Argentina: El delirio antiobrero y reaccionario de la “dolarización”

Megadevaluación, destrucción del salario, desocupación y sometimiento.

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La inflación argentina se ha convertido en un flagelo insoportable e interminable. No hay salario que le gane. El empobrecimiento constante, permanente, de los trabajadores es uno de los síntomas más claros del agotamiento completo de todo un ciclo histórico-económico. No hay nadie que no sepa que las cosas no pueden seguir así.

Es en ese marco que emerge la demagogia, el engaño, la estafa del populismo de derecha en Argentina. Ajeno hasta ahora a ese fenómeno internacional, el país ve ahora la instalación en su agenda política de los planteos de Milei. El engaño es fácil. Basta hacer un combo con tres ideas instaladas en el sentido común: la potencia de la economía yanqui, la fortaleza del dólar, su muy baja inflación en relación a Argentina. Descartando todo argumento económico realista o reemplazándolo con tecnicismos (lo menos entendibles posible) queda consagrada la falsa idea: dólares en el bolsillo para la gente y precios estables.

Es una cosa engorrosa tener que desmentir lo que es un planteo demagógico cuyos “argumentos” cambian según lo que haya dicho quien los contradiga. Es que en la fuerza política que lo puso en agenda no hay un planteo unificado y coherente del “plan” de dolarizar la economía argentina. El principal candidato de la extrema derecha lanza frases grandilocuentes y alusiones a otras cosas: que la “Banca Simons”, que la reforma del Estado y laboral, que los “políticos chorros”. Los voceros de menor rango hacen algo parecido. Ninguno responde a los cuestionamientos de las graves consecuencias que tendría una auténtica “dolarización” de la economía argentina. Hay una pregunta en particular que evitan responder más que lo que evitaron contagiarse de covid en el 2020: ¿qué pasa con el tipo de cambio?

Megadevaluación, hiperinflación y destrucción de los salarios

Al país le faltan dólares. La constante devaluación del peso y las subas sostenidas de precios son un reflejo de eso. Pero le faltan dólares para cumplir el papel que el dólar tiene hoy en la economía argentina: importaciones, pagos de deuda externa pública y privada, giros de dividendos, los pequeños ahorros en bancos locales, etc. Las transacciones en moneda estadounidense en Argentina son apenas una fracción del total. La mayoría de los intercambios son en pesos: la compra minorista y mayorista, los préstamos y pagos de intereses internos, el pago de salarios…

La dolarización implica que todo lo que se hace en pesos pase a hacerse en dólares. Esta manera de plantear las cosas ya deja bien claro el inmenso problema, potencialmente devastador, de este absurdo plan económico. Todas las compras minoristas, todos los ahorros, todos los depósitos, todos los pasivos y activos en pesos deberían convertirse en moneda norteamericana: hay que convertir todos los pesos en dólares. Faltan para que cumplan el rol que ya cumplen, la dolarización implica multiplicar esas necesidades de manera absolutamente fabulosa, enorme.

El tipo de cambio actual, que oscila entre el oficial de algo más de 200 pesos por dólar y entre 450 y 500 en otras cotizaciones, es para la compra y venta de dólares en su circulación y rol actual, limitado, que no abarca al conjunto de la economía. El tipo de cambio de una dolarización implica que toda la economía, sin excepción, debe comprar dólares.

Es sabiduría popular que “el dinero no crece en los árboles”: ¿cuántos dólares puede comprar la economía argentina? Lo único sensato, medianamente realista, es calcular la dolarización en base a los dólares ya existentes en la economía argentina. Es decir, ante todo, los que tiene el Banco Central, sus reservas. ¿Qué otro tenedor de dólares los entregaría a cambio de los futuros inexistentes pesos?

A partir de todo esto es que se pueden comenzar a hacer los cálculos.

El Banco Central tenía en marzo reservas netas por unos U$D 2.300 millones. La base monetaria circulante en pesos se calcula que es en este momento de entre 5,2 y 5,4 billones de pesos. El primer cálculo entonces es que se deberían comprar esas reservas del BCRA con la base circulante. Son unos 2.280 pesos por dólar, según el cálculo hecho por el think tank Fundar. Es decir, el tipo de cambio pasaría de menos de 500 pesos en sus cotizaciones más altas a más de 2 mil pesos.

Pero eso es apenas un mínimo: los pesos con los que funciona la economía argentina no son solamente el circulante. Hay que comenzar a contar también los depósitos bancarios. No todos los depósitos están en las cajas de los bancos en moneda contante y sonante. Los bancos comerciales argentinos pueden prestar con intereses una parte del dinero de los depositantes, que está en manos de sus deudores (y por lo tanto es parte del dinero circulante) o en otros depósitos. La parte que no pueden prestar es a lo que se llama encaje. Esos pesos, los no prestados, no están en manos de los banqueros: los tiene el Banco Central en cuentas corrientes abiertas por la banca privada. A cambio de tener esos pesos, los del encaje, el BCRA le paga a los bancos cierto tipo de interés. Es a eso a lo que se llama pasivos remunerados.

Tenemos entonces esta cantidad de pesos en la economía argentina: el circulante y los pasivos remunerados del Banco Central. Pero hay que agregar algo más: las Leliq. El Banco Central emite regularmente nuevos pesos. A veces para cubrir el déficit fiscal, a veces por otro motivo. Un último ejemplo fue para poder financiar el “dólar agro” para los patrones exportadores del campo. Una vez emitidos los pesos, desde hace años el Estado argentino tiene la política de sacarlos de circulación para que no le den un inmenso impulso a la inflación. Porque, pese a no ser una ley universal de la naturaleza (como plantean los seguidores de la “teoría cuantitativa”, como Milei), en la Argentina de hoy la emisión y crecimiento de la base monetaria son inflacionarios.

Cuando el Banco Central saca de circulación los pesos que emite es a lo que se llama “esterilización” de esos pesos. ¿Cómo lo hace? Emitiendo letras: las LEBAC en la época de Macri, las Leliq con el Frente de Todos. La venta de letras por parte del Central es endeudamiento interno con los bancos. Cuando éstos las compran, le están prestando pesos al BCRA a cambio de cierto tipo de interés. Al endeudarse, entonces, los saca de circulación: vuelven al Banco Central los pesos emitidos por el Banco Central. Formalmente están en sus cajas, muchas veces son destruidos para que la base monetaria se mantenga estable. Los únicos que necesitan existir realmente, como billetes físicos, son los que regularmente entrega el Central a los bancos privados en concepto de intereses.

Los pesos que tiene el Banco Central que no son propios, entonces, constan de su valor nominal (lo que se le entregó) y los intereses que paga con ellos. Pero aunque esos pesos no existan, debería poder devolverlos siempre y en todo momento: en caso de que la gente quiera retirar sus depósitos y en caso de que los bancos privados no quieran renovar sus letras. Si eso pasara, el Banco Central puede hoy emitir pesos. Y aquí llegamos a lo importante: con la dolarización, esos depósitos deberían poder convertirse en dólares que Argentina no puede imprimir.

Conclusión a todo esto: el circulante, los pasivos remunerados y las Leliq son la totalidad de las existencias en pesos que deberían comprar dólares. El cálculo del tipo de cambio se transforma radicalmente: la devaluación a más de 2 mil pesos es poco, muy poco. Sumando esos tres factores, la cantidad de moneda argentina que debería convertirse en dólares, según la consultora 1816, es de un total de 17,9 billones de pesos.  

Si a principios de marzo el Banco Central tenía 2.300 millones de dólares, en abril esa cantidad ya era de 1.800 millones. Esos son los dólares disponibles para reemplazar la base monetaria, los pasivos remunerados y las Leliq. Estamos hablando de una devaluación brutal: ¡el dólar puede llegar hasta casi 10 mil pesos!

Pensemos semejante devaluación en términos de salarios. Con la cotización oficial de hoy (224 pesos por dólar), un salario de $250 mil equivale a 1.113 dólares, una jubilación mínima de $58.665 es igual a U$D261,18 y un salario mínimo de $84.512 a U$D376,25. Si la dolarización fuera hoy, contando solamente con las reservas del Banco Central: el salario de 250 mil pesos se transformaría en 25 dólares, la jubilación mínima en 5,8 y el salario mínimo en 8,4.

Pero, por supuesto, los problemas están lejos de terminar en la cotización de los salarios argentinos en moneda estadounidense. Como es sabido por la experiencia inflacionaria de todos los días en Argentina, existiendo el peso la evolución del tipo de cambio y los precios internos se influencian mutuamente, pero no de manera directa y automática. Dolarizar la economía es dolarizar todos los precios de un día para el otro: para eliminar el peso es necesario un shock hiperinflacionario. Puede ser inmediatamente antes, como preparación, o inmediatamente después de la dolarización, pero el salto de los precios sería completamente inevitable. Pese a que el poder de compra del peso está atado al tipo de cambio, lo está de manera indirecta y relativa, no se mueve al mismo ritmo. Pero si ese desacople es eliminado, los precios se moverán automáticamente al ritmo del tipo de cambio.

Como diremos más adelante, para dolarizar Ecuador fue necesario el salto inflacionario previo y posterior más grande de su historia. Es verdad que su pico fue menor al de la Argentina de hoy, pero sucedió con una devaluación del sucre de algo más del 100%. Es mucho, sí, pero para eliminar el peso argentino con las reservas actuales la devaluación debería ser ¡de un 2.000 a un 4.500%!

La réplica dolarizadora

Por supuesto, los partidarios de la dolarización niegan estos números. El economista al que los medios han presentado como el inspirador del plan de Milei, Emilio Ocampo, defendió su posición en una reciente entrevista en La Nación+. Allí, sostuvo que calcular el tipo de cambio en base a las reservas actuales de dólares sería incorrecto porque es una “anomalía” que estén tan bajas, en torno a los U$D1.800 y U$D2.300. Es verdad que en los últimos años han oscilado entre 15.000 millones y 20.000 millones. Pero, así planteado, deja bastante en evidencia el hecho de que sí, la cantidad de reservas importa, y mucho. Es un hecho, es innegable, una dolarización debería hacerse con los dólares disponibles. Para negar los cálculos de devaluación de consultoras y analistas, básicamente nos piden que hagamos los cálculos en base a una cantidad de dólares imaginario, hipotético, no existente. Esa es la seriedad que manejan nuestros ideólogos liberales.

El otro planteo de Ocampo es que, en el caso de una dolarización, no se podría calcular un tipo de cambio que no sea “el de mercado”. Y planteó algo que es una verdad a medias, por lo que es una mentira completa: que hoy no hay tipo de cambio “de mercado” porque buena parte de las transacciones en dólares se dan en los diversos tipos de cambio controlados. El “dólar oficial”, el CCL, el “dólar Qatar”, el “turista”, el “agro”, etc. Entonces, lo más parecido a un dólar “de mercado” sería el “blue”, el tipo de cambio que funciona fuera de todo control estatal. Y en esa entrevista, sin afirmarlo categóricamente, insinuó entonces que el tipo de cambio de la dolarización sería ese. De “menos de 500 pesos”, dijo. No estamos frente a un análisis económico, sino ante una campaña ideológica de engaño.

La circulación del “dólar blue” actual es una cosa pequeña, completamente restringida. Es un tipo de cambio para las transacciones de pesos a dólares que ni siquiera entran en el terreno de los movimientos económicos “normales” actuales. Está fuera de de los movimientos de exportación e importación, de los préstamos, de los giros de dividendos, etc. Insistimos con lo dicho antes: la dolarización implica un tipo de cambio que pasa de una fracción de la economía argentina a la totalidad, que compra los dólares disponibles, los que realmente existen, con todos los pesos de la economía argentina, para que entre en todos sus rincones.  Y ese tipo de cambio es el que puede llegar a casi 10 mil pesos por dólar. Todo lo demás es hacer juegos con situaciones hipotéticas, inventadas, inexistentes.

Milei es aún mucho más burdo. Las críticas sobre la necesidad de una devaluación ya se han generalizado y la respuesta es hacerse el distraído. Como si no fuera un problema completamente real. Frente a esto, sus últimos comentarios (ver en La Nación, “Javier Milei insistió en que “dolarizar” no desataría una hiperinflación, sino un aumento del salario”) fueron negar que la dolarización implicaría una hiperinflación. Así de simple, lo negó sin dar un solo argumento del por qué. Aprovechando la bronca de la gente, apiló frases contra “el político argentino” (del que Bullrich y Macri no serían parte) y dijo que no habría hiperinflación sino un “reacomodamiento de precios” por 24 meses y que el salario “es el precio de la economía que más va a subir”.

Entonces: sobre la devaluación, “ni mu”; no habría hiperinflación sino un “reacomodamiento de precios”; y en ese “reacomodamiento” el precio que más va a subir sería el salario… Basta prestarle atención a estas frases sin la anteojera “libertaria” para leer que el “reacomodamiento de precios” es, según él mismo, uno en el que los precios “suben”. No dice nada de la devaluación porque la subida de precios al nivel de la devaluación necesaria es… hiperinflación.

¿En qué basa sus mentiras de que en ese “shock” de precios lo que más subirían son los salarios? En absolutamente nada. Basta conocer un poco de historia. No hay un solo caso, ni uno, en el que en esos “shocks” de aumentos de precios no haya sido el salario lo que más haya salido perdiendo. Así fue con la dolarización en Ecuador. Todo lo demás es demagogia y mentira.

Y luego de hacer de cuenta que el problema de una eventual devaluación no existe, Milei lanzó: “¿Por qué los políticos están dispuestos a tomar deuda para mantener el déficit fiscal y no a tomar 33.000 millones de dólares para terminar con un problema de todos los argentinos como es la inflación?”. La deuda externa ya es una cadena pesada en el cuello del Estado argentino. Una insoportable, insostenible. Y luego de años de endeudamiento privado y con el FMI, hoy Argentina viene sufriendo ajuste tras ajuste para su pago.

Básicamente, su planteo es que su gobierno tendría la “confianza” de los especuladores internacionales para volver a prestar dólares a un país ya sumamente endeudado. El delirio de semejante planteo en un momento en el que Argentina está en época de vacas flacas, en el que las tiene que adelgazar aún más para poder pagar, es ampliamente evidente. Macri tuvo la “confianza” de los acreedores internacionales. Pero cuando ya no pudo seguir endeudándose ni pagar, fue entonces que se anunció el acuerdo con el FMI.

La única manera de pagar semejante endeudamiento es con el saqueo de la riqueza nacional. La perspectiva es la privatización a precio vil, a remate, de las empresas del Estado y con ese dinero pagar la deuda. Argentina ya vivió esa experiencia en los 90’. Se remataron los ferrocarriles y se destruyó su tendido nacional, atrasando la productividad argentina por décadas con un sistema de transporte mucho más ineficiente que el de países de economía mediana. Casi se regaló YPF y, después de algunos años de crecimiento de la extracción por la explotación de los pozos ya existentes, la inversión se derrumbó y el país pasó de ser exportador a importador neto de energía. La lista sigue con, por ejemplo, las privatizadas de energía eléctrica. No hay otra posibilidad con este plan económico que décadas de deuda, saqueo, atraso y estancamiento.

Banco Central, moneda nacional, proteccionismo y soberanía  

El planteo de la “dolarización” ha sido planteado junto al de “dinamitar” el Banco Central. Es presentado de una manera demagógica, aprovechando la creciente bronca popular contra los administradores políticos del capitalismo argentino. La inflación sería porque “los políticos chorros” usan el Central para financiarse. En los hechos, la creciente sangría y saqueo de la economía argentina es para financiar los negocios de los grandes capitalistas, de los comerciantes de dinero, de los mismos de los que Milei espera milagros de buena voluntad. Los privilegios obscenos de “los políticos” son un kiosco al lado de los negocios empresarios.

Pero la verdad es que la “eliminación del Banco Central” es un viejo dogma de la escuela económica de la que estos “libertarios” son partidarios. Uno de sus principales voceros fue Friedrich Hayek, ese simpatizante de la dictadura de Pinochet, en su libro “La desnacionalización del dinero”. Este dogma delirante parte de criticar las bancas centrales porque son siempre organismos del Estado… y que eso sería “socialismo”. El Banco de Inglaterra se fundó en 1694 con una suscripción pública. Con ella, el Imperio Británico financió la construcción de la flota que le permitiría dominar los mares por casi dos siglos. Fue la entidad que dirigió la política económica inglesa durante la Revolución Industrial y luego el auge de la industria inglesa en el siglo XIX. Pero el evento de la fundación del Banco de Inglaterra, uno de los más importantes de la historia del capitalismo, es para estos delirantes “socialista”.

Pero vamos a los hechos: el dólar es emitido por un banco central, el de Estados Unidos, la Reserva Federal. La eliminación del peso no es sacarle poder “a los políticos” para que “la gente” pueda decidir. Es destruir toda posibilidad de política monetaria autónoma para entregarla a los funcionarios y banqueros estadounidenses.

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