La revolución de ser… ¡papá!

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Neil Amador Nájera

Cuando me enteré que iba a ser papá en lo primero que pensé fue que mi hijo o hija (en ese momento no sabía que sería), debía llevar el apellido de la mamá antes que el mío –sin duda alguna. Por ejemplo, el Registro Nacional debería poder dejar en manos de mamá y papá, la posibilidad de escoger qué apellidos debería llevar su hije. Y esto es además una cuestión que arrastro, yo quería que mi hija tuviese mi segundo apellido, el de mi mamá –que además es con el que más me identifico. Posteriormente llevé la crítica sobre los apellidos un paso más allá; mi hija debía llevar el apellido de mi abuela materna, o de mi bisabuela seguramente. Lo hubiese preferido. Y en tan solo cinco minutos de saberme papá, ya había planteado todo un vuelco a la institucionalidad pública.

Esto no es una negación de las figuras paternas, no es tampoco un reconocimiento mudo de lo que significa ser papá, es simplemente la instauración de un pensamiento recurrente y que, sin duda, nos pasa a todos los papás, al menos aquellos que intentamos pasar del sentido común: ¡nosotros no hicimos nada!

Antes y después de que mi hija naciera (ya contaré los efectos de su existencia sobre mí), mi labor fue de cuido, de estar, de apoyo. De ir y venir, de acompañar. De limpieza, cocina, soporte, gestión del dinero, masajes en los pies cansados, de tecitos nocturnos, etc. Hoy sigue parecida la cosa, pero han cambiado un poco las condiciones. Mi apoyo se ve abrumadoramente empañado por buscar sustento, dícese, dinero. Algún trabajo explotado que me permita dar a mi hija y la mamá todo cuanto me sea posible. Ser papá me sacó del centro y la puso a ella. Planeaba irme de este mundo a los 50 pero ahora tendré que alargar mi estancia en la tierra.

Conversando con dos personas cercanas, una me decía (parafraseo): querer alargar la estancia en la Tierra por una personita ya habla de lo mucho que significa en términos cualitativos la existencia misma. La otra persona me decía: Acordáte todo lo que hemos conversado, nuestros papás solo “apechugaron” y salieron, con menos herramientas de las que vos y yo tenemosAmbas personas en momentos bien distantes terminaron diciéndome: están haciendo un “bretezote” (enorme trabajo), les admiro”.

La cuestión es que ser papá nos coloca en un estado de impasse general, nos deja reto tras reto y nos obliga constantemente a cuestionar nuestra existencia toda, cada acción, cada lucha, cada pelea, cada esfuerzo y cada aliento. Nuestro trabajo como papás no necesita ser reconocido: primero porque es nuestra obligación, segundo porque llevamos 3000 años siendo reconocidos y ni siquiera sabemos qué es estar embarazado. Por supuesto, el apoyo de familia y amigos es esencial, pero nuestra labor no es colocarnos en el papel de la víctima y pretender brillar ante el mundo por ser papás. Si queremos brillar, no necesitamos hacerlo frente a los demás, nuestro brillo (revolucionario), dará su luz cuando esos/esas hijas criadas nos vean a los ojos ya de grandes y nos digan: gracias papá, has sido una pieza fundamental en mi vida y te amo, no porque seas mi papá, sino porque siempre has estado para mí, apoyándome incondicionalmente.

Necesitamos algo más que cambios estructurales a nivel social, algo más que una licencia de paternidad (absolutamente necesaria), más allá de una buena educación, salud y acceso a oportunidades de todo tipo. Necesitamos que cada paternidad y maternidad sea deseada –aceptada con goce y amor; necesitamos que el ejercicio de nuestra paternidad no se resuelva por las noches, después de una extenuante jornada de 8 o 10 horas; y tampoco requerimos que cada chico o chica tenga una alacena repleta de alimentos que quizás se pongan malos porque no se gastan a tiempo o un cajoncito que rebase su capacidad de contener juguetes.

Qué problema supone el capitalismo para las paternidades, más allá de los ya sabidos discursos académicos sobre el patriarcado inserto en las dinámicas familiares –necesitamos estar. Necesitamos tiempo.

El tiempo nos encierra en paredes de trabajo, explotado y mal pagado. Su limitado acceso por la necesaria obtención de alimentos nos restringe e impide ver en vivo, sus primeros pasos, escuchar sus primeras palabras, recibir sus primeros besos y abrazos, sus primeras travesuras –como aquel día en el que tomó una barra de mantequilla y se la comenzó a comer calladita hasta que la descubrieron. No necesitan que les veamos en vídeo, necesitan que estemos a su lado, riendo y corrigiendo y abrazando.

Aunque parezca que me alejo de un discurso típico revolucionario que invita a luchar y manifestarse… por lo bajo eso es precisamente lo que queda implícito en este día del padre: nuestra lucha debe ser por mejorar la existencia misma. ¿De qué me sirve ganar un 20% extra si me voy a perder su carita despierta al llegar a la casa?

Este día del padre es un llamado a luchar. Pero puede ser más que eso, un llamado a lucha por aparentes imposibles: jornada laboral de 6 horas, 4 semanas de vacaciones, mejores salarios, pleno empleo (si reducimos jornada, se necesita más personal), garantía de un acceso a salud, educación y medio ambiente de calidad, entre otras muchas cosas. ¡Menos policías, más escuelas!

Sin duda alguna mover los sentimientos para llevar a un mensaje de revolución puede ser un indicio de “malas intenciones” pero, ¿qué papá en su sano juicio no quiere eso y más para sus hijos?

En este día del padre, el llamado a la lucha no es por nuestros mezquinos intereses personales, es por la noble búsqueda de eso que nos quita lo más preciado que tenemos para con nuestros hijos e hijas: tiempo. Porque es precisamente eso lo que el capitalismo nos roba, eso que casualmente es lo que más necesitan nuestra niñez. Por lo pronto, seguiré disfrutando su carita y su sonrisa, esa que me borra por completo el cansancio del día y cualquier crisis existencial –es la misma carita que me hace querer salir a luchar, por la niñez, por la juventud, por las mujeres y por la clase trabajadora, para que al final del día tengamos no solo más derechos y una mejor calidad de vida en todo sentido sino, además, tiempo.

¡Feliz día del padre revolucionario, obrero y en resistencia contra el patriarcado y el capital!

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