¿Quién fue Shinzo Abe? El ex Primer Ministro de Japón asesinado

Un nacionalista nostálgico de la época del Imperio Japonés. Fue vocero de la voluntad de volver a hacer de Japón una agresiva potencia militar.

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El viernes 8 se julio se supo del asesinato en Nara (cerca de Kyoto y Osaka) de quien fuera Primer Ministro de Japón en 2006-2007 y entre 2012 y 2020. Fue quien más tiempo ocupó ese cargo desde la Segunda Guerra Mundial.

No son pocos los artículos de apología en la prensa. Tampoco los mensajes de pena de parte de algunos de los principales políticos del imperialismo, aunque su mayoría fueran de obvio protocolo.

Es tal vez más creíble la congoja de los representantes del imperialismo yanqui, que tenían en Abe a uno de sus más importantes aliados internacionales. «Un gran hombre y un líder (…). Era un verdadero amigo y, lo que es más importante, de América» dijo Donald Trump de él. No solo era un amigo incondicional de Estados Unidos, también en especial del nacionalismo reaccionario trumpista. Apenas asumido Trump, fue el primer líder internacional en recibirlo oficialmente. Hizo desplegar una alfombra roja en su honor.

Desde su nacimiento, parecía predestinado a ocupar altos cargos en el Estado japonés. Tanto por parte de padre como de madre, viene de una familia de larga trayectoria de servicio a los emperadores, los burócratas y los capitalistas japoneses. Su padre Shintaro Abe ocupó los cargos de Ministro de Agricultura, Silvicultura y Pesca, de Comercio y de Asuntos Exteriores en los 80′. Su abuelo materno Nobusuke Kishi fue dos veces primer ministro bajo el emperador Hirohito.

Los nombres de los políticos de gobierno japonés, sus historias familiares, pueden en general ser rastreados a lo largo de generaciones al menos en el último siglo. Abe está muy lejos de ser una excepción. El que es prácticamente el partido único de Japón, el Partido Liberal Democrático, alberga en su seno a una verdadera casta política al servicio de la familia imperial, que es también la más antigua dinastía gobernante del mundo, en reemplazo de la vieja casta militar.

El PLD gobierna casi ininterrumpidamente Japón desde 1955, con apenas dos interrupciones breves en 1993-1994 y 2009-2012. Su nombre es parte inescindible de la conformación del país después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se hizo «país modelo» del capitalismo luego de la derrota de las potencias del Eje: la Alemania nazi, la Italia Fascista y el Japón Imperial. Ese partido surgió para combatir la amplia influencia del Partido Socialista Japonés en la época, y recibió enormes subsidios secretos de la CIA durante largas décadas.

Cada una de sus etapas y matices tuvo a un gobierno del PLD en el poder, y Shinzo fue el vocero de la época que presenciamos hoy; el del potencial retorno de las conflagraciones interimperialistas. De la misma manera que hoy Alemania discute su rearme, hay poderosas voces en Japón por el regreso del país al camino del militarismo. Una de ellas, la principal, fue la del hombre asesinado. No se saben concretamente las motivaciones de su asesino hasta ahora, solo sabemos que «odiaba todo lo que (él) representaba» y que era un militar dado de baja en 2005.

El cuestionamiento del Japón del artículo 9

Shinzo fue el gestor de la política económica de la potencia japonesa de la última década, pero también representó la voluntad de transformar el lugar de su país en el juego internacional de potencias. Sobre todas las cosas, su voluntad era la de reinterpretar el artículo 9 de la Constitución aprobada bajo ocupación estadounidense. Este solo fragmento de ley es clave para entender el Japón posterior a 1945.

Las atrocidades del Imperio Japonés en Asia tienen por momentos poco que envidiarles a sus aliados nazis. De hecho, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial en 1939 es por momentos cuestionable: la guerra en Asia había comenzado ya mucho antes con las invasiones del agresivo imperialismo nipón. Ya bien avanzada la guerra, el Japón aliado de Alemania e Italia había ocupado por la fuerza buena parte de Asia, incluidos países gigantescos. China, Corea, Vietnam, Laos, Filipinas, Myanmar, Indonesia, Malasia, son apenas un primer vistazo de las ocupaciones del ejército japonés. Sus atrocidades fueron a la par de la magnitud de los territorios invadidos por un ejército de ideología explícitamente fascista.

Se calcula que solo en China asesinaron a más de 20 millones de personas. Solo en la masacre de Nankín, con la ocupación de la que era la capital china en 1937, asesinaron a entre 100 mil y 300 mil personas. Su uso de armas químicas y biológicas fue masivo.

La «Unidad 731» fue su principal campo de concentración. Allí, el Mengele japonés -Shirō Ishii- realizó investigaciones sobre conejillos de indias vivos con torturas y crueles experimentos que dejaron hasta 40 mil muertos dentro de sus instalaciones. Hasta algo menos de medio millón murieron por las consecuencias sanitarias propagadas solo por ese centro de experimentación en seres humanos. Y solo fue uno de los campos de concentración e investigación de los ocupantes japoneses. Su extensión y sus atrocidades, de nuevo, poco tienen para envidiarle a los centros de exterminio nazis.

Otro episodio ampliamente conocido de las atrocidades del guerrerismo japonés fue el de las «mujeres del solaz». Se trata del caso de miles de mujeres (mayoritariamente coreanas) que fueron forzadamente prostituidas por el ejército de Japón a lo largo de la ocupación. Fueron miles y su tasa de mortalidad en la guerra fue superior al 90%.

El elogiado por la prensa internacional Shinzo Abe es llamado «revisionista» de la historia por sus desvergonzados apologistas. Es claramente una palabra más ligera que «negacionista»: Shinzo defendía de una u otra forma las atrocidades del Imperio Japonés en la guerra y ocupación de Asia. Son llamados también «revisionistas» los negadores del Holocausto y sus 6 millones de víctimas. 

Es una cosa a destacar. Cualquier político influyente de Alemania que quisiera relativizar las atrocidades nazis sería automática y justamente repudiado internacionalmente. Pero la brutalidad del genocidio perpetrado por Japón goza de mejor prensa (o, mejor dicho, de la complicidad del silencio). ¿Por qué? Porque muchos de sus perpetradores fueron aliados del imperialismo occidental casi automáticamente después del fin de la guerra con las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Empezando por su principal responsable, el monarca que encabezó la potencia del eje fascista en Asia: el emperador Hirohito. 

El emperador Hirohito, quien fuera el principal aliado de Hitler y Mussolini, en 1989.

La transición de posguerra en Japón fue muy diferente a Alemania e Italia. El colapso de los Estados nazi y fascista fue prácticamente total. Sus ejércitos se desbandaron, sus funcionarios se dieron masivamente a la fuga, la depuración de su aparato de estado fue grande. Mussolini terminó colgado de los tobillos en una plaza pública, Hitler se pegó un tiro en la sien en el cuarto de un búnker. Hirohito, su sostén y aliado, el emperador japonés que encabezó la guerra en Asia, siguió en el trono hasta su muerte en 1989, protegido y apoyado por Estados Unidos. 

Algunos de los principales cabecillas de los genocidios perpetrados en Asia fueron condenados en los «Juicios de Tokio» (el Núremberg asiático) y colgados en diciembre de 1948. A la mayoría, los tribunales conducidos por estadounidenses les dieron una cadena perpetua que nunca cumplieron. Para 1955, habían sido perdonados y se les permitió vivir en libertad e impunidad. Eso incluía, por ejemplo, a Shirō Ishii, el responsable de la «Unidad 731». Se le dio la oportunidad de seguir trabajando si compartía con Estados Unidos los resultados de sus atroces investigaciones.

El personal político, militar, empresarial y burocrático del Imperio Japonés siguió teniendo amplio poder. Pero ahora los tiempos habían cambiado, la retórica «democrática» era la regla para combatir al «comunismo», el aliado idóneo era el triunfador yanqui. Japón logró sostenerse e incluso crecer como potencia bajo el amparo y control de Estados Unidos. Es literal, la Constitución hoy vigente fue aprobada bajo la tutela de la ocupación militar yanqui. Uno de sus principales artículos, impuesto por los triunfadores, es el noveno: Japón no puede tener ejército propio, solo tropas de autodefensa. 

El ex Primer Ministro asesinado el 8 de julio fue el principal representante de los intentos de abolir las implicancias de esa reforma de posguerra. Bregaba abiertamente por el rearme de Japón para una política más agresiva militarmente, sobre todo hacia China. Sus apología del imperialismo japonés generaban protestas no solo de China sino también de sus viejas víctimas hoy aliadas a Estados Unidos, como Corea del Sur.

Un aliado clave del imperialismo yanqui

En septiembre de 2021 fue lanzado el AUKUS, una alianza militar entre Estados Unidos, el Reino Unido y Australia conformada mirando hacia el centro de las disputas entre potencias de hoy: Asia Oriental. Japón no fue parte del pacto precisamente por la vigencia del artículo 9 de su Constitución.

La potencia económica nipona se dio en su forma actual bajo el amparo de la hegemonía estadounidense. Sin dejar de tener un proyecto económico propio, heredado en gran medida del expansionismo anterior a la Segunda Guerra Mundial, su aliado natural era ahora -luego de la derrota militar- el imperialismo norteamericano.

Su ascenso como segunda economía mundial en los 80′ se dio en esas condiciones. Sus posibilidades de volver a confrontar con Estados Unidos son demasiado gravosos, inconvenientes, inviables. Los jefes de las multinacionales japonesas se han hecho tributarios de la «pax americana», sus jefes políticos también. El cuestionamiento de la hegemonía yanqui es proporcional al de su propio lugar como potencia, la que fue enemiga de Estados Unidos y bombardeó Pearl Harbor. El ascenso de China es intolerable, un peligro de vida o muerte.

Foto: AP

Japón fue desarmado para evitar todo desafío a Estados Unidos, hoy se plantea rearmarse para defender a su viejo vencedor, cuyos intereses son hoy idénticos a los de la clase dominante japonesa.

El ascenso final de Shinzo Abe coincide cronológica y políticamente con este problema. Su alianza con Trump no fue nada casual: la retórica de un imperialismo reaccionario, con política social ultra capitalista y tradicionalista, les era perfectamente común. Pero detrás de sus simpatías mutuas había cosas mucho más importantes que la afinidad ideológica: sus intereses convergían plenamente. 

«Abenomics»

Después del inmenso auge económico de los 80′, cuando Japón desplazó a la URSS como la segunda economía mundial, el país entró en un muy largo estancamiento económico. Con altibajos, Japón no logra superar (con suerte) el crecimiento raquítico desde hace unos 30 años.

La política económica del segundo gobierno de Abe, a partir del 2012, es través el único intento más o menos serio de salir del estancamiento. Su orientación, unida a su nombre como una sombra, es conocida como «Abenomics».

Pese a que la política económica japonesa de la última década debía intentar resolver muchos problemas propios, vino también de la mano de la situación abierta con la crisis del 2008. Las «Abenomics» son la forma específica de las políticas económicas, fiscales y financieras de Estados Unidos y la UE para superar la crisis de las subprime.

Foto: AP

La política económica de Abe tuvo tres grandes ejes. Primero, el acceso barato y fácil a créditos. En esto, simplemente siguió la orientación de la Reserva Federal de Estados Unidos con el quantitative easing después del 2008. Segundo, la expansión del gasto público para dar impulso de la producción. Tercero, consecuencia de lo anterior, el crecimiento de la deuda pública y la masiva emisión de yenes. Si lo más mínimo de este esquema se desestabilizara, está todo dado para un nuevo problema, la inflación.

La salida relativa y poco firme del estancamiento no duró mucho, pero existió. Abe era el primero en lograr algo así, una salida breve y débil del estancamiento.

¿Un asesinato signo de época?

Si todavía se sabe poco de las motivaciones del asesino, poca duda puede caber de que  son (de una u otra forma, directa o indirectamente) políticas. Uno de los principales motivos de conmoción es que Japón -debido a su estabilidad económica, política y social de largas décadas- es tal vez el país más «seguro» del planeta.

El acceso a armas de fuego es de difícil a imposible, los crímenes vinculados a ellas son menos que estadísticos. Con un promedio de 10 asesinatos por armas de fuego por año, en 2017 hubo apenas tres en un país de casi 130 millones de habitantes. Y ahora, a plena luz del día, es asesinado quien fue la principal figura política de los últimos 30 años. 

Abe mismo era partidario de eliminar definitivamente algunos de los pilares de la estabilidad nipona de más de 70 años. En particular, su renuncia a la guerra. Su retorno a la vida geopolítica implicaba introducir a Japón plenamente en las disputas de hoy, con la creciente tensión entre Estados Unidos y China, la polarización internacional entre las rebeliones y la extrema derecha, las crisis económicas y el cada vez menos lejano momento del «barajar y dar de nuevo». Este asesinato puede estar reflejando que Japón, como el resto del mundo, pisa los umbrales de cambios históricos. 

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