercera Internacional, el congreso de fundación, fue básicamente lo señalado: un congreso con poca representación, aunque al “Rubicón” fue cruzado (la Internacional quedó fundada). Ya el Segundo Congreso fue mucho más representativo y sus tareas básicamente se ordenaron alrededor de las famosas 21 condiciones de admisión de los múltiples procesos –aun si complejos y llenos de contradicciones- de la ruptura de toda una serie de formaciones socialdemócratas hacia la izquierda fusionándose con los pequeños núcleos comunistas bajo determinadas condiciones de funcionamiento para hacer de estas organizaciones revolucionarias y no reformistas.

Todavía durante el Segundo Congreso se respiraran aires revolucionarios con la anécdota de Lenin inclinado sobre un mapa europeo siguiendo los desarrollos del Ejercito Rojo que entraba en Polonia hacia comienzos de 1920 con la expectativa de que los obreros de Varsovia se levanten revolucionariamente, algo que nunca ocurrió (una lección de que la revolución no puede imponerse a punta de bayonetas, como señalara Trotsky en tiempo real –Trotsky se opuso a esta incursión mientras Lenin se dejó llevar por el entusiasmo[15]).

La de Polonia fue otra de las derrotas que permitieron el giro de esta coyuntura de crisis revolucionaria hacia una frágil estabilización capitalista. En Polonia se impuso por 20 años el régimen dictatorial del general Jozef Pilsudski.El partido comunista polaco nunca se recuperaría del todo de esta derrota, y debido a sus características independientes y “luxemburguistas”, sería lisa y llanamente disuelto por Stalin -de manera criminal- en 1938 sólo para formar un nuevo partido, este ya burocrático, a comienzos de los años 1940, partido que es el que ejercería el poder en la Polonia burocrática de la posguerra. Isaac Deutscher, que provenía de este partido, se hizo trotskista en dicha batalla contra el estalinismo, aunque dejó de militar posteriormente y escribiría una obra en lo esencial equivocada sobre las características de éste último.

Tampoco logró triunfar el levantamiento obrero en el norte de Italia, con fuertes rasgos espontáneos como ya señalamos y traicionado por los socialdemócratas del PSI (Partido Socialista Italiano, amén de la ceguera sectaria del PCI recientemente formado[16]), lo que llevaría posteriormente el péndulo de la lucha de clases hacia el triunfo del fascismo en octubre de 1922.

Hacia el III y IV Congresos de la Internacional Comunista, las cosas se pusieron más serias por así decirlo. Los Partidos Comunistas, en cierto modo, estaban ya relativamente formados. Pero la coyuntura europea había cambiado, de ofensiva se había transformado en defensiva, aunque es necesario que se entienda esto bien: el período revolucionario continuaba abierto como se expresó en los eventos en Alemania en 1923, por ejemplo.

Por esto mismo, dada la mayor madurez de la Tercera Internacional misma, y de los partidos bajo su mando, las discusión de estos dos últimos congresos fueron las más fructificas; lo que no significa que el desborde de la Internacional Comunista, de su dirección, no fuera un rasgo permanente de su actuación, ni que se hayan cometidos menos errores. Los errores cometidos fueron una multitud pero se deben tomar como errores de aprendizaje de los revolucionarios, aún si la dirección de Zinoviev y Bujarin tuvo altos rasgos de ineptitud. Otro cantar será, evidentemente, la Internacional bajo la dirección de Stalin convertido, como señalaría Trotsky en un brillante texto homónimo, en un gran organizador de derrotas[17].

Así que, entonces, es en estos dos últimos congresos de la Internacional Comunista (el tercero y el cuarto) que tenemos una suerte de “síntesis” por así decirlo (aunque la palabra no es realmente aplicable a estos trabajos y resoluciones abiertos y sobre la marcha) de las lecciones y enseñanzas más importantes de la táctica y estrategia revolucionaria donde entran cuestiones como la del frente único, las consignas transitorias (estas, paradójicamente, repetimos,más bien abordadas en el V Congreso que, amañado y todo, todavía expresó debates reales[18]), el parlamentarismo revolucionario, los problemas del gobierno obrero (no confundir con la dictadura proletaria, ya lo veremos) y, por lo demás, y en general, las enseñanzas revitalizadas por la fallida experiencia del octubre alemán, de la estrategia revolucionaria hacia el poder,que Trotsky expresó, una y otra vez, durante los debates sobre Alemania en 1923, y nuevamente en Lecciones de Octubre en 1924 y en tantos otros escritos de la época.

Deteniéndonos por un momento en este debate, Trotsky insistió en que se dejó pasar una ocasión revolucionaria no solo por responsabilidad de Brandler, al que la dirección de la IC quería achacarle todos los errores, sino, sobre todo, por responsabilidad de la propia dirección de la Internacional. Manteniendo su intriguista perfil bajo, Stalin estuvo en contra siempre de lanzarse al poder en Alemania, al tiempo que Zinoviev y cia. dieron puñetazos en la mesa para convencer a un irresoluto Brandler de llevar la toma del poder pero de manera abstracta.

Trotsky actuó de manera opuesta intentando convencer pedagógicamente a Brandler (lo acompañó incluso a tomar el tren el día que retornó a Berlín desde Moscú). Planteó una cuestión muy concreta: dadas las circunstancias más que maduras, había que  ponerle fecha y hora a la toma del poder para proceder a su organización práctica: a la puesta en marcha de lado práctico de la cosa[19]. Se postuló, incluso, para ir a Alemania personalmente a ayudar (a lo que el elenco de conducción de la Internacional se opuso por razones de “seguridad” y lo mal visto que podía ser un extranjero dando “órdenes” en otros país; excusas nada más para dejarlo fuera de juego).

La enseñanza, en total, es que cuando todas las demás condiciones políticas están maduras o más que maduras, procede el lado práctico de las cosas: se debe pasar del plano político a organizar la insurrección es decir, al lado militar de la misma, amén de todas las demás tareas estratégicas de organización.

Otra enseñanza fue contra el democratismo. Brandler pretendió que se votara en un organismo de frente único con socialdemócratas la toma del poder, a lo que estos, evidentemente, se negaron. Una apuesta democratista, repetimos, porque la toma del poder ya estaba en el “aire”, legitimada por las bases obreras, y ese aspecto de democracia real y no formal, de legitimidad en los hechos, es el que debe ser impuesto y no la susodicha “democracia” parlamentaria, que nada vale.

Debates estratégicos en la Tercera Internacional

De toda la enorme elaboración programática y práctica de la Tercera Internacional, en realidad, queremos detenernos sobre todo en dos capítulos: los debates en torno al frente único y los debates en torno al problema del poder. Es decir: las presiones de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, los desplazamientos en uno u otro sentido, oportunistas y sectarias que están siempre presentes en la actuación de los revolucionarios. Trotsky insistía que dirigir es saber corregir a tiempo esas presiones y/o desviaciones que siempre marcan la marcha del partido,que no se desarrolla jamás en línea recta sino en zig zags. Siempre hay que ir contra las presiones “naturales” con que se carga el partido: para un lado y para el otro dependiendo de su envergadura y de la coyuntura determinada de su actuación.

Hacia el Tercer Congreso de la Internacional Lenin se despacha con un folleto que hizo historia: El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo. Está claro que la juventud de los partidos comunistas en las  condiciones, por lo demás, de la Revolución Rusa, y de la traición socialdemócrata, metía presiones izquierdistas en todas las organizaciones. Esto era incluso así en el partido bolchevique, donde para la época estaba presente la llamada “Oposición militar”, que era una fracción inspirada en Stalin y basada en Georgia, que contraponía la guerra de guerrillas al Ejército Rojo “profesionalizado” que defendía y había impuesto correctamente Trotsky (que señaló agudamente que cierta “simetría en las formas” era inevitable si se quería enfrentar y derrotar militarmente al enemigo; es decir, tenía un abordaje cero romántico y muy materialista de la guerra civil –Su Moral y la nuestra, entre otros textos incluyendo acá los textos teóricos de sus Escritos militares[20]).

En Occidente, la revista Kommunismus(1920/1) inspirada por el joven Lukács, era el lugar de reunión intelectual de todas las corrientes izquierdistas que rechazaban la actuación en los parlamentos burgueses y los sindicatos, declarándolos “caducos históricamente”. Lenin les respondería, con mucha agudeza, que la caducidad histórica muchas veces no coincide con la caducidad política[21] y que los revolucionarios tenían la obligación de actuar donde estaban las masas, despachándose con un folleto que marcaría época y donde mostraba como los bolcheviques se hicieron grandes practicando, con maestría, todas las formas de la lucha (la ciencia y arte de la política y estrategia revolucionaria).

Lenin consideraba al izquierdismo de la época una enfermedad infantil, esto en la medida que se trataba de partidos integrados mayormente por jóvenes generaciones trabajadoras sin mayor experiencia previa. Al mismo tiempo, cuestión fundamental, diferenciaba los pecados del izquierdismo de los pecados doblemente graves oportunistas -estos sí traidores de la socialdemocracia-, pero no por ello menos perjudiciales.

Sin embargo, otra cosa completamente distinta sería el traidor giro estalinista, primero sectario –el llamado “tercer período”, donde se capítulo sin lucha a la asunción del poder de Hitler[22]– y luego el frentepopulismo a partir del VII Congreso de la Internacional “Comunista” (hay que poner ya paréntesis porque no quedaba nada en pié de la internacional revolucionaria de antaño), con el que se subordinó a los partidos comunistas y la clase obrera de Occidente a la conciliación de clases con la burguesía entregándose de esta manera la revolución y guerra civil española, entre otras traiciones históricas ya bajo el formato oportunista.

Los frentes antifascistas concebidos ya como frente de conciliación de clases y no como frentes de lucha de organizaciones obreras, frentes únicos de lucha de independencia de clase, fueron parte de esta orientación entreguista; de la justificación de la alianza política con la burguesía bajo la excusa de la “lucha contra el fascismo”.

La enseñanza, lo señalado: se puede capitular tanto por derecha como por la “izquierda”; la política revolucionaria no es, mecánicamente, ni de izquierda ni de derecha, es revolucionaria, es decir, la política justa, correcta para cada momento determinado o, lo que es lo mismo, el aprendizaje de lo que era más fuerte en Lenin señalado por Trotsky: la fuerza de su realismo revolucionario, de su apreciación concreta de las cosas[23] (lo que no tiene nada que ver, evidentemente, con el real politik, el posibilismo –o, para decirlo en términos que nos son contemporáneos en el siglo XX, el imposibilismo de los “progresismos”).

De derecha a izquierda, esta segunda etapa en la historia revolucionaria de la internacional tuvo que vérselas, primeramente con la desviación infantil sectaria y, posteriormente, con la desviación oportunista que rifó trágicamente la Revolución Alemana (de no haberse perdido la revolución en 1923, la historia entera del siglo pasado hubiera sido distinta, The lost Revolution, Chris Harman).

La táctica del frente único. Consideraciones generales

Respecto de la táctica del frente único obrero, lo primero que hay que entender es que existen muchas formas de frente único; no una sola.

a) Los sindicatos son frentes únicos de tendencias de hecho porque agrupan a los trabajadores en su calidad de trabajadores, y, por lo tanto, con todos sus matices políticos.

b) Una forma mucho más elevada del frente único son los organismos de base tipo coordinadoras, o, ni hablar, los consejos obreros o soviets, que como tales organismos de doble poder o poder, son frentes únicos de tendencias políticas aunque no se trata que se constituyan sólo por acuerdo entre diversas tendencias (no obstante, dicho acuerdo puede y debe convocarlos si hay condiciones); surgen como necesidad a lo largo de la lucha. (Esto puede tener muchas combinaciones porque luego de la Revolución de Febrero, por ejemplo, las distintas tendencias socialistas –reformistas y revolucionarias- acordaron poner en pie nuevamente el Soviet de Petrogrado y, a partir de ahí, los soviets se extendieron todo el país).

Hay que tener claro que las formas de organización por abajo, los organismos de base, las coordinadoras, los consejos obreros, surgen “naturalmente” por las necesidades de la lucha misma, es decir, no pueden ser artificiales. Aunque, atención, los revolucionariosdebemos impulsarlos y propagandizarlos –de manera sistemática- en cada caso que sea necesario (Trotsky, A donde va Francia); que su necesidad se coloque con objetividad,incluso, desde ya, tomando la iniciativa para su formación (obvio: repetimos que si no hay condiciones, nada va a surgir).

c) Por otra parte, existe otra forma del frente único que es la que surge del acuerdo entre organizaciones de la clase trabajadora y la izquierda. Es decir: no trata tanto de un organismo de lucha y poder, sino de un acuerdo de tendencias políticas. Esta forma del frente único obrero entre organizaciones de la izquierda,es la forma clásica del acuerdo de tendencias. Puede que entre todas ellas haya acuerdo con avanzar hacia un frente único electoral de independencia de clase o alrededor de una serie de puntos delimitados, y entonces el frente surja, o puede ser, también, que no haya acuerdo y nuestro desafíopara su formación sea una forma de embretarlos, de empujarlos a su formación, o a desenmascararlos ante su base en su defecto.

d) Tiene que estar claro, en todo caso, que en esta última forma de frente único entre organizaciones, y en los frentes únicos en general, el partido mantiene su incondicional independencia política y su libertad de crítica.

La formulación clásica al respecto, aunque más aplicada a la unidad de acción pero que vale también para todas las formas del frente único, es la de golpear juntos y marchar separados, es decir, se unifica la fuerza obrera en la acción pero jamás se baja o deja de lado nuestro programa, nuestra independencia política y nuestra libertad de crítica.

e)Que en ningún caso hacemos fetiche de ninguna forma en general. Está claro que los organismos de poder tipo soviéticos son más estratégicos, por así decirlo, pero, sin embargo, nunca nos atamos a ninguna forma particular de los mismos; no hacemos, repetimos,ningún fetiche de una forma o la otra sino que partimos de los organismos que los propios trabajadores se den –dichos organismos se miden por su contenido revolucionario alternativo a los poderes del Estado, no por su forma[24].

f) Hay que tener claro que el frente único entre organizaciones es una táctica de suma importancia. Sin embargo,no deja de ser una táctica. La unidad del frente obrero, la unidad de los obreros de todos los matices para la lucha, es de suma importancia.Pero no deja de ser una táctica, no solo porque el frente único obrero puede adquirir las más variadas formas, sino, además, porque en definitiva,lo estratégico es el programa revolucionario, y, como señalara Trotsky haciendo material las cosas, el programa es el partido. Un programa político se debe encarnar en una organización que lo lleve a la práctica, y esa organización política y no solo reivindicativa (como es un sindicato), es el partido revolucionario.

Desde ya que también es estratégica la movilización de las masas;sin ellas no hay nada. Y, a la vez, también lo son los organismos de poder sin que fetichicemos ninguna de sus formas (el carácter estratégico de los organismos de poder de las propias masas es parte del balance de las revoluciones del siglo pasado aunque, nuevamente, no se debe fetichizar forma alguna de ellos ni hacer esquematismos a la hora de cómo se organiza la clase obrera en el poder, cual es la definición de dictadura proletaria en Marx[25]).

Pero, en definitiva, lo más estratégico, lo menos natural en el desarrollo de la lucha de clases, es el partido o las organizaciones revolucionarias a tales efectos, así como lo menos natural es la política, la lucha política, y lo más natural en la clase trabajadora es la pelea reivindicativa, los reclamos cotidianos, materiales que surgen al punto de la explotación. Lo estratégico, en definitiva, es que todas nuestras acciones están estratégicamente enderezadas a la lucha por el poder.

g) Luego vienen las delimitaciones. Una, que el frente único obrero nada tiene que ver con el frente popular, el frente de conciliación de clases o el “campismo”. Nuestro terreno es el de la clase obrera, el de su independencia política. El frente único obrero es una táctica a tales efectos para juntar fuerzas entre las organizaciones de clase contra el enemigo de clase común, la burguesía, o, en el terreno político, para luchar por la independencia política de nuestra clase, por la convicción de que la clase obrera puede transformarse en clase histórica y dirigir la sociedad.

Lo opuesto es el frente popular, que es la subordinación política de la clase obrera, su supuesta “orfandad” en relación a la clase burguesía, bajo su comando, bajo la idea que sólo los políticos burgueses, sus abogados o lo que sea, son los que pueden “hacer política” y/o comandar las cosas.

El estalinismo pasó de negarse a llevar a cabo el frente único obrero contra el fascismo con las organizaciones socialdemócratas a pasarse con armas y bagajes al frente popular: al frente político de conciliación de clases, lo que podría expresarse hoy, por ejemplo en tiempo real en Brasil, en la capitulación del PSOL al frente amplio popular de Lula y Alckmin que funciona bajo el mismo supuesto: el paternalismo, el que la clase obrera sería una “enana” política y no podría ponerse de pié de manera independiente, debe ser comandada por los que “saben”, los que “tienen estudio”, o lo que sea.

h) Segunda delimitación: el frente único y la unidad de acción son tácticas diferenciadas. La unidad en la acción, como la palabra lo dice, es la acción común por un solo punto que no da lugar a ningún organismo permanente. Empieza y termina con la organización de la lucha puntual misma, y, por esto mismo, no tiene un criterio de clase exclusivista: se realiza unidad de acción con “el diablo y su abuela” (como dijera Trotsky contra todo sectarismo).Esto como para entender que salimos a las calles junto con todas aquellas fuerzas que comparten el objetivo común especifico de la lucha misma. Por ejemplo, en el caso argentino reciente, el rechazo al atentado contra Cristina Kirchner, vicepresidenta de la nación que, por lo demás, configura por elevación un atentado a todas las libertades democráticas.

La unidad de acción es así: se puede llevar a cabo, se lleva a cabo en los hechos, con las direcciones reformistas de los trabajadores, y también con sus direcciones burguesas porque, por lo demás, es solo en las calles golpeando juntos que podemos y debemos, al mismo tiempo, disputarles sus bases (no existe manera de disputar las bases realmente si no es en la acción común, acción común que se extiende hasta cierto punto y luego se rompe porque las direcciones reformistas y burguesas nunca apelan principistamente a la movilización; tienen siempre miedo a ser desbordadas por las masas).

Ya en el caso del frente único este tiene más elementos de permanencia en el tiempo. Se organiza alrededor de puntos determinados, o de un programa determinado, y su objetivo, también, es pasar a la acción y no quedarse en algo meramente verbal.Pero significa una “cristalización organizativa” por así decirlo, y, por lo tanto, su  criterio debe ser de clase: jamás políticamente y salvo excepcionalmente en condiciones muy determinadas, nunca entramos en frente único con organizaciones burguesas (pueden forjarse instrumentos de frente único más permanentes con organizaciones de este tipo excepcionalmente frente a la eventualidad de golpes militares; pero incluso en este caso hay que tener muchos cuidados y su carácter será episódico[26]).

i) Por otra parte, y como hemos escrito en otra parte, hablar del frente único es más fácil que llevarlo adelante (esto es así por las presiones a las cuales nos somete, tanto sectarias como oportunistas). Es que el frente único obrero, sobre todo cuando se trata del acuerdo con organizaciones burocráticas, puede ser útil durante un cierto tiempo para llevar adelante la lucha, y para que los trabajadores hagan la experiencia con las organizaciones reformistas y burocráticas. Pero a partir de determinado momento estas organizaciones, que efectivamente son una cristalización de prácticas reformistas y traidoras a lo largo de todo un período histórico, necesariamente van a traicionar y bajarse de la lucha. Puede ser que haya ruptura de la mismas que vengan hacia el terreno revolucionario, lo que sería extraordinario, y puede ser también –este es, en parte, del objetivo del frente único obrero además del golpear juntos contra el enemigo de clase- que muchos trabajadores hagan la experiencia con estas direcciones. Pero hay que ser conscientes que son un millón de veces más pérfidas que nosotros, tienen una experiencia de toda la vida en la perfidia política y en algún punto del camino van a traicionar la lucha, razón por la cual hay que “evitar comerse el amague”: anticiparse a la jugada, al momento en que hay que romper el frente único o la unidad de acción para no cubrirles la espalda por la izquierda a su capitulación[27].

j)El frente único obrero es una táctica que se lleva adelante por arriba y por abajo, es decir, concibe ámbitos comunes –transitorios- con las direcciones, y también la unificación de los trabajadores por la base. La lectura sectaria del mismo es pensar que los trabajadores reformistas se unirán con los revolucionarios aunque no pongamos en pie el frente único con sus direcciones, es decir, en todos los ámbitos: por abajo y por arriba también. Y la mirada oportunista es creer que con el frente único por arriba alcanza. No es verdad: no alcanza. Puede ser que por arriba los reformistas nos tiren todas sus “mieles” pero si el frente único no es una palanca para la movilización de las masas,se transforma en un antro reformista. Una enseñanza respecto de la utilización reformista del frente único fue la criticada por Trotsky cuando la huelga general en Inglaterra, en 1926, donde por intermedio del llamado “Comité Anglo-Ruso” los comunistas de dicho país estaban en un frente único con la burocracia reformista del Partido Laboristas en el mismísimo momento que estos traicionaban dicha histórica huelga general…[28].

k) Por último, aunque no vamos a desarrollar mucho acá, estaba la táctica en la Tercera Internacional del frente único antiimperialista en los países coloniales o semicoloniales por su independencia. Con la generalización de la teoría de la revolución permanente por Trotsky en 1929 a todo el orbe, dicha táctica quedó demodé porque la burguesía incluso semicolonial se pasó al orden burgués y dejó de enfrentar de manera mínimamente consecuente al imperialismo.

Desde ya que esto admite muchísimos matices, pero no podemos desarrollar en este texto dicha discusión. Básicamente: se puede entrar en unidad de acción con ella en el desarrollo de cualesquiera demandas aun episódicamente asuma contra el imperialismo, pero pensar que puedan ponerse en pié frentes únicos más o menos duraderos con ella contra el imperialismo está por fuera de las circunstancias históricas, esto más aun en las condiciones de la mundialización del capital en este siglo veintiuno.

En síntesis: todas estas enseñanzas que resumimos en una apretadísima síntesis acá, en esta primera parte de este ensayo, muestran la enorme complejidad de la táctica del frente único que, claro está, aun sin dejar de tener complejidades, es mucho más simple cuando se trata de un “frente único de bolsillo” entre organizaciones de la izquierda que tienen una perspectiva común de independencia de clases.

Muchísimo más difícil es medirse con las fuerzas burocráticas e, incluso, burguesas o pequeño burguesas que dirigen el movimiento de masas, y que tienen millones de veces más de experiencia práctica acumulada que la izquierda revolucionario, y, repetimos,infinitamente más perfidia (¡la perfidia es el pan de cada día de su actuación!).

De ahí que surjan dos reflejos muy comunes: a) uno es la adaptación reformista posibilista a ellas, por ejemplo hoy, entrar a un frente amplio popular como si fuera un “frente de izquierda”[29], b) otra es el reflejo sectario por el temor al abrazo del oso por parte de las mismas (un peligro real, atención, pero que hay que saber eludir con maestría revolucionaria[30]).

En la segunda parte de este ensayo nos dedicaremos, entonces, más en profundidad, a los debates surgidos en la Tercera Internacional a partir del frente único, que no se trata de una determinada “receta” sino de la serie de determinadas lecciones de la estrategia revolucionaria, del “laboratorio estratégico” que efectivamente fue la Tercera Internacional –aun con sus errores- en su época revolucionaria.


Bibliografía[31]

Perry Anderson, Antinomias de Antonio Gramsci.

AA.VV., Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista, 1919-1923, ediciones pluma, serie documentos n>1, Argentina, 1973.

-“Tesis sobre la unidad del frente proletario”, ídem.

-“Tesis generales sobre la cuestión de Oriente”, ídem.

Daniel Bensaïd, Estrategie et partido.

Pierre Broue, Historia de la Tercera Internacional, Sunderman.

Revolución y contrarrevolución en Alemania, tomo I, II y III.

Chris Harman, The lost revolution.

Miguel Romero, “El origen de la política de frente único: debates de estrategia en la Internacional Comunista (1919-1923)”, Textos de combate, Google.

León Trotsky, Escritos latinoamericanos.

-“Consideraciones generales sobre el frente único”, 1922.

  • León Trotsky, La lucha contra el fascismo en Alemania, Ediciones Pluma, tomo II, Buenos Aires, 1974.
  • Escritos Militares.
  • Stalin, el gran organizador de derrotas.

Francoise Sabado, “Elementos centrales de estrategia revolucionaria en los países capitalistas desarrollados”.

Roberto Sáenz, “La política revolucionaria como arte estratégico”, izquierda web.

-“Cuestiones de estrategia”, izquierda web.

 


[1] Bajo condiciones generales defensivas se vivirían posteriormente en Alemania nuevos eventos decisivos como cuando el ascenso del nazismo a comienzos de 1930: el resistible avance de Hitler al poder, lucha traicionada por el estalinismo y su ceguera criminal para aplicar una política de frente único con la socialdemocracia, entre otras cosas (se olvida habitualmente que esta fue la traición más grande del mismo).

[2] Bensaïd se refiere a estas indefiniciones sobre las que volveremos adelante (Estrategia y partido). Es decir: no todo lo resuelto por la Tercera Internacional, no todas sus resoluciones, tienen la “transparencia” –o la solidez- que habitualmente se cree. Ejemplo de ello son las resoluciones sobre el “gobierno obrero”, muy confusa ella o sobre el “frente único antiimperialista”, etapista todavía.

[3] Especialistas en la I y II Internacionales son D.H.Cole, con una obra clásica en varios tomos para el caso de la primera, y George Haupt para la segunda.

[4] En alguna de sus notas Marcello Musto señala que Marx no tuvo la suerte de obtener tal reconocimiento masivo en vida.

[5] Rosa Luxemburgo, lastrada por ciertas concepciones conservadoras en materia de organización, mandató al delegado del KPD en el primer congreso de la III Internacional, a votar en contra de su formación “hasta que fuerzas mayores no revistieran sus filas” cuestión que, de todos modos, terminó ocurriendo -de manera “natural”- para el II Congreso de la misma (dada la fuerza gravitatoria de los acontecimientos). Era evidente que había que fundar inmediatamente la Tercera Internacional luego del triunfo de la Revolución de Octubre y la bancarrota de la segunda (“Problemas de la Revolución Alemana”, izquierda web).

[6] Afirmamos esto porque la interrelación política y económica es hoy un dato insoslayable: dicha interrelación internacional de los fenómenos es la mayor hoy que haya existido nunca en la historia de la humanidad.

[7] Repetimos que los elementos internacionalistas, común, sólo han tendido a fortalecerse con el desarrollo capitalista pero también es verdad que la subsistencia de los Estados nacionales y de las formaciones culturales en cada país y / o regiones del mundo plantean la riqueza de la refracción de las tendencias universales en cada una de ellas amén de la operatividad plena de la ley de desarrollo desigual y combinado.

[8] Nos referimos acá a organizaciones como el PTS argentino, carente de balance estratégico del siglo pasado o, por el otro ángulo, organizaciones degradadas de manera reformista como el MES o Resistencia en Brasil y su crimen de ingresar al frente amplio popular en Brasil. Esto por no entrar a cuestionar la pérdida de carácter militante y el oportunismo más o menos orgánico de las organizaciones posmandelistas europeas.

[9] A partir del Quinto Congreso, ya bajo la égida del estalinismo la educación política se degradó en una serie de discusiones, resoluciones y zig zags a derecha e izquierda que deseducaron a la vanguardia obrera.

Sin embargo, aun a pesar de ello una discusión de dicho congreso, el debate sobre las consignas transitorias mantiene su vigencia. Pero es prácticamente la única que conserva valor (Bensaïd resume bien dicho debate en Estrategia y partido, así como otros autores).

[10] Decimos recreación porque en las condiciones del cierre de una etapa histórica y abertura de otra, la fuga hacia delante de muchas corrientes las condenó a la esterilidad política y estratégica.

[11] El Primer Congreso fue muy incipiente, poca preparación y poca participación, pero el primer paso fundacional ya estaba dado. El Segundo Congreso fue el de las 21 condiciones, donde se intentó poner condiciones de admisión porque muchas fracciones a la izquierda de la socialdemocracia oficial estaban listas para sumarse formalmente, por así decirlo, pero su práctica no era revolucionaria. Es largo para desarrollar esto acá, pero el proceso y las discusiones que rodearon las eventuales incorporaciones, o no, dejó muchos elementos educativos (ver la obra de Broue tanto sobre la Tercera Internacional como sobre la Revolución Alemana, extraordinaria esta última –su mejor obra, eventualmente).

[12] La ocupación francesa del Ruhr a comienzos de 1923, la más industrializada de Alemania, con la excusa del no pago de reparaciones de guerra, desató una crisis revolucionaria y una situación hiperinflacionaria que sólo logró apagarse con el fracaso de la revolución y un clarividente plan de asistencia a Alemania de parte de los Estados Unidos que se propuso reducir dichas reparaciones, el Plan Dawes (agosto 1923).

[13] Rosa estaba en contra del levantamiento pero no pudo evitar que Liebchnecktomara parte de él. Cuando Berlín quedó aislada y comenzó la represión, no quiso dejar solo al proletariado de la ciudad y en esas circunstancias fue apresada, torturada y asesinada.

[14] El Partido Comunista Alemán, recién nacido, estaba fundado en una joven generación que no había logrado hacer una superación dialéctica del oportunismo socialdemócrata: rechazaban, básicamente, todo lo que fuera organización sería, así como la participación en los cuerpos legislativos y los sindicatos mayoritarios amén de tener una orientación más bien puchista de levantar a las masas por las acciones ejemplificadoras (la acción de marzo de 1921, fue básicamente eso).

Posteriormente, en un zigzag clásico a derecha, en 1923 el PCA dejó pasar la crisis revolucionaria más grande que haya conocido la Alemania contemporánea en su historia.

[15] Se trata esta de una de las raras veces en la cual Trotsky tuvo razón contra Lenin en un asunto concreto (sin embargo, hay otras, como por ejemplo en la preocupación de Trotsky por la planificación económica, cuestión que en un comienzo Lenin no supo apreciar).

[16] El joven Partido Comunista Italiano, dirigido inicialmente por Amadeo Bordiga, cometió, entre otros, el error sectario de no tomar contacto con los Arditi del Pópolo, que era una suerte de milicia popular de masas conformada por ex combatientes pero que se ubicaban a la izquierda enfrentadas revolucionariamente al fascismo. Bordiga tuvo la política ultimatista de que se sometieran al partido lo que, evidentemente, no iba a ocurrir (y no ocurrió).

Gramsci, por esa época, todavía muy joven e inexperto, no se diferenció de dicha orientación, aunque posteriormente al tomar la dirección del partido alrededor de 1926, llevó adelante un giro en la orientación (está claro que él sí comprendió la importancia de las tácticas de frente único más allá que algunas de sus formulaciones estratégicas quedaran confusas, Las antinomias de Antonio Grasmci, Perry Anderson).

[17]Stalin, el gran organizador de derrotas es una obra que contiene varios textos de Trotsky muy educativos y centrado en las cuestiones de estrategia de la política revolucionaria (se trata de textos escritos previa y posteriormente al VI Congreso de la Internacional Comunista ya bajo el control absoluto del estalinismo).

[18] August Talheimer, teórico del PCA vinculado a la corriente de Brandler (secretario general del partido cuando los eventos del Octubre alemán y de tendencias oportunistas aunque honesto), fue el que desarrolló en dicho congreso de la internacional (Moscú, junio y julio de 1924) la discusión sobre la importancia de las consignas transitorias acompañado hasta donde recordamos por Clara Zetkin y con la oposición izquierdista senil de Zinoviev todavía al frente para ese momento de la Internacional.

En dicho congreso, por su parte, se intentó evitar de todas las maneras llevar adelante un balance honesto de los errores oportunistas cometidos en Alemania el año anterior (enseguida veremos esto).

[19] León Trotsky: “¿Es posible fijar un horario para la revolución?”, septiembre 1923, MIA.

[20] “Problemas de la guerra civil”, 29 de julio de 1924, es un texto brillante que resume mucho de los problemas estratégicos de la revolución y el paso al plano militar de las cosas (ver, también, “La política revolucionaria como arte estratégico”, de nuestra autoría sobre estos mismos temas, izquierda web).

[21] La dialéctica entre caducidad histórica y caducidad política reenvía a lo conservador que es la conciencia en relación a los hechos. Está claro que entre las amplias masas, la acción antecede la conciencia, lo que no es más que una apreciación materialista de los desarrollos en relación a ellas. Otro cantar es como proceden estos términos entre los revolucionarios, es decir, en la vanguardia, donde el pensamiento precede muchas veces la acción. Acción, experiencia y conciencia tienen vínculos dialécticos que hay que saber apreciar de manera materialista, es decir, concreta, y para cada caso histórico en particular (Mandel y Moreno desarrollaron en los años 70 un debate al respecto, en ambos casos unilateral aunque aquí no podemos dedicarnos a ello).

[22] Durante el tercer período el estalinismo llevó sin lucha a la traición frente al nazismo, sin más ni menos, rechazando, como uno de sus argumentos principales, todo frente único con las organizaciones socialdemócratas al considerarlas como “social-fascistas”, esto es, peores aun que los nazistas…).

[23] Lenin forjó las armas de su apreciación materialista dialéctica concreta, de su realismo político, no solo, evidentemente, en la experiencia militante práctica (que enseña sobre las artes de la dialéctica en la acción), si no, también, aplicándose duramente al estudio de Marx y de Hegel, en las brillantes Notas filosóficas sobre este último, es decir, su concienzudo estudio de La ciencia de la Lógica (Raya Dunevskaya, Kevin Anderson).

[24] Trotsky insiste en esta delimitación entre contenido y forma de los organismos de lucha y poder y alerta contra cualquier fetichismo democratista en Lecciones de octubre, 1924, un texto de enorme riqueza y complejidad como hemos señalado en otros lados.

[25] La forma finalmente encontrada de la dictadura proletaria, la organización del proletariado en el poder es la definición que obtuvo Marx de la dictadura proletaria luego de la experiencia de la Comuna de París. Abordaremos este tema in extenso en nuestra obra Dialéctica de la transición, en preparación.

[26] Esta discusión es compleja y hay que verla en las circunstancias histórico concretas. Hay que tener claridad que los “frentes antifascistas” de los cuales podemos hablar hoy pedagógicamente frente a la emergencia de la extrema derecha, son frentes o comités independientes, de clase incluso con organizaciones reformistas; no un taparrabos del frente popular –es decir, de un frente político de conciliación de clases- como los utilizaba el estalinismo en la segunda mitad de los años 30.

[27] En la experiencia del viejo MAS se cometieron errores por los dos lados: sectarios poniéndose de espaldas a una movilización de masas del gremio docente; oportunistas no rompiendo a tiempo el frente único con la burocracia telefónica cuando está se lanzó abiertamente a traicionar la lucha (“Apuntes sobre marxismo, Estado y bonapartismo”, izquierda web).

[28] Cubrir por la izquierda a los reformistas es un típico error oportunista en la aplicación del mismo. Si se quieren “garantías” o cosa por el estilo frente a la complejidad de la política revolucionaria, mejor dedicarse a otros menesteres.

[29] Valerio Arcary en Brasil es un ejemplo de esto. Durante dos años hizo una discusión confusionista sólo para, finalmente, sumarse a un frente de conciliación de clases con Lula y Alckmin.

[30] Este tipo de cobardía sectario-oportunista es el que expresó el FITU negándose a tomar las calles contra el atentado fascistoide contra Cristina Kirchner en la Argentina, solo para terminar yendo a llorar al Congreso Nacional el día después… e inventar excusas inverosímiles los días posteriores.

[31] Las fuentes bibliográficas serán completadas en la segunda parte de este artículo atento a que estoy escribiendo desde San Pablo sin toda la documentación en mis manos.

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