Rearme en Alemania: El gigantesco paquete armamentístico de Olaf Scholz emprende un camino peligroso y equivocado

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  • Un cambio de paradigma en la política armamentística alemana desde la Segunda Guerra Mundial.

Jakob Augstein

Con la decisión por parte del Bundestag de aumentar el gasto armamentístico en 100.000 millones de euros como respuesta a la invasión rusa de Ucrania, alguna prensa alemana lo considera un nuevo 4 de agosto, una nueva Burgfrieden y un cambio de paradigma en la política armamentística alemana desde la Segunda Guerra Mundial. Este artículo del editor de Der Freitag analiza este renacimiento de lo que algunos ya han calificado de «espíritu del 1914». Traducción de Sin Permiso. Compartimos este artículo por su análisis de las implicancias del rearme alemán, no compartimos sus posiciones políticas. 

 

El domingo, el canciller Olaf Scholz declaró ante el Bundestag que el Bundeswehr (el ejército o fuerzas armadas de Alemania) sería dotado de un fondo especial de 100.000 millones de euros y el presupuesto de defensa ascendería en un futuro cercano a más del dos por ciento del producto interior bruto. Este tope no se había alcanzado nunca antes. ¿Qué hicieron los diputados? Se levantaron de sus sillas y aplaudieron durante un buen rato. Sí, las palabras del canciller se perdieron entre los aplausos. Fue espeluznante. Los parlamentarios alemanes celebraban el mayor rearme jamás visto en la historia de Alemania desde la Segunda Guerra Mundial. El silencio y una seriedad quieta habrían sido más apropiados. En lugar de eso, fue como si el Bundestag tuviera su momento de agosto ese día de febrero. Los diputados aprobaron los 100.000 millones en el edificio del Reichstag igual que sus predecesores habían aprobado los créditos de guerra en el verano de 1914: entusiasmados y con la conciencia tranquila.

Annalena Baerbock dijo la mañana siguiente a la invasión de Ucrania: «nos despertamos en un mundo diferente». ¿Es así? ¿No se reservan los países grandes y fanfarrones el derecho a intervenir militarmente en todas partes? Solo en raras ocasiones las razones son buenas -Bosnia-, en la mayoría de los casos son malas –Las Malvinas, Afganistán, Libia-, a veces no hay ninguna -Irak. La guerra es un medio habitual de la política incluso en nuestra época. ¿Realmente necesitamos recordarlo, ni siquiera un año después de que el ejército regresara de una guerra que ha durado veinte años?

La guerra en Ucrania es un crimen. Pero no es el cambio de paradigma que el público considera. Por el contrario, lo que sí es un cambio de paradigma es la respuesta alemana a la misma. Vladimir Putin carga con la responsabilidad de convertir el enquistado conflicto sobre Ucrania en una guerra en Europa. Pero Olaf Scholz es responsable de nuestra respuesta. La guerra de Putin es un error. Y nuestro alejamiento tanto de la política de contención militar como de la política hacia Rusia también es un error.

¿Está surgiendo un nuevo movimiento pacifista como reacción al armamentismo?

En el Bundestag, Olaf Scholz encomendó a su gobierno una tarea de amplio alcance: «Debemos preguntarnos: ¿qué capacidades posee la Rusia de Putin y qué capacidades necesitamos para contrarrestar esta amenaza, hoy y en el futuro?» ¿Quería con ello demostrar Scholz que también sabe mostrarse bravucón? Eso ya sería bastante malo, pero tal vez sería aún peor si Scholz hablaba en serio. Es decir, que el Bundeswehr se ponga efectivamente en condiciones de enfrentarse de tú a tú a las «capacidades» de Rusia. ¿De qué estaba hablando? ¿Tanques y obuses de Flensburg a Garmisch? No. Se gasten los miles de millones que sean, «nosotros» nunca podremos igualar las capacidades convencionales de los rusos. Con esto solo puede referirse a Alemania como potencia nuclear. El FAZ ha celebrado que el «cambio de rumbo, a pesar del retraso» en la política de seguridad y defensa, incluya la cuestión nuclear, «aunque sea especialmente difícil para los alemanes».

¿Debemos aprender ahora a amar las bombas? Uno no quiere creer que los diputados fueran conscientes de esta locura cuando aplaudieron de pie. Por otro lado, tampoco se quiere creer que «nosotros» estemos ahora suministrando armas a una zona de guerra. El vicecanciller “verde” Robert Habeck, como experto en ontología de la confusión, dijo que, si bien esta decisión es correcta, «nadie sabe hoy si es buena». Se equivoca: se sabe bastante exactamente la respuesta. Solo hay unos pocos casos en la historia en los que la receta «conseguir la paz con más y más armas» ha funcionado. Podemos estar seguros: Este no será un caso así. Al contrario. Occidente está prolongando la guerra con sus entregas de armas. En cuanto se utilicen nuestras armas allí, ya no será solo la muerte de Putin, también será la nuestra.

¿Sabían esto los varios cientos de miles de manifestantes que mostraron su horror por la guerra en Ucrania el fin de semana en las calles de Berlín?  Estas personas se movían por un sentimiento: ¡No podemos quedarnos de brazos cruzados ante el sufrimiento del pueblo de Ucrania! ¡Tenemos que hacer algo! Tienen razón. Urge ayudar a la población de Ucrania. Pero las armas de Occidente prolongan el sufrimiento de la guerra y no cambiarán su resultado. Quien eleva los costes para el agresor ruso también los aumenta para las víctimas ucranianas. Nuestros manifestantes deben tener cuidado de que su justa indignación no sea desviada por el gobierno alemán hacia sus propios molinos para seguir una política errónea y nociva.

Una vez que los miles de millones de los que hablaba Scholz se hayan convertido en nuevas armas, veremos si los jóvenes salen a las calles frente a los depósitos de armas del ejército en señal de protesta, al igual que lo hacen en las autopistas contra el cambio climático. En otras palabras, si con el nuevo rearme también surgirá un nuevo movimiento por la paz. Siempre hay quienes cultivan el negocio de la guerra. Ahora lo hemos vuelto a vivir. Esperemos que alguien se preocupe también del asunto de la paz.

Ucrania aún no está preparada para el ingreso en la Unión Europea

Tal vez se haya producido efectivamente un cambio de época. Quizás la metamorfosis de los Verdes -de paloma a halcón- sea representativa de una evolución que ha arrastrado a la sociedad en su conjunto: en 1999, los Verdes todavía tuvieron que luchar consigo mismos -literalmente- para dar su aprobación al primer despliegue bélico de soldados alemanes desde la Segunda Guerra Mundial. Ahora, el sí al mayor paquete armamentístico alemán de todos los tiempos les ha resultado muy fácil. Por cierto, se puede sentir un poco de lástima por los Verdes: solo han formado parte del gobierno federal en dos ocasiones y en ambas se enfrentaron a la cuestión de la guerra y la paz justo después de asumir el cargo. Por otra parte, solo se puede fracasar por las pretensiones propias, no por las de los demás.

Así que ya se verá si la tradición pacifista de la sociedad alemana ha llegado a su fin y ha sido sustituida simplemente por la protesta política basada en Instagram: pulgares abajo para Putin, un gran like para Ucrania. En cualquier caso, uno tiene la impresión de que los medios de comunicación y la política son cada vez más incapaces de sustraerse a las olas de emociones que recorren el país. Es entonces cuando no solo el análisis político desemboca rápidamente en un remolino, sino que las proporciones se pierden por completo. Un ejemplo absurdo de Munich: El alcalde de la ciudad exigió al director ruso de la Filarmónica distanciarse «de forma inequívoca y clara» de la guerra de Putin. «Si Valery Gergiev no ha tomado aquí una posición clara antes del lunes, no puede seguir siendo director titular de nuestra Filarmónica, declaró.» Y efectivamente, el martes lo echó. Así que, una vez decretada la solidaridad a la fuerza, no te puedes reír sin demostrar tus convicciones. Eso no es diferente en Múnich de Moscú.

Es una lástima que las raíces del conflicto no se aborden de esta manera. Están profundas en el pasado, han crecido históricamente y se han ramificado. Costará tiempo, habilidad y paciencia para llegar a ellas. ¿Quién de los implicados está dispuesto a hacerlo en este momento? Al menos no los que más tienen que ganar y perder: los propios ucranianos. Su presidente, Volodymyr Zelenski, reclama con vehemencia una admisión acelerada de su país en la Unión Europea. Habría sido mejor decirle a Zelenski la verdad: la amenaza rusa por sí sola no hace que Ucrania sea apta para la UE. En su lugar, la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, hizo concebir esperanzas a los ucranianos: «Sois uno de los nuestros, queremos que estéis dentro». Uno se acuerda que con frases semejantes empezó todo el lío. «¡Pueblo ucraniano! ¡Este es vuestro momento! ¡El mundo libre está con vosotros! Estados Unidos está con vosotros», gritó el senador estadounidense John McCain en Maidan en diciembre de 2014, y la gente le creyó. ¿Cuándo dejará Occidente de prometer a Ucrania más de lo que puede cumplir?

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