Colombia-México: la frontera global de Norteamérica en el mundo pospandemia

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  • Desde la administración de Donald Trump y hasta enero de este año, las solicitudes de asilo se estaban procesando en sus fronteras extraterritorializadas, en particular México, Guatemala y El Salvador. Sin embargo, hace mucho tiempo que la frontera política de Estados Unidos empieza en Colombia.

Articulo de nexos

Ariadna Estévez

Estados Unidos pidió a Colombia fungir como una especie de país seguro temporal para 4000 refugiados afganos que el gobierno del presidente Joe Biden está patrocinando para huir, después de que los Talibanes depusieran al presidente de Afganistán, Ashraf Ghani, a mediados de agosto. Estados Unidos está ayudando a huir a unos 13 000 afganos no porque sea una nación generosa frente al asilo, sino por su incapacidad de garantizar la democracia que impuso con una invasión militar. Y está pidiendo a diversas naciones que se hagan cargo de los afganos que fueron sus aliados mientras se procesan sus solicitudes.

Desde la administración de Donald Trump y hasta enero de este año, las solicitudes de asilo se estaban procesando en sus fronteras extraterritorializadas, en particular México, Guatemala y El Salvador. Sin embargo, hace mucho tiempo que la frontera política de Estados Unidos empieza en Colombia. La llegada de afganos y otros ciudadanos asiáticos y africanos a territorio norteamericano través de Colombia no es nueva, pero con este hecho va a intensificarse y se volverá más visible porque el rol de Colombia en la migración global hacia Norteamérica es clave desde hace tiempo.

No obstante, en México se sabe poco de eso. En Colombia las autoridades y la academia, acostumbradas al desplazamiento forzado interno por el conflicto armado, tampoco están procesando este fenómeno global con la rapidez con la que se están dando estos flujos migratorios trasatlánticos. Los migrantes provenientes de África y Asia llegan al departamento colombiano de Nariño, a través de Ecuador. De allí van a la costa del Golfo de Urabá a través del departamento de Antioquia para llegar al llamado Tapón del Darién en Panamá. Ahí se encuentran con los migrantes venezolanos, cubanos y haitianos, y de allí se dirigen por tierra a América Central, donde se les unen salvadoreños, hondureños y guatemaltecos, para llegar a México. El deseo de muchos es ir a Estados Unidos y Canadá, pero tienen que quedarse en Costa Rica o México.

Apenas a finales de julio hubo una crisis humanitaria en la ciudad costeña de Necoclí, en Antioquia, pues se encontraban varados más de 10 000 migrantes. Mientras que Necoclí procesaba unos 500 migrantes dos o tres veces por semana, a finales de julio la población migrante se multiplicó exponencialmente. Si bien Necoclí era uno de los puertos usados para embarcarse a Panamá por mar, hasta mediados de junio la ciudad preferida de los migrantes globales era Turbo, también ubicada en el Golfo de Urabá. Allí la banda criminal del Clan del Golfo había dado “permiso” a ciertos traficantes para prestar servicios de coyotaje y prohibió la extorsión, robo y secuestro de migrantes. No es que el Clan del Golfo sea particularmente humanitario, sino que esas actividades atraen atención innecesaria sobre sus rutas y operaciones de tráfico de drogas, que son las mismas del tráfico de migrantes.

Sin embargo, en junio pasado, las autoridades colombianas desmantelaron la red de tráfico de migrantes, obligándolos a dirigirse a Necoclí, que no tenía la infraestructura para procesar las grandes cantidades de migrantes que empezaron a llegar este año. Mientras que la pandemia de covid-19 paralizó la migración global hacia Norteamérica en 2020, para este año el periplo migratorio no sólo se reinició sino que se intensificó. La crisis económica provocada por la parálisis del comercio y diversos sectores económicos que dependen de la movilidad ha provocado conflictos sociales y políticos en Asia, África y América que están produciendo más migración forzada.

La situación en Colombia tiene y ha tenido un vínculo muy fuerte con las fronteras Centroamérica-México y México-Estados Unidos porque Norteamérica es el último destino migratorio global. Las ciudades de Tapachula y Tenosique, en la frontera sur, y de Tijuana y Ciudad Juárez, en la frontera norte, son los receptáculos de esta población migrante global que quiere alcanzar Norteamérica. Toda vez que alcanzar México y Estados Unidos es muy caro —entre 3000 y 10 000 dólares, dependiendo hasta dónde se quiera llegar desde Panamá— en Centroamérica y México se encuentran varados miles de migrantes que quieren cruzar por tierra. Se ha sabido de embarcaciones que llevan migrantes desde la península de Baja California hasta San Diego, pero en menor medida y fracasan con frecuencia.

¿Cómo llegamos hasta aquí?

Desde 2015, Europa ha cerrado paulatinamente sus fronteras continentales. La migración forzada de Asia y África, que tradicionalmente buscaba refugio en los países de ese continente por los lazos poscoloniales que les unen, se está dirigiendo ahora a América del Norte. Los refugiados africanos y asiáticos no van solamente a Canadá y Estados Unidos, sino también a México. México se ha vuelto destino de migrantes continentales y transcontinentales debido a la coercitiva y delimitada política migratoria de Estados Unidos y Canadá, exacerbada a partir de la pandemia de covid-19, que está imponiendo, además de visados, medidas de “bioseguridad” (prueba PCR o de antígeno y, sobre todo, certificado de vacunación).

Los migrantes africanos y asiáticos llegan primero a Brasil o Venezuela, pero con papeles falsos se dirigen a Ecuador aprovechando la flexibilidad de sus leyes migratorias. Este viaje trasatlántico es posible gracias a antiquísimas redes de tráfico de drogas entre África y América del Sur. Las rutas trasatlánticas del tráfico de personas siguen ese mismo camino y llevan a los migrantes trasatlánticos hasta el noroeste de Colombia, donde opera el Clan del Golfo con financiamiento de cárteles mexicanos como el de Sinaloa y Jalisco Nueva Generación, mismos que trafican cocaína a través de la ruta centroamericana del tráfico de migrantes de Sudamérica a Norteamérica.

Aunque esta situación tiene por lo menos seis años, a partir de la pandemia el cierre de fronteras de Estados Unidos, México y Centroamérica por las órdenes de las administraciones de Trump y Biden ha endurecido aún más las condiciones legales, políticas, económicas y de salud que expulsan personas de sus hogares y que dificultan las rutas que siguen en busca de un nuevo hogar. Diversos informes de organizaciones civiles y organizaciones internacionales han reportado que los refugiados globales han tenido que permanecer inmóviles en albergues y casas improvisadas en las ciudades fronterizas debido al cierre físico de las fronteras y la imposición de más restricciones a los trámites de asilo. En los albergues, el hacinamiento y las condiciones pobres de salud han expuesto al contagio a mujeres, infantes y hombres.

Según un estudio periodístico internacional, entre 13 000 y 24 000 personas viajan irregularmente a través de esta ruta, y México y Costa Rica son los países que están aceptando la mayor cantidad de refugiados en el continente, seguidos por Estados Unidos, Colombia y Panamá. La mayoría de los migrantes africanos vienen de Camerún, Eritrea, Ghana, Guinea, Angola, República Democrática del Congo y Mauritania; los asiáticos, de India, Bangladesh, Sri Lanka, Nepal y Pakistán. Estos migrantes se encuentran en Colombia con migrantes de Venezuela, Cuba y Haití, donde también hay migración forzada, que buscan hacerse camino por Centroamérica a través de Panamá. En América Central, asiáticos, africanos, caribeños y sudamericanos se encuentran con el objetivo compartido de llegar a América del Norte.

Sin embargo, el arribo a la tierra prometida del sueño americano es cada vez más difícil, por no decir imposible. Los migrantes que logran sortear los peligros naturales de la espesa selva del Tapón del Darién se encuentran con las pandillas centroamericanas que los extorsionan, secuestran, matan y, en el caso de las mujeres, violan. Si llegan a la frontera entre Guatemala y México, no solamente se encuentran con la delincuencia organizada, sino que tienen que enfrentar el abuso de la Guardia Nacional, la cual ha sido apostada en la frontera por órdenes del gobierno norteamericano para evitar que lleguen a Estados Unidos. El gobierno de México no envía a la Guardia Nacional a los narcotraficantes que tienen negocios en Colombia, pero sí a Tapachula para detener a los migrantes que quieren seguir su camino. Los sobrevivientes de este mortal periplo que logran alcanzar Tijuana, Ciudad Juárez o alguna otra ciudad fronteriza entre México y Estados Unidos, se enfrentan finalmente a un sistema de asilo que tiene como imperativo fundamental no darles refugio. Miles se están quedando en estas ciudades norteñas.

Como podemos ver, la relación Colombia-México respecto al asilo en América del Norte es fundamental para entender las dinámicas del contexto migratorio global. La inmovilidad impuesta por la pandemia en 2020 habrá limitado la migración documentada y laboral, pero no la migración forzada global que no tiene alternativa de sobrevivencia, sobre todo ahora con la crisis en Afganistán.

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