• El acuerdo alcanzado por los gobiernos del G7 para un ‘tipo impositivo mínimo global’ corporativo, está lejos de la reforma del sistema fiscal global que se necesita desesperadamente y no limita el uso dañino de los paraísos fiscales, que se estima que cuestan a los países de bajos ingresos unos $200 mil millones cada año.

Michael Roberts

Este fin de semana, los líderes del ‘mundo libre’ viajan en avión (y en helicóptero) a Cornualles, en el extremo suroeste de Inglaterra, para la primera reunión física tras la pandemia de los estados miembros del G7. Además de contribuir a aumentar drásticamente la huella de carbono con su gran consumo de combustibles fósiles, la agenda del G7 incluye la lucha contra el cambio climático, la “acción” global sobre la pandemia del COVID y el estado de la economía mundial.

Cuando se congreguen en el centro turístico de Carbis Bay, los líderes del G7 no contarán con representantes de China o Rusia, que están excluidas de las deliberaciones; pero el Reino Unido, como anfitrión de la reunión, ha invitado a los dirigentes afines de Australia, India, Sudáfrica y Corea del Sur.

Los líderes del G7 se encuentran cuando se habla de una recuperación con rápido crecimiento en las principales economías a medida que salen de los cierres de emergencia por el COVID y aumentan las tasas de vacunación. Según los economistas del banco de inversión JPM Morgan, “La economía mundial crece hacia  una fase de auge en el trimestre actual, con el índice de actividad de producción industrial saltando a un nuevo máximo y con ganancias sólidas continuas en el sector manufacturero junto con un aumento sorprendente en actividad del sector servicios”.  JPM calcula que esto apunta a un crecimiento anual cercano al 5% del PIB mundial este año.

En su informe de perspectivas semestrales, el Banco Mundial pronostica que la economía mundial crecerá a un 5,6% este año, en un fuerte aumento de sus estimaciones anteriores de enero del 4,1%. Afirma que esto supondrá la recuperación tras una recesión más rápida en 80 años, con previsiones de crecimiento del 6,8% en Estados Unidos y del 8,5% en China.

Pero estos titulares ocultan los detalles. El Banco Mundial solo proyecta un crecimiento del 2,9% en los países de bajos ingresos, el más lento de los últimos 20 años (al dejar de lado las enormes consecuencias de 2020). Por lo tanto, la recuperación está impulsada por el crecimiento en solo unas pocas economías importantes donde el rápido progreso de las campañas de vacunación contra el Covid-19 ha permitido un retorno más rápido a una relativa normalidad. Sin embargo, la mayoría de las ‘naciones en desarrollo’ seguirán luchando contra el virus y sus secuelas. durante más tiempo, ampliando la diferencia entre naciones ricas y pobres. Al sonar la alarma sobre la desigualdad de la recuperación, el Banco Mundial asegura que se esperaba que alrededor del 90% de las naciones ricas recuperaran sus niveles de PIB per capita anteriores a la pandemia en 2022, en comparación con solo un tercio de los países de bajos ingresos. Esta recuperación es inusualmente débil per capita, y se espera que solo el 50 por ciento de los países superen sus picos previos a la recesión en 2022.

David Malpass, el presidente del banco designado en el período de Trump, afirma que: “La coordinación de esfuerzos a nivel mundial es esencial para acelerar la distribución de vacunas, así como el alivio de la deuda, particularmente para los países de bajos ingresos. A medida que se alivie la crisis sanitaria, los responsables políticos deberán abordar los efectos duraderos de la pandemia y adoptar medidas para estimular un crecimiento ecológico, resiliente e inclusivo al tiempo que se salvaguarda la estabilidad macroeconómica “.

Pero el Banco Mundial y los líderes del G7 no piden la suspensión de los derechos de propiedad intelectual de las empresas farmacéuticas para hacer frente a la escasez de vacunas. El mes pasado, EEUU respaldó una suspensión temporal de dichos derechos para las vacunas contra el Covid-19, mientras el Reino Unido y la UE eran los principales opositores a esta medida. Malpass ha declarado que el Banco Mundial no apoya la suspensión de los derechos de propiedad intelectual porque hacerlo podría poner en peligro el gasto en investigación y desarrollo: “El Banco Mundial apoya la concesión de licencias y la transferencia de tecnología a los países en desarrollo para reforzar la oferta mundial (…) Una parte esencial de la cadena de suministro es la invención y creación de técnicas de fabricación. Sobre todo, a medida que entremos en la etapa de refuerzo, será vital que los flujos [de investigación y desarrollo] sigan aumentando para que podamos crear vacunas que se apliquen a nuevas variantes”. Del mismo modo, el país anfitrión del G7, Gran Bretaña, se niega a renunciar a las patentes de la vacuna contra el Covid. En otras palabras, las vacunas no se pueden fabricar y suministrar a menos que las grandes farmacéuticas obtengan beneficios de ellas; no habrá una “vacuna popular” del G7, a pesar de que gran parte de la investigación y el desarrollo han sido financiados con fondos públicos.

¿Y la desigualdad global? Mientras que cientos de millones se han visto arrojados a la pobreza durante la recesión por la pandemia del COVID, los más ricos se han vuelto aún más ricos.

Y continúan pagando muy pocos impuestos sobre su patrimonio. Según los informes, los 25 estadounidenses más ricos pagaron una “tasa impositiva real” del 3.4% entre 2014 y 2018, según una investigación de ProPublica, a pesar de que su patrimonio neto colectivo aumentó en más de $ 400 mil millones en el mismo período. Según dicho informe, en 2007 Bezos, fundador de Amazon y ya multimillonario, no pagó impuestos federales. En 2011, cuando tenía un patrimonio neto de $ 18 mil millones, tampoco pagó impuestos federales, e incluso recibió un crédito fiscal de $ 4,000 por sus hijos. El año pasado, el patrimonio neto de Bezos  superó los 200.000 millones de dólares. Por el contrario, el hogar estadounidense promedio pagó el 14% en impuestos federales, según ProPublica. El  tipo impositivo máximo sobre los ingresos es del 37% para los ingresos superiores a $ 523,600 de contribuyentes individuales, tras haber sido reducido del 39,6% por Donald Trump.

ProPublica descubrió que Buffett, fundador de la firma de inversiones Berkshire Hathaway, pagó 23,7 millones de dólares en impuestos entre 2014 y 2018, sobre unos ingresos totales declarados de 125 millones de dólares. Pero la riqueza de Buffett creció 24.300 millones de dólares en el mismo período, lo que significa que pagó un “tipo impositiva real” del 0,1%. Estos tipos son una muestra de la incapacidad de las leyes fiscales estadounidenses a la hora de aumentar el esfuerzo contributivo de los patrimonios más altos vía salarios, la principal fuente de ingresos para la mayoría de los estadounidenses. Buffet comentó: “Sigo creyendo que el código fiscal debería reformarse sustancialmente”, ya que “ya que la transmisión vía herencia de enormes patrimonios de riqueza no es deseable para nuestra sociedad”. Pero no hay que preocuparse, ya que Buffett ha declarado que el 99% de su riqueza eventualmente se destinará a la filantropía “mientras viva o al morir”. Y añadió: “Creo que el dinero será de más utilidad para la sociedad si se desembolsa con fines filantrópicos que si se utiliza para reducir ligeramente una deuda estadounidense en constante aumentoAsí que, según estola respuesta a la grotesca desigualdad de la riqueza ni siquiera son unos impuestos sobre el patrimonio de los ricos adecuados, sino confiar en sus “buenos oficios” para gastar su dinero donde puedan ayudar.  “Los super ricos pueden elegir cuándo y cómo pagan impuestos”, denuncia una campaña. “Esta es exactamente la razón por la que necesitamos un impuesto sobre el patrimonio fuerte e incontrovertible ahora”.

Eso nos lleva al principal titular de la reunión del G7: el acuerdo alcanzado por los gobiernos del G7 para un ‘tipo impositivo mínima global’ corporativo, que se firmará en la reunión del G7 de esta semana y luego se llevará a la cumbre del G20 a finales de este año. Se asegura que el acuerdo contribuirá de alguna manera a que las empresas multinacionales paguen impuestos donde obtienen sus ganancias en lugar de enviarlas a “paraísos fiscales”.

Pero nuevamente, como en el caso de la recuperación económica, el diablo está en los detalles. El acuerdo está lejos de la reforma del sistema fiscal global que se necesita desesperadamente y no limita el uso dañino de los paraísos fiscales, que se estima que cuestan a los países de bajos ingresos unos $200 mil millones cada año. Según el acuerdo, los países del G7 establecerán un impuesto corporativo mínimo del 15% según el lugar donde la empresa realiza sus ventas, independientemente de si tienen presencia física en ese país. Pero este acuerdo está lleno de agujeros.

Primero, la mayoría de los países tienen tipos superiores al 15%, por lo que no les afecta. “Es absurdo que el G7 afirme que está ‘reformando’ un sistema fiscal global quebrado estableciendo un tipo impositivo mínima global corporativo que es similar a los tipos suaves que cobran paraísos fiscales como Irlanda, Suiza y Singapur ”, afirma la directora ejecutiva de Oxfam. Gabriela Bucher. “Están poniendo el listón tan bajo que las empresas pueden simplemente superarlo”.

En segundo lugar, el pacto supuestamente hará que las empresas paguen más impuestos en los países donde venden sus productos o servicios, en lugar de donde terminen declarando sus ganancias, frenando así el uso de paraísos fiscales por parte de las corporaciones. Pero eso solo se aplica a los ‘márgenes’ de ganancias superiores al 10% y con trucos contables se puede evitar romper este umbral. Y de todos modos, solo se reasignará el 20% de cualquier margen superior al 10%.

Además, parece que “ventas” se definirá como el lugar donde se exportan y no donde se consumen, lo que afectará a los países más pobres y, de hecho, aumentará las ganancias de las naciones del G7. Irónicamente, un impuesto mínimo del 15% significa que Biden no procederá a aumentar los impuestos corporativos en los EEUU, como prometió de entrada.

Como parte del acuerdo, se eliminarán los impuestos a los servicios digitales introducidos por varios países del G7 para gravar a las mega empresas de tecnología. TaxWatch, un grupo de expertos, ha calculado que las empresas de Big Tech pagarán menos impuestos en el Reino Unido con el acuerdo del G7 que lo que pagan actualmente con el impuesto a los servicios digitales británico. Teniendo en cuenta los ingresos de 2019, Amazon, eBay, Facebook y Google pagarían 232,5 millones de libras menos en impuestos con los acuerdos del G7. TaxWatch calculó que la recaudación de impuestos a Google se reduciría de £ 219 millones al año a £ 60 millones con el acuerdo del G7. Los impuestos a Facebook bajarían de 49 millones a 27,7 millones de libras esterlinas y los impuestos a eBay bajarían de 15,7 millones a 3,8 millones de libras esterlinas. TaxWatch añade que eBay podría incluso quedar fuera del umbral del acuerdo del G7, que está diseñado para afectar alrededor de 100 de las compañías globales más grandes. En cuanto a Amazon, actualmente paga £ 50 millones en impuestos directos de venta del Reino Unido. Todavía no está claro cómo le afectará el acuerdo del G7, porque sus márgenes de beneficio están por debajo del 10 por ciento. TaxWatch estima que Amazon Web Services, su servicio de nube, pagaría £ 10,1 millones con las propuestas del G7.

Además, hay que tener en cuenta las exenciones fiscales, que pueden reducir sustancialmente las recaudaciones fiscales de los gobiernos. Reino Unido quiere una exención para los servicios financieros. Y París, Berlín, Copenhague y Luxemburgo tratan de persuadir a la Comisión europea para que apoye la exención para sus bancos.

Este acuerdo servirá de poco para reducir la desigualdad y establecer la equidad. El siguiente cuadro del FMI agrupa a 196 países con el mismo tipo de sistema fiscal sobre la renta de las empresas (CIT) (hay varios) si se utiliza un tipo impositivo mínimo (TM). Muestra que, incluso si en los años ochenta se hubiera reducido algún nivel internacional mínimo, los niveles impositivos seguirían estando muy por debajo de los niveles de los ochenta, mínimos o no.

Lo que se necesita no son impuestos corporativos más altos, sino la propiedad social, el control de las multinacionales y el cierre de las operaciones de los paraísos fiscales. Por supuesto, no hay un acuerdo del G7 al respecto.

La recuperación económica puede estar en marcha ahora que las empresas reabren, se impulsa el gasto fiscal y la generosidad monetaria de los bancos centrales continúa, pero esto en realidad solo está creando lo que algunos han llamado una ‘economía de la fiebre del azúcar’.

E incluso con estos criterios, los países emergentes y en desarrollo están quedándose muy atrás. La flexibilización cuantitativa ha supuesto una media del 15% del PIB en los países de ingresos altos frente al 3% en los países emergentes y en desarrollo. El apoyo fiscal fue de media el 17% en los países de ingresos altos frente al 5% en los países emergentes y en desarrollo.

Además, la mitad de todos los países de bajos ingresos están endeudados. Y el nivel récord de deuda en todo el mundo, particularmente entre los países emergentes y en desarrollo, es una amenaza para la estabilidad económica, ya que el sistema financiero mundial es ahora vulnerable a un aumento repentino de las tasas de interés.  Pero el G7 no hará nada sobre la cancelación de la deuda.

El riesgo de una inflación significativa de los precios al consumidor está aumentando a medida que se acumulan los cuellos de botella en las cadenas de suministro mundiales. La tasa de inflación de los precios al consumidor en EEUU saltó al 5% en mayo, la tasa más alta desde agosto de 2008 debido al aumento de los precios de las materias primas, las limitaciones de la oferta y los salarios más altos. El índice subyacente subió un 3,8% en mayo, el mayor aumento desde junio de 1992.

Podría haber una inflación más fuerte durante los próximos seis a 12 meses, especialmente en los precios de importación y, si las cadenas de suministro internacionales se debilitan, podríamos ver un aumento de los precios durante un período de tiempo. La inflación a fines de la década de 1980 fue inmensa. En la mayoría de los países avanzados, estaba en el rango de porcentaje de dos dígitos. En las últimas dos décadas, la inflación en estos países ha sido, en términos generales, alrededor del 2%. Pero podríamos ver una tasa de inflación para los próximos 12 meses entre el 3-4%, hasta que la producción pueda hacer frente al aumento de la demanda.

De hecho, es probable que después del auge inicial de la expansión económica cuando acabe la pandemia de COVID este año y el próximo, la economía mundial, liderada por las naciones del G7, vuelva al ritmo lento de crecimiento económico experimentado antes de la pandemia. Eso significará que la mayoría de las principales economías no volverán ni siquiera a la trayectoria anterior de débil crecimiento del PIB real (la línea azul en el gráfico a continuación).

La economía global ya crecía muy débilmente en 2019. Eso se debe a que el capitalismo crece de manera sostenible y fuerte solo si aumenta la rentabilidad. Sin embargo, la rentabilidad media ya era muy baja antes de la pandemia y, en algunos países, estaba en su nivel más bajo desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

La rentabilidad solo se reactivaría si se eliminaran algunas capas podridas de capital, lo que se llama la “destrucción creativa” de los débiles para ayudar a los fuertes. En cambio, hasta ahora, el dinero barato y el apoyo fiscal han mantenido con vida a los ‘muertos vivientes’, las llamadas empresas zombis, que obtienen pocas ganancias y solo pueden cubrir sus deudas. En las economías avanzadas, alrededor del 15-20 por ciento de las empresas se encuentran en esta situación. Estas empresas mantienen baja la productividad general, lo que impide que las partes más eficientes de la economía se expandan y crezcan.

¿Y si quebraran? Estos zombis son “una bomba de tiempo” cuyos efectos explosivos se sentirán si los gobiernos y los bancos centrales retiran las medidas que han ayudado a mantenerlos con vida durante la pandemia.

Además de restaurar la rentabilidad y la inversión a largo plazo, el otro desafío al que se enfrentan los líderes del G7 es el calentamiento global y el cambio climático. Según un informe reciente de la ONU, se está haciendo y financiando demasiado poco para salvar al planeta. De los $ 14,6 billones que las 50 economías más grandes del mundo anunciaron en gasto fiscal a raíz del COVID-19, solo $ 368 mil millones (el 2,5%) se destinaron a ‘iniciativas ecológicas’. Eso debe al menos triplicarse en términos reales para 2030 y multiplicarse por cuatro para 2050 si el mundo quiere alcanzar sus objetivos en relación con el cambio climático, la biodiversidad y la degradación de suelos. Esta aceleración equivaldría a una inversión total acumulada de hasta 8,1 billones millones de dólares y una tasa de inversión anual futura de 536 mil millones. La ONU espera que la inversión privada se intensifique. ¡Soñar no cuesta! Hasta ahora, de los $ 133 mil millones invertidos anualmente en ‘soluciones basadas en la naturaleza’ contra el calentamiento global, los fondos públicos representan el 86 por ciento y las inversiones privadas el 14 por ciento.

Hay pocas posibilidades de que las naciones del G7 aporten algo más. Y el G7 no tiene la intención de reducir los subsidios a las industrias de combustibles fósiles, y mucho menos convertirlos en propiedad pública para planificar la eliminación gradual de estas empresas emisoras de carbono. En cambio, las compañías petroleras privadas, fuertemente subsidiadas, disfrutan de las ganancias de la extracción de petróleo, mientras que el resto de nosotros pagamos dichos beneficios vía impuestos, abusos de derechos humanos y un clima inhabitable.

Por supuesto, la propiedad pública por sí sola no garantiza que podamos reemplazar completamente el petróleo y el gas con energía renovable a tiempo para evitar los peores impactos de la crisis climática. Después de todo, las tres cuartas partes de las reservas de petróleo del mundo ya son propiedad de los estados en lugar de empresas privadas. Pero si empresas como Shell o ExxonMobil fueran nacionalizadas con el mandato de reducir sus activos, sería un comienzo.

En cambio, el G7, como bloque imperialista del mundo, está mucho más interesado en encontrar formas de aislar a China y Rusia para mantener su hegemonía. El problema para el G7 es que, mientras que en la década de 1970 las naciones del G7 representaban alrededor del 80% del PIB mundial, ahora se ha reducido a alrededor del 40%.

 

Traducción sinpermiso

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