¡Estos sí! El racismo y la discriminación en la guerra en Ucrania

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  • La invasión rusa a Ucrania ha mostrado toda clase de expresiones racistas y discriminatorias, de políticos de extrema derecha hasta los medios de comunicación.

Johan Madriz

La invasión rusa a Ucrania ha mostrado toda clase de expresiones racistas, discriminatorias y de doble moral. Desde políticos de extrema derecha hasta los medios de comunicación, principalmente europeos y estadounidenses. Todas sus posiciones coinciden en que “estas vidas si importan”, marcando una fuerte línea divisoria con “las otras”, las racializadas, las no cristianas, las subdesarrolladas, esas, desde su visión, son inferiores.

 

Estos sí son refugiados

Según la ONU hay “numerosos informes de racismo, acoso y discriminación que personas de distintas razas han sufrido cuando trataban de dejar Ucrania, así como en países vecinos al buscar refugio del conflicto”. Polonia, Hungría, Rumania, Moldavia y Eslovaquia han abierto sus fronteras a las personas que puedan acreditar su “procedencia ucraniana” y han recibido a más de un millón de personas desplazadas. Polonia creó un programa para asegurarles alojamiento en viviendas particulares, Eslovaquia les ofrece transporte gratuito y la Unión Europea anunció un estatuto de protección temporal para que puedan vivir y trabajar por tres años.

Este tipo de acciones son las que se esperaría que las autoridades tomen ante catástrofes que generan el desplazamiento masivo de personas, como guerras, hambrunas o desastres socionaturales. Pero esa empatía y solidaridad desgraciadamente no siempre es así y esta es la excepción. Los gobiernos de estos países se han caracterizado por mantener una política de fronteras cerradas ante los flujos migratorios. En esta ocasión han respondido de otra forma porque no son los refugiados africanos o de Medio Oriente huyendo de sus países. Esos sufren condiciones completamente diferentes, cruzan las fronteras usualmente de forma ilegal, duermen en carpas entre los callejones de las ciudades y enfrentan miles de trabas burocráticas para solicitar algún tipo de asistencia o la posibilidad de trabajar.

 

Con el hashtag #AfricansInUkraine cientos de personas racializadas que se encontraban en Ucrania denuncian las dificultades que tienen para salir del país y el trato diferenciado con las personas blancas. Un estudiante nigeriano explicaba que “no dejan entrar a los africanos. Los negros sin pasaporte europeo no pueden cruzar la frontera […] ¡Nos están haciendo retroceder solo porque somos negros!”.

 

Estas posturas racistas son perfectamente puntualizadas en el discurso en el congreso español de Santiago Abascal, presidente de Vox: “¿Por qué estos sí son refugiados de guerra?, esos, mujeres, niños y ancianos sí deben ser acogidos en Europa. Cualquiera puede entender ahora perfectamente cuál es la diferencia entre esos flujos de refugiados que hay ahora y las invasiones de jóvenes varones en edad militar y de origen musulmán que se han lanzado contra distintas fronteras de Europa en un intento de desestabilizarla y de colonizarla, y cualquiera puede entender ahora cuál es la posición de Vox y del gobierno polaco; hay que defender nuestras fronteras, hay que defender nuestra soberanía y hay que defender nuestras naciones”.

De estos discursos de odio se hacen eco (o los generan) los medios de comunicación. En los últimos días se ha hecho muy popular un video de TikTok con una recopilación de frases racistas dichas por periodistas que cubren el conflicto. En todas se expresa la conmoción que les causa el hecho de que haya muertes y refugiados europeos, en lugar de, como están acostumbrados, países “tercermundistas”.

 

En el vídeo una periodista recalca que “esta no es una nación en desarrollo tercermundista, esto es Europa”. Mientras que otra va más allá y le sorprende que existan refugiados que no sean racializados o musulmanes: “estos no son refugiados de Siria, son de nuestro vecino Ucrania, los cuales francamente son blancos y cristianos”. Luego, otros dos periodistas repiten que no todas las vidas valen lo mismo. Uno de ellos, en transmisión de la BBC, dice “esto es muy emocional para mí porque veo gente europea con ojos azules y pelo rubio siendo asesinados, niños siendo asesinados todos los días con los misiles de Putin”. El otro señala que “este no es un lugar, con todo respeto, como Irak o Afganistán que tienen conflictos hace décadas, este es un país relativamente civilizado y relativamente europeo”.

Es sorprendente que en pleno siglo XXI haya personas que aun utilizan la dicotomía civilizados-bárbaros para referirse a grupos poblacionales. Seguramente, estas personas no tienen el mismo estrés emocional al ver las decenas de cadáveres que llegan, arrastrados por las olas, a las costas de Europa. Refugiados, hombres, mujeres, niños y niñas, que huyen de los conflictos en sus países y mueren en sus intentos desesperados de vivir. Conflictos que, más está decir, los países europeos y Estados Unidos crean y fomentan.

 

Invasiones buenas e invasiones malas

Existe una “selectividad” en la definición de quienes son “buenos migrantes” y quienes no, basados en prejuicios, preconcepciones discriminatorias y políticas racistas. Asimismo, hay una distinción política sobre a quién condenar por el irrespeto a los derechos humanos y a quién no. En este sentido, una comparación que es muy recurrente en plataformas sociales es sobre cuáles son las reacciones y sanciones a Rusia y cuál es el trato hacia Israel, que mantiene una ocupación y sometimiento de la población palestina ya por más de 70 años. En un caso es el repudio absoluto y en el otro una completa permisividad, a pesar de ser un régimen que mantiene una sistemática política de limpieza étnica que aísla a la población palestina en guetos y les mantiene bajo un régimen similar al apartheid. Desde esa visión, una es una potencia “malvada” que ataca a europeos blancos y en el otro un “oasis en medio del desierto” que lucha por civilizar el Medio Oriente lleno de musulmanes yihadistas.

 

En esa misma línea actúan diferentes organizaciones, como la FIFA. Las canchas de fútbol han sido desde siempre un escenario para la expresión de causas políticas, pero la federación se encarga de que sean “las correctas”. En el papel mantiene una posición inamovible de que la política debe estar fuera del deporte (algo que es imposible) y sancionan enérgicamente las salidas del canasto. Por ejemplo, se recuerda el caso de Frederic Kanouté que mostró su apoyo a Palestina en la Liga española y fue multado con 3 mil euros en 2009.  Aunque en la realidad la prohibición tiene sus excepciones. Hoy en día muchos futbolistas han mostrado su apoyo a Ucrania sin recibir ninguna sanción. Con esto no se debe entender un apoyo a la censura selectiva de ese organismo, por el contrario, la pretensión es mostrar que la política está tan presente en el ámbito deportivo que hay intereses que consienten ciertas expresiones y otras que no.

 

Esta situación es denunciada, por ejemplo, por el Club Deportivo Colo-Colo, histórico equipo chileno que se posiciona a favor de las causas de las y los de abajo, quienes reaccionaron en Twitter, ante la decisión de la FIFA de expulsar a Rusia de los torneos, escribiendo: “Rusia y Yugoslavia han sido las únicas sancionadas de esta manera. Arabia Saudita destruye Yemen, nada. Israel bombardea Palestina, nada. Catar tiene esclavos, lo premian con un mundial. EE. UU. para que decir. Una vergüenza la FIFA”. Es una equivocación represaliar a deportistas por las acciones de su gobierno (otra cosa diferente es cuando hay expresiones específicas de jugadores). Este ejemplo, funciona para mostrar la existencia de acciones discriminatorias según el conflicto (más allá de las consideraciones políticas y geopolíticas particulares de cada uno).

Lo cierto es que la imposición de sanciones por las potencias y los organismos internaciones tienen el objetivo que asfixiar a la población civil, para que esta ejerza presión sobre su gobierno. Esto es un absurdo que no toma en consideración las condiciones materiales y subjetivas de las distintas clases de un país. Estas medidas usualmente en poco afectan a la cúpula de los regímenes, pero si perjudican inmensamente a los sectores populares. Es así, como se llegó al absurdo de “sancionar” a los gatos rusos para que no aparezcan en explosiones.

 

¡No a la guerra! ¡No a los fachos!

El conflicto ruso-ucraniano está mostrando lo profundas que son las concepciones racistas, etnofobas, islamófobas y discriminatorias para la elite mundial y que también sirven como un caldo de cultivo para los nacionalismos xenófobos. Todas estas expresiones hay que repudiarlas y exigir un trato igualitario y humanitario para todas las personas. Hay que luchar en las calles contra las organizaciones fascistas y racistas que aprovechan estas condiciones para escupir lo peor de sus ideas.

Ni Putin, ni Zelenski, ni la Unión Europea, nadie, ha tomado en consideración lo que el pueblo ucraniano quiere, probablemente la mayoría rechaza esta guerra. Pero todos los líderes mundiales se arrogan el derecho a decidir por ellos. Prácticamente todo el mundo ha condenado la invasión, aprueban sanciones y colocan a Putin como la personificación de todos los males del mundo, representando todo lo que el “Occidente democrático y cristiano” repudia. No le defendemos ni un ápice, pero lo cierto es que es muy hipócrita que los gobiernos del mundo, que en mayor o menor medida aplican planes de ajuste contra las y los de abajo y garantizan la existencia de un sistema económico y social que se basa en la explotación y la opresión, se pinten ahora como los defensores de la paz, la igualdad y la democracia, cuando lo cierto es que las potencias centrales están en medio de un conflicto por sus zonas de influencia, por sus intereses, y poco les importan los costes humanos.

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