Reino Unido: la clase trabajadora en el centro del «verano del descontento»

La clase trabajadora británica, ese gigante dormido desde hace varias décadas, se está convirtiendo en protagonista de la situación política inglesa. Mientras la crisis energética y la incipiente recesión suman incertidumbre al futuro de la economía, cientos de miles de trabajadores dicen "presente" y ponen nervioso al gobierno de los conservadores.

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Un proceso masivo y universal

La semana pasada, 45.000 trabajadores ferroviarios sindicalizados en el RMT (Trenes, marítimos y transporte) terminaron su tercera ronda de huelga a en pocos meses. La huelga ferroviaria ya se convirtió en un suceso político nacional. Mick Lynch, secretario general del RMT, ya es una suerte de «celebridad sindical» y gana influencia en la opinión pública.

Esta semana están de paro 115.000 trabajadores del correo británico, que extenderán la medida hasta el 31 de agosto, y la replicarán en la segunda semana de septiembre. Se espera que la acción genere un impacto de 100 millones de libras esterlinas en pérdidas para la empresa Royal Mail.

El impacto de las huelgas sobre el funcionamiento es la economía es innegable. Durante agosto, los viajes en subte se redujeron un 90% por los paros de sus trabajadores. Sumado a las huelgas de ferroviarios y choferes de colectivos, el caos del transporte metropolitano fue total.

Y el proceso está lejos de terminar: se esperan decenas de nuevas huelgas para las próximas semanas. Durante el mes de septiembre, muchos sindicatos realizarán «consultas» de base entre sus afiliados, de las que probablemente surgirán nuevas medidas de fuerza. El fenómeno es especialmente fuerte en el área de los servicios básicos, esos que fueran estatales y luego privatizados durante el neoliberalismo: transporte, limpieza urbana, salud, correos y comunicaciones.

En Escocia son los trabajadores de recolección de basura. Se espera que los enfermeros convoquen la primera huelga nacional de su historia en el Reino Unido. También los docentes, bomberos y hasta los abogados podrían parar en las próximas semanas. La masividad del proceso puede comprobarse no sólo por los trabajadores que están efectivamente de paro, sino por el extendido apoyo popular a las acciones huelguísticas. Las últimas encuestas arrojan que el 70% de la población inglesa apoya las medidas de huelga realizadas por los trabajadores ferroviarios.

Muchos analistas señalan aquí la importancia de la experiencia pandémica, que puso sobre la mesa la importancia de los trabajadores «esenciales» para el sostenimiento de la economía y de la vida diaria de toda la sociedad. A pesar del encierro y la atomización que marcaron el 2020, el despertar obrero está recuperando aquellos elementos de solidaridad que surgieron en el marco de las cuarentenas.

Todos estos casos son parte de un proceso nacional y continental: una ola de huelgas motorizada por la inflación, el encarecimiento de la energía y el peligro de una recesión en puertas. Tras ya más de dos meses de huelga tras huelga en todo el país, es claro que no se trata de un simple «chasquido», sino de un verdadero movimiento huelguístico, un proceso que involucra a cientos de miles (e incluso a millones) de trabajadores y que está interviniendo activamente la situación política británica.

El rumbo que tome el movimiento huelguístico (su continuidad, su endurecimiento, su radicalización o, por el contrario, su reabsorción o su derrota) tendrá seguramente consecuencias a mediano plazo en la coyuntura de un país marcado por las consecuencias de la guerra pero también por la crisis política y la caída de Boris Johnson.

Entran en escena los sectores concentrados

La semana pasado, 2.000 estibadores paralizaron el mayor puerto inglés en Felixtowe, Suffolk. La multinacional Hutchinson, que opera el puerto de Felixtowe, perdió miles de libras esterlinas, y el 40% de la entrada y salida diaria de containers debió ser suspendida o redireccionada.

En cierto sentido, el paro de los portuarios resultó una novedad dentro de proceso huelguístico británico. Si bien es verdad que la parálisis del transporte golpeó el normal funcionamiento del capitalismo británico, hasta el momento la mayoría de las huelgas venían dándose en el sector servicios.

Pero también es cierto que en el resto de Europa venían viéndose casos similares. En Alemania, 12.000 trabajadores portuarios paralizado los puertos de las principales ciudades a finales de junio. Aproximadamente 3 millones de metalúrgicos pararon en el mismo país reclamando un aumento salarial. La industria petrolero se paralizó momentáneamente en Francia y Noruega. La huelga del país nórdico suspendió el 13% de su producción gasífera y 130.000 barriles de petróleo.

Una muestra más de cómo la creciente inflación está unificando los reclamos sectores muy distintos de la clase trabajadora británica y europea. Petroleros y carteros, ferroviarios y enfermeras, metalúrgicos y recolectores de basura unificados por un mismo reclamo: el salario.

La burguesía teme la huelga general

«Hay un nivel de ira que nunca he visto» dijo recientemente en el Congreso de Sindicatos británicos Kevin Rowan, uno de sus dirigentes.

Los aumentos salariales promedio están siendo de entre el 3% y el 8%, mientras que la inflación ya llegó al 11,8% y ya es la más alta en 40 años, pero podría llegar al 13% hacia diciembre y al 18% a principios del 2023. El salario de los trabajadores públicos estuvo estancado durante los últimos 10 años, y está muy por debajo del salario medio del sector privado. Estamos hablando de un universo de 5,5 millones de trabajadores.

De conjunto, la caída del poder adquisitivo en proceso es la más grande en al menos 20 años. La estructura social inglesa se modificará en consonancia con el creciente aumento de la desigualdad. Como está sucediendo en todo el mundo, miles de trabajadores cruzarán la línea que separa a la «clase media» de la pobreza.

Con estos números, no debería resultar sorprendente que la clase obrera inglesa esté acumulando toneladas de ira en su interior.

Tampoco es sorprendente que la burocracia sindical británica, el Partido Laborista y el gobierno de los tories estén preocupados por el futuro del movimiento huelguístico. En el último tiempo, todo el establishment británico tomó explícitamente posiciones anti – sindicales. El líder laborista Sir Keir Starmer prohibió a sus subordinados que visiten los piquetes obreros. Un trabajador ferroviario recogió este hecho ante la prensa: «El Partido Laborista fue creado para defender a la clase trabajadora. Ese es su mandato y su líder no está defendiendo el único derecho básico que tienen los trabajadores [el derecho a huelga]».

Hace pocos días, los dos candidatos para suceder a Boris Johnson como primer ministro, Liz Truss (actual ministra del Exterior) y Rishi Sunak (ex ministro de Economía), se pronunciaron en vivo a favor de limitar o incluso prohibir el derecho a huelga en los sectores de trabajadores de servicios estatales.

 

Durante varias semanas, el gobierno británico y los principales medios de comunicación habían intentado relativizar el impacto de las huelgas sobre la economía. Como las huelgas ya son demasiado importantes para ignorarlas, ahora los tories optaron por el confrontamiento y las amenazas.

El «verano del descontento»

«El próximo primer ministro británico heredará las peores relaciones con sindicatos y trabajadores desde los ’70s, con millones de trabajadores del sector público enojados por la pérdida de salario frente a la inflación», citaba el medo especializado Bloomberg un mes atrás. Para dimensionar la profundidad del problema es necesario comprender el historial «huelguístico» del Reino Unido.

La clase trabajadora inglesa nació siendo la más fuerte del planeta. La primacía inglesa en el capitalismo naciente le dio una centralidad internacional innegable. Tal vez por eso fue también una de las primeras en perder sus sindicatos a manos de la burocracia sindical. Desde hace más de 100 años, las trade unions inglesas dieron un modelo para el sindicalismo corporativista de todo el planeta.

Desde fines del XIX hasta principios del XX, las huelgas mineras inglesas e irlandesas sacudieron Gran Bretaña, interrumpidas por la Primera Guerra. Este período de gran conflictividad culminó en 1926 con la última huelga general que vio el país insular, pero que fue derrotada.

Desde ese momento, la curva de la conflictividad laboral pasó a una interminable meseta. Desde 1926 hasta 1972 hay casi 50 años de pasividad en consonancia con el «boom» del capitalismo y la «reconstrucción» de la posguerra. Durante las décadas de 1970 y 1980, un nuevo ascenso huelguístico marcó la situación del país como respuesta a las contrarreformas neoliberales de Margaret Thatcher. En 1972 y 1984 hubo importantes huelgas mineras, algo menores en términos cuantitativos a las de 1891 y 1909. En 1979 se dio lo que se conoce como el «invierno del descontento» (winter of discontent).

Este ascenso rompió con la pasividad de los 45 años anteriores pero, aún así, la envergadura de las huelgas fue incomparablemente menor a la del Black Friday (huelga minera que se «contagió» a los ferrocarriles en 1921) y de la huelga general de 1926. En cantidad de día de trabajo de paro anual a nivel nacional, los procesos de los ’70 y ’80 fueron 8 veces menores a la huelga general del ’26.

Tras la derrota de la ola huelguística de los ’80 han pasado 38 años de casi inexistente conflictividad sindical en lo que respecta a huelgas masivas. Obviamente, la conflictividad laboral no puede nunca desaparecer completamente mientras sigan existiendo patrones y asalariados. Pero ahora el ascenso huelguístico ha tomado dimensiones difíciles de ignorar. Los medios y analistas británicos parecen entre maravillados y aterrados. Se habla del «verano del descontento» en referencia al invierno del ’79, de un «revival sindical», del «regreso de la clase obrera».

En realidad, como ya hemos señalado desde este medio, la clase obrera nunca «se fue». Hubo quien la dio por muerta hacia fines de siglo, luego de la caída del Muro de Berlín y del final de la Guerra Fría. Pero el reordenamiento geopolítico globalizador no cambió la esencia de las relaciones sociales. La sociedad sigue dividida en capitalistas y asalariados, incluso mucho más universalmente que antes.

Pero sí es cierto que algo ha cambiado en la subjetividad de millones. Lo que demuestran las huelgas es que los trabajadores comenzaron a salir de un largo adormecimiento.

No se trata de simples huelgas «reactivas», espontáneas contra el alza de los precios. Los trabajadores que van al paro están cuestionando progresivamente el status quo laboral de las últimas décadas. La clase obrera inglesa está cansada de recibir golpes. Y, tras casi 4 décadas de neoliberalismo y austeridad, el solo hecho de defender el salario frente a la inflación se convierte en una actitud amenazante para los planes del capitalismo británico. Esto es lo que explica el pavor del gobierno tory frente a las huelgas.

«En Reino Unido, para muchos políticos, periodistas, empresarios, sindicalistas y votantes, algunos de los cuales ni siquiera estaban vivos cuando ocurrió, el invierno del descontento sigue siendo un punto de referencia: un episodio infame o célebre, algo que hay que repetir – un modelo para convertir las huelgas de este año en un ‘verano del descontento’- o algo que no debe volver a suceder. En resumen, es considerado uno de los acontecimientos fundamentales del último medio siglo» (Andy Beckett, The Guardian, 07/2022).

El invierno del descontento de 1979 puso en crisis el paradigma de la posguerra en Gran Bretaña. El Partido Laborista, impulsor de la idea que trabajadores y empresarios podían «aliarse» para construir un capitalismo sin desigualdad, perdió el poder ante la contradicción insoluble de su base social obrera y su política empresarial en momentos de crisis económica. La burguesía británica impulsó entonces su última vacuna contra la «enfermedad» huelguística: el puño de hierro de Margaret Thatcher.

La primera ministra neoliberal demostró su vocación para derrotar las huelgas e impuso leyes sindicales flexibilizadas que dominan la vida de millones de trabajadores hasta el día de hoy. «Aunque la crisis del coste de vida ha sido el detonante de las huelgas de este año, la dura realidad laboral es el verdadero motivo de muchos de los paros actuales» (The Guardian).

Resulta casi gracioso que, para muchos analistas del progresismo burgués británico, el neoliberalismo tatcherista sea la consecuencia directa y no la contraofensiva contra el proceso huelguístico del «invierno del descontento». Pero en esta contradicción hay un elemento real: la traición del Partido Laborista hacia su base social (los trabajadores sindicalizados) le abrió la puerta a las derrotas obreras del thatcherismo, así como al avance de ideas reaccionarias en el seno de la clase trabajadora. Algo similar a lo ocurrido durante las últimas décadas con los partidos socialdemócratas de toda la Unión Europea. Desde la caída de los laboristas, la afiliación sindical se redujo casi a la mitad.

Sin embargo, hoy el escenario es bastante distinto. El verano del descontento encuentra al Reino Unido gobernado por los tories. El Partido Conservador atraviesa una crisis de gobierno con la caída de Johnson y viene de fracaso en fracaso tras el Brexit.

La sindicalización comienza, lentamente, a crecer luego de tres décadas de desafiliación. Esto a pesar de que el principal actor dirigente de las centrales obreras, el Partido Laborista, arrastra décadas de descrédito popular, y de las posiciones netamente anti – huelgísticas de su dirección.

Es innegable que existen cada vez más elementos de consciencia en las acciones huelguísticas. No sólo por los resultados positivos de las «consultas» sindicales, sino también por la miríada de «huelgas salvajes», surgidas desde la base, en lugares de trabajo de menor envergadura, como los depósitos de Amazon.

Además, las reivindicaciones enarboladas por las huelgas son casi universales, tienen una raigambre estructural en la situación económica internacional. Toda Europa vio huelgas de importancia en los últimos meses a raíz de la crisis energética y la inflación. Al otro lado del Atlántico, los trabajadores estadounidenses transitan un lento pero sostenido proceso de acumulación sindical y organizativa. En la periferia del planeta se ven rebeliones populares (a veces acompañadas ocasionalmente por huelgas generales) contra la carestía. Y en todos lados se espera con temor una nueva recesión.

Hoy en día, casi todo lo que sucede son malas noticias para la mayoría de la población. Salvo por las huelgas. La clase trabajadora está surgiendo como un nuevo actor en un escenario internacional plagada de problemas aparentemente irresolubles: la inflación, la crisis energética, la guerra, el enfrentamiento entre potencias imperialistas.

Es cierto que no alcanza con un sacudimiento huelguístico para solucionar los problemas del capitalismo en crisis hacia salidas globales. Esa es una de las lecciones que los analistas deberían tomar de los resultados del «invierno del descontento».

Pero, hasta aquí, todos los representantes de la burguesía han proporcionado sus recetas y han fracasado: los tories, los laboristas y socialdemócratas, los liberales globalizadores y los trumpistas. Aún resta ver qué tienen para decir los trabajadores sobre la crisis que recorre el planeta. Y las huelgas empiezan a transmitir y hacer oír esa voz.

En ese marco, la burguesía británica hace bien en tenerle miedo al fantasma de una posible huelga general. Si el proceso huelguístico sigue extendiéndose, podría transformarse en un problema tan urgente para el imperialismo británico como la crisis energética o la recesión.

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