La estrepitosa caída del Silicon Valley Bank: otra vez el Estado al rescate de los millonarios

Se trata del peor colapso financiero desde la caída de Lehman Brothers, en 2008. Los "emprendedores" y defensores del "libre mercado" salen corriendo desesperados a buscar la ayuda del Estado. Y Biden se las brinda.

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Silicon Valley Bank customers wait in line at SVB’s headquarters in Santa Clara, California on March 13, 2023. - US President Biden sought to reassure Americans over the country's banking system on Monday, while insisting emergency measures would not be paid for by taxpayers, as additional banks came under stress following the collapse of Silicon Valley Bank last week, the second largest bank failure in history, and New York regulators took control of Signature Bank on Sunday. (Photo by NOAH BERGER / AFP)

Otra vez, el fantasma de una crisis financiera global acecha el mundo, y a Estados Unidos en particular. El fin de semana se concretó la bancarrota del Silicon Valley Bank (SVB), el dieciseisavo banco más grande de los EE.UU, y el más importante en lo que refiere a inversiones de riesgo relacionadas con empresas tecnológicas.

La estrepitosa caída del SVB, consumada en unas pocas horas, es una de las primeras grandes consecuencias de la nueva etapa económica abierta pospandemia: el colapso del SVB no hace más que testimoniar de manera definitiva la muerte de la época del «dinero barato». Algunos van más lejos y aseguran que se trata del tan anunciado estallido de la burbuja de las big tech. Pero es demasiado pronto para conocer los alcances.

Hay que entender bien qué significa, al tratarse del peor colapso financiero desde la caída de Lehman Brothers, en 2008. Si bien lo más probable es que su impacto sea más limitado (en parte porque el gobierno de Biden salió rápido «al rescate»), no deja de ser una señal de alarma -una muy grave- de la fragilidad del sistema financiero sobre el que se sostiene el gran capital en la segunda década del Siglo XXI. Lo cual significa, también, que poco cambió desde 2008.

Problemas en el paraíso

El capitalismo ha sabido siempre crear sus propios mitos. El último de ellos fue el de Silicon Valley: el futuro está en el espíritu joven, «emprendedor», liberal y ultra tecnológico encarnado en las nuevas empresas que se instalaron en el valle de San Francisco. Allí residen las puntas de lanza del capitalismo moderno: Google, Facebook, Amazon, Tesla.

El mito ya venía golpeado por muchas razones, como el estrepitoso desplome bursátil de estas empresas luego de la pandemia, los despidos masivos y la denuncia por las terribles condiciones laborales. La caída del SVB es otro durísimo golpe al mito de Silicon Valley.

Se trata de un banco de inversión cuyos clientes eran casi exclusivamente «startups» tecnológicas emergentes, consideradas como capital de alto riesgo. El concepto de startup contiene un matiz engañoso: no se trata de un programador solitario que arrancó una empresa con su computadora en el garage de su casa, sino de muy relativamente «pequeñas» y medianas empresas cuyo capital alcanza algunos cientos de millones de dólares.

Comparadas a gigantes como Google, estos «emprendedores» pueden parecer pequeños, pero está claro que no se trata de microemprendimientos ni mucho menos de personas de a pie que «perdieron sus ahorros». Para darse una idea, en EE.UU. el gobierno federal protege por ley los depósitos de hasta $250.000 dólares, en caso de que el banco se declare insolvente. En el caso del SVB, los depósitos que quedaban asegurados representaban menos del 15% del total.

Estas empresas, que florecieron a la luz de la baja inflación y el «dinero barato», la política que la Reserva Federal aplicó para salir del pozo luego del colapso de 2008, comenzaron a tener serios problemas de financiamiento cuando esas condiciones comenzaron a desaparecer.

Con la pandemia, primero, y el estallido de las guerra en Ucrania, después, Estados Unidos y Europa volvieron a sufrir un fenómeno que creían olvidado luego de largas décadas: la inflación. Como respuesta, los bancos centrales, con la Reserva Federal a la cabeza, debieron girar el timón hacia una agresiva política de subida de tasas, que encareció el crédito, frenó la inversión y enfrió la economía.

Por supuesto, cuando sucede algo de ese tipo en el mundo financiero, las primeras víctimas son los «capitales de riesgo», que requieren, precisamente, facilidad de acceso al crédito y la inversión. Esta «aversión al riesgo» (no sólo alimentada por la inflación global sino también por la inestabilidad política), que alcanza incluso a las grandes firmas -como atestigua el desplome bursátil de Meta-, mucho más alcanza a las «pequeñas» y medianas, de futuro mucho más incierto.

SVB había vivido una verdadera explosión de depósitos entre 2018 y 2021, aumentando de $102.000 millones a más de $189.000. Las empresas clientes de SVB estaban recibiendo una avalancha de dinero provenientes de los fondos de inversión de riesgo, en pleno «auge» de las compañías tecnológicas, cuyos valores en la bolsa estaban todavía por las nubes.

Precisamente en 2018 el gobierno de Trump -con apoyo en el congreso de un sector de los Demócratas- estableció una serie de desregulaciones financieras, por ejemplo eliminado o disminuyendo los encajes de los bancos, dejando al sistema más expuesto ante posibles corridas.

En esta fiebre por las high tech y favorecida por las desregulaciones, SVB decidió invertir más de $120.000 millones en bonos del Tesoro y bonos hipotecarios a largo plazo, en algunos casos con vencimiento a una década. Estos bonos se supone son más «seguros» que otros a mucho más corto plazo. Sin embargo, con la subida constante de las tasas de interés, comenzaron a perder su valor de mercado notoriamente.

El otro problema que surge con la subida de la tasa de interés es la falta de liquidez, en la medida en que se dificulta el acceso al crédito. Muchas de las empresas clientes de SVB estaban teniendo problemas para pagar sus salarios, algo que alcanzó incluso a compañías grandes como Meta. El resultado: las empresas comenzaron a retirar masivamente sus depósitos para hacerse de liquidez con la cual afrontar no ya sus inversiones, sino sus gastos corrientes.

Para poder hacer frente a la excesiva demanda de liquidez, SVB debió comenzar a vender masivamente los bonos, pero a un precio mucho menor de lo que los había adquirido debido a la subida de tasas, redondeando pérdidas por más de $1.800 millones.

A principios de marzo, los rumores de que SVB no podía afrontar la demanda comenzaron a circular entre los magnates de los Fondos de Riesgo. Como suele suceder en estos casos, el banco terminó por «confirmar» el rumor cuando el miércoles anunció una venta masiva de acciones buscando recaudar $2800 millones de dólares para tapar su agujero financiero.

El jueves, el pánico se desató ante los temores de que SVB no pueda devolver los depósitos. Y más allá de los adalides del capitalismo moderno, lo que ocurrió fue una corrida bancaria clásica: los clientes retiraron más de $45.000 millones en depósitos en un sólo día. Las acciones de la empresa se desplomaron un 60%, y las del resto de los bancos de inversión fueron arrastradas también por la caída.

Para el viernes, el banco ya se había declarado insolvente y pasó a estar controlado por las autoridades del Corporación Federal de Seguros de Depósitos, una agencia federal creada tras el crash de 1929. Para frenar un posible efecto dominó, el gobierno tuvo que intervenir y cerrar otro banco, Signature, cuyos clientes eran principalmente empresas de criptomonedas, otro sector financiero duramente golpeado y altamente especulativo.

Otra vez, el fantasma de los rescates millonarios

Atemorizado por el efecto en cadena que pudiera tener la caída de SVB, que podría redundar en una nueva crisis financiera generalizada, el gobierno de Biden se apuró en anunciar que todos los depositantes recuperarían su dinero.

Lo hizo el fin de semana, cuando las bolsas estaban cerradas, buscando amortiguar el golpe cuando los mercados abrieran sus operaciones este lunes. Aun así, fue un lunes negro en Wall Street.

Aunque la ley federal establece que están asegurados los depósitos de hasta $250.000 dólares (poco más del 10% de los depósitos en el caso del SVB), el gobierno definió «rescatarlos» a todos por igual, para evitar el efecto en cadena, conjurando una «excepción por riesgo sistémico», un eufemismo con el que salvar a los millonarios.

Por otro lado, Biden y los demócratas se escudan en que, a diferencia de 2008, el dinero del rescate no proviene de los contribuyentes sino de un fondo especialmente creado para situaciones de riesgo de crisis financiero como esta, conformado por una comisión que pagan los bancos y los intereses que generan los bonos del gobierno.

Lo cierto es que, mientras a los trabajadores de EE.UU. se les niegan derechos elementales (como un sistema de salud público y gratuito) el Estado cuenta y pone a disposición de los especuladores y los «inversores de riesgo» los fondos necesarios para rescatarlos cuando los castillos de naipes por ellos mismos construidos se derrumban.

Mientras tanto, miles de personas mueren en EE.UU. todos los años por no poder acceder a un servicio de salud universal y gratuito.

Los «emprendedores», por su parte, profesionales en evangelizar acerca de las bondades de la libertad de mercado y en despotricar contra la «intervención estatal», hacen fila en las oficinas gubernamentales para cobrar su dinero prometido, proveniente de las arcas públicas.

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