Fuera las manos de la OTAN y Rusia, libre autodeterminación del pueblo ucraniano

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Declaración de la Corriente Internacional Socialismo o Barbarie

Ucrania vuelve a ser noticia internacional. El pueblo ucraniano observa más o menos atónito cómo su suelo es terreno de maniobras y disputas entre potencias imperialistas.

La prensa occidental grita acerca de las tropas rusas en la frontera con Ucrania para apoyar su incorporación a la OTAN, los medios pro-rusos sobre la creciente presencia militar de las potencias del Oeste (fundamentalmente Estados Unidos). La independencia y autodeterminación de Ucrania, su territorio mismo, parecen ser nuevamente desgarradas en tiempo real por lo que puede desencadenarse como una guerra.

La lucha de autodeterminación del pueblo de Ucrania frente a potencias extranjeras (fundamentalmente Rusia) tiene siglos de historia.

Luego de la Revolución Rusa de 1917, en los primeros años soplaron vientos de libertad y cooperación entre estos pueblos del este europeo. Mientras los bolcheviques ucranianos, con Rakovski a la cabeza, gobernaron el país, la perspectiva de una Ucrania autodeterminada parecía ser una posibilidad bien real. Esto sucedió, sin embargo, durante los cruentos años de la Guerra civil contra la contrarrevolución. Fue allí también que actuaron las fuerzas campesinas anarquistas de Majnó, que tuvieron una posición ambigua frente a la revolución (ora apoyando a los bolcheviques, ora a fuerzas contrarrevolucionarias).

Esta historia fue cortada de cuajo con la política de la contrarrevolución estalinista. Primero retornando a las políticas de sometimiento directo a Moscú a partir de la destitución de Rakovsky (lo llamaban “El Lenin ucraniano”), luego aplastando a la organización de los comunistas ucranianos; Stalin impuso el desastre de la «colectivización forzada». Con esta política se dio lo que es hoy conocido como el «Holomodor», una terrible hambruna que dejó millones de muertos a comienzos de los años 1930.

Así, la burocracia de Moscú se ganó el odio de las masas campesinas ucranianas, que la identificaron con la revolución misma y el «comunismo».

Con la Segunda Guerra Mundial, una parte importante de la pequeña burguesía rural del oeste del país apoyó la intervención nazi. Pero sus simpatías dudaron bien poco: la política racista de exterminio y esclavización de los nazis le pusieron fin rápidamente a las ilusiones con la intervención (Ucrania fue terreno de masacres de la población judía y en general como Babi Yar, donde en un día fueron asesinadas 30.000 personas, entre el 29 y 30 de septiembre de 1941).

En la segunda posguerra, la región este del país fue ampliamente industrializada. Así, dicha región (más rusificada que la del oeste) fue la más obrera de toda Ucrania. Sus vínculos económicos y culturales con Rusia y la URSS eran mucho mayores, como lo eran los de Crimea. Pero lo que no hubo -gracias al estalinismo- fue una Ucrania con derecho a la autoderminación nacional (la opresión Gran Rusa subsistió).

Largos años han pasado y la restauración capitalista pasó.

En 2014 sucedió la revuelta «Maidan»: un levantamiento reaccionario de sectores fundamentalmente del oeste del país que querían un sometimiento más directo al capitalismo neoliberal occidental. El programa del Maidan en Kiev era el ingreso de Ucrania a la Unión Europea y la OTAN. Incluso tuvieron (y tienen) protagonismo en ese movimiento reaccionario organizaciones neonazis de extrema derecha. Hoy no es poco común ver en las calles ucranianas movilizaciones con retratos de Stepan Bandera, el principal colaborador ucraniano del hitlerismo (una tradición que se remonta a la Segunda Guerra Mundial y a los sectores colaboracionistas con los nazis).

Los sucesivos gobiernos han sido un producto de ese movimiento y su política ha sido intentar avanzar hacia su programa: auparse en el occidente ultracapitalista. Se desató así una guerra civil con el este, que proclamó repúblicas independientes en el Donbass con sus reivindicaciones culturales pero fundamentalmente económicas (un movimiento contra la desindustrialización de la región de todos modos hoy venida a menos).

Así, las alertas se disparan cuando Rusia reacciona a la ofensiva de la OTAN; cuando el actual gobierno ucraniano sin consultar a nadie manifiesta nuevamente su voluntad de sumarse a la Alianza militar Atlántica.

Al reaccionario gobierno de Putin poco le importan los derechos y las libertades de los ucranianos. De hecho, abandonó a su suerte al pueblo del Donbass y su rebelión contra Kiev. Su política imperialista teme perder terreno de su zona de influencia.

Así, Ucrania se ve desgarrada territorialmente en una cuasi guerra civil que tiene en determinados momentos elementos legítimos y en otro no es más que la expresión de la disputa de las potencias imperialistas por su dominación, como es el caso actual. En el oeste es mayoritaria la voluntad del ingreso a la OTAN, el centro está casi partido en dos mientras el este obrero e industrial tiende a ser más pro-ruso.

Desde la Corriente Internacional Socialismo o Barbarie rechazamos tanto el ingreso de Ucrania a la OTAN así como cualquier intervención de las tropas rusas en su territorio.

Una Ucrania libre, unida e independiente, es decir, autodeterminada, es solo posible si la clase obrera es capaz de recuperar sus tradiciones socialistas revolucionarias, las que hicieron del país uno de los protagonistas de la gesta revolucionaria de 1917. La tarea es difícil: el estalinismo manchó esas banderas con su política de opresión burocrática. Pero en nuestro siglo XXI, mientras las potencias imperialistas amenazan con desgarrar en dos al país, relanzar una alternativa obrera, popular y socialista es la única manera de que Ucrania no ses sometida a uno u otro imperialismo.

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