El XX Congreso del PCCh: Xi Jinping y el desafío a/de EEUU

China hoy: problemas, desafíos y debates.

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1.1 Xi asume el control total… ¿hasta cuándo?

La renovación del mandato de Xi Jinping como presidente de China y líder del Partido Comunista Chino (PCCh) rompió con la regla no escrita de un máximo de dos mandatos, que había sido cumplida de manera aproximada por Jiang Zeming (1993-2003, pero era líder del PCCh desde 1989) y más estrictamente por Hu Jintao (2003-2013). Esa ruptura, no obstante, no representó ninguna sorpresa: desde hacía años Xi había preparado el terreno para quebrar esa no muy larga tradición.

En los hechos, esto implica la consolidación de una tendencia que ya se entreveía: el fin del criterio de “liderazgo colectivo” establecido por Deng Xiaoping en los años 80, cuyo objetivo era evitar la concentración de excesivo poder personal en manos de un “gran timonel”. Es por esta razón que la mayoría de los analistas coinciden en señalar que la consagración de este tercer mandato y, sobre todo, la perspectiva de que queda la vía abierta para otros más –lo que convertiría a Xi prácticamente en líder vitalicio del país–, hacen de Xi el hombre más poderoso de China desde la época de Mao Tse Tung, el fundador de la República Popular China luego de la revolución de 1949.

Aunque se esperaba una conformación del Comité Central (376 miembros) del poderoso Politburó (24 miembros) y el núcleo de la dirección, el Comité Permanente de siete personas, incluido Xi, que reflejara el nuevo “equilibrio de poder” dentro del partido, sorprendió la cantidad de cargos importantes asignados a hombres (son todos varones) con una larga trayectoria común y de plena confianza personal de Xi. Para The Economist (en adelante TE), “lo más llamativo fue que tantos de los hombres que lo acompañaron [al presentarse el nuevo Comité Permanente. MY] fueran claramente gente suya. Sus conexiones con Xi datan de mucho antes de que se convirtiera en líder máximo del partido hace diez años. En el pasado había habido al menos una apariencia de equilibrio, con miembros que representaban una diversidad de redes personales. Ya no” (“The people’s leader’s people”, TE 9319, 29-10-22).[1]

El marxista francés Pierre Rousset, vinculado al Secretariado Unificado de la IV Internacional mandelista y con reconocida especialización en la realidad china desde hace décadas, también sostiene que no se trata de una renovación más: “El Comité Permanente del Buró Político, compuesto por siete miembros, es el núcleo del poder en el PCCh. Tradicionalmente, incluía un mínimo de pluralismo de las diversas facciones. (…) Xi quiere marginar a la administración que encarnó Li (otra contrarreforma) en el gobierno del país.  (…) Aunque hasta ahora la preeminencia del partido estaba siempre asegurada, la pluralidad de centros de autoridad dio flexibilidad al sistema y permitió a la población dirigirse a más de un interlocutor. A partir de ahora, la autoridad del partido debe ser exclusiva”. Y Rousset llega incluso a considerar el XX Congreso como “un punto de inflexión: se ha completado la anunciada ruptura con el orden político establecido a finales de la década de 1980-1990 bajo la égida de Deng Xiaoping. Xi Jinping se ha otorgado a sí mismo un poder personal sin precedentes en la historia de la China contemporánea” (“XX Congreso del PC Chino: el punto de inflexión”, europe-solidaire.org, 24-10-22).

El hecho de Xi haya logrado romper con ese acuerdo es una clara muestra del fortalecimiento de su liderazgo al interior del partido.

Rousset cita aprobatoriamente otra voz autorizada para el análisis marxista de China, el hongkonés Au Loon Yu, para concluir (¡antes del XX Congreso!) que Xi Jinping “ha impuesto un cambio de régimen político”. ¿En qué sentido? En que “tampoco es ya el PCCh histórico quien gobierna el país. Es la camarilla de Xi Jinping. (…) Ayer, una dirección colegiada permitió preparar la sucesión de las generaciones al frente del partido, factor de estabilidad. Hoy, sólo la facción de Xi Jinping controla los distintos poderes. Tras sangrientas purgas y la modificación de la Constitución, pretende liderar de por vida” (P. Rousset, “China: El surgimiento de un nuevo imperialismo”, Europe Solidaire Sans Frontières, 13-11-2021).

Tan brutal es el criterio de homogeneidad en las máximas instancias directivas que, por mucho que los “expertos” buscaran, no encontraron señales externas del menor disenso en las por otra parte totalmente formales sesiones del Congreso o en las semanas previas.[2] Tanta obviamente forzada unanimidad llevó a algunos analistas a cuestionar un clásico de la “sinología” –disciplina pariente cercana de la “sovietología” en la época de la Guerra Fría–, la identificación y caracterización de las alas internas del PCCh. Así, Joseph Torigian, de la American University de Washington, llega a sostener que “la idea de facciones en competencia ha sido sumamente exagerada” y que incluso el primer ministro saliente, Li Keqiang –alguien visto como cierto contrapeso “pro mercado” a Xi–, “ya era un sumiso” (yes-man, alguien que siempre obedece a sus superiores) (TE 9319, ídem).

Sucede que el criterio de selección número uno para la integración del Politburó y el Ejecutivo no fue, como vimos, la capacidad política, intelectual o técnica, sino la más incondicional lealtad a Xi. Es el caso del alcalde de Shanghai, Li Qiang. Las fuertes críticas internas y externas que había recibido por sus problemas –más bien, incompetencia– en el manejo de la pandemia, incluido el aislamiento a que se sometió a esa inmensa ciudad durante meses, pesaron mucho menos que su voluntad de respetar la política de “covid cero” implementada por Xi.

Los nombres más ligados o cercanos a la idea de dar más juego a las fuerzas del mercado, en los que varios analistas occidentales tenían expectativas, fueron removidos del Politburó y algunos incluso del Comité Central. Es el caso de Wang Yang (67 años), destituido pese a ser presidente de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino (órgano que permite intercambios informales); según Rousset, “se lo consideraba demasiado liberal en el terreno económico” (“XX Congreso…”, cit.).

Esa decepción se manifestó en la negativa reacción de “los mercados” financieros al conocerse la composición del Politburó: los inversores hacían fila para deshacerse de sus posiciones en compañías chinas. El índice Hang Seng de Hong Kong se desplomó un 6% en un día, y el índice Golden Dragon, que agrupa a las compañías chinas incluidas en el índice tecnológico Nasdaq como Alibaba y Baidu, se desplomó casi un 20%, a los niveles previos a la asunción de Xi Jinping. El yuan cayó a 7,23 por dólar, una devaluación del 14% en lo que va del año y en su nivel más bajo desde 2007.

Alarman a Occidente ciertas comparaciones. Por ejemplo, “cuando se derrumbaron los mercados financieros de China en marzo de este año, los inversores fueron tranquilizados por las reconfortantes palabras de Liu He, miembro del Politburó y una autoridad económica respetada. Nadie de su calibre podría pronunciar esas palabras hoy. Los niveles superiores del PCCh carecen ahora de dirigentes cuya formación y experiencia pueda ser un freno a los instintos económicos de Xi” (“The fleeing committee”, TE 9319, 29-10-22).[3]

Esos “instintos” son vistos esencialmente como estatistas y orientados a un mayor control del partido, pero no como “anticapitalistas”. Un análisis anterior al Congreso de la prensa de negocios Bloomberg descartaba los temores de los inversores sobre una “segunda Revolución Cultural” –en referencia a la iniciativa de Mao en los 60– y la idea de una hostilidad fundamental de Xi hacia la clase capitalista: “La evidencia (…) sugiere que en materia económica Xi no es Mao, en el sentido de que quiere redirigir las energías de los empresariosno eliminarlos como clase (…). Tampoco Xi abraza completamente el igualitarismo de Mao. En materia de bienestar, sus principales lugartenientes están más cerca de los neoliberales que de los socialistas; en su opinión, las limosnas a los pobres sólo promueven la indolencia” (www.bloomberg.com, 4-9-21).

Si desde los centros capitalistas no se ve a Xi como un nuevo Mao ni a su giro actual como un regreso a los agitados tiempos de la Revolución Cultural, la mirada desde los marxistas más conocedores del paño no es muy distinta. Au Loong Yu explica así las diferencias: “Mientras Mao tenía carisma, Xi es sólo un enano, (…) es simplemente el jefe de la burocracia estatal sin imaginación. (…) Esta enorme diferencia de talento y temperamento también revela una gran brecha en sus respectivas acciones. Si bien Mao confiaba, cuando llamó a los jóvenes a hacer una ‘revolución’ en su propio partido, en la segunda mitad de la década de 1960, en que ésta no se volvería contra él, Xi nunca se atrevería a intentar tal maniobra. El aparato estatal es la única fuerza con la que Xi se siente cómodoLo último que quiere son manifestaciones en la calle. Con este marcado contraste, cualquier comparación entre la política de Xi y la Revolución Cultural de Mao parece absurda” (“La China de Xi Jinping: reacción, no revolución”, sinpermiso.info, 1-10-21).

Sin embargo, el carácter conservador y timorato de Xi ante las eventualidades de desorden interno se convierte en audacia y determinación cuando se refiere a la proyección internacional de China. En este tema, el mensaje central de Xi hacia el partido fue prepararse para afrontar el desafío estratégico de un equilibrio de poder en estado dinámico, cuyas oportunidades el país debe aprovechar. En una palabra, disputar la hegemonía de EEUU en el orden mundial y, en cierto modo, la estructura de ese mismo orden. Desde ya, las formas fueron mucho más alambicadas que esa afirmación tajante. Hubo un delicado balance entre afirmar las capacidades del país, por un lado, y por el otro, advertir de los obstáculos que presenta un “entorno hostil”, que remitía, por supuesto sin nombrarlo, a EEUU.

Los ejes temáticos e ideológicos quedaron enunciados con toda claridad, y muestran tanto continuidades como cambios más o menos sutiles respecto del congreso anterior. En el orden local, la gran novedad de la pandemia y sus consecuencias sólo dejó espacio para la reivindicación cerrada de la política de covid cero, sin referencia alguna a las contradicciones económicas y molestias sociales que genera. Pero, como señalamos, el mayor peso del informe y de las deliberaciones lo tuvieron las prioridades vinculadas a las aspiraciones de China en la arena internacional. Allí, y a diferencia de otros años en que se subrayaba el rol “constructivo” y “estabilizador” de China como actor de la globalización –en lo que no se faltaba a la verdad–, el acento estuvo en la creciente autosuficiencia y necesidad de liderar la innovación en tecnología digital. En palabras del propio Xi, “debemos adherir a la ciencia y la tecnología como la fuerza productiva número uno, al talento como el recurso número uno, a la innovación como la fuerza conductora número uno”.

Algo muy oportuno en el contexto de la ofensiva yanqui para bloquear, aislar y dañar todo lo posible el desarrollo chino en ese terreno. Aunque no es su estilo exponerlo en esos términos, de hecho el informe de Xi puede ser interpretado también como una promesa de resistencia a la escalada anti China de EEUU, que se hace explícita con el boicot tecnológico yanqui que trataremos más abajo.

La llave maestra que propone Xi tanto para el progreso económico interno como para abordar el desafío de competir por la hegemonía global con EEUU es la misma: el renovado fortalecimiento del control del partido en todos los órdenes, desde las decisiones económicas (en general en detrimento del mercado) a las prioridades políticas y la vida social. La vida partidaria y la vida política son virtualmente la misma cosa y se reducen a defender e implementar las políticas del PCCh sin siquiera soñar con el menor cuestionamiento. En el plano interno, la idea clave hoy como ayer es fortalecer el rol conductor del partido para garantizar dos imperativos: la estabilidad y la prosperidad. En ese orden.

En efecto, y como señaláramos en anteriores oportunidades, no hay absolutamente ninguna mayor obsesión en Xi y en la élite que lo acompaña que la idea de perder el control de las cosas, sea en la economía interna o en la situación social, o ambas. Con todo lo importante que es en Xi la proyección internacional de China en el orden global, la prioridad absoluta es siempre que al partido no se le escape ningún riesgo: “El mayor error que cometieron los observadores fue subestimar hasta qué punto Xi estaba gobernado por el temor a un colapso del partido, cuán lejos llegarían para evitarlo y hasta qué punto la élite gobernante compartía esa preocupación (…) Xi sigue obsesionado por el destino de la Unión Soviética y sigue viendo enemigos al interior de China. (…) Xi no es ningún maoísta. (…) A diferencia de Mao, que no tenía problemas en derribar estructuras partidarias en la búsqueda de sus metas utópicas, Xi quiere fortalecer las instituciones políticas y económicas del país y mantener al partido firmemente en control. (…) Dar rienda suelta a las masas es peligroso” (“The prince among princelings”, TE 9315, 1-10-22). Como se ve, en la caracterización de la personalidad del líder chino coinciden desde marxistas como Yu hasta liberales como The Economist.

Una vez asegurado ese objetivo de estabilidad, la perspectiva para la que Xi busca preparar al Estado y al partido es la de nuevos y mayores choques con EEUU. Xi ha tomado nota de que Biden no sólo ha pasado de la guerra comercial a la tecnológica sino que, ya sin muchos tapujos y por boca de múltiples voceros, ha adelantado que su estrategia es a) al menos ralentizar, si es posible b) detener y en el mejor de los casos c) derrotar la amenaza que representa China para la hegemonía estadounidense, incluso llegando al cambio de régimen.

El giro que Xi viene concretando desde hace al menos tres años y que acaba de ser sancionado en el XX Congreso puede resumirse así: menos prioridad al dinamismo económico y el lugar del mercado en él, más énfasis en los objetivos delineados por el partido, en especial el de prepararse para una creciente confrontación con EEUU.[4]

En este marco, la obligación de la inversión privada local y extranjera es alinearse con esos objetivos o sufrir las consecuencias. Xi insistió varias veces en su informe al Congreso en la necesidad de reforzar la “construcción del partido” en el seno de las empresas privadas. Esto no debe tomarse necesariamente como una especie de intervención externa por parte de un “comisario político”. Las relaciones entre Estado, comité partidario y gerencia empresaria, lejos del conflicto permanente, suelen ser de la más rosada armonía. Según Colin Hawes, de la Universidad Tecnológica de Sydney, “en su mayoría, las compañías privadas han logrado cooptar e integrar a la organización partidaria. Suele ocurrir que esas organizadas estén dirigidas por el gerente de la empresa. Los miembros [del comité partidario] saben que es la empresa, no el partido, la que paga sus salarios”. No obstante, dado el énfasis de Xi en el disciplinamiento de organizaciones públicas y privadas a los dictados del partido, es cierto que “no hay garantías de que este modus vivendi vaya a durar, especialmente en algunas de las compañías más grandes” (“The fleeing committee”, TE 9319, 29-10-22).

En estas condiciones, es entendible que el enfriamiento del entusiasmo en la relación entre el PCCh y los inversores sea perfectamente recíproco. A la desconfianza creciente de Xi y la cúpula china en las empresas que no se avengan a seguir los lineamientos partidarios le corresponde el desencanto de inversores a quienes el encandilamiento con las oportunidades del mercado chino les hacía minimizar los riesgos políticos.

En este punto, analistas tanto marxistas como liberales coinciden en que el cambio en la forma de funcionar del poder político, que Xi venía configurando y que el XX Congreso terminó de sancionar, implica nuevas incertidumbres, no más estabilidad. Según Rousset, “durante mucho tiempo, la capacidad del gobierno para dirigir el desarrollo económico ha sido una baza importante en el ascenso de China. Sin embargo, el nuevo sistema político configurado por Xi puede resultar ahora una peligrosa desventaja” (“XX Congreso del PC Chino: el punto de inflexión”, cit.).

Desde el otro lado, la mirada es coincidente. Para una consultora citada por el Economist, “el mercado está despertando. La mirada de muchos inversores es que si bien China nunca ha estado más abierta al capital extranjero, nunca ha sido tampoco tan ideológicamente inflexible en la historia reciente” (“Empty promises”, TE 9298, 28-5-22). Por entonces, el cálculo más optimista era que esta avanzada “ideológica” fuera una ola transitoria con motivo del Congreso del PCCh y que luego las cosas volverían a la normalidad. Ahora deben asumir los hechos: hay una nueva normalidad.

1.2 La ofensiva yanqui contra el avance tecnológico de China

El marxista británico Michael Roberts señalaba hace ya unos años, con toda razón, que “Trump puede haber lanzado sus aumentos de aranceles, pero lo que realmente preocupa a EEUU es el progreso tecnológico chino. China bajo Xi apunta no ya a ser el centro manufacturero de la economía global sino a impulsar la tecnología y la innovación hasta poder rivalizar con la de EEUU y otros países capitalistas desarrollados en el curso de una generación” (“China workshop: challenging the misconceptions”, 7-6-18). Pues bien, es precisamente este aspecto el que aborda la última ofensiva anti China lanzada por el presidente de EEUU, Joe Biden. El 7 de octubre anunció la prohibición de la venta de chips de alta tecnología y semiconductores a China, tanto por parte de compañías de EEUU como de compañías extranjeras que usen tecnología estadounidense.

Aquí ya no se trata sólo de dar un impulso desde el Estado yanqui a la industria de los semiconductores, a semejanza de lo que hace China (ver más abajo). El objetivo declarado es dañar irreparablemente la industria de tecnología digital en China, en especial en inteligencia artificial (IA) y supercomputadoras, cuyas innovaciones se consideran “problema de seguridad nacional”, expresión cada vez más usual en los debates económicos.

Lógicamente, esta manera de intentar paralizar el avance chino en esa área tendrá como efectos ¿no deseados? perjudicar a los simples usuarios chinos de esas tecnologías y a las empresas que han construido una relación comercial con China que el Departamento de Estado considera demasiado cercana, y por lo tanto es “en una palabra, una herramienta demasiado tosca” (“A new chapter”, TE 9317, 15-10-22). Pero Biden no parece tener reparos en utilizarla: si para arruinar esa flor china hay que arrancar la planta entera, que así sea.

Los medios occidentales baten el parche en su denuncia al “nacionalismo agresivo” de la dirigencia china, pero no se escandalizan de igual manera ante las vociferaciones histéricas de la elite yanqui. El senador republicano Todd Young, uno de los principales patrocinadores de la Chips and Science Act, ley que establece un fondo de 52.000 millones de dólares en cinco años a la industria de semiconductores, dijo al aprobarla en julio pasado que “el gobierno chino está planeando ganar la carrera en inteligencia artificial, ganar las guerras del futuro y ganar el futuro. (…) Estamos en una competencia multigeneracional, que definirá una era, con el Partido Comunista Chino” (“Mothering invention”, TE 9317, 15-1022).

Ante una perspectiva semejante, por supuesto, los otrora sacrosantos principios de libre mercado pueden irse a los quintos infiernos, porque lo que se necesita es la intervención vigorosa y decisiva del Estado: “Las teorías de Friedman y Hayek [los dos máximos gurúes del monetarismo y la escuela austríaca, ambas archi neoliberales. MY] de mercados totalmente libres… no tienen el menor sentido cuando uno se está enfrentando a un desafío existencial que se burla de las fuerzas de mercado” (ídem). En este terreno, la coincidencia bipartidista es ejemplar: la diputada demócrata Eddie Bernice Johnson, presidenta del comité que redactó la Chips Act, consideró el tema como “un imperativo de seguridad nacional”.

Como observa Gregory Allen, ex jefe de la unidad de Inteligencia Artificial del Departamento de Defensa de EEUU, la Chips Act constituye algo más que un escalamiento respecto de las sanciones a Huawei; en verdad, representa “la medida más drástica posible [a total clamp down], que intenta cortar todas las cabezas de la hidra de la industria china de chips” (ídem). El informe de 140 páginas que acompaña a la ley, redactado por la Oficina de Industria y Seguridad (!) del Departamento de Comercio apunta no sólo a las compañías de EEUU involucradas en la venta de productos tecnológicos a China, sino también a “personas de EEUU” (esto es, cualquiera que tenga pasaporte o tarjeta verde de EEUU).

Esto “pone en posición difícil a muchos fundadores de compañías tecnológicas chinas que estudiaron en EEUU y consiguieron pasaporte estadounidense. También va a hacer mucho más difícil el reclutamiento de talentos por parte de las empresas chinas. Análogamente, los laboratorios de I+D de compañías chinas en EEUU, como Alibaba (Seattle y Silicon Valley) y Tencent (Seattle) ahora son vulnerables. Y EEUU va a presionar para que la holandesa ASML [una de las líderes mundiales en semiconductores. MY] y empresas japonesas dejen de ser proveedores de China. Todo esto deja en claro hasta qué punto China es tratada como ‘enemiga’ de EEUU. Esto va mucho más allá de lo que se solía llamarse contención” (M. Roberts, “Xi’s third term, part three: chips, dual circulation and imperialism”, 20-10-22).

Precisamente, la idea de que la estrategia esencial de EEUU respecto de China estaba definida como de “contención” era la tesis de la especialista Jude Woodward, ampliamente citada por su célebre trabajo The US vs China: Asia’s new Cold War?, de 2017. Y, en efecto, la agresividad del enfoque de Biden indica que la relación EEUU-China ha pasado a un nuevo y más alto nivel de conflictividad.

El citado Allen admite con brutal franqueza que, pese a las débiles excusas de algunos funcionarios, “EEUU ha llegado a ver el predominio de la fabricación de semiconductores de alta tecnología como vital para la seguridad nacional (…). El objetivo de EEUU es ralentizar el progreso tecnológico chino, no arruinar la economía. Pero una de las metas no declaradas es preservar nuestra capacidad de destruir su economía más adelante, en caso de que necesitáramos esa herramienta” (“The coming storm”, TE 9319, 29-10-22).

La metáfora mitológica de la hidra a la que recurre Allen expresa muy bien tanto la ferocidad de la medida como el temor que infunde en EEUU el avance chino. Es un tema que ya habíamos desarrollado en nuestro trabajo anterior sobre China (“China: anatomía de un imperialismo en ascenso”, mayo 2020, izquierdaweb.org). Los desarrollos recientes no han hecho más que confirmar una tendencia a la creciente equiparación de la capacidad china respecto de las potencias occidentales.

Se trata de una política de Estado que comienza por una decisión de fortalecer la inversión en investigación y desarrollo (I+D), que pasó de un tercio de la EEUU y la mitad de la de Europa en 2008 a superar a Europa en 2014 y llegar al 85% de la inversión de EEUU en 2020. En agosto pasado, una institución de investigación japonesa estimó que China ya produce una cantidad mayor de los papers académicos de investigación más citados que EEUU. Un informe de la universidad de Harvard sostiene que “China se ha convertido en un serio competidor en las tecnologías fundacionales del siglo XXI” (Roberts, cit.).

La consecuencia de esta convicción compartida por ambas potencias del rol crucial de la innovación en tecnología digital en la competencia geopolítica es el retorno de la “política industrial” en EEUU (otro concepto demonizado por “las teorías de Friedman y Hayek”). En ese sentido, en cierto modo se salda un debate sobre cuál es el modelo más apropiado para el fomento del desarrollo tecnológico en cuanto a la ecuación concreta entre financiamiento/orientación estatales y empresas privadas. Para EEUU bajo Biden, no hay discusión: el puntapié inicial lo da el Estado, algo que ocurrió antes con la famosa agencia estatal DARPA, que terminó siendo la creadora de Internet.

Aquí EEUU no hace mucho más que seguir, de manera vergonzante y tardía, el ejemplo de China en cuanto al mayor involucramiento estatal y la perentoriedad oficial en las exigencias al sector. De allí la ofensiva contra las tecnológicas durante el año pasado, que retomaremos más abajo: la queja del PCCh por la “expansión desordenada de capital” de las gigantes como Alibaba, Tencent o Baidu era una manera de manifestar la necesidad de cambiar las prioridades: “Menos videojuegos y comercio online, más inteligencia artificial y chips” (“Mothering invention”, TE 9317, cit.). La mano del Estado chino, más pesada con el sector privado que su par occidental, implica un crecimiento de la inversión en la rama tecnológica que es a la vez más acelerado, más coordinado y más focalizado, cuando se lo compara con los esfuerzos más “difusos” de la colaboración estatal-privada en EEUU y Europa.

A la vista de los resultados, la decisión estratégica de Biden es reconocer que la importancia de la inversión y orientación estatales es demasiado grande como para dejarle el monopolio de esa política a China; de allí los fondos comprometidos en la Chips and Science Act. Claro que tan decisivo como que los beneficios de estos gigantescos flujos de inversión sean cosechados en primer lugar por el Estado involucrado es impedir que los estados rivales accedan a esos codiciados frutos tecnológicos. Esto es precisamente lo que busca Biden con su anuncio del 7 de octubre.

No hay ningún margen para suponer que en este punto crucial la política de Biden sea muy distinta de la de Trump, como observábamos hace dos años. Como recuerda el marxista británico Adrian Budd, “uno de los mensajes de la campaña de Biden era que Trump era ‘blando’ con China” (“China and imperialism in the 21st century”, Adrian Budd, International Socialism 170, 15-4-21).

De hecho, no parece una exageración afirmar que “tomado en conjunto, el enfoque de Biden no es una retirada respecto de la política de Trump de disputas con China sino una profesionalización de ella. (…) [Biden] está reconstruyendo las relaciones con los aliados occidentales que Trump había desgastado. Pero en lo demás, su estrategia económica para la relación con China se parece mucho a una versión refinada de la competencia a puño limpio iniciada por Trump” (“Tougher than tariffs”, TE 9304, 9-7-22).

Una muestra instructiva de las coincidencias y diferencias de la ofensiva anti China à la Trump (más tosca y errática) y à la Biden (más disciplinada y focalizada) es comparar la manera de uno y otro de socavar el avance chino en el terreno de las tecnologías digitales. En el primer caso, sanciones a la desesperada a empresas individuales como Huawei (llegando hasta la grosería de encarcelar a una de sus altas ejecutivas); en el segundo, establecer de manera ordenada y consensuada con los aliados occidentales un “cordón sanitario” para impedir el acceso de cualquier empresa china a tecnología considerada estratégica. No es necesario aclarar cuál de las dos maneras de encarar el mismo problema es más eficaz para intentar bloquear el avance o desarrollo de toda empresa o tecnología de origen chino que pueda suponer una amenaza a la hegemonía económica y tecnológica de Occidente en general y EEUU en particular.

Ahora bien, la combinación del boicot tecnológico yanqui y la orientación china de autosuficiencia dan como resultado un creciente aislamiento del país asiático, una situación que difiere sensiblemente de la del período anterior. Así, “después de varios años en los que el ascenso tecnológico chino parecía imparable, el panorama se ha vuelto repentinamente mucho menos claro” (TE 9304, ídem). Como señala Roberts, “Beijing ve la decisión de intentar congelar la industria china por encima de un nivel definido de avance tecnológico como profundamente provocadora. Obligar a China a depender de la producción extranjera para los modelos más recientes y sofisticados de chips resuena exactamente con el temor de Xi al vasallaje tecnológico” (M. Roberts, “Xi’s third term, part three, cit.).

Naturalmente, ese “vasallaje” es exactamente el objetivo que se propone EEUU, y en ese sentido el llamado de Xi a la capacidad propia y apuntar a la autosuficiencia puede ser presentado por el PCCh como decisión autónoma y como virtud, pero a partir de este año tiene un fuerte componente de respuesta forzada y de necesidad.

Al ya conocido peligro de “desacople” económico global entre EEUU y China, que trataremos más abajo, cabe agregar otro de consecuencias más ominosas: el creciente deterioro de los canales de comunicación y actividad en común entre las dos potencias del “G-2”, como se ha dado en llamarlas. Por ejemplo, desde la controversial visita a Taiwán de Nancy Pelosi, la vocera de la Cámara de Diputados del Congreso de EEUU, “los funcionarios chinos han suspendido toda conversación con EEUU sobre todo, desde el narcotráfico a cómo evitar conflictos por choques involuntarios entre naves y aviones de guerra [de ambos países]. (…) Aunque faltan apenas días para la cumbre climática COP27, China no permite que su enviado sobre el clima, Xie Zhenhua, se reúna con su contraparte estadounidense, John Kerry” entre otras muestras de frialdad y falta de voluntad para cooperación que antes eran habituales, como la contención a Corea del Norte (“The coming storm”, TE 9319, 29-10-22).

Toda esta ofensiva del imperialismo yanqui en el área tecnológica, sin embargo, no es en el fondo más que una escaramuza muy importante, pero táctica, respecto de la cuestión más estratégica: queda cada vez más claro que hay entre EEUU y China una creciente rivalidad ya no simplemente comercial o económica, sino en todos los terrenos geopolíticos. Lo que está en juego, en suma, es si habrá desafío –y eventual recambio– o no, por parte de una potencia en ascenso, a la actual potencia hegemónica global.

 


[1] Las traducciones y resaltados de las citas son siempre nuestros, salvo indicación en contrario.

[2] El curioso episodio de la “salida escoltada” del líder anterior, Hu Jintao, al lado de Xi y ante las cámaras de la prensa internacional, dio pasto abundante para la “sino-semiología”: ¿fue un acto de humillación deliberada? ¿Un mero “contratiempo de salud”, como dijo la versión oficial? Es imposible aquí abrir juicio sin más elementos; sólo podemos señalar que el mensaje parecería ser que Xi no sólo carece de oposición visible sino que ni siquiera necesita consultar a los “ancianos venerables”, una tradición muy acendrada en el PCCh (y en la cultura china en general). Por ejemplo, incluso ya retirados, Jiang Zemin y sobre todo Deng Xiaoping eran sumamente influyentes, al igual que otros jerarcas ancianos del partido. Algunos analistas occidentales como Joseph Fewsmith, de la Universidad de Boston, especulaban antes del Congreso que “no es imposible que pueda haber un cierto número de líderes retirados que quisieran agruparse y decir algo” en cuestionamiento a Xi o alguna de sus políticas (“Interfering elders”, TE 9316, 8-10-22). La exposición en público de la frágil salud de Hu operaría a la vez como excusa perfecta para dispensar a Xi de su opinión y como advertencia a ese sector. Desarrollaremos más la cuestión del régimen y las relaciones internas del PCCh en la sección de debates.

[3] El monolitismo que está instalando Xi en el PCCh es inusual incluso para los cánones de un partido stalinista. Como recuerda Rousset, “el equipo que llegó al poder en el PCCh en 1935, durante la Gran Retirada de la Larga Marcha, no estuvo formado por hombres fieles, ni mucho menos. Mao fue capaz de reunir a cuadros experimentados, personalidades fuertes, a menudo al frente de distintos cuerpos del Ejército, de diversos orígenes. Varios de ellos incluso se habían opuesto a él durante las múltiples batallas fraccionales que habían desgarrado al PCCh” (“XX Congreso del PC Chino: el punto de inflexión”, cit.).

[4] En ese sentido, parece haberse verificado la perspectiva que advertíamos en 2020 de que la orientación de Xi apuntaba no tanto a una ofensiva “reestatizadora” como a una subordinación del curso económico a las necesidades políticas establecidas por el partido. Razón de más para que, como ampliaremos en la sección de debates, el enfoque sobre China no pueda centrarse, ni siquiera al analizar la economía, exclusivamente en los aspectos económicos.

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