• Para derrotar a los fascistas se necesita un movimiento obrero fuerte, que pueda defenderse eficazmente de los despidos y la salvaje reestructuración empresarial post-covid. 

Articulo de sinpermiso

Fabrizio Dogliotti 

Sábado 9 de octubre. Unos miles de manifestantes contra el green pass se concentran en la Piazza del Popolo, lugar histórico de las manifestaciones de la izquierda romana. Es un movimiento que lleva meses saliendo a la calle, alimentado por posiciones, reflexiones y un imaginario colectivo que poco tienen que ver con las reivindicaciones que tradicionalmente se han escuchado en esta plaza. Estamos hablando del vasto y variado universo no vax y su lectura un tanto peculiar de la realidad. Básicamente, se niegue o no la existencia y/o el peligro del virus, la base común del movimiento es que la vacuna es un peligroso vehículo de problemas peores (incluso sin llegar a las teorías conspirativas sobre la inoculación de microchips, que también tienen partidarios en abundancia), una norma antidemocrática y anticonstitucional creada por una dictadura sanitaria no mejor identificada. Y, como ocurre en otras partes del mundo, la dirección política y organizativa de este movimiento está en manos, guste o no, de la extrema derecha. También es cierto que el movimiento es articulado, complejo, poco politizado (en parte heredero del populismo a la deriva de las 5 estrellas) y con almas diferentes. Pero la extrema derecha es hegemónica.

Como prueba de ello, poco después un amenazante y numeroso cortejo sale de la plaza y se dirige a la Camera del Lavoro, la histórica sede nacional de la CGIL, el sindicato más importante del país, símbolo del movimiento obrero. Cientos -si no miles- de individuos extraños (escuadras de Forza Nuova procedentes de toda Italia, matones de las “curvas” del estadio, jóvenes de las zonas altas y de las “favelas” de Roma, conspiradores de diversa naturaleza y especie, seguramente más de un mercenario ocasional…) atacan y devastan la Camera del Lavoro hasta el quinto piso bajo la mirada cómplice de la policía.

Hace cien años las camisas negras

Es cierto que la CGIL ya no es, desde hace tiempo, la expresión de la combatividad y la lucha de la clase obrera italiana y que su dirección, desde hace años, tiene como eje político la colaboración de clase. Sin embargo, sigue siendo la estructura principal del movimiento obrero italiano, representa un símbolo y una organización central para la gran mayoría de los trabajadores, un patrimonio histórico y cultural inalienable, un sindicato que organiza a millones de personas. El asalto a su sede nacional es muy grave: es una verdadera declaración de guerra al movimiento obrero por parte de las bandas fascistas, también porque la CGIL tiene francamente poco que ver con el asunto del green pass. Las imágenes del sábado se parecen mucho a las del asalto al Capitolio de hace unos meses (un poco menos folclóricas, quizá), pero a muchos italianos e italianas les recuerdan, con un escalofrío en la espalda, las hazañas de los camisas negras de Mussolini hace apenas cien años.

Por supuesto, la historia no se repite. Las cosas son diferentes a las de 1921/22 (tal vez la patronal necesite menos a los fascistas para mantener a raya a un movimiento obrero que no parece muy feroz). Pero el peligro existe: el fascismo, sus mitos, sus mentiras, sus hombres, han sido “limpiados” por años de propaganda de los sectores más reaccionarios de la burguesía italiana, pero también por la ciénaga intelectual de una izquierda deseosa de captar las simpatías y el consenso de los grandes grupos de poder. La extrema derecha está de moda en Italia. Está de moda electoralmente (según los últimos sondeos, la Lega y los Fratelli d’Italia obtendrían entre el 25 y el 40% de los votos) y está de moda en la calle.

Una reflexión más: hay quienes, incluso en la izquierda, han decidido seguir el camino de esta gente. Una cierta ideología del “no vax” se ha abierto paso en sectores libertarios y autónomos y en fragmentos de la extrema izquierda; digamos que es una versión antagónica, basada en un extraño análisis del proyecto represivo burgués, de un mito fundamentalmente reaccionario. Quizás también alimentado por la esperanza un tanto oportunista de obtener algún rédito político de un “movimiento”, sea cual sea. Paciencia. Cada uno es libre de pensar lo que quiera, pero quizás no de ofrecer un margen a los fascistas.

La útil ambigüedad del gobierno Draghi

Hay que decir que, al igual que hace cien años, mientras los matones fascistas saqueaban las sedes sindicales, la policía miraba apaciblemente. Aparte de que el prefecto de Roma es un viejo amigo de Salvini, la actitud del gobierno, de los medios de comunicación y de la gente de bien que manda en Italia ha sido hasta ahora bastante benévola con los fascistas. La extrema derecha y las organizaciones mafiosas, sobre todo si no actúan con demasiada independencia, forman históricamente parte del entramado que garantiza el poder de la burguesía en la península. Y estamos seguros de que el futuro, incluso el cercano, no será diferente.

Se habla de ilegalizar Forza Nuova, la organización neonazi implicada en los sucesos de Roma. Pero ya surgen voces ensordecedoras que pretenden prohibir incluso la violencia “de izquierdas”, o mejor dicho, especialmente de esta última. No hace falta decir que lo que quieren prohibir es la disidencia y el conflicto social, sobre todo en tiempos de despidos masivos y de creciente malestar social. Por otra parte, el infame decreto de Salvini contra los migrantes de hace tres años ya contiene normas fuertemente represivas contra los piquetes de huelga, las ocupaciones de fábricas y las manifestaciones callejeras.

No dejar espacio a los fascistas

Sin embargo, la respuesta a la agresión no se hizo esperar: el sábado por la noche y el domingo por la mañana miles de personas ya protegían las Camere del Lavoro de todo el país, demostrando no sólo la solidaridad con la CGIL, sino sobre todo la defensa del movimiento obrero, de su historia y de sus derechos. Está prevista una manifestación nacional en Roma el sábado 16.

Y el lunes 11 hubo una huelga general, largamente esperada, de los sindicatos de base en defensa del empleo, los salarios y los derechos sindicales, en la que hubo manifestaciones en todo el país, superando con creces las iniciativas similares de años anteriores; una buena señal.

El problema es que las declaraciones rimbombantes y retóricas sobre el antifascismo no servirán de mucho si no se es capaz de organizar un movimiento sindical independiente y de clase (desde este punto de vista, el abrazo fraternal entre el secretario de la CGIL y Draghi no augura nada bueno). Para derrotar a los fascistas y aclarar la compleja cuestión del green pass, se necesita un movimiento obrero fuerte, que pueda defenderse eficazmente de los despidos y la salvaje reestructuración empresarial post-covid. Y eso no puede dejar el menor espacio para los fascistas, en las calles y en la batalla política.

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