Una vez más sobre el carácter de la guerra en Ucrania

Campismo versus cretinismo imperialista. Un debate con las posiciones de la izquierda internacional sobre la guerra en Ucrania.

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A Ukrainian serviceman smokes at a position on the front line with Russia-backed separatists near the settlement of Troitske in the Lugansk region on February 22, 2022, a day after Russia recognised east Ukraine's separatist republics and ordered the Russian army to send troops there as "peacekeepers". - The recognition of Donetsk and Lugansk rebel republics effectively buries the fragile peace process regulating the conflict in eastern Ukraine, known as the Minsk accords. Russian President recognised the rebels despite the West repeatedly warning him not to and threatening Moscow with a massive sanctions response. (Photo by Anatolii STEPANOV / AFP)

La guerra en Ucrania continúa desatado discusión en las filas del marxismo revolucionario acerca de su carácter. Toda guerra entraña enorme complejidad, lo que desafía a un uso sutil de las herramientas del marxismo que coloque en el centro el método dialéctico con su capacidad de apreciación concreta de las tendencias y contradicciones en obra.

En un reciente viaje a Francia pudimos corroborar que, si bien en los medios el tema de la guerra en Ucrania es omnipresente, no pasa lo mismo entre la población, afectada en todo caso indirectamente por la contienda en lo que tiene que ver con el salto inflacionario y el deterioro en las condiciones de vida.

En lo que sigue intentaré hacer un resumen criticó –también algo sumario- de algunas posiciones sobre la guerra en Ucrania tanto en las corrientes de origen europeo como algunas de las latinoamericanas.

Cuadro general de posiciones

Lo primero a señalar es que el conflicto es complejo básicamente por tres razones. La primera es que está superpuesta una guerra legítima de autodeterminación nacional contra el invasor ruso, con la contradicción  que se desarrolla bajo el trasfondo de un conflicto –que no ha devenido en una guerra abierta- entre Estados Unidos y los países imperialistas tradicionales de la OTAN con Rusia. Es decir: estamos en presencia de dos conflictos superpuestos que hay que saber combinar correctamente para no perder la ubicación política principista[1].

Simultáneamente, otro elemento de enorme complejidad es que no se trata de una guerra de autodeterminación nacional y/o liberación nacional dirigida por una dirección antiimperialista como la mayoría de este tipo de conflictos en el siglo pasado, sino de una legítima pelea por la autodeterminación nacional dirigida por una dirección abiertamente pro-imperialista como la de Zelensky (lo que está confundiendo a muchas corrientes de la izquierda que van a la rastra de dicha dirección).

Si se quiere, además, el tercer elemento que no puede perderse de vista es que entre Ucrania y Rusia existe un trasfondo histórico de enorme densidad en el hecho que durante parte importante del siglo veinte Rusia era la URSS, es decir, un país considerado como un “Estado socialista” que bajo el estalinismo relanzó los mecanismos gran rusos de opresión nacional (entre ellos, el exterminio por hambre del Holodomor a comienzos de los años 1930[2]), cuestión que permanece en la conciencia del pueblo ucraniano hasta el día de hoy.

Vistas estas complejidades del actual enfrentamiento guerrero, es evidente que se necesita un manejo sutil, repetimos, de nuestras herramientas marxistas; manejo que desafía todo esquematismo para ubicarse correctamente en la contienda.

En este contexto vienen expresándose cuatro posiciones respecto del conflicto en el seno del marxismo revolucionario (un conflicto que dadas sus enormes contradicciones, cuesta mucho ser leído hacia la izquierda y confunde a la mayoría sobre todo en la región sur del mundo).

Esta afirmación remite a el hecho objetivo de que si la resistencia del pueblo ucraniano ha desatado muestras de solidaridad internacional, dichas muestras -en muchos países- están copadas por las fuerzas reaccionarias imperialistas o proimperialistas. Por lo demás, Volodimir Zelensky, el elemento visible de dirección, al apelar día y noche a la OTAN y a las potencias imperialistas occidentales, dificulta, evidentemente, una lectura desde la izquierda de la contienda.

Una primera posición solo ve la lucha por la autodeterminación ucraniana perdiendo de vista los elementos de conflicto –pero no guerra, insistimos- interimperialista. Una segunda que reduce el conflicto a un mero enfrentamiento interimperialista perdiendo de vista los derechos a la autodeterminación del pueblo ucraniano. Una tercera, tiene un ángulo campista que –abierta o vergonzantemente- se desliza hacia la defensa de Rusia frente al imperialismo occidental desconociendo toda legitimidad al reclamo ucraniano. Y la cuarta, que es la nuestra y de algunas otras corrientes también, opina que existe una guerra legítima por la autodeterminación de Ucrania (progresiva) combinada con un conflicto interimperialista entre el imperialismo tradicional y el atípico –por así decirlo- imperialismo ruso en reconstrucción, (conflicto, este último, reaccionario).

Cegueras “eurocéntricas”

La primera posición la observamos –centralmente- en las corrientes encuadradas en la corriente internacional mandelista (así como en algunas corrientes latinoamericanas, la UIT y la LITCI, tradicionalmente marcadas por el objetivismo[3]). Se trata de corrientes que defendiendo correctamente el derecho a la autodeterminación ucraniana. Niegan el alineamiento de Zelensky con Estados Unidos y la Unión Europea, y asumen a-críticamente el envió de armas que estas potencias proporcionan.

Este deslizamiento es grave sobre todo cuando se trata de corrientes cuyo asentamiento europeo occidental debería obligarlas a tener una mayor delimitación principista de su propio imperialista. Es decir: evitar un deslizamiento nacional-imperialista que sólo podemos explicar por una mirada eurocéntrica de los asuntos internacionales: la incapacidad de dar cuenta desde dónde se habla y emite posiciones[4].

Este es el caso, por ejemplo, de Pierre Rousset, importante dirigente de la corriente mandelista que, en un inicial texto de su autoría, pierde de vista referencias elementales: no establece delimitación alguna con la dirección de Volodimir Zelensky ni problematiza el involucramiento de la OTAN en el conflicto.

Es decir: no logra dar cuenta de la contradicción específica de la actual lucha por la autodeterminación ucraniana. Es que a diferencia de otras luchas por la autodeterminación nacional en el siglo pasado, la actual pelea del pueblo ucraniano está encabezada por una dirección pro-imperialista occidental, lo que introduce una serie de problemas específicos, dado que el curso del proceso ucraniano no es independiente sino que se orienta, al menos hasta el momento, de cabeza para el lado de la UE y la OTAN.

Aquí caben dos consideraciones. La primera es que el carácter de la dirección reconocida del proceso -al menos por arriba; por abajo las cosas son más complejas, volveremos- que no anula el elemento de la legitimidad de la causa nacional ucraniana. Ni sella automáticamente un desenlace derechista del proceso. Tiene, sin embargo, un peso inmenso que en ningún abordaje independiente del conflicto se puede perder de vista. Esto remite al carácter no independiente de Zelensky y su equipo, una cuestión que –vergonzosamente- no tiene ninguna problematización en el abordaje de Rousset, amén que toma demasiado livianamente el envió de armas desde los países imperialistas[5].

Por lo demás, el segundo problema es la ceguera frente al despliegue de la OTAN. Despliegue ahora corregido y aumentado en la última reunión en Madrid, que si se auto-justifica en la acción guerrera de Putin –¡aunque la presión de la OTAN sobre el este europeo venía de antes, lo que tampoco justifica la invasión de Putin!-, no es menos real. La OTAN, instrumento enemigo de los pueblo, se aprovecha de la excusa para fortalecerse y redesplegarse: la votación en Alemania de aumento del presupuesto militar del 1.5% al 2.0% del producto, el plebiscito por el cual Dinamarca se sumó al esfuerzo militar europeo (venía negándose a ello hace décadas), el plan de los EE.UU. de mayor despliegue de tropas en el este europeo, el pedido de adhesión de Suecia y Finlandia a la OTAN, etc., son todos datos relevantes en este sentido –aun sí no todo lo que brilla es oro, y tanto Alemania como Francia, por ejemplo, carecen de las suficientes armas pesadas de relevo como para hacer envíos sustanciales de armas a Ucrania, por ejemplo-.

Rousset saca conclusiones mecánicas sobre un eventual triunfo de Ucrania en el conflicto con Rusia. Al ser tan complejo el escenario, hay que ser cautos en los pronósticos y no afirmar de manera esquemática -como lo ha hecho Gilbert Achcar en sus primeros textos, los más nuevos no hemos podido revisarlos aun-, que una derrota de Rusia no fortalecería a la OTAN.

Sin embargo, esta es una visión simplista de los asuntos. Nuestra defensa de la resistencia ucraniana es incondicional. Pero también es verdad que sin un curso independiente de parte de la lucha ucraniana, sin la aparición de una alternativa desde la izquierda en el terreno, sin que el pueblo ucraniano se niegue a ser marioneta de nadie –cuestión que está abierta y no es descartable; dependerá de los pormenores de la lucha- es difícil que el imperialismo occidental no se vea fortalecido, más allá de que, de momento, el escenario aparece mixto con Rusia tomando la delantera en el este y en el sur de Ucrania en este tercer momento de la guerra y el occidente capitalista sintiendo los rigores de las consecuencias económicas de sus propias sanciones…

La ceguera con el propio imperialismo reenvía a este mismo punto: la falta de un abordaje crítico respecto de la dirección de Zelensky aún si es un hecho que por abajo, en Ucrania misma, parece desarrollarse en determinados poblados y regiones –incluso en su momento en Kiev y quizás Kharkov- elementos de acción y organización independiente.

Le Monde dedicó un largo informe en su edición del 31/05/22 a Mykolaïv, ciudad que presenta como un “modelo de resistencia popular a la invasión” (dato que no podemos confirmar). Pone incluso citas dándole la palabra a las personas en la resistencia que manifiestan que “La era soviética fue uno de los períodos más prósperos para nosotros gracias a las fuerzas navales rusas”, pero agrega que la opinión evolucionó desde la ocupación de Crimea y que ahora los vecinos afirman “No cederemos un metro de territorio a los rusos”.

La nota continua contando que existen numerosas asociaciones voluntarias desde abajo que cubren lo que el Estado no logra alcanzar; que voluntarios y voluntarias fabrican bombas artesanales, así como se toman varios comentarios que exigen el envió de armas a Occidente…

La segunda posición es la que niega, lisa y llanamente, el derecho a la autodeterminación ucraniana. Ve solamente el conflicto interimperialista entre la OTAN y Rusia, transformándolo en una guerra interimperialista lisa y llana que no es tal (al menos no por ahora). Esta posición, simétricamente opuesta a la de la corriente mandelista es la que sostiene el SWP de Gran Bretaña entre otras organizaciones. Si bien denuncian correctamente su propio imperialismo, repiten su ceguera habitual respecto de los problemas de autodeterminación nacional y no parece defender el derecho del pueblo ucraniano a su propia nación.

Contradictorio pero real, Ucrania conquistó su independencia cuando la restauración capitalista en 1991. Y si algo quedó claro desde el inicio de la ofensiva rusa sobre Ucrania es que el sentimiento nacional ucraniano, forjado en mil y una problemáticas generadas antiguamente por el zarismo y sobre todo por la opresión estalinista durante el siglo veinte, es un sentimiento fuertemente arraigado que parece englobar toda su población, ucraniano hablantes y ruso hablantes por igual[6].

Ocurre que uno de los elementos más ridículos y que más han quedado expuestos del discurso de Putin es que nadie recibió al ejército ruso con flores en mano vitoreando a los “liberadores”. Y mucho menos después que se decantara por la táctica de martillar con la artillería sobre las ciudades y poblados reduciéndolos a polvo (¡es imposible ganar a nadie para la propia causa de esa manera!).

Putin desembarcó en Ucrania con el discurso que es el verdadero “descomunizador”. Además, se dedicó a criticar a Lenin, que según Putin habría sido el responsable de poner la “bomba” para que implosione la Unión Soviética al plantear el derecho a la autodeterminación de las naciones. Es decir, Putin defiende la nueva Rusia como imperialismo emergente; una renovada versión de la histórica cárcel de pueblos que fue el Estado ruso desde el zarismo.

De ahí que la posición que sólo ve un enfrentamiento interimperialista al que transforma, a la vez, en una guerra lisa y llana, y pierde de vista la justa lucha del pueblo ucraniano por su autodeterminación, cae en otra simplificación anti-dialéctica.

Llama la atención que una corriente que calificaba a la ex URSS bajo el estalinismo como “capitalismo de Estado” debido a su degeneración (definición que no compartimos, pero eso es harina de otro costal), pierda de vista estas cuestiones elementales. Al menos, deberían haber advertido que, desde la estalinización, –pasado el momento del descalabro de los años 1990- Rusia recuperó elementos característicos del zarismo volviendo a configurarse como cárcel de pueblos. Como una estructura estatal basada en la opresión nacional sobre las poblaciones no rusas (característica típica del expansionismo ruso): “El sistema no devino profundamente burocratizado debido a la necesidad de controlar las nacionalidades; controlaba las nacionalidades, así como la economía, la cultura y el resto de las cosas, porque era burocrático –y esto por muchas razones (…) En el análisis final, el régimen se quebró y cayó debido a su esencia burocrática” (Russia/USSR/Rusia. The drive and drift of a superestate. The New Press, New York, 1995, pp. 272).

El problema de entender las formas específicas de cada formación social y no quedarse con las formas dominantes en el Occidente capitalista es fundamental para tener una visión internacionalista de los asuntos. Esto es algo de lo que mucho se habla pero pocas corrientes logran y que debe encararse yendo contra las presiones nacionales del asentamiento principal cada corriente.

Repetimos a propósito de nuestro viaje reciente: En general no se entienden –realmente- las consecuencias sumamente dañinas de la inexistencia de una verdadera internacional revolucionaria. Algo que no puede responderse a sola voluntad de los socialistas revolucionarios, evidentemente, sino que depende de determinadas condiciones de la lucha de clases que hoy todavía no están dadas. Sin embargo, esta carencia puede hacerse consciente para tratar de evitar los males del “provincianismo” (es decir, hacer universales las circunstancias propias).

El retorno del campismo  

La tercera posición es la que se inclina por Rusia en la contienda con Ucrania (posición característica del PO argentino y también –ahora- del PTS). Se trata de una posición –escandalosa- donde la defensa principista del derecho a la autodeterminación ucraniana, desaparece.

La lógica de esta posición es totalmente instrumental: una típica mirada desde arriba que pierde de vista las coordenadas fundamentales del marxismo, que se ancla siempre en la lucha de clases. Las personas de carne y hueso, sus intereses y subjetividades no existen, sólo serían marionetas de las potencias en conflicto.

Así las cosas, lo que estaríamos viendo, visto desde la posición campista, es una guerra de agresión de la OTAN contra Rusia, un país considerado por Emilio Albamonte (dirigente del PTS argentino) como dependiente. Agresión que se sustancia en suelo ucraniano, pero en la cual los ucranianos no tendrían arte ni parte en el asunto

Al contrario de lo que piensa Albamonte, el enfrentamiento entre Rusia y Ucrania se trata esencialmente de la invasión opresiva a Ucrania –el verdadero país dependiente involucrado en la contienda; el más pobre de Europa[7]– por parte de un imperialismo atrasado en reconstrucción, Rusia, país imperialista al fin, si bien atípico, con características específicas.

Una guerra que se sustancia sobre el trasfondo, es verdad, de un conflicto creciente entre Rusia y el imperialismo occidental, pero que no ha devenido –al menos, no por ahora- en una guerra abierta entre ellos. Toda esta complejidad de la cuestión se le escapa a Albamonte en su recaída campista.

La posición del PTS sobre el conflicto parecía entrañar matices más ricos entre los textos de Maiello y Mercatante, más equilibrados, y los de Juan Chingo, extremadamente campistas. Sin embargo, en el reciente congreso de esta organización, la posición parece haber decantado radicalmente al campismo.

La izquierda diario publicó una intervención de Emilio Albamonte, “La guerra en Ucrania y el método de análisis de la situación mundial”, donde, en respuesta a un debate generado por algún sector de la militancia que sostenía que Rusia tiene rasgos imperialistas, termina inclinando la vara brutalmente hacia el campismo, negando que Rusia sea un imperialismo y desconociendo toda legitimidad a la resistencia ucraniana[8].

Ya hemos criticado el campismo de Albamonte en otros textos (“Un relato apologético del estalinismo. Una polémica con Emilio Albamonte sobre el balance del siglo veinte, el estalinismo y la revolución socialista”[9]). En este caso, con la excusa de un análisis de la “totalidad”, se avasalla impunemente los derechos nacionales de la población ucraniana, una grave capitulación política.

Yendo por partes, el problema comienza con una caracterización equivocada de la Rusia actual, economicista. Está claro que Rusia no es un imperialismo tradicional, es decir, moderno. Su estructura económica-social es muy dependiente de la producción y exportación de materias primas aunque también mantiene ramas de punta en el terreno militar y aeroespacial (en este terreno, aparentemente, depende mucho sin embargo de la importación de partes, especialmente de microchips, entre otros).

Sin embargo varias de sus empresas dedicadas a la operación de las materias primas tienen cierto rango internacional: Lukoil, petróleo y gas; Gazprom, petróleo y gas; Hosnett, petróleo y gas; Sovkomflot, transporte; Severgroup, conglomerado; En (mas), conglomerado; Atomenergoprom, energía nuclear; Evraz, acero; RussianRailways, transporte; TMK, acero; Eurochen, química; Sistema, conglomerado; NLMK, acero; Zarubezhneft, petróleo y gas; Polymetal, metales no ferrosos; etc (“Sobre la dinámica de la guerra en Ucrania”, izquierda web), y se nos escapan acá las empresas dedicadas a la producción y exportacion de armas, rama en la cual Rusia sería –es- la segunda internacionalmente detrás de Estados Unidos.

Más allá de lo anterior, el abordaje economicista se hace ciego, abstracto, frente a los rasgos específicos del imperialismo –en reconstrucción- Ruso. Lenin había advertido en 1914 que Rusia era un “imperialismo bárbaro”. Es decir: un imperialismo atrasado apoyado no centralmente en la exportación de capitales sino en el poderío militar y la lógica territorial (está claro que Lenin no fue defensista de Rusia en la Primera Guerra Mundial; ¡fue Plejanov!).

El marxista polaco Zbigniew Kowalewski ha insistido de manera aguda -y con conocimiento en el terreno- en el carácter extensivo de la explotación imperialista dentro de la propia Rusia. Su expansión histórica sobre amplios territorios allende el núcleo europeo del país, etc., rasgo específico –es decir, histórico-concreto- de Rusia, amén que, atención, hoy en día todas las relaciones económicas en Rusia, aun a pesar de sus rasgos capitalistas de Estado, lo que supone también cierta mezcla de economía y política, son relaciones económicas fundadas en las relaciones de valor-trabajo (en el mercado).

“La restauración del capitalismo en Rusia completó parcialmente y reemplazó parcialmente los monopolios extraeconómicos, debilitados y truncados después de la ruptura de la URSS, con el poderío del capital financiero monopólico sostenido desde el aparato de Estado. El imperialismo ruso reconstruido sobre estas bases permanece como un fenómeno interno y externo, operando en ambos lados de la frontera rusa, que está comenzándose a moverse nuevamente. Las autoridades rusas han construido megacorporaciones estatales que tienen el monopolio de la colonización interna del este de Siberia y el extremo oriente. Estas regiones poseen pozos petrolíferos y otras fuentes de materias primas. Y tienen acceso privilegiado a los nuevos mercados globales en China y el hemisferio occidental” (“Russian Imperialism. From the Tsar to today, via Stalin, the imperialism will marks the history of Russia”, Zbigniew Marcin Kowaleski, 2/03/22).

Otro argumento de la posición campista es el geopolítico: Estados Unidos quieren desmembrar y semicolonizar Rusia. En las últimas décadas, las políticas del imperialismo occidental fueron cambiando. Comenzaron por el intento semicolonizador en los años 1990 bajo Yeltsin, pero luego, con el viraje de Putin a restablecer la Gran Rusia, trataron de convivir con él, aunque manteniendo la expansión de la OTAN hasta sus fronteras.

Esta claro que ahora entramos en un tercer momento donde la OTAN buscar reforzarse estratégicamente y lanza un plan a diez años que coloca a Rusia (y a China) como principales adversarios; de esto se trató la reciente reunión en Madrid.

Pero un enfrentamiento geopolítico entre potencias más fuertes y/o más débiles imperialistas -o imperiales- que dominan cada una partes del mundo, de sus zonas de influencia, no cambia la naturaleza de las cosas. Estados Unidos y la Unión Europea encontraron con la invasión a Ucrania una justificación para debilitar a Rusia, y, por elevación, algo mucho más difícil: debilitar a China (aún a riesgo de debilitar la globalización, una contradicción…[10]).

Pero si los imperialismos tradicionales o en construcción o reconstrucción buscan en sus enfrentamientos debilitarse unos a otros, esto no cambia su carácter: “La teoría de la revolución permanente se aplica a los países de desarrollo burgués retrasado y, fundamentalmente, a los semicoloniales. A Rusia [Trotsky] la considera como un país de desarrollo burgués retrasado, es decir, no imperialista (…) Si se le ponen sanciones a China, por menores que sean, empieza una tendencia a dos bloques, un bloque imperialista encabezado por la OTAN y un bloque de países como China y Rusia. Esto puede crear una situación mundial nueva, y creo que es lo más probable como perspectiva tal como se esta desarrollando la situación mundial. Es muy difícil retroceder al status quo anterior”. (Albamonte, ídem). Y se agrega: “(…) si fuera por el problema de autodeterminación nacional estaríamos con Ucrania (…) Pero Ucrania no es un país dependiente o una semicolonia cualquiera sino que por votación, porque hicieron un golpe, etc., etc., se propuso como un apéndice de la Unión Europea y si es posible de la OTAN” (Albamonte, ídem).

Estas definiciones son un escándalo político: ¡acaban demoliendo toda ubicación independiente y caen en el campismo más grosero! No se sabe de dónde se saca que para Trotsky “Rusia no era imperialista: “(…) Rusia como gran potencia que era, no podía permanecer al margen de aquellas disputas de los países capitalistas más avanzados, del mismo modo que, en la época anterior, no había podido abstenerse de introducir en el país fábricas, ferrocarriles, fusiles de tiro rápido y aeroplanos (…) En el fondo, el imperialismo de la burguesía rusa, con su doble faz, no era más que un agente mediador de otras potencias mundiales más poderosas” (Historia de la Revolución Rusa, tomo 1, pp. 41/2, Antídoto-Gallo Rojo, Argentina, 2021).

Como se aprecia en esta simple cita, la definición básica de Trotsky apuntaba al extremo desarrollo desigual de la última etapa de los zares, donde fábricas inmensas como la Putilov se combinan con la dependencia extrema del capital financiero extranjero, sobre todo francés, por eso habla de la “doble faz” de la burguesía rusa… En todo caso, esta exégesis es lo menos importante (y para la época nos parecen más sustantivas las posiciones de Lenin).

Lo que nos importa señalar son dos cosas: primero, que al pasarse a la posición de que Ucrania sería una suerte de “enclave del imperialismo occidental” (¡algo parecido a los kelpers británicos en las Islas Malvinas argentinas!), se le niega todo derecho a la autodeterminación a su población y se legitima la invasión rusa (los ucranianos se habrían propuesto como “apéndice de la OTAN” no se sabe por qué capricho…). Esta posición del PTS es nueva. Y es un escándalo porque la naturaleza proimperialismo tradicional de Zelensky no puede avasallar -en un operativo superestructural desencarnado de la experiencia de las masas- las relaciones estructurales e históricas de opresión gran rusa sobre Ucrania (que tienen mucho que decir sobre la dinámica de los asuntos).

Segundo, el otro escándalo es que, por anticipado, se avizora un enfrentamiento (incluso militar) entre las potencias imperialistas tradicionales, por un lado, y China y Rusia, a las que se considera no imperialistas. Se dibuja así un escenario campista que no tiene bases materiales. Que peca de provincianismo perdiendo de vista el conjunto de las relaciones de explotación y dominio que China y Rusia tienen establecidas sobre su propio campo de acción y cuya política exterior es expresión: ni más ni menos que la escena euroasiática y el sudeste asiático, así sea, efectivamente, en competencia con los Estados Unidos y consortes (que restan como el imperialismo más fuerte).

Es verdad que el retorno al statu quo anterior a la contienda ucraniana es prácticamente imposible; pero esto admite dos matices. Por un lado, que la Unión Europea no tiene exactamente la misma política que EE.UU. hacia Rusia, aunque se encuentra mayormente sometido a él. Y segundo, que si la dinámica estructural adelanta eventualmente un conflicto mayor hay que apreciar las circunstancias concretas que lo rodeen antes de tomar definiciones (cada conflicto debe ser apreciado de manera concreta y las guerras mucho más).

De momento el conflicto concreto que existe es la de Ucrania producto de la invasión rusa. Flaco favor le haríamos si, en lugar de una respuesta revolucionaria, cegamos la mirada sobre la justa lucha ucraniana con una lógica campista o si, por otro lado, perdiéramos de vista el problema real de la OTAN y su expansión, olvidándonos cretinamente del imperialismo en el propio país.


 

[1] Atención que, hasta el momento, la única guerra como tal es la que desencadenó Rusia contra Ucrania cualesquiera sean las “ayudas” militares reales que la OTAN efectivamente le esta prestando a Ucrania.

[2] Recomendamos leer a este respecto nuestros “Apuntes metodológicos a propósito de la colectivización forzosa estalinista”.

[3] El objetivismo en este caso sería la creencia que la lucha legitima por la autodeterminación nacional se traduciría automáticamente en una lectura por la izquierda del conflicto en el terreno –cosa contraria a los hechos debido al espesor de problemas históricos existentes en Ucrania luego del estalinismo-. Objetivismo, demás, debido a una dramática ceguera respecto del aprovechamiento de la OTAN para rearmarse con la excusa de la invasión rusa a Ucrania, una OTAN que acaba de realizar en Madrid una reunión para poner en marchas planes de expansión y reforzamiento.

[4] La delimitación del propio imperialismo es uno de los criterios de principios más importantes de la política revolucionaria sobre todo para las corrientes cuyo asiento está en dichos países.

[5] “En esta hora de grave peligro, en solidaridad con la resistencia ucraniana, reconstruyamos el movimiento antiguerra internacional”, Mark Johnson y Pierre Rousset, 29/03/22.

El problema de las armas tiene su complejidad porque si uno desciende al terreno ucraniano seguramente la gente en la resistencia lo interrogaría al respecto. Pero la cuestión no puede ser escindida del carácter del gobierno de Zelensky, que si tuviera otra orientación política apelaría, evidentemente, a otros puntos de apoyo, otras ayudas incluso en el terreno militar que no las del imperialismo tradicional.

[6] Es bastante obvio que si te bombardean día y noche muy favorable a lo que los hacen no vas a ser…

[7] Desde 1991 la caída del producto en Ucrania pasó de 450.000 millones de dólares a escasos 150.000 millones actuales. No tenemos claro como distribuye la población ucraniana las responsabilidades por esto, pero si parece evidente que la población más joven del país mira más hacia Europa occidental que hacia Rusia en materia de perspectivas. Y en política revolucionaria debemos partir de las realidades y no de fantasías. Además de la mayor bonanza, está claro que en todo pesa los desastres del estalinismo en Ucrania aun si estos se superponen con algunos momentos de bienestar también vinculados al “Estado benefactor” posestalinista y los elementos de industrialización de posguerra.

[8] Como criterio metodológico de que Rusia no tendría rasgos imperialistas por no exportar capitales, Albamonte presenta al marxismo como “una ciencia positiva” y toma a la dialéctica como “la ciencia de los límites”… El tomar los simples hechos como válidos es peligroso, porque le mella al marxismo su ángulo crítico. Hechos, que para hacerlos hablar, hay que abordarlos siempre críticamente. (La insistencia de Daniel Bensaïd sobre el marxismo como “ciencia alemana”, es decir, ciencia crítica, y no meramente positiva, parece atinada a este respecto, Marx intempestivo.)

Por lo demás, la definición de la dialéctica como “ciencia de los límites” es interesante si, al mismo tiempo, se afirma que es también la ciencia de la contradicción y del desarrollo histórico-concreto de los fenómenos. Es decir, de los límites que de tiempo en tiempo se desbordan (Trotsky, Escritos sobre Lenin, dialéctica y evolucionismo), algo importante para no caer en el doctrinarismo.

[9] La lógica del campismo es la del tercero excluido: habría solo dos bandos y habría que optar por uno de ellos. Sostener una posición independiente, sería imposible –fuera de agenda-. Algo característico de la IV Internacional en la posguerra.

[10] Parte de las preocupaciones del imperialismo occidental por China es el movimiento contradictorio por el cual su mercado es demasiado grande para ser desconocido, y, a la vez, se ha puesto en marcha una dinámica de cierta relocalización de algunos negocios fuera de la propia China dadas las señales del alerta lanzadas por el conflicto en Ucrania. Un equilibrio muy difícil, que de todas maneras aun no se ha roto del todo y cuya evolución final es aun difícil de anticipar (la tendencia estructural es al conflicto; la dinámica real hay que apreciarla paso a paso).

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