¿Hacia una crisis alimentaria global?

En el último año, la cantidad de personas en situación de "inseguridad alimenticia" aumentó de 440 millones a 1,6 billones. Cerca de 250 millones están ya al borde de la hambruna. Y lo peor está todavía por llegar.

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«Si no abordamos la situación inmediatamente, durante los próximos nueve meses vamos a ver hambruna, desestabilización de naciones y migraciones masivas». – David Beasley, Director del Programa Mundial de Alimentos de la ONU.

Con estas nada alentadoras palabras se dirigía un alto funcionario de la ONU a sus oyentes en Münich en febrero pasado. Tras casi tres meses de guerra en Ucrania, el pronóstico de una hambruna de envergadura masiva parece cada vez menos una lejana distopía y más un problema del presente.

Hay que tener en cuenta que cuatro quintos de la población mundial vive en países que son «importadores netos» de alimentos. Al menos el 20% de las calorías del planeta cruzan como mínimo una frontera antes de ser consumidas.

En el último año, la cantidad de personas en situación de «inseguridad alimenticia» aumentó de 440 millones a 1,6 billones. Cerca de 250 millones están ya al borde de la hambruna. Y lo peor está todavía por llegar.

Una guerra que corona una larga crisis

La disputa entre Rusia y la OTAN por el reparto del este europeo puso en marcha problemas más graves y urgentes de lo que se esperaba. Ahora, las principales potencias del mundo parecen demasiado asustadas para mirar esos problemas de frente y buscarles una solución.

Comenzando por lo más obvio, Ucrania y Rusia son el tercer y primer exportador de trigo del planeta, respectivamente. Entre los dos acaparan casi un tercio de las exportaciones de trigo mundiales, una cifra similar de las exportaciones de avena, 15% de las de maíz y el 75% de las de aceite de girasol, un producto esencial no sólo para la industria alimenticia sino también para los llamados biocombustibles. De conjunto, se estima que proveen el 12% de las calorías que se comercian en el planeta.

Ucrania y Rusia son el tercer y primer exportador de trigo del planeta, respectivamente.

Dicho en criollo: gran parte del planeta depende de los granos rusos y ucranianos para alimentarse. Y esto es así especialmente en los países emergentes de Medio Oriente y África. «Rusia y Ucrania contribuyen con casi la mitad de los cereales importados por Líbano y Túnez; para Libia y Egipto la cifra es de dos tercios. Las exportaciones alimenticias de Ucrania proveen calorías para alimentar a 400 millones de personas» (The Economist, mayo de 2022).

La crisis alimentaria ya llegó

La escasez de granos en el mercado internacional ya es un hecho innegable. Los ucranianos están exportando menos de una quinta parte de su producción habitual debido al bloqueo de puerto de Odessa y a la destrucción de la infraestructura interna fruto de la guerra. Las exportaciones rusas, por otro lado, se ven dificultadas por las sanciones impuestas por la OTAN.

Para colmo, los granos disponibles son cada vez más caros. Desde el inicio de la guerra, el precio internacional del trigo aumentó un sideral 53%.

A este poco auspicioso panorama se suman otros problemas, incluso más difíciles de resolver que la guerra misma. Sequías en Europa, el Cuerno de África y el «Cinturón del trigo» en Estados Unidos y olas de calor en la India, todas zonas productoras de granos, suman nuevas interrogantes sobre la capacidad de los Estados de asegurar la alimentación de su población.

Desde el inicio de la guerra, el precio internacional del trigo aumentó un sideral 53%.

Hay que tener en cuenta la escasez y el encarecimiento de un producto esencial para la producción agrícola: los fertilizantes. Este producto ya «viajaba con demoras» desde la pandemia, que entorpeció las frágiles cadenas de suministro de mercancías del capitalismo internacional. La guerra no ha hecho otra cosa que agudizar este problema.

Como si fuera poco, la política exportadora de los distintos Estados podría llevar las cosas a peor puerto. «Desde el comienzo de la guerra, 23 países declararon severas restricciones a las exportaciones alimenticias que cubren el 10% de las calorías comerciadas a nivel global. Más de un quinto de todas las exportaciones de fertilizantes están restringidas. Si el comercio para, comenzará la hambruna» (The Economist, mayo 2022).

¿Soluciones?

No cabe duda de que los datos son preocupantes y urgentes. Lo que llama la atención es la aparente sorpresa de los principales analistas internacionales ante el problema, y también las «soluciones» que se proponen. Para The Economist, como para tantos otros voceros del establishment neoliberal, la solución es retomar el status – quo que imperaba hasta hace pocos años. En otras palabras: restablecer el comercio de granos y liberar toda restricción.

En primer lugar, hay que tener en cuenta que el «libre comercio» de por sí solo no soluciona las desigualdades en el acceso a los alimentos (ni a ninguna mercancía). No hace falta más que ver lo que hacen las principales firmas agroexportadoras a lo largo y ancho del planeta. Mientras se discute cuánto falta para la hambruna, los terratenientes acopian granos y esperan que los precios sigan subiendo.

Pero, más allá de este «detalle», lo que proponen The Economist y demás analistas neoliberales no es posible en el contexto actual. Y por una razón muy simple.

Ninguna de las causas de la actual crisis alimentaria es caprichosa. La guerra en Ucrania responde a un conflicto geopolítico que se viene anunciando hace ya más de una década: la decadencia de Estados Unidos como «gendarme» del planeta y las ínfulas imperialistas de Rusia y otras potencias (China).

Las sequías y olas de calor que azotan Europa, América y la India no son castigos divinos. Son una más de las consecuencias del cambio climático ocasionado por la depredación capitalista de la naturaleza.

Y las políticas «proteccionistas» que decenas de Estados comienzan a sancionar (como las restricciones a ciertas exportaciones estratégicas) son una respuesta automática, casi inevitable, a un orden geopolítico que se resquebraja y amenaza con estallar en pedazos ante el menor cambio de dirección.

Un orden global en crisis

Nada hay de nuevo en esto: lo mismo ha sucedido en todas las crisis económicas y política desde que existe tal cosa como el capitalismo. Cuando la «cooperación» económica y el comercio «libre» dejan paso a la competencia salvaje por el reparto de los mercados, los recursos y las ganancias, nada del viejo status – quo queda en su lugar, los Estados dejan de «cooperar» y comienzan a chocar entre sí. Hace ya más de 100 años, en las vísperas de la Revolución Rusa, Lenin identificó algunos de estos problemas en su obra «El imperialismo, fase superior del capitalismo».

Es inútil y casi una señal de impotencia clamar por la vuelta del alabado «libre comercio» o por los salvatajes de organismos como el FMI o la ONU. El «libre» comercio y la globalización sin barreras no volverán a operar si la crisis internacional no termina. Y las mediaciones de los organismos multilaterales del tipo ONU ya se han demostrado inútiles. No hace falta más que ver la cabal impotencia de la OMS para controlar la situación sanitaria ante la crisis del Covid – 19.

Lo que sucede es que el orden económico internacional está profundamente globalizado, entrelazado. Pero el capitalismo es un sistema que responde únicamente a la motivación privada de las ganancias privadas. No puede «gestionar» soluciones para los conflictos globales. Mejor dicho: puede gestar «soluciones» si pueden entenderse como tal cosa las miles de muertes de la pandemia, el empobrecimiento de millones de personas a nivel mundial y la perspectiva de que millones más caigan directamente en la hambruna.

Desde estas páginas no consideramos este tipo de «soluciones» como deseables ni aceptables. Los dirigentes de la sociedad capitalista han metido a la sociedad y al planeta entero en un verdadero «berenjenal» económico y geopolítico. Parece poco probable que esas mismas personas busquen y encuentren una vía para salir del pantano.

Bien por el contrario, la única forma de salir del lodazal es dejando atrás a quienes nos metieron en él. En concreto: para garantizar que todas las personas del planeta puedan comer, los recursos alimenticios deberían estar bajo el control del conjunto de la sociedad, no de quiénes arrasan países con la guerra ni de los terratenientes que acopian granos para hacer subir los precios.

Solo terminando con el control de la gran propiedad privada sobre los recursos naturales y las cosechas puede terminarse con el reparto inequitativo de los alimentos. Solo terminando con la depredación empresarial de la naturaleza puede frenarse la destrucción del medio ambiente. Solo terminando con el capitalismo puede dejarse atrás el lodazal de la crisis capitalista.

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