Apuntes críticos sobre el balance del estalinismo (Segunda parte)

Los problemas del objetivismo en el análisis de la URSS.

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IV

LA CONTRARREVOLUCIÓN ESTALINISTA Y EL SURGIMIENTO DEL ESTADO BUROCRÁTICO

La categoría de Estado obrero degenerado fue superada por la experiencia histórica; la contrarrevolución estalinista experimentó un salto en calidad a finales de los años treinta, con lo cual socavó las bases sociales de la URSS y, por ende, las relaciones de propiedad creadas por la revolución fueron vaciadas de su contenido real, pues la clase obrera perdió el poder en el Estado. En contraposición, surgió un Estado burocrático que, aunque mantuvo formalmente la “propiedad socialista” y se apropió del prestigio de la revolución de Octubre, en realidad bloqueó la transición al socialismo e instauró una forma -altamente inestable y sin viabilidad histórica- de apropiación del plustrabajo social.

En esta sección abordaremos los fundamentos teóricos e históricos de nuestra caracterización del estalinismo como una contrarrevolución político-social, para lo cual remitiremos a los brillantes análisis de Rakovsky y finalizaremos con una somera explicación de la instauración de un régimen de explotación del trabajo en la URSS. Es un tema sumamente complejo y con muchas aristas, por lo cual recomendamos el estudio de las diferentes elaboraciones de nuestra corriente al respecto.

Rakovsky y la especificidad histórica de las sociedades de transición

Por su dinámica transformadora, las fases de transición combinan elementos del viejo mundo en desintegración con la emergencia de una nueva formación social, la cual todavía no cristaliza en un modo de producción estable. En este paréntesis histórico es factible el surgimiento de híbridos político-sociales que, como tales, no calzan en los patrones de categorías homogéneas o acabadas, y, por eso mismo, no se deben abordar desde concepciones teóricas esquemáticas o suprahistóricas.[1]

En el caso de la transición al socialismo hay una inversión en el orden de los factores que altera el producto; lo político condiciona significativamente lo económico, por lo cual el Estado desempeña un papel protagónico en la configuración de la sociedad en ciernes.

Esa fue la vía de análisis que, agudamente, planteó Rakovsky para interpretar la burocratización en la URSS, estableciendo que, el factor decisivo para definir el carácter del Estado en la transición, era la clase que efectivamente ejercía el poder; un criterio donde las supuestas bases económico-sociales -es decir, la estatización de los medios de producción-ocupan un lugar subordinado a ese factor político, pues el énfasis se traslada al elemento consciente de la clase obrera en la conducción de los asuntos del Estado y la transición hacia el socialismo.[2]En otras palabras: las relaciones formales de propiedad en un Estado obrero se sustancian en el ejercicio efectivo del poder por parte de la clase obrera, pues, de lo contrario, la “propiedad socialista” se transforma en una ficción jurídica, tal como sucedió con el estalinismo.

Rakovsky Tuvo la “ventaja” de no ser exiliado de la URSS -aunque estuvo en el destierro en pésimas condiciones por muchos años-; por eso mismo,pudo apreciar más de cerca que Trotsky el proceso de burocratización y sus implicaciones sobre el Estado (aunque tuvo menos visión en el tema internacional), formulando lo que denominó los “peligros profesionales del poder”:

No me refiero a las dificultades objetivas que emergen del conjunto de la situación histórica (el cerco capitalista exterior y la presión pequeño burguesa en el interior del país), sino a las que son propias de toda clase dirigente, a consecuencia de la toma y el ejercicio del poder mismo, de la capacidad o incapacidad de usarlo.

Usted comprende que estas dificultades continuarían existiendo, hasta cierto punto, aún si el país se compusiese exclusivamente de masas proletarias, y sólo hubiera Estados Obreros en el exterior. Estas dificultades podrían ser denominadas ´los peligros profesionales` del poder.

(…)Cuando una clase toma el poder, un sector de ella se convierte en el agente de este poder. Así surge la burocracia. En un Estado socialista, a cuyos miembros del partido dirigente les está prohibida la acumulación capitalista, esta diferenciación comienza por ser funcional y a poco andar se hace social.

(…)La unidad y la cohesión, que antes eran la consecuencia natural de la lucha de clases revolucionaria, no pueden conservarse ahora sino por una serie de medidas destinadas a preservar el equilibrio entre los diferentes grupos de dicha clase y del partido, subordinando esos grupos al fin fundamental.[3]

Nos disculpamos por la extensión de la cita, pero debido a su riqueza teórica-metodológica nos pareció necesario reproducirla lo más íntegramente posible. Si Trotsky hizo una acotación profunda cuando calificó al estalinismo como “algo más que una simple burocracia”, Rakovsky fue más allá al indagar sobre los peligros del poder en las filas de la clase victoriosa, particularmente en un momento de retroceso de la lucha de clases. Eso configuraba un escenario insólito en la historia; nunca la clase obrera retuvo el poder por tanto tiempo y, debido a eso, no era factible “evaluar en base a hechos los cambios de su estado de espíritu” cuando hay un retroceso de la acción política al mismo tiempo que es la clase dirigente de un Estado.

Este enfoque novedoso sobre la sociedad soviética, le facilitó percibir la profunda transformación “en la anatomía y en la fisiología de la clase obrera”; señaló que, un militante de 1917, “habría tenido dificultad para reconocerse en la persona del militante de 1928”. Esto se explicaba en función de algo muy concreto: la diferenciación funcional entre un burócrata y un obrero ordinario, combinado con la ausencia de medidas de control democrático por las amplias masas trabajadoras, potencialmente puede cristalizar en “diferenciaciones sociales semejantes a las que separan a las diversas capas de la sociedad”.

Pienso aquí, en la posición social de un comunista que tiene a su disposición un automóvil, un buen departamento, vacaciones regulares y recibe el salario máximo autorizado por el Partido; posición que difiere de la del comunista que trabaja en las minas de carbón y recibe un salario de 50 ó 60 rublos por mes. En lo que concierne a los obreros y a los empleados, usted sabe que ellos están divididos en dieciocho categorías diferentes…[4]

Para Rakovsky, la burocracia de los Soviets y del Partido constituyeron un nuevo orden y, por tanto, los escándalos de corrupción o excesos de algunos dirigentes no podían asumirse como casos aislados, sino como los rasgos de una nueva categoría social, la cual ameritaba un estudio específico.

Asimismo, puntualizó que ninguna clase vino al mundo “en posesión del arte de gobernar”, pues era una destreza que se adquiría únicamente por la experiencia, lo cual representaba un enorme desafío para la clase obrera -sobre todo por su bajo nivel cultural con relación a la burguesía u otras clases que se tornaron dominantes-, pues podía dar paso a un desacople entre el ejercicio real del poder y las relaciones de propiedad instituidas legalmente:

Ninguna constitución soviética, aunque sea ideal, puede asegurar a la clase obrera el ejercicio sin obstáculos de su dictadura y de su control gubernamental, si el proletariado no sabe utilizar los derechos que le acuerda esa Constitución.

La falta de armonía entre la capacidad política y la destreza administrativa de determinada clase y la forma jurídica-constitucional que ella establece para su uso después de conquistado el poder, es un hecho histórico comprobable en la evolución de todas las clases…[5]

Esas líneas sintetizan un abordaje muy concreto y dialéctico de la URSS; dan cuenta en el plano teórico de una formación social tan particular en el desarrollo histórico universal, la cual no se asemejaba a ninguna otra y, en consecuencia, no calzaba en los patrones clásicos de las sociedades asentadas sobre un modo de producción estable.

Rakovsky tuvo una mirada más profunda del proceso de burocratización en la URSS; rápidamente comprendió las implicaciones sociales del giro ultraizquierdista de Stalin a finales de los años veinte, caracterizando que, la colectivización forzosa del campo y la industrialización acelerada,eran medidas que fortalecían el “ejército de burócratas” y no la transición al socialismo. En razón de eso, años más tarde concluyó que la URSS pasó de ser un “Estado proletario con deformaciones burocráticas” –como lo calificó Lenin- a un “Estado burocrático con supervivencias proletarias comunistas”, dentro del cual se formó “una gran clase de gobernantes”, cuyo punto de unión era controlar el Estado como una propiedad privada.[6]

A la postre, el abordaje planteando por Rakovsky resultó más apropiado para comprender la especificidad de la contrarrevolución estalinista y sus consecuencias sobre la estructura social de la URSS. Su análisis se caracterizó por visualizar la política y la economía como un todo en el marco de un Estado obrero en transición al socialismo.

Una contrarrevolución político-social

Para Trotsky, la burocracia era una casta socialmente privilegiada, la cual asemejó a un “parásito merodeador” en la esfera de la distribución. Al ubicarla como un factor externo a la producción y la planificación económica, restringió su ámbito de acción al plano súper-estructural y, en consecuencia, concluyó que no modificaba las bases sociales de la URSS en tanto Estado obrero, pues, a pesar de las deformaciones introducidas por el estalinismo, persistían las relaciones de propiedad surgidas tras la revolución.

De esta forma, disoció la infraestructura económica de la súper-estructura política, por lo cual asumió al estalinismo como un régimen burocrático al frente de un Estado obrero y, a partir de esa definición, planteó que, en la URSS, se requeriría de una revolución política para sacar del poder a la burocracia, pero manteniendo las relaciones de propiedad ya establecidas. Es decir, consideró que el estalinismo encarnó una contrarrevolución política, que, aunque contrajo implicaciones negativas en las condiciones de vida de las masas trabajadoras y campesinas, no modificó la estructura social del Estado.

Desde nuestro punto de vista este enfoque es errado, pues asimila una formación social donde se expropió al capitalismo con el funcionamiento de una sociedad capitalista. En la última opera una reproducción automática de la economía y, debido a esto, es factible que el Estado burgués asuma formas políticas muy variadas -monarquía constitucional, democracia burguesa, dictadura militar, fascismo, bonapartismo, etc.- sin perder su carácter de clase, incluso cuando no está al frente del gobierno una facción burguesa.

Por el contrario, en una sociedad donde se expropió a la burguesía con el fin de transitar hacia el socialismo, no tiene cabida la independencia relativa entre la base económica y las formas del Estado -al menos como se expresa en el capitalismo-, pues este último es determinante para estructurar las nuevas relaciones de producción y, a causa de eso, es indispensable que la clase obrera ejerza el poder de forma efectiva para garantizar una planificación al servicio de la transición socialista.Por tanto, la democracia obrera no es una simple variante de régimen dentro de un Estado obrero, sino que, por el contrario, es un pilar fundamental para dotarlo de ese contenido social.

En vista de lo anterior, sostenemos que el estalinismo representó una contrarrevolución político-social, cuyo resultado fue la expropiación del poder de la clase obrera en la URSS, de lo cual resultó un Estado burocrático que manejó como su propiedad privada, tal como puntualizó Rakovsky.

Eso explica el culto al estatismo por parte de la burocracia soviética, que, a criterio de Robert Tucker –connotado biógrafo de Stalin-, fue uno de sus principales rasgos contrarrevolucionarios, pues daba cuentas de la importancia del aparato represivo para imponer su “revolución desde arriba”. Asimismo, Moshe Lewin–el gran historiador social de la URSS- caracterizó al estatismo estalinista como una ruptura con el leninismo, pues implicó renunciar a la transición hacia el socialismo -y la disolución del Estado- como la comprendían Marx, Engels y Lenin; en adelante, el objetivo fue en sentido contrario: instaurar un Estado dictatorial para preservar las divisiones sociales y privilegios creados durante la fase de industrialización forzosa.[7]

Basta con revisar algunos datos económicos de la época para constatar eso que señalamos.Por ejemplo, la tasa de acumulación se hizo a expensas de las condiciones de vida de la clase obrera, pues el plusvalor social se obtuvo a partir de la extensión cuantitativa de la fuerza de trabajo y la reducción abrupta de los salarios reales. Así, mientras en 1925 el salario medio real era de 48,25 rublos, para 1937 apenas era de 28,25 rublos (un 63,6% del salario medio anterior a la Primera Guerra Mundial). En consecuencia, las condiciones de vida de las familias obreras decayeron significativamente, dado que destinaban el grueso de sus ingresos en comida: el gasto en alimentos básicos de una familia de cuatro personas, pasó de representar el 51% del salario en 1929, al 87% en 1937.[8]

Lo anterior, también explica el pleno empleo en la URSS –y los países del bloque soviético-, lo cual no fue consecuencia de ningún “principio socialista”; por el contrario, se originó en la necesidad de maximizar el plusvalor social, que, a su vez, estaba bajo control directo de la burocracia y era la fuente de sus privilegios, por lo cual un trabajador o trabajadora desempleada era un desperdicio para los intereses de la burocracia.

¿Cómo se explica eso? La gestión burocrática de la economía se sustentó en la explotación absoluta del trabajo, cuya finalidad fue acumular el excedente del trabajo a partir de métodos coercitivos como el despotismo de fábrica, estajanovismo, aumento de la jornada de trabajo, entre otros. Eso bastó para que la producción colectiva generará un producto superior al total de la masa salarial necesaria para la reproducción de los trabajadores y trabajadoras, pero bloqueó el desarrollo de la innovación técnica para potenciar la explotación relativa elevando la productividad del trabajo, algo imposible de alcanzar en ausencia de un control democrático de la clase obrera sobre la gestión económica.[9]

Aunado a esto, la burocracia soviética “planificó” la economía acorde a sus intereses como capa social privilegiada y, en consecuencia, a costa del nivel de vida de la clase obrera, priorizando de forma exagerada la industria pesada (sector I) en detrimento de la producción de bienes de consumo y la agricultura (sector II), indispensables para elevar las condiciones materiales de existencia de las masas obreras y campesinas.Este fue un rasgo constante, lo cual se verifica con la creciente desproporción entre los sectores I y II a través de los años: en 1928, el sector I representaba el 39,5% de la producción y el II el 60,5%; en 1940, el I, 61,2% y el II, 38,8%; en 1965, el I, 74,1% y el II 25,9%, y en 1973, el I, 73,7% y el II, 26,3%.[10]Así, la burocracia estalinista orientó una planificación cuyo eje fue acumular en tanto que Estado, fortaleciendo la industria pesada, los medios de producción y el ejército, pero lo hizo a costa de sacrificar la producción –en cantidad y calidad – de alimentos y bienes de consumo básicos. Por ese motivo, la escasez de productos de consumo básico en la URSS, no fue solamente una consecuencia del bajo desarrollo de las fuerzas productivas; también fue una derivación de la planificación burocrática de espaldas a los intereses reales de la clase obrera.

En suma, el estalinismo no fue una contrarrevolución circunscrita al régimen político, tal como la apreció Trotsky en su momento (aunque insistiera en su carácter regresivo y el peligro que representaba para las conquistas revolucionarias). La “revolución desde arriba” de Stalin fue una contrarrevolución político-social hacia abajo; representó una disminución en las raciones de alimentos y un aumento en la explotación absoluta de la clase obrera, dando como resultado una dramática precarización en sus condiciones de vida. Esto se combinó con otras formas de explotación, como la que experimentó el campesinado en los Koljoses o los prisioneros en los campos de trabajo forzado.

Fue un proceso paulatino que, además, se revistió con la formalidad institucional creada por la revolución, haciendo sumamente complejo percibir sus profundas implicaciones en tiempo real; por eso, era imposible que Trotsky arribará a una definición diferente a la de Estado obrero deformado en ese momento.La distancia histórica nos permite una mejor panorámica, de lo cual concluimos que, el proceso de burocratización, liquidó el carácter obrero de la URSS y, en su lugar, instauró un Estado en función de la acumulación burocrática, con el consecuente bloqueo de la transición al socialismo proyectada originalmente por los bolcheviques en la revolución.

La contrarrevolución estalinista no devino inmediatamente en la restauración capitalista –aunque a la postre allanó el camino para eso- y, si bien mantuvo formalmente las relaciones de propiedad surgidas en la revolución, en realidad las vació de contenido al expropiar a la clase obrera del poder efectivo sobre el Estado, con lo cual controló la riqueza nacional como si fuera su propiedad privada.

¿Se puede calificar al estalinismo como una contrarrevolución político-social si no produjo inmediatamente la restauración del capitalismo? Por supuesto que sí. La esencia de la contrarrevolución es instaurar un orden contrario al surgido con la revolución, lo cual, generalmente, da paso a algo nuevo e inédito; no son procesos simétricos, es decir, una contrarrevolución no es una revolución en sentido contrario.[11] Por eso, es equivocado restringir la consumación de la contrarrevolución a la restauración burguesa; su punto central consistió en destruir la acción colectiva de la clase obrera soviética y despojarla de sus atributos de poder.

Para lograr eso, el estalinismo libró una guerra civil contrarrevolucionaria contra los sectores explotados y oprimidos, por medio de la cual impuso la colectivización forzosa en el campo con un elevadísimo costo en vidas humanas –tanto por la represión directa, así como por la consecuente hambruna que desató esa medida burocrática-,masacró a dos millones de personas en el “Gran Terror” –incluida la vanguardia de la Oposición de Izquierda y la vieja guardia bolchevique-, precarizó las condiciones de vida de la clase obrera con la súper explotación para imponer la industrialización acelerada e instauró un clima de persecución policial en la sociedad soviética.[12]. Al mismo tiempo, la burocracia soviética se transformó en una “organizadora de derrotas” para la clase obrera a nivel internacional, lo cual facilitó su estabilización como capa dirigente en la URSS, pues profundizó el aislamiento del proletariado soviético.

Así, la contrarrevolución burocrática se asentó sobre una doble derrota de la clase obrera: por un lado, atomizó al proletariado soviético por varias vías, como la represión física,su reconfiguración interna con la incorporación masiva de campesinos sin tradiciones de lucha colectiva, debilitó su cohesión interna por medio del estajanovismo y el trabajo de choque, etc.; por otro lado, se fortaleció con los fracasos del movimiento obrero internacional, en particular con la derrota histórica del proletariado alemán –el más importante del mundo en ese momento- tras el ascenso de Hitler al poder en 1933, en gran medida por la desastrosa orientación de sabotear el frente único antifascista entre las bases obreras comunistas y socialdemócratas.

V

CONCLUSIÓN

A lo largo de La revolución traicionada, Trotsky analizó a la URSS como una formación social sin precedentes y, debido a esto, rehusó hacer definiciones sociológicas cerradas; por el contrario, insistió en que su naturaleza social estaba sujeta a los desarrollos de la lucha de clases. Las conclusiones que presenta son tentativas, algo comprensible tratándose de un fenómeno en extremo complejo como fue la burocratización del primer Estado obrero de la historia, ante lo cual el andamiaje teórico del marxismo revolucionario no contaba con herramientas de interpretación hasta ese momento.

Por eso mismo, el principal valor de esta obra reside en su riqueza teórico-metodológica, donde Trotsky expuso lo mejor de su razonamiento dialéctico para interpretar al estalinismo por fuera de todo esquematismo teórico.

A pesar de eso, incurrió en un error cuando ubicó a la burocracia únicamente en la esfera de la distribución, asumiéndola como un factor externo a la producción y planificación económica. Esto devino en un “punto ciego” a la hora de sopesar las transformaciones sociales en la URSS y, en consecuencia, tendió a priorizar las relaciones de propiedad creadas por la revolución a la hora de caracterizarla como un Estado obrero deformado.Dicho enfoque se profundizó en el debate contra los anti-defensistas, particularmente a lo interno de la IV Internacional, lo cual tensó la pelea aún más y, en ese contexto, Trotsky “dobló el palo” hacia los criterios objetivos.

Pero, insistimos, en su caso fue un error relativo, considerando que se trató de una definición abierta y en tiempo real de un fenómeno inédito, por lo cual fue muy precavido para no dar por muerta una revolución social de dimensiones históricas; además, dicha caracterización la supeditó a lo que aconteciera en la segunda guerra mundial y el inevitable colapso del estalinismo. Lastimosamente, su asesinato a manos de un agente estalinista en 1940, impidió que revisara sus pronósticos y análisis sobre el proceso de burocratización y sus repercusiones en la naturaleza social de la URSS.

Muy diferente fue el accionar de la mayoría de las corrientes trotskistas que, tras la muerte de Trotsky, replicaron doctrinariamente sus definiciones, caracterizando a la URSS como un “Estado obrero degenerado” hasta que se produjo su desplome en 1991, y, peor aún, extendieron abusivamente esa caracterización a los Estados del Glacis surgidos en la segunda posguerra tras la ocupación estalinista. Así, la formulación dialéctica desarrollada por Trotsky para comprender la especificidad de la URSS, se convirtió en una categoría lógica para etiquetar todos los casos donde se expropió al capitalismo en la segunda mitad del siglo XX, aunque la clase obrera estuviera ausente como sujeto social de esos procesos.

A causa de esto, dentro del movimiento trotskista arraigó con fuerza el objetivismo; se dejó de lado la centralidad de la clase obrera a la hora de interpretar el carácter social de las revoluciones y, en consecuencia, la estatización de los medios de producción pasó a ser la condición determinante para definir a un Estado como “obrero”, aunque la clase trabajadora careciera por completo del poder efectivo. Por ejemplo, Ernest Mandel –uno de los principales dirigentes trotskistas en la posguerra- llevó el objetivismo al extremo, pues, aunque reconocía que el proletariado no ejercía ningún tipo de poder en la URSS, insistió en denominarla como un Estado obrero degenerado por criterios teóricos desvinculados de la realidad concreta:

Evidentemente, para el simple sentido común es absurdo decir que existe dictadura del proletariado en la Unión Soviética, puesto que la inmensa mayoría del proletariado no ejerce, no sólo ninguna dictadura, sino ni siquiera ningún poder. Y si se asimila e interpreta «dictadura del proletariado» a «gobierno directo de la clase obrera», entonces decimos que esto no existe. Evidentemente que para nosotros esto no existe más que en el primer sentido derivado, indirecto, socio-teórico del término, esto es todo.[13]

Esa cita es de finales de los años setenta del siglo XX, pero los enfoques objetivistas persisten entre la mayoría de corrientes trotskistas en la actualidad, las cuales abordan de manera formal y estática la categoría de Estado obrero degenerado en Trotsky, negándose a realizar un balance a partir de la experiencia histórica.

Desde nuestra corriente nos decantamos en un sentido contrario, y, aunque reivindicamos el legado teórico-político de Trotsky, no por eso renunciamos a pensar el mundo por nuestros propios medios (apoyándonos en la enorme riqueza teórica del marxismo revolucionario). La longevidad y extensión del modelo estalinista a otros países del orbe, evidenció la necesidad de revisar y actualizar los análisis de Trotsky sobre la burocratización de la URSS, en particular su categoría de “Estado obrero degenerado”, la cual fue superada por la experiencia histórica.

Producto de esa revisión redescubrimos los brillantes escritos de Rakovsky, el cual esbozó una caracterización más atinada sobre las repercusiones de la burocratización en la estructura socio-política de la URSS, pues capturó con precisión la especificidad del período de transición en 1917 tras la expropiación de la burguesía, donde, a diferencia de lo que acontecía en las sociedades capitalistas, el Estado desempeñaba un papel determinante para estructurar las nuevas relaciones de producción.

Por este motivo, caracterizamos que el estalinismo expropió a la clase obrera del poder efectivo en la URSS y, en contraposición, erigió un Estado burocrático, el cual se asentó sobre relaciones de producción inestables y sin viabilidad histórica en la larga duración, donde la clase trabajadora fue sometida a nuevas formas de explotación en función de la acumulación burocrática y no en la perspectiva de la transición al socialismo. Finalmente, la URSS colapsó –y con ella los Estados del Glacis-, dando paso a la restauración capitalista.

El balance global del estalinismo no es un ejercicio “académico” o abstracto; por el contrario, es una tarea fundamental para el relanzamiento del socialismo revolucionario en el siglo XXI. Desde una perspectiva estratégica, es necesario en aras de preparar teórica y políticamente a las nuevas generaciones militantes de cara a las revoluciones del futuro, las cuales no estarán exentas de presiones hacia la burocratización (o de los “peligros profesionales del poder” en palabras de Rakovsky). También, es vital para superar las terribles deformaciones que contrajo la práctica estalinista dentro de la izquierda y el movimiento obrero, las cuales no desaparecieron del todo tras la caída del muro de Berlín. Por último, es indispensable para comprender el daño duradero que contrajo la contrarrevolución estalinista en la ex URSS y los países del Este europeo, sin lo cual es difícil ubicarse políticamente en esa región del mundo, una de las más importantes desde el punto de vista geopolítico, pues constituye una zona de encuentro entre Europa y Asia.[14]


Bibliografía

[1] Luis Paredes, “Las ´Cartas de Astrakán` de Christian Rakovsky”, Socialismo o Barbarie n° 21 (2007), 187.

[2] Ídem. 187-188.

[3]Christian Rakovski, Los peligros profesionales del poder, en https://www.marxists.org/espanol/rakovski/1928/08-1928.htm(Consultada el 29 de diciembre de 2021).

[4] Ídem.

[5] Ídem.

[6]Kowalewski, Cómo se formaron y funcionaron las relaciones de explotación en el bloque soviético, en https://vientosur.info/como-se-formaron-y-funcionaron-las-relaciones-de-explotacion-en-el-bloque-sovietico/  (Consultada el 15 de diciembre de 2021).

[7]Kowalewski, Cómo se formaron y funcionaron las relaciones de explotación en el bloque soviético, en https://vientosur.info/como-se-formaron-y-funcionaron-las-relaciones-de-explotacion-en-el-bloque-sovietico/  (Consultada el 15 de diciembre de 2021).

[8]Ídem.

[9] Ídem. A la postre, eso conllevó al estancamiento económico de la URSS, cuya estructura productiva se tornó conservadora, carente de innovaciones y plagada de irracionalidades. Kowalewski detalla que, el verdadero “talón de Aquiles” de la economía de tipo soviética, fue la incapacidad de garantizar los suministros para el funcionamiento de las empresas en el marco del plan. Eso devino en una “arritmia” del proceso laboral; en algunos meses se producía menos –entre un 15% o 25%-, mientras que en otros se intensificaba el ritmo de trabajo de forma brutal –suprimiendo vacaciones o días libres, extendiendo la jornada de trabajo- con tal de cumplir con las metas establecidas por el gobierno desde arriba y sin conexión con las capacidades reales de producción de las empresas. Por este motivo, gran parte de los productos elaborados en los meses de trabajo intenso eran defectuosos por la falta de control de calidad, algo muy sensible cuando se trataba de herramientas y otros insumos para otras industrias. Ante esta situación, la dirección de cada empresa procuraba tener más trabajadores en su planilla, aunque una gran parte no tuviera tareas asignadas por varios meses, pero que eran útiles cuando tocaba apresurarse para cumplir con las metas, o bien, para destinar a un taller interno para reparar las piezas defectuosas enviadas por otras empresas: para 1977, en Alemania Oriental, el 17% de los trabajadores industriales se dedicaban a las reparaciones de piezas defectuosas.

[10]Roberto Sáenz, “La acumulación socialista y la catástrofe stalinista”, en https://izquierdaweb.com/4-la-acumulacion-socialista-y-la-catastrofe-stalinista/(Consultada el 05/01/2022).

[11] Daniel Bensaid, “Comunismo y estalinismo. Una respuesta al libro negro del comunismo”, en https://www.marxists.org/espanol/bensaid/1997/001.htm(Consultado el 06 de enero de 2022).

[12] Roberto Sáenz, Deutscherismo y estalinismo, enhttp://izquierdaweb.cr/teoria/deutscherismo-y-estalinismo/ (Consultada el 14 de abril de 2022).

[13]ErnestMandel y Denis Berger, “Sobre la naturaleza de la URSS”, en La naturaleza de la URSS (Editorial Fontamara: Barcelona, 1978), 59.Es importante aclarar que, en los años noventa, Mandel hizo una reconsideración de sus posiciones sobre la ex URSS en su libro El poder y el dinero, donde introdujo modificaciones en su análisis tras la caída de los Estados estalinistas. Por otra parte, Nahuel Moreno –otro gran dirigente trotskista de la posguerra- también replicó el objetivismo, aduciendo que, si bien en los Estados bajo el dominio estalinista no existía la democracia obrera, sí imperaba la “democracia de los nervios y los músculos”.

[14]Por ejemplo, la guerra en Ucrania colocó nuevamente sobre la palestra el balance del estalinismo en la región. Por un lado, Putin atacó a Lenin por defender el derecho a la autodeterminación de las naciones, acusándolo de crear ficticiamente a Ucrania en tanto república. Por otra parte, desde el punto de vista histórico, no se puede comprender el desarrollo del fascismo en Ucrania sin referirse a los crímenes de lesa humanidad que cometió el estalinismo en ese país, en particular la terrible hambruna que costó la vida de millones de personas a inicios de los años treinta del siglo XX, lo cual fomentó el desarrollo de sectores anti-comunistas y ruso-fóbicos que perduran hasta el presente.

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